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Estuve embarazada, y luego no

Luego de pasar por un aborto espontáneo, perder alguien a quien nunca conocí resultó ser mucho más devastador de lo que hubiera imaginado.

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Mi marido y yo esperamos los resultados del ultrasonido en una habitación de exámenes pequeña y oscura. Era un chequeo rutinario a las 13 semanas de embarazo, y solo vimos sombras plateadas en una gran pantalla. Esperábamos que el doctor nos hable sobre este bebé que recién veíamos por segunda vez, esa cosita con una cabeza redonda, perfectamente formada, que crecía dentro mío.

Se abrió la puerta y entró una doctora que nunca habíamos visto, aunque eso era algo común en ese hospital. Tenía el pelo marrón y ojos marrones, fijos en el suelo.

Saludó a Zack, mi marido. “Soy la doctora Minnick”, dijo. Se sentó en la máquina de ultrasonido. Cuando finalmente me miró, sentí que iba a vomitar.

“No pudimos encontrar el latido”, dijo.


Descubrí que estaba embarazada la mañana de mi cumpleaños número 31. Me sobró un test de embarazo de una caja que había comprado meses atrás, durante un susto anterior. Luego del minuto de rigor, durante el cual ordené todos los cajones del baño, la segunda línea se veía muy tenue, así que googleé “segunda línea tenue en tests de embarazo”. Descubrí que no importaba cuán tenue estuviera la línea rosa, su presencia indicaba altos niveles de gonadotropina coriónica humana (HCG). Era positivo.

Enjuagué el test, fui a nuestro dormitorio y lo puse en la almohada para que mi esposo lo viera al volver con el desayuno. Entró con una taza de café en una mano y un plato de tostadas con mantequilla de maní en la otra. “Estas son las mejores tostadas que hice en mi vida” dijo. Luego se quedó callado.

Me miró a mí, luego a la almohada, y de nuevo a mí y otra vez a la almohada. Dejó el café y las tostadas en la cómoda y agarró el test. “Esto — estamos — ¿Esto es lo que creo que es?”

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Nada de esto parecía real. Asentí mientras nos abrazamos, pero seguía dudando de la veracidad del test. Hacía seis años y medio que estábamos casados, y aunque hablamos de tener hijos durante un tiempo, no estaba feliz — estaba aterrada. Una parte de mí se sentía más como niña que como madre, una sensación que esta noticia acentuó. El corazón se me salía del pecho, me preguntaba si Zack podía ver la ansiedad en mi rostro. Su felicidad me asustó aún más, y también me entusiasmó.

El día siguiente, les dí la noticia a mi madre y a mi hermana en un café de Elko, Nevada. Íbamos de vacaciones a Jackson Hole, donde nos encontraríamos con Zack, mi padre y mi hermano. Quería esperar a que estemos todos juntos para contarles, pero una vez que estuvimos las tres juntas, supe que no podría mantener el secreto por otras 24 horas.

“Estaba pensando que la próxima primavera podríamos ir a Sedona”, dijo mi mamá mientras mirábamos el menú. “Quizás volar hasta Las Vegas y alquilar un auto, ir de excursionismo”.

Mi rostro cambió. “No creo que pueda hacer eso”, dije.

Mi hermana Mallory, hasta entonces sentada en silencio a mi lado, volvió a la vida con furia.

“¡Estás embarazada!” gritó, con tanta fuerza que el resto de los comensales se volvieron a vernos. Podía sentir sus miradas cuando Mallory se inclinó para abrazarme llorando, y pude ver a mi madre manteniendo la compostura en caso de que no fueran esta la noticia y Mallory se hubiera precipitado.

Recordé las dos líneas rosas que ví en el test, y asentí. Una vez que se recuperó, mi madre se levantó para abrazarme y notó que todo el mundo en el restaurante observaba nuestra explosión emocional. “¡Está embarazada”, gritó mi mamá, hizo una panza con sus manos y me señaló. Las dos mujeres que más amaba en el mundo estaban a mi lado, y no podía diferenciar si eran sus lágrimas o las mías las que corrían por mis mejillas. “Vamos a tener un bebé”, suspiró mamá.

Mi madre no pudo contenerse de contar las noticias, así que dejamos una horda de felicitaciones y saludos repartidos en todos los restaurantes desde Nevada hasta Idaho. Una mesera, que se refería a todas como “hermanita”, me preguntó si creía en el amor a primera vista. “Porque así te sucederá, hermanita. Una vez que esté afuera, lo miras a los ojos y ya estás perdida”.


