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Mi novio no es mi alma gemela, es mi zanahoria

Sean y yo estamos juntos porque trabajamos para funcionar como pareja, aunque no comenzamos así.

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Debido a que he estado en una relación estable durante los últimos 10 años, la gente suele pedirme consejos sobre citas. Me parece una tontería. Tuve una sola relación en una década. ¿A quién le pedirías consejos sobre saltos en paracaídas: a alguien que saltó de un avión hace diez años, o a una persona que saltó de muchos aviones durante muchos años?

No sé porque Sean y yo estamos juntos luego de tanto tiempo. Cuando me despierto, veo su rostro inconsciente iluminado por la luz matinal y pienso: ¿Cómo es que este tipo sigue siendo mi novio? No en el sentido de “¡ya es suficiente!”, sino como “guau, qué bien que seguimos juntos”. Siento como si hubiera conservado una flor seca y frágil en mi bolsillo desde hace 10 años, y a veces no puedo creer que todavía no la haya pulverizado.

La gente suele decir que estamos juntos porque somos almas gemelas, y mi respuesta es asentir y sonreír. No creo que lo seamos, ni creo en las almas gemelas. Como si hubiera una persona para cada uno de nosotros y casualmente la mía fue a la misma secundaria que yo. ¿Se imaginan las probabilidades de algo así? ¿Una en siete billones? Es más probable comprar un boleto de lotería ganador, que me ataque un tiburón camino a mi hogar, que Kim Kardashian me reciba en la sala de emergencias y que cuando nos pongamos a hablar me diga “Creo que tu tía es mi contadora”.

Si las almas gemelas existen no creo que las encontremos (como sugiere nuestra cultura), sino que las creamos. 

Si las almas gemelas existen no creo que las encontremos (como sugiere nuestra cultura), sino que las creamos. No hay una persona para cada uno; hay muchas personas para mucha gente, y uno elige quien más le guste (o quien viva más cerca de tu hogar, como hice yo — es más fácil decidir dónde pasar la Navidad). Luego, te esfuerzas para estar juntos durante muchos años y con el tiempo sus personalidades se entrelazan. Una vez vi en internet una foto de dos zanahorias que crecieron enrolladas entre sí, como una doble hélice naranja. Si hubiera separado las zanahorias habría sido evidente que cada una era parte de un par, que había pasado mucho tiempo junto a otra zanahoria y que por eso era una zanahoria mucho más interesante. Así son las almas gemelas: zanahorias que pasan demasiado tiempo junto a otras.

Sean y yo la pasamos bien juntos. Trabajamos mucho en nuestra relación y nos volvimos buenos en eso. Somos especialmente buenos para comunicarnos, algo que, imagino, las terapias de pareja consideran importante — no lo sé porque nunca fuimos a terapia de pareja, aunque a veces me gustaría ir a una sesión sólo para escuchar al terapeuta decirnos “¿Qué están haciendo aquí? ¡Lo están haciendo muy bien!”. Después de todo soy millenial, y la validación constante es mi combustible. Nuestra actividad favorita es conducir durante horas, hablar de lo que sentimos y que el otro hable sobre lo que siente con sinceridad. Por ejemplo, yo solía creer que la mejor manera de expresar enojo era ponerme a la defensiva y decir las cosas más hirientes. Asumí que ganaba las peleas la persona más mala (o sea, yo). Sean me puso al tanto de que eso no es cierto, que una discusión no se resuelve con el peor insulto, sino cuando ambas partes se sienten escuchadas. Me asusta pensar el tiempo que me hubiera llevado darme cuenta de esto por mi cuenta. Estar con alguien te permite practicar para ser una mejor persona. Es como hacer malabares, surfear u otro pasatiempo — luego de diez años de práctica, aprendes cómo hacerlo.

