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Updated on 5 nov. 2018. Posted on 30 oct. 2018

'La maldición de Hill House' o el terror de no escuchar los síntomas de las mujeres

ATENCIÓN: este artículo contiene spoilers.

Netflix

'La maldición de Hill House' ha sido una de las más gratificantes sorpresas que nos ha dado Netflix en los últimos tiempos. La serie de terror, que cuenta la historia de una familia antes y después de vivir durante un breve período de tiempo en una casa maldita, consigue atraer y enganchar no solo por el morbo del susto prometido (que levante la mano quien no haya dado unos cuantos brincos en su sofá), sino por su historia familiar perfectamente articulada y por la magnífica construcción de sus personajes principales, a quienes vemos evolucionar desde niños.

Sobre la serie versan ya múltiples teorías, alguna de ellas confirmada por su creador, Mike Flanagan; como la de que más allá de tratar del miedo por lo paranormal, trata sobre los traumas enquistados del pasado y el dolor de la pérdida, y refleja a través de los cinco hermanos cuya madre se suicidó las cinco etapas del duelo. Steven, el hermano mayor escéptico, representaría la fase de negación, Shirley, la que no permite que nada (ni siquiera ella) se desmorone, sería la ira, Theo, con su capacidad de tocar y entender a quienes están a un lado y a otro, la fase de negociación; Luke, el adicto, reflejaría la depresión y, finalmente, Nell, el ser de luz, sería la aceptación.

Pero hay algo más turbio en Hill House y es algo que Steven, el escéptico, pone sobre la mesa en una conversación que tiene con su padre: vale ya de historias de fantasmas, cómo es que dejaste a una mujer completamente fuera de sí abandonada en el lugar que la había hecho enloquecer. Y es que hay algo muy turbio que conecta a Olivia, la madre, con Nell, la hija pequeña que comparte el mismo trágico final: el terror que se puede desencadenar al no escuchar los claros síntomas de las mujeres.

La maldición también tiene género

Netflix

Olivia y Nell no comparten únicamente la misma forma de morir sino también la forma de dejar a sus seres queridos en un limbo de sufrimiento e interrogaciones acerca de qué podrían haber hecho, y en este drama familiar hay determinados detalles que muestran algo que se podría haber hecho: escuchar a las mujeres.

Olivia es la representación del candor de la maternidad, de sus luces de amor y cariño, pero sobre todo de las sombras de la sobreprotección. El terror de su personaje es ese del que hablan muchísimas madres casi sin atreverse a verbalizar del todo: el miedo a que mueran sus hijos. Olivia es una construcción de este arquetipo sin fisuras y llevado al extremo: una madre atenta, preocupada y cariñosa pero, ante todo, una madre que pone por delante a su familia antes que a sí misma, aunque esto le cueste su salud mental. Y esta es la brecha de género que desencadena su final: en cuántas escenas vemos cómo sus jaquecas pasan a un segundo plano debido a los terrores nocturnos de uno de sus hijos, cuántas veces deja de hablar de esa "sensación extraña" porque otro personaje la interrumpe o cómo ella misma silencia lo que le está sucediendo para no preocupar a su familia. Incluso vemos de qué manera pone el bienestar de sus hijos por encima de sí misma al volver a la casa que la está desgastando para proteger a sus vástagos, porque no cree que su marido pueda protegerles.

No podemos obviar aquí el papel que juega Hugh, su marido, el único adulto en la casa que parece empeñado en quitar hierro o en obviar los síntomas de su mujer hasta que se la encuentra poniéndole un destornillador en el cuello. Hasta entonces, Hugh ha ignorado las pesadillas de Olivia y, peor todavía, la verbalización de estas pesadillas. En una conversación que tienen en la cama, cuando Olivia le cuenta el "sueño" en el que ha visto a sus hijos pequeños morir de adultos, Hugh solo es capaz de decir "eso suena terrible". Hugh también se ha mantenido en silencio cuando Olivia le ofrece los inquietantes planos de Hill House y ha estado ausente cuando ella ha tenido que ocuparse de explicarle a su hija qué sucedió con los mininos que mantenía a su cargo, pese a dar entender después que quizás, de haber estado presente en la conversación, todo hubiese ido mejor. El hermetismo y negación de Hugh será lo que más adelante le separe de sus hijos, por ese comportamiento tan arquetípicamente masculino de callar y guardar el pasado debajo de la alfombra, aunque Hugh piense que está protegiendo a sus hijos cuando ellos tan solo solo buscan respuestas para ser capaces de entender y cerrar un dolorosísimo proceso.

Nell es casi una prolongación de su madre, con la única diferencia de que la hija no trata de esconder su sufrimiento ante los ojos de los demás. Nell pasa de ser niña asustadiza a quien nadie hacía caso cuando hablaba de la señora del cuello roto, a la mujer a quien nadie hace caso cuando habla de la señora del cuello roto e, incluso, a quien la familia sigue sin prestar suficiente atención cuando sufre una terrible pérdida. Sus dos hermanos mayores rechazan la llamada de Nell en el primer capítulo de la serie, Theo se niega a ayudarla a encontrar respuestas ante la inexplicable muerte de su marido y Luke, su hermano más querido, la utiliza para comprar droga y ni siquiera le pregunta qué tal lo está pasando. Nell pide ayuda a gritos y nadie la escucha. A lo largo de la serie sigue siendo esa niña pequeña que se perdió una noche de tormenta y estaba delante de todos pero nadie la podía ver ni oír.

Quizás es Luke, el hermano mellizo de Nell, el único personaje que parece romper esta brecha entre géneros que observamos en la serie. Luke está dotado de una sensibilidad especial desde niño pero también sufre el mismo trato que su madre y su hermana: su credibilidad siempre se verá afectada por su adicción y su realidad se pondrá en tela de juicio por la misma cuestión. Y quizás es Luke, y no otro, porque comparte con su hermana una conexión especial, la conexión de mellizos, y es capaz de experimentar las mismas emociones que Nell.

Es imposible ver Hill House y no plantearse la cuestión de la salud mental de las mujeres. La abnegación de Olivia que hereda su hija Nell es un reflejo de la exigencia de muchísimas mujeres, anteponiendo el bienestar de sus seres queridos al suyo propio, aunque este tenga un coste altísimo. El miedo en Hill House es que nadie preste atención a los síntomas más evidentes, ya sean fantasmas o mujeres al borde de la locura, o que nadie ofrezca una mano para ayudar en los momentos más críticos, sea cuando aparece la señora del cuello roto o cuando muere el amor de tu vida. Pero sobre todo, el verdadero terror de Hill House es cuando una mujer grita pidiendo ayuda delante de todos, sin necesidad de tener que prestar atención o leer entre líneas, y aun así nadie la quiere ver ni escuchar.





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