Cuando volvimos a casa nos esperaban tres paquetes enormes de parte de un amigo, regalos para el bebé que despertaron las sospechas de la persona cuidaba nuestra casa. “¿Hay algo que deban contarme?” nos preguntó por mensaje de texto junto a una foto de un conjunto de bebé. “Dile que es para el baby shower de otra persona”, le dije a Zack, pero él estaba demasiado excitado. Su entusiasmo era contagioso, y cuando poco a poco comenzamos a contarle a más personas, mi miedo disminuyó.

Nueve semanas después, durante el primer ultrasonido, vimos una especie de frijol plateado con un centro que se agitaba. “Ese es el latido”, nos dijo la partera. Tomamos fotos de la pantalla para enviarles a nuestras familias junto con algún chiste malo. “¡Es igual a Zack!” escribí a mi familia política. Programamos nuestro próximo ultrasonido para cuatro semanas después.

“Serás una mamá excelente”, me dijo mi hermana, aunque una parte de mí todavía no lo creía. Se suponía que las madres tienen muchas características que yo no tengo: son abnegadas, serenas, sabias, maduras. La crianza no era precisamente una de mis cualidades. ¿Y si fracasaba? ¿Y si quería devolver al bebé? Por las dudas, la semana siguiente leí un libro sobre depresión postparto.

Caminando durante unas vacaciones en Santa Bárbara, Zack y yo intercambiamos preguntas. “¿Y el entrenamiento de sueño?” pregunté. “¿Entrenamiento de sueño?” me respondió.

“Ok, o los pañales. ¿De tela, o regulares?” pregunté.

“¿Hay pañales de tela?” me preguntó haciendo una mueca.

Seguimos caminando hasta que pudimos ver todo Santa Bárbara, el pueblo en el que nos conocimos y nos enamoramos; sus techos rojos, el océano Pacífico, las islas del canal, Santa Cruz, San Miguel y los tres puntitos de Anacapa. El día se puso caluroso mientras caminamos. “Creo que con pañales regulares estaremos bien”, dijo. Caminamos despacio, de la mano. Estaremos bien, pensé.

Esa tarde le llevé flores a una amiga que recientemente había perdido su embarazo, a las 13 semanas. Sostuve el ramo sobre mi estómago, avergonzada por pensar que ver esta nueva vida en mí podría ser doloroso para ella. “Lo siento mucho”, dije. “Es algo muy común”. La ví muy saludable mientras ponía las flores en agua, y me agradeció por traerlas. No lloró, y yo no le hice demasiadas preguntas. Si hubiera sabido lo que sé ahora, me habría comportado de otra manera.


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La cita del ultrasonido era a las 8:30 de la mañana del lunes, justo después de nuestro viaje a Santa Bárbara. Estaba embarazada desde hace 13 semanas y cuatro días, y la aplicación que revisaba todos los días me dijo: “Ahora tu bebé es del tamaño de un chile jalapeño”. Casi ocho centímetros, con un cuerpo que crecía para alcanzar el tamaño de su enorme cabeza, con pequeñas manos y pies.

Nos registramos en la oficina del doctor de la UCSF. Me acosté, y en menos de un minuto estábamos mirando otra vez ese pequeño haz plateado, aunque esta vez se asemejaba un poco más a un bebé. El técnico de ultrasonido tomó unas fotos mientras pasaba su vara por mi estómago. “Para mostrarle al doctor”, dijo, mientras anotaba las medidas. Las medidas me parecieron demasiado pequeñas, pero no dije nada porque no estaba segura. Zack me tomó de la mano mientras veíamos esa cosita en la pantalla.

Mientras esperamos en el cuarto a oscuras intenté convencerme de que todo estaba bien. Luego entró la doctora y nos dijo que no encontró el latido.

Me dejé caer en la silla de exámenes. Sentía el rostro caliente y las manos entumecidas. No sentía los pies ni la lengua. Tomé los pañuelos que me ofreció la doctora y sequé mi rostro. Ok, no podía encontrar el latido. ¿Necesitaba revisarme de nuevo? ¿Podía fijarse otra vez?

La mano de Zack alcanzó la mía y la apreté, aunque no podía mirarlo. La doctora siguió hablando, pero no escuché ni una palabra de lo que dijo. En la la pantalla seguía la imagen del bebé flotando hacia abajo, con sus pequeñas extremidades saliendo de su cuerpecito. Demasiado pequeño. No sentí un crecimiento durante las últimas cuatro semanas. Mi panza no había crecido. ¿Cómo pude pasarlo por alto?

“Oh”, dije. “¿Cómo pasó esto?”