A medida que Sean y yo fuimos creciendo juntos, nos encontramos saliendo con diferentes versiones de cada uno. Durante la secundaria salí con Sean, el antisistema. Fue cuando decidió que la moda era un constructo social y durante cuatro meses sólo vistió camisas blancas, jeans azules y zapatillas negras. Era como estar de novia con un personaje de dibujos animados. Me encantaba. Ese Sean se rehusó a usar marcas en una escuela llena de remeras de Abercrombie & Fitch, lo cual me parecía inteligente y me recordaba ligeramente a James Dean.

Un invierno en la universidad salí con Sean, el jugador de dardos. Luego de descubrir un torneo de dardos nocturno en un oscuro canal de ESPN, Sean decidió que quizás era bueno jugando a los dardos. Compró un set de un negocio especializado (nuestro pueblo tiene un negocio entero dedicado a los dardos), se unió a un equipo y compitió en una serie de bares francamente olvidables de todo el estado de Jersey. Esto no me entusiasmó: las prácticas para los torneos consistían en jugar a los dardos con él durante horas en su garage congelado, y tengo poca tolerancia para manejar objetos de metal en temperaturas bajo cero.

Luego de la universidad salí con Sean, el marihuanero más casual del mundo. Esto duró dos meses, como máximo. Al día de hoy seguimos discutiendo sobre el nivel de compromiso que le dedicó a ese personaje. Recuerdo que prendía un porro cuatro, como mucho cinco veces y hacía cosas como: ordenar su biblioteca, limpiar bajo su cama, sentarse en el techo fuera de su ventana y mirar la polución lumínica de Nueva York que nosotros llamamos cielo nocturno. Él insiste en que pasó drogado un verano entero. No tomen drogas, niños. Les inhibirán la capacidad de recordar la duración de un verano entero.

Imagino que cuando dos personas salen por un mes o dos, recuerdan estas identidades temporales de sus ex. “¿Recuerdas a Sean, el que jugaba a los dardos?” Cuando sales con alguien durante el mismo tiempo que yo ves su evolución, y te das cuenta que lo de los dardos es un hilo más en el tapiz de su persona. Si hay algo que Sean y yo hacemos bien es permitir que el otro tenga la libertad de elegir los hilos que le interesen durante ese momento, aunque para nuestros adentros pensemos Uf, ¿En serio?

Trabajar en BuzzFeed para mí fue un hilo muy brillante. De repente encontré mi identidad como escritora y tuve muchas amistades automáticas, ya que BuzzFeed emplea mucha gente interesante de la misma edad que yo. Sean me dio el espacio para realizar estas conexiones, y durante mi primer año en BuzzFeed cancelé montones de nuestras citas para ir de brunch y salir en noches de karaoke. Ahora sé que odio el brunch y el karaoke — emborracharse a la una de la tarde y comer huevos de quince dólares me parece un desperdicio de sábado, y la única razón del karaoke es permitir que la gente que sabe cantar acumule cumplidos — pero me alegra haber pasado por eso y que mis compañeros de brunch se hayan convertido en editores, guionistas de televisión y ganadores del People’s Choice Award.

Un viernes del año pasado BuzzFeed organizó una cata de whiskeys en honor al día de San Patricio. Casi todos los viernes me tomaba una o dos cervezas después del trabajo y volvía a Queens a cenar con Sean. Ese día le dije que no me esperara; la cata seguramente me tomaría la mayor parte de la noche.

Fue una de esas noches mágicas en las que todo encajó: el grupo perfecto de gente, la cantidad justa de alcohol, la energía de viernes.

Mis colegas y yo probamos mucho whiskey, y cuando el evento terminó, algunos de nosotros probamos aún más de los vasos que sobraron. Fue una de esas noches mágicas en las que todo encajó: el grupo perfecto de gente, la cantidad justa de alcohol, la energía de viernes. En un momento mi colega Matt estaba contando una historia e Isaac, otro colega, lo interrumpió.

“Tienes una pestaña”, le dijo, y señaló su propia mejilla como referencia.

