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Qué se siente que me quieran fuera de Estados Unidos

Nací en Veracruz pero llegué a Chicago cuando tenía solo un año y medio. Siempre supe que el lugar que yo considero mi casa piensa que soy extranjero. Este es mi relato de cuando visité la Exposición de Seguridad en la Frontera de 2014, donde hay una industria militar en auge que apunta a gente como yo.

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A cada rato, impactos cortos, rápidos y muy fuertes interrumpen la charla en el lobby. El sonido es tan fuerte que hasta puedo sentir el golpeteo en mi pecho. Nadie más parece notarlo. El edificio del sur del Centro de Convenciones de Phoenix está abarrotado con hombres blancos de aspecto militar con trajes tenues. Ellos, de alguna manera, siguen conversando, haciendo contactos, con ese ruido penetrante de fondo. Todos llevan colgados al cuello las insignias de la convención que muestran sus afiliaciones repugnantes: DOD, DOJ, DHS, Raytheon.

Este es el primer día de la octava Exposición anual de Seguridad en la Frontera, donde los vendedores de armas y sus compradores gubernamentales se juntan en una frenética comilona de contratos de defensa. Solamente hay unos cuantos sistemas de misiles que se pueden vender, así que las compañías como Raytheon encontraron un buen negocio para mantener sus ingresos, con la industria de seguridad en la frontera. Me cruzo con montones de hombres mientras camino en dirección a el ruido, el que parece venir de adentro de la sala de exposición. Está cerrada. Empujo un poco una de las puertas y hecho un vistazo.

Ahí hay una gran pantalla plana con imágenes blancas infrarrojas de unos cuantos hombres que parecen fantasmas, y los tienen con la mira enfocada justo arriba de una de las frentes de uno de ellos. Entre un par de exhibiciones, unos cuantos puestos atrás, hay una camioneta todoterreno que recibió miles de disparos de una ametralladora, y justo antes de que un guardia venga adecirme que la sala todavía no esta abierta, veo el origen del ruido. Un hombre presiona una pistola eléctrica en su pecho y jala el gatillo,disparando un arco azul de electricidad, una y otra vez, aparentemente sin efecto. Su compañía desarrolló una camisa con una malla de fibras que hace al usuario inmune a las pistolas eléctricas.

Nosotros los contribuyentes (la vasta mayoría de la gente indocumentada del país) somos los clientes. A pesar de que la migración Mexicana hacia los Estados Unidos ronda cercadel cero neto, $4.5 mil de millones estarán disponibles en la próxima media década paraque los contratistas aseguren la frontera. La continua reserva de este dinero depende de la antipatía popular hacia la gente como yo.

A finales de los 80, cuando mi madre Yolanda tenía 20 años de edad y yo uno y medio, abordamos un avión en Veracruz, México, donde nací. Cuando bajamos del avión estábamos en Chicago, la ciudad que convertiríamos en nuestra casa. Mi padre, Martín, que llegó antes que nosotros, nos recibió en el aeropuerto. Las llamadas de largadistancia eran muy caras para hacerlas de forma regular, especialmente para alguienque ganaba un sueldo mínimo, así que mis padres estiraron su relación a más no poder.

En sus cartas, mi madre ponía fotos mías y del patio de la casa de la familia de mi padre, expresaba esperanzas, miedos, ansiedades y tristezas de la semana, además de toda la angustia regular y los celos de un amor joven. Esta clase de distancia y tiempo debe haber sido demasiado. Las fechas en las cartas y el pequeño timbre con el sello del tiempo me permitieronreconstruir el ir y venir en el que cuelga mi realidad.

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Nosotros pudimos volar a los Estados Unidos en vez de caminar un tramo en el desierto o viajar ocultos en un automóvil, porque habíamos conseguido visas de turista al convencer a un cónsul americano de que no éramos pobres. Mi madre había reservado boletos de vuelo de regreso para mostrar que no teníamos intención de quedarnos en Chicago y, después deunos meses, cuando nuestras visas de turista expiraron, entramos en la precaria categoría comúnmente referida como “inmigrante ilegal”.

Todo esto es para dar contexto a algo muy personal que siempre sentí, y que me parece que muchos inmigrantes latinoamericanos sienten, cuando conversan a puertas cerradas y en confianza: esos individuos que vienen a Estados Unidos por cualquier medio disponible no hicieron algo malo. La gente está escapando de la carnicería de la guerra contra las drogas y de una situación económica imposible, y esto tiene que ver con la política de Estados Unidos como con la mexicana. Fui a Phoenix a la exposición de seguridad en la frontera de 2014 porque quería ser capaz de enfrentarme con la cruda realidad de lo que pasaría. Quería mirar fijamente a la cara de esos hombres y mujeres quienes, cuando me ven, ven un problema que ellos piensan que tienen que resolver.

El cuarto principal de conferencias es un rectángulo gris grande con una alfombra gris, paredes grises y mesas largas, también grises. Si alguien se topaba con este cuarto, tal vez podría pensar que había entrado a una reunión de contadores y abogados de patente hostiles, y no a una de vendedores de armas y sus clientes. Me siento cerca de la salida de atrás y noto una música de fondo que se escucha por los altavoces todo el tiempo, un tema raro de 15 segundos que evocan seriedad y dureza. Mientras la primera hilera de hombres camina sobre el estrado, los tonos sombríos hacen juego con las apariencias estoicas que ellos proyectan. Todo esto tiene la pompa de una mala telenovela.