La doctora se vio sorprendida. “El feto dejó de crecer a las nueve semanas”, dijo. “Esto suele pasar durante el primer trimestre, generalmente debido a una anormalidad genética que hace al feto incompatible para la vida. Estuvo perdido desde el principio”.

“Oh,” dije.

“Ahora vendrá una enfermera para repasar sus opciones”, dijo la doctora.

No podíamos hablar debido a la cantidad de tiempo que llenaba la habitación, cada minuto del embarazo y cada minuto que nos quedaba por delante sin él. 

Esperamos a la enfermera durante lo que pareció una eternidad. No podíamos hablar debido a la cantidad de tiempo que llenaba la habitación, cada minuto del embarazo y cada minuto que nos quedaba por delante sin él. Mis ojos derramaron lágrimas lentas, calientes, y Zack se levantó para encender las luces. Probó el interruptor cinco, diez, quince veces, pero la oscuridad permaneció tal y como estaba.

La técnica de ultrasonido me trajo un vaso de agua, y en ese momento la odié por haber sabido todo de antemano, por saberlo mientras tomamos fotos de nuestro bebé muerto y nos enterneció su forma perfecta. Pero no era justo para ella. Sólo hacía su trabajo.

Al final, vino la enfermera y encendió la luz. De repente la habitación se veía tan pequeña, y creí que comenzaría a hiperventilar. Creí que moriría. En ese momento no me hubiera importado morir. Me entregó una hoja de papel. “Siento mucho su pérdida” dijo, y comencé a llorar desconsoladamente.

Al principio de la hoja estaba escrito “¿Cuáles son mis opciones para un tratamiento de aborto espontáneo?”. Era la primera vez durante ese día que ví la palabra “aborto”. Según el papel y la enfermera teníamos tres opciones: Esperar y monitorear, tomar medicamentos, o realizar un procedimiento de succión.

Según el diccionario médico, el aborto es una interrupción provocada o natural de la gestación. Los casos en los que el cuerpo no expulsa naturalmente al feto se llaman “abortos fallidos”. Es como un doble fallo. Fracasaste en mantener el embarazo, y tampoco pudiste abortar por tus propios medios.

Cuatro semanas luego de la muerte del bebé seguimos contando sobre nuestro embarazo a más y más personas. “Estoy embarazada” le dije a mi editor una mañana, entre dulces y café. “Estoy embarazada” le dije al compañero de universidad de mi marido y a su mujer. “No puede beber cerveza, está embarazada”, le dijo mi marido a una mesera en la cervecería Firestone en San Luis Obispo. Era una ironía retorcida que, de algún modo muy real, me convertía en una mentirosa.

La enfermera nos explicó que aunque el bebé dejó de crecer a las nueve semanas, el saco amniótico siguió creciendo en mi interior. Como no era candidata para la medicación casera, podía elegir que mi cuerpo expulse al feto o programar una intervención. No podía esperar más. El bebé se había ido cuatro semanas antes y no mostraba signos de irse. Acordamos una intervención para el miércoles a la mañana.

La enfermera puso su mano en mi hombro con sus ojos llenos de lágrimas. “Lo siento mucho”, dijo, y sentí la necesidad de calmarla. “Yo también”, respondí.

“No es tu culpa”, me dijo, se lo agradecí y luego me preocupé, ya que hasta ese momento no había considerado que podría haber sido culpa mía.

“¿Qué provocó el aborto?” se preguntaba el papel que me dio la enfermera. “Tú no lo provocaste”, se respondía. “Un aborto es la manera de la naturaleza de terminar un embarazo que no sería saludable”. Estuvo perdido desde el principio.

Tuve la sensación de que si nos quedáramos en esa habitación podríamos contener nuestras malas noticias, que no tendríamos que sacarlas al mundo y convertirlas en algo real.

Cuando la enfermera se fue, Zack y yo nos miramos sin decir palabra. Me senté en la cama, ya sin miedo a desmayarme. Tuve la sensación de que si nos quedáramos en esa habitación podríamos contener nuestras malas noticias, que no tendríamos que sacarlas al mundo y convertirlas en algo real. Pero no quedaba más nada para nosotros ahí, así que nos fuimos.

Mientras salíamos del hospital, intenté recomponer mi rostro para que nadie más se sintiera triste si me miraba por casualidad. Me preguntaba desesperadamente de qué manera podríamos retroceder el tiempo una hora, un día, un mes. Seguramente podría haber hecho algo para evitar este final. Llamé a mis padres desde el automóvil. “No pudieron encontrar el latido”, sollocé al teléfono mientras Zack conducía. “Estamos en camino”, dijo mi mamá. En el fondo escuché llorar a mi padre, y mi corazón se rompió mucho más de lo que creí capaz.