Matt se pasó la mano por la mejilla pero la pestaña siguió ahí.

“Déjame quitarla”, dijo Isaac. Se estiró sobre la mesa y tomó la pestaña con cuidado entre su índice y su pulgar. “Pide un deseo”.

Matt cerró los ojos y sopló la pestaña del pulgar de Isaac. Todos la vimos flotar por el aire en espirales descendentes hasta que desapareció debajo de la mesa y dejó nuestras vidas para siempre.

Durante un momento nadie se movió. Finalmente, mi colega Sarah susurró “Eso fue hermoso”, lo que provocó un ataque de carcajadas y más tragos.

Nos quedamos en el trabajo hasta después de las seis de la tarde. Cada hora que pasaba un colega se levantaba, mencionaba planes que lamentaba haber hecho y se iba hasta que, entre las nueve y las diez, me quedé sola en la oficina vacía.

Es raro estar en el trabajo cuando no hay nadie. Las áreas de mayor actividad — la cafetería, los baños — están oscuras, silenciosas pero familiares, como un juguete en desuso. Me tomé un momento para asimilar esa ausencia de todo. Luego me puse mi chamarra y me dirigí a la salida.

Fui por las escaleras como de costumbre. Al abrir la puerta, sentí un viento fresco. Miré hacia arriba y noté que la gente del piso superior, el último piso, había dejado la puerta abierta. Sabía que ese piso estaba en construcción por el ruido constante de taladros y martillos, y pensé Quizás puedo echar un vistazo y ver cómo va todo.

Mi intención era asomarme un poco por la puerta, pero crucé el umbral para ver bien el lugar. Era una réplica exacta de nuestra oficina pero totalmente en blanco, como si alguien hubiera hecho Ctrl + A y borrado los escritorios, las sillas y las figuras de cartón de Ryan Gosling. Descubrí de inmediato la fuente del viento frío: había una ventana abierta que dejaba pasar el frío viento de Marzo. Cuando me acerqué a cerrarla noté que, a diferencia de las ventanas en nuestro piso, tenía un techo justo fuera, como una terraza. Pensé Bueno, ya que estoy aquí. Abrí un poco más la ventana y me escabullí hacia fuera.

Es raro estar sola en un techo de Manhattan durante la noche. Los sonidos apagados de la ciudad serpentean desde abajo y se mezclan con el viento. Podía ver al edificio Flatiron justo al final de la calle, la Freedom Tower a la distancia y — dios mío — el Empire State dominar el cielo desde el norte.

Caminé hasta el borde y sentí que mis ojos se llenaban de lágrimas — una mezcla de whisky, el viento frío, y una súbita emoción que me inunda cada vez que mi vida se asemeja a una escena de película. Me asomé para ver la calle de abajo, miré a la gente hormiguear por la calle 23 en líneas desordenadas. Imaginé sus manos apretandose los collares a sus cuellos, o hundidas en sus bolsillos, y que ninguno sabía que eran extras en mi película.

Pero por sobre todo miré el Empire State, el edificio que siempre intenté ver desde los puntos más altos de mi hogar suburbano. Generalmente podía ver sólo la punta roja de su aguja: pequeña, fina e invisible para el ojo poco entrenado, algo que aprendí cada vez que la señalaba a las visitas. Pero esa noche casi podía rascar la luna, y estaba tan cerca que sus luces blancas se reflejaban en el cierre de mi chamarra.

Tomé un millón de selfies.

No quería irme, pero sabía que me arriesgué al colarme en este piso. Hice un giro de 360 grados para recordar bien todo, saqué unas fotos más y me fui. Dejé la ventana tal y como la encontré y bajé las escaleras hasta el lobby. Le deseé buenas noches al guardia de seguridad y tomé la línea N hacia Queens.

El sábado desperté con un dolor de cabeza tremendo. Gruñí, y Sean se volvió hacia mí.

“Buenos días” dijo, medio dormido.

