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Siempre tuve problemas ortográficos con las palabras coser y cocer. Alguna vez hice pensar a mis maestros de redacción que tenía intenciones de pasar un hilo y aguja a través de mantequilla para hacer un pastel, o que en mi cabeza era suficiente echar unos jeans rotos y un parche a una olla con agua hirviendo para arreglarlos. Gracias a mi mamá, diseñadora de modas pero repostera por elección, las dos actividades que le dan vida a estos verbos han sido parte de mí desde que tengo memoria, y mis conflictos ortográficos eventualmente desaparecieron.

Cuando yo tenía 9 meses, mi mamá dejó la industria de moda y decidió abrir un negocio de comida con las inigualables recetas de mi abuela. La cocina es el lugar donde ella y mi abuela dejaron crecer su vínculo de madre e hija, y sin duda es donde mi mamá y yo hemos crecido el nuestro.

Hace unas semanas tuve la idea de buscar una de las recetas típicas de mi abuela, y se me ocurrió retar a mi mamá a cocinarla conmigo. El reto: rollos de pollo rellenos de chile poblano y elote, cubiertos en nogada. Ella aceptó, y desde que empezamos a ordenar los ingredientes, vi en sus ojos la determinación para ganar. ¿Me daría mi mamá una paliza épica? Pues, aunque usted no lo crea, no me fue tan mal.



Pusimos manos en las cebollas, y mi poca gracia con el cuchillo hizo que todos mis dedos sudaran por sus vidas. Además de que mi “finamente picada” terminó siendo “pedazos chicos, medianos y tamaño hielo”. Cuando volteé a ver las manos de mi mamá, me recordaron instantáneamente a las de mi abuela. No porque se vieran viejas (mamá, no te asustes si estás leyendo esto), sino porque sus movimientos me transportaron a los días cuando mi abuela me cocinaba. Elegancia, rapidez y sobre todo seguridad. ¿Algún día mis manos se verán como las de mi mamá cuando corta cebolla? Me dieron ganas de llorar por la nostalgia, pero la que terminó haciéndolo de verdad fue mi mamá, por la cebolla. Técnicamente, esa primera batalla fue un empate.

Después llegó una actividad que esperaba con ansias por ser protagonista de uno de mis memes favoritos: tatemar los chiles. Además del humo que acribilla tu garganta, quitarles la piel es el peor castigo que alguien podría merecer. “Es que la piel del chile es muy indigesta”, dijo mi sabia madre. Conté borregos, canté canciones pegajosas de Fey en mi cabeza, y nadaaaaa hacía pasar el tiempo más rápido. Ahora entiendo por qué hacer chiles en nogada es cosa de una vez al año.

Mientras esperábamos que los chiles se tatemaran, platicamos sobre anécdotas de mi abuela. Recordamos que es una rebelde de la cocina y que muchas veces se inventa platillos que jamás podrá recrear porque nunca apunta qué les echó. Un día hizo una sopa de chile con carne TAN rica que todos los que estábamos en la mesa le pedimos la receta… pero de su creación no había evidencia escrita. El recuerdo de ese sabor quedará plasmado para siempre en nuestras papilas… y hasta ahí.

Pasamos a la siguiente fase de la receta: las salsas. Como buena hija del Internet, le di a mi mamá un hack buenísimo para la licuadora: poner siempre los ingredientes líquidos antes que los secos para licuar más fácil. “Ah sí, tienes razón, la verdad se me fue”, dijo mi mamá. Le daremos el beneficio de la duda sobre si sabía o no, pero yo me sentí la duquesa de las aspas cuando le di ese detalle técnico culinario. La segunda batalla la gané yo porque uno, no me ahogué tatemando chiles. Y dos, yo le pasé el tip a mi mamá.

Ya un poco cansadas después de haber limpiado lo que se sintió como 1,234,098 chiles, mi mamá se equivocó y se saltó un paso de la receta. “Chin”, dijo –muy propia ella– y por primera vez en todo el día la vi realmente preocupada. Me dijo en voz baja: “bueno, no pasa nada, ahorita nos inventamos algo”. Como yo le estaba copiando, al final hice lo mismo que ella. Nos inventamos juntas una de las salsas y resultó en algo muy diferente a la original pero igual de deliciosa.


Rellenamos las pechugas con las salsas, las cosimos con un palillo para que no se les saliera todo, y terminamos de cocerlas en una olla*. Cuando llegó el momento del emplatado me di cuenta que tenía que ceder la victoria. Mi mamá sacó sangre japonesa y decidió cortar las pechugas en forma de sushi y decorarlas con las salsas. Se veían increíbles. Para mí fue un milagro atinarle al plato después de balancear la pechuga. Creo que el reto terminó en un empate entre mi mamá y yo.

* Favor de notar lo bien que uso los verbos ahora.

Esta experiencia me dejó pensando sobre el legado que una persona te puede dejar en la vida. Sea una mamá, una abuela, una tía, una amiga o hasta una desconocida; y en la forma de una receta, un consejo, un encuentro o cualquier otra cosa. Yo aprendí de mi mamá y de mi abuela que no siempre se trata de seguir una receta. Y esto aplica también en la vida. Hay veces que hay que salirse del molde y ver qué pasa. Habrá veces que los platillos no queden tan buenos, o se quemen un poco y resulten en un trago amargo (que eventualmente pasará y podrás volver a intentarlo). Pero habrá otras en las que te sorprenderás; tal como nos pasó a nosotras con nuestra salsa inventada, o a ella cuando decidió dejar el diseño de modas. Y si eso pasa, el resultado será mejor de lo que esperabas.

A cualquier comida preparada por tu mamá le viene bien una Coca-Cola Original o Sin Azúcar. Y también a cualquier platillo que te aventures a hacer tú solo. Celebra a tu mamá con Coca-Cola.