Un aborto consiste de muchos procedimientos administrativos. Debes contarle a todo el mundo, a tu jefe, a tu hermana, y a los padres de tu esposo. A las 13 semanas imaginamos que el embarazo era algo seguro, así que comenzamos a compartir las noticias con todos nuestros amigos y familia. No teníamos la energía de hacer docenas de llamadas telefónicas, así que enviamos mensajes de texto. Sentí la urgencia de poner a todo el mundo al tanto, como si hubiera compartido información errónea y necesitase corregirla de inmediato.

Una vez que llamamos, enviamos mensajes o emails a todas las personas que pudimos, Zack me llevó de la mano a nuestro dormitorio junto con una manta roja que usamos para huéspedes. Nos acostamos bajo la manta durante una hora, y lo abracé mientras lloraba; podíamos llorar juntos ahora que ya no debíamos ser pilares de fuerza mutuos. Era una tristeza animal, nacida del peor tipo de decepción. El futuro se estiraba ante nuestros ojos, un terrible minuto tras otro. La tristeza se alojó en mí como un dolor en el estómago que aún me acompaña.


Cuando alguien que conoces y amas muere, tu vida cambia, y ese cambio es el combustible de tu dolor. No puedes llamarlos o verlos como solías hacerlo; solo puedes oler su colonia o las ropas que aún cuelgan en su armario. Pero cuando lo que muere es un feto, un bebé o como se llame, tu vida no cambia, y esa es la parte más extraña, porque debería cambiar.

Tu estómago debería crecer, pero no crece. Tus pechos deberían ponerse turgentes, pero vuelven a su tamaño normal. Tu oficina debería convertirse en una guardería, algo que te molestó, pero ahora los planes de poner una cuna y una mesa para cambiar pañales se terminaron y no es necesario cambiar nada. Lo triste es la manera en la que todo sigue igual.

El miércoles a la mañana llegó más rápido de lo que quise. Mi mamá nos condujo al centro de opciones femeninas de la UCSF, un edificio con una fachada moderna, pisos de linóleo gastado y paredes de un amarillo sucio. Una enfermera pelirroja con delineador felino llamada Annika vino a buscarme y dijo “Voy a llevarte a la sala de exámenes durante un momento, solo tú y yo”. Con la voz más gentil que jamás haya escuchado, comenzó a explicarme el procedimiento mientras señalaba las cuatro recetas que había recogido el día anterior: dos antibióticos, un calmante, y un analgésico.

“Para comenzar, necesitarás tomar el misoprostol”, dijo. Según aprendí, el misoprostol se desarrolló originalmente para prevenir úlceras reduciendo la cantidad de ácido en el estómago, pero también tiene el efecto de causar contracciones uterinas y ablandar la cerviz. Luego el lorazepam, el ibuprofeno, y una batería de antibióticos que no pude pronunciar.

“Puede que tengas algunos calambres durante el procedimiento, pero no deberían ser muy severos” explicó Annika. “El procedimiento dura unos 15 minutos. No podrás escucharnos mientras sucede”. Me preocupó e intrigó esa última parte, me pregunté si podría escuchar la aspiradora. Me alivió saber que no la escucharía.

Zack y mi madre entraron junto a Karen, la doctora que realizaría el procedimiento. Tenía el cabello marrón y enrulado, y se veía amigable. Era tan competente que no podía imaginarla triste, pero ella también había sufrido. Me contó que había pasado por dos abortos espontáneos antes de tener a sus dos hijas.

El misoprostol surtió efecto y me dió los peores calambres de mi vida. Me encogí en la silla como un pájaro en una rama. Tomé el lorazepam y el ibuprofeno y comencé a bromear. Bromeé sobre ver la película Amarga pesadilla, que le causó mucha gracia a Annika. Pensé ¿Me siento triste? Sí, pero también me sentía delirante, y entumecida.

Acostada en la mesa para comenzar la intervención, bromeé sobre llevarme el feto a casa y rellenarlo como un zorro de taxidermia. No hubo risas. Sería tan tierno, dije en un intento de retractarme. Cuando Karen frotó la lidocaína en mi cerviz, pude sentir estremecerse a mis labios. Luego de tres minutos, todo había terminado. Esperé, sangré, le dí las gracias a Karen y Annika. Y volví a mi casa.