“¿Son buenos?” dije, mientras intentaba masajear una puntada sobre mi ojo derecho.

“¿Dónde estuviste anoche?” preguntó.

“Bebí una cantidad irresponsable de whiskey y me escabullí al techo de mi oficina”, dije.

Sean levantó su cabeza de la almohada y me estudió con un ojo abierto. “Al menos una de esas dos cosas es verdad”.

Agarré el celular de la mesa de luz y le mostré las fotos. Se veían increíbles, hasta con ojos de sobria. El Empire State llenaba toda la pantalla, brillante y enorme.

“Guau, ¿Me llevas?”

“No puedo”, dije, y me puse una almohada sobre la cabeza.

Sean levantó una de las esquinas de la almohada. “¿Porqué no?”

“¡Porque quizás sea ilegal!” dije. “Invadir propiedad privada, o escabullirse en tu trabajo”.

“Sólo es ilegal si te atrapan” replicó Sean.

“Fue un error” dije, y volví a bajar la almohada. “No volveré a hacerlo”.

La resaca cedió ante la paranoia. Asumí que me salí con la mía cuando saludé al guardia de seguridad y no me preguntó de inmediato si era yo la persona que se metió en el piso en construcción. Pero luego me pregunté si no sería más común que revisaran las cintas de seguridad del fin de semana el lunes a la mañana. Sean me aseguró que eso era una locura. Nadie tiene ni el tiempo ni las ganas de revisar 60 horas de material por si las moscas.

“¿Y si hubo un incidente? ¿Y se perdió algo? Entonces sí deberán revisar las cintas. Y yo fui la única que estuvo ahí” dije, mientras sorbía el café de Sean.

“Ok, en el caso improbable de que el piso de tu oficina haya sido víctima de un robo durante el fin de semana, estarás en problemas” dijo Sean mientras recuperaba su taza de café de entre mis manos.

Sabía que exageraba, pero mis sospechas no eran totalmente infundadas. La primera semana en ese edificio hubo un homicidio y suicidio en el Home Depot de la planta baja. Un año atrás pasaron los bombardeos en Chelsea a una manzana de distancia. Y unos días atrás alguien encontró mi billetera abierta en el piso del lobby y me faltaban cuarenta dólares y un real brasileño. ¡Esto es Nueva York! Pasan cosas malas todo el tiempo.

Se acercaba el lunes y crecía mi miedo por mi escapada al techo de la oficina. El domingo a la noche dormí inquieta, pensé en borrar las fotos que tomé — la evidencia — de mi teléfono. No lo hice, ya que si haces algo genial y no tienes selfies para probarlo, básicamente nunca pasó. La mañana siguiente caminé por la calle 23, estirando el cuello en busca de una barricada policial frente a mi edificio. No había nada, pero confundí un carro de comida halal con una camioneta de noticias y casi me trago mi goma de mascar. Al llegar al lobby marqué mi tarjeta de identificación, temiendo que el guardia saltara el mostrador y me aprendiera, pero no quitó la vista de su celular. Subí a la oficina en elevador y me hundí en mi escritorio. Evité mirar a mis colegas a los ojos, avasallada por la sensación de que había hecho algo raro en nuestro hogar compartido.

Pasé el día escribiendo un artículo y chequeando compulsivamente mi casilla de email cada cuatro minutos. Estaba nerviosa, y cada mensaje nuevo en mi bandeja de entrada me hacía contener la respiración. ¿Me escribirían “Estás despedida” en el asunto del email, o serían más graduales con algo como “El techo???”? Imaginé que si me iba a meter en problemas sería con Ben, mi editor en jefe. Tenía 25 años y pensaba que mi jefe era una especie de director de escuela con el único trabajo de mantener el orden en la redacción y decirnos que hicimos un buen trabajo. Se hicieron las seis de la tarde y no recibí emails de Ben, la policía ni la secretaría de defensa de los Estados Unidos.

De vuelta en casa, le conté a Sean sobre mi día mientras cenábamos alrededor de la mesa ratona en nuestra sala de estar. Tuvimos la suerte de encontrar un apartamento con un comedor de verdad — ¡Una habitación entera para comer! Antes de firmar el contrato, pensamos que los comedores en Nueva York eran un mito, como los hombres topo o los horarios del metro. Tuvimos mucha suerte, y aún así elegíamos comer sentados como niños en un jardín de infantes. Mientras hablaba con Sean agitaba mis rodillas como una mariposa nerviosa.

“Creo que estoy fuera de peligro” dije. “Si hoy no paso nada, creo que estaré bien”.

“Nunca estuviste en peligro, Erin. Te volviste loca.”

“Ahora lo sé. Pero no podía darlo por hecho hasta quedar oficialmente fuera de peligro, ¿Entiendes?”

“Seguro,” dijo Sean. “Mientras estés más tranquila”.

Pasaron los días y dejé de pensar en el techo. Sean tenía razón. Me volví loca por nada. ¿Qué pensé que harían, arrestarme? Ni siquiera habían carteles. No es que salté barreras que decían: “¡Aléjese o irá a la prisión para señoritas y arruinará su futuro para siempre!”. Me metí en una puerta abierta. Y luego me escabullí como una serpiente a través de una ventana más pequeña pero que también estaba abierta. Si no querían que saliera, quizás no deberían haberme casi invitado a salir.

Me dediqué a escribir un artículo sobre los objetos más raros que la gente introdujo en su ano. Era miércoles, día de almuerzo gratis en BuzzFeed. Y era el primero del mes, cuando regalaban cupcakes gratis a todos los que nacieron ese mes. Había mucho por delante.

A las 11:32 recibí un email de Tanner, mi manager.

Asunto: ¿Tienes un minuto?

Cuerpo: Estoy en Harry Potter.

Le respondí de inmediato: “Seguro!!!! Ya voy para allí”.

Imaginé que Tanner querría hablarme sobre evaluaciones de rendimiento, protocolo que arruiné cada año que trabajé en la compañía. Tanner era mi manager (o Tanager, como me gustaba llamarlo) pero teníamos un buen trato, y a veces esas “reuniones” servían como excusa para charlar cinco minutos sobre cualquier cosa.

Caminé con rapidez a la sala de descanso que llamamos Harry Potter y cerré la puerta tras de mí. Tanner estaba de pie de espaldas a la pared, mirando por la ventana.

“¿Cómo estás?” pregunté, mientras tomaba asiento.

Tanner se volvió hacia mí. “¿Qué hiciste el viernes a la noche?”

Mi cola se cerró tan fuerte que podría haber roto una nuez.

“Yo... ¿Por qué?” pregunté.

“Seguridad revisó una cinta de alguien que subió al techo, y creen que fuiste tú”, dijo Tanner.

Me quedé mirándolo.

“Ví las cintas”, dijo. “Puedes negarlo, pero será más fácil si colaboras con seguridad”.

Una vez a los trece años jugué un campeonato de softball con mi equipo, y erré una bola perfecta. Susurré una maldición para mis adentros, el umpire me tocó el hombro y me dijo “Jovencita, si dices de nuevo esa palabra te saco del juego”. La oleada de vergüenza y humillación fue tan intensa que entré en calor literalmente y, por un segundo, pensé que había orinado mis pantalones. Esa fue la última vez que sentí esa vergüenza-calor-sensación-de-orinarme hasta ese momento, doce años después, en una habitación llamada Harry Potter frente a un colega que alguna vez me respetó.

“Lo siento” dije. Era lo único que podía decir.

“Mira, a nosotros no nos importa. No estás en problemas con BuzzFeed. Pero seguridad necesita que firmes algo admitiendo que fuiste tú, y luego te dirán los pasos a seguir”.