Esa noche soñé que había dejado al bebé en el guardarropas. El bebé era una pequeña impresión en blanco y negro del ultrasonido que había dejado sobre una pila de sábanas sucias. La agarré, la metí dentro mío y todo volvía a estar bien. En mi sueño también caminaba por Bernal Hill, desde la que se puede ver todo San Francisco. De repente mi cuerpo era demasiado ligero, y floté sobre San Francisco hasta terminar en la sala de exámenes del centro de opciones femeninas, derramando sangre sobre el piso de linóleo.


La palabra japonesa mizuko se traduce literalmente como “niño de agua”, pero se refiere a un niño que nunca nació, ya sea por un aborto espontáneo, inducido o por nacer muerto. Es una vida que nunca salió del agua de la gestación.

Uno de los aspectos más desconcertantes de un aborto espontáneo es el lingüístico. ¿Qué se perdió? ¿Un bebé? Se siente raro que el mismo término se refiera a un niño sano, pero también es honesto, considerando lo real que ese ser se sentía para mí. ¿Un feto? Suena clínico y conciliatorio. A veces es necesario hablar sobre “el tejido” o “el embarazo”, pero nunca podría considerar que este embarazo haya sido sólo un tejido para mí. Teníamos un apodo para el bebé; comenzaba con P. P me enfermó, y me enorgulleció. Y ahora estoy triste, muy triste.

Uno de los lugares comunes que encuentras con un aborto es que “nadie habla del tema”. Esto es a la vez cierto y falso. Hablar sobre un aborto es complejo y personal, y si alguien no quiere hablar de eso no debería hacerlo. Pero varias personas me llamaron en cuanto volví del hospital, ya que varias amigas mías hablaron conmigo abiertamente sobre sus abortos.

Un par de noches después, mi amiga Micha vino a visitarme con una botella de rosé y helado, y lloramos juntas mientras recordé aquellos primeros minutos y horas sin ese segundo latido en mi cuerpo. A ella le sucedió lo mismo a las ocho semanas. Luego del procedimiento sangró durante días, no pudo dormir y pasó el tiempo mirando Austenland en su sillón mientras sus dos niños jugaban a su alrededor. Las mujeres como Micha comenzaron a venir luego de que compartí mis noticias: Jessica, a las diez semanas. Emily, nueve semanas. Heidi, 15 semanas. Alicia, una vez a las ocho y otra a las seis semanas. Las mujeres siempre están hablando de esto. Lo que sucede es que la mayoría de la gente no está escuchando.

Cuatro semanas luego del aborto me sentía como una demente, buscando historias por doquier. Enviaba emails a viejos conocidos que habían tenido abortos y les preguntaba si no les molestaría contarme todo lo que les había pasado. Trasnochaba buscando “historias de abortos espontáneos” y casi cruzo un semáforo en rojo leyendo libros con títulos como Nido vacío, corazón lleno.

“Aunque no seas Robinson Crusoe en un fuerte solitario, como ser humano siempre caminas por este mundo a solas”, escribió Ariel Levy en su ensayo sobre abortar a los cinco meses durante su estadía en Mongolia. “Pero cuando estás embarazada, nunca estás sola”. Durante tres meses nunca estuve sola, y repentinamente volvía a estarlo. Quería volver a estar no-sola. Quería historias que compartieran mi dolor.

La literatura sobre abortos espontáneos consta de dos géneros distintivos: foros en línea en los que las mujeres comparten actualizaciones urgentes, e historias bien escritas por quienes ya tomaron cierta distancia de lo que les pasó. No existe mucho material intermedio, que es donde yo estoy. Mi aborto sucedió en algún momento a mediados de Julio. Supe de esto el 15 de Agosto. Son noticias frescas, y sigo dolida. Y no volví a quedar embarazada.

Mi dolor se siente tan cerca como las pastillas de jengibre sobre mi mesa de luz, un resabio del paquete que tenía a mano para mis náuseas matutinas. En la puerta de nuestro refrigerador hay varias botellas de Gatorade rojo, una de las pocas cosas que podía beber cuando me sentía mal. Los libros sobre maternidad están en una pila bajo mi lado de la cama. Guardamos una bolsa de regalo en la habitación del frente, que se hubiera convertido en la guardería. Esos regalos — una manta gris, mocasines azules, tres libros de cartón, incluídos Hora del pijama y El pequeño tractor, un enterito blanco y suave con una estampa de un sol y una luna — están en nuestro depósito de la planta baja.

En el último ultrasonido, se puede ver a P flotando dado vuelta en mi útero. El bebé se ve hermoso, como un dibujo de una muñeca que de algún modo me tragué. Durante algunos minutos, pensamos que esa foto era todo nuestro futuro.

Este artículo fue traducido del inglés por Javier Güelfi


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