“OK”, dije, me puse de pie y sentí mis piernas temblar. Nunca estuve en problemas como adulto. Ni siquiera tuve multas por exceso de velocidad. El GIF de Bob Esponja sollozando y gritando “¡Pero soy un buen fideo!” quedó clavado en mi cabeza mientras me dirigía hacia la puerta.

Tanner se aclaró la garganta. “Ve al escritorio del lobby. Ellos te dirán lo que tienes que hacer”.

Asentí sin darme vuelta, respiré hondo y salí.

Caminé hacia el elevador con la mirada clavada en el piso, aterrada por establecer contacto visual con algún colega y que sepan de inmediato que era una sucia malhechora. Imaginé que me tiraban café caliente en la cara y me gritaban insultos como “¿Por qué no te mudas al techo, si tanto te gusta?”

Llegué al elevador sin hablar con nadie, pero antes que las puertas se cierren mi colega Lauren se metió detrás mío. Dejé de encogerme contra la pared y musité un pequeño saludo.

“‘¡Hola!” dijo. “Guau, ¿te sientes bien?”

“¡Sí! ¡Todo bien!” forcé tanto una sonrisa que me dolieron los dientes.

“Oh… OK. Es sólo que te ves… un poco pálida y rara”, dijo.

“Bueno, es que puede que vaya a la cárcel” dije, sin dejar de sonreír.

“¿Qué caraj—”

Se abrieron las puertas del elevador. Salí primero. Y en el lobby estaba Sean.

“¿Qué estás HACIENDO AQUÍ?” grité mientras corría hacia él. “Estoy en muchos problemas. Descubrieron lo del techo. Qué bueno que estás aquí. Espera, ¿Por qué estás aquí?”

“Inocente palomita”, dijo.

Hice una pausa. Aparecer en mi trabajo a mitad del día sin avisame debe ser la peor broma de la historia, pero no tenía tiempo para burlarme de él.

“¡Qué buena broma Sean! Pero no puedo hablar ahora porque tengo que ir a la cárcel por salir al techo”, dije, mientras lo quitaba de mi camino para ir al escritorio del frente.

Sean me tomó del brazo. “No, Erin”, dijo. “Inocente palomita”.

Y de repente, caí. No estaba en problemas. Nadie sabía sobre el techo. Todo fue una broma. Miré a Sean con un alivio tan dulce que casi me siento en el piso. Pero en lugar de eso lo empujé tan fuerte que casi se cae sobre un sillón.

“¿Estás enojada?” dijo, entre risas.

“No, estoy TAN ALIVIADA”, dije, y me hundí en el sillón a su lado tratando de recuperar el aliento.

Sean sacó una caja de pastelitos de su mochila. “Bueno, te compré esto en caso de que te enojaras. Pero como no pasó, ¿Supongo que me los quedo?

“¡Sí que me enojé, estoy muy enojada!” Grité, mientras le quitaba la caja. “¿Cómo lo hiciste? ¿Cuándo? Entonces Tanner—?”

“Lo sabía” dijo Sean.

“¿Qué demonios? Maldición, piensas que conoces a alguien. Debería dedicarse a la actuación...”

De pronto un guardia apareció frente nuestro. “¿Podrían bajar la voz, por favor? Éste es un lugar de trabajo”.

Me escondí tras el hombro de Sean, todavía aterrada por terminar en la cárcel.

“Lo siento”, lo escuché decir. “No lo haremos más”.

Este es mi único consejo sobre relaciones. Encuentra una zanahoria que comprenda tanto tus ansiedades que te pueda hacer una broma que casi provoque que te orines frente a un colega. Puntos extra si después te trae pastelitos. ●


Erin Chack es editora senior en BuzzFeed y vive en Nueva York. This is Really Happening (Esto está pasando) es su primer libro. Síguela en @erinchack y lee sus artículos en www.buzzfeed.com/erinchack.

Para saber más sobre la colección de ensayos de Erin, haz clic aquí.

Este artículo fue traducido del inglés por Javier Güelfi.

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