La conferencia empieza con el maestro de ceremonias, un hombre pequeño y redondo que viste un traje entallado, quien agradece a Raytheon, el principal patrocinador y el mayor productor mundial de misiles teledirigidos, por “ayudar a avanzar nuestra misión”. Pero nunca definen la misión mas allá de “proteger nuestra soberanía”, o “asegurar nuestra libertad”. Cuando presentan a el primer orador verdadero de la conferencia, el ex Comisionado Interino de Aduanas y Protección de la Frontera Jayson P. Ahern, lo hacen como a un hombre que “dirigió a través de tiempos de grandes cambios donde nuestra frontera y soberanía fueron atacadas como nunca antes”. La época es posterior al once de septiembre, y casi todos los oradores se referirán a esta fecha como prueba de que esta reunión de hoy, aquí, tiene sentido.

Pero por supuesto que no. O qué clase de sentido tiene que Ahern, el presidente asesor de la junta esté se desempeñe también como Director del Grupo Chertoff, una empresa de asesoría que trabaja en colaboración con Burson-Marstelle, la agencia de relaciones públicas de crisis que tiene clientes como Blackwater USA, la junta militar de Argentina, el dictador Rumano Nicolae Ceausescu, y la Unión Carbide durante el desastre Bhopal. Ahern resume “la doble misión” de los presentes en el primer minuto de su discurso.

“Proteger nuestras fronteras y promover la prosperidad económica van de la mano”. Todos en la audiencia se animan. “Hemos estado observando muy de cerca el uso de la fuerza de los agentes de la patrulla fronteriza, y creo que el Jefe Fisher ha establecido el tono correcto”.

Ahern hace una señal en dirección a Michael J. Fisher, jefe de la patrulla fronteriza de los Estados Unidos, que está sentado en el público vestido con el uniforme verde oscuro de la patrulla fronteriza. Voltea al público y saluda con una inclinación de cabeza.

Una semana antes de la exposición, un agente de la patrulla fronteriza había encontrado a una mujer y dos niñas en el desierto. De acuerdo a los investigadores, él había abusado sexualmente de la mujer y le había cortado las venas de las muñecas. Después abusó sexualmente de la hija de 14 años e intentó desnucarla. De alguna manera, las dos sobrevivieron. Él entonces se llevó a la otra niña a su casa, la amarró y regresó al trabajo a terminar su jornada. Alrededor de la medianoche regresó a su casa y abusó sexualmente de ella. Cuando las autoridades llegaron a su casa, él se mató de un balazo.

Salgo al pasillo mientras los del cuarto aplauden al jefe Fisher. Quiero ganarle a la multitud en llegar a la estación de café, pero merodeando alrededor de las garrafas hay un grupo grande de policías uniformados de diversos tipos. Me sobresalto cuando los veo, y parece que todos se dan cuenta. El momento es breve (los policías solo me miran y se dan la vuelta) pero la sensación de pesadumbre se queda conmigo. Siento como si tuviera algo dando vueltas en mi garganta y me doy cuenta de que miro sus armas. Yo sé que no estoy en un peligro inmediato porque estamos aquí, en este salón, y estoy vestido en caquis y una Oxford, pero no puedo evitar pensar cómo esto sería muy diferente si tuviera puesta otra cosa y nos encontráramos solos en el silencio del desierto, y sobre cómo esto termina diferente para muchísimas personas.

Los policías se ven aterradoramente humanos. A uno le cae café hirviendo en la mano mientras se sirve de una garrafa. Otro titubea antes de agarrar la última porción de moras de una bandeja. Si yo hubiera estado en el mismo cuarto con cualquiera de esos hombres cuando era niño, esto hubiera querido decir que mi familia y yo estaríamos siendo desplazados de nuevo, expulsados de los Estados Unidos para siempre. Todavía no me acostumbro al hecho de que esa ya no es más la situación.

Cuando era chico, preguntaba a mis padres por qué habíamos dejado Veracruz y las respuestas que ellos me daban cambiaban siempre. Tendían a ser vagas: porque alguien que conocías, un primo, un amigo, un vecino, el hermano más grande se iba a Estados Unidos. Y siguieron siendo vagas con el paso del tiempo, pero se fueron volviendo cada vez más desalentadoras mientras crecía: porque allá no hay nada, porque no había forma de hacer algo, porque no había manera de vivir. A principios de los 80, oficiales mexicanos en cooperación con sus guías del norte sentaron las bases para el Tratado de Libre Comercio de América del Norte NAFTA (TLCAN), y unos años después Reagan declaró la guerra contra las drogas, la que justificó las "intervenciones" más agresivas en de América Latina. La vida se hizo cada vez más insostenible para mis padres. Mi padre dice que cuando él y mi madre se dieron cuenta que ella estaba embarazada, lo que tenían que hacer se les volvió muy claro.

El nombre del próximo orador no entona con la lengua del maestro de ceremonias. Alejandro Mayorkas, un cubano-americano, de estatura baja y tez clara, camina hacia el estrado. Es el subsecretario del Departamento de Seguridad Nacional (DSN) nacido en la Habana. Es la primera persona nacida en el extranjero que opera el DSN desde su formación poco después del 11 de septiembre, y el hecho de ser extranjero ayuda a mejorar la imagen del DSN como una institución blanca que mantiene a los extranjeros de color fuera. Como los Ángeles Magazine publicó en el 2000, su padre, un cubano judío, y su madre, cuya familia emigró de Rumania al huir de la persecución nazi, llegaron a California como refugiados antes del primer cumpleaños de Mayorka.Durante una audiencia de comité del senado en 2009, Mayorkas, un demócrata, dijo lo siguiente sobre su experiencia: “Mi padre perdió a su país de nacimiento y mi madre, por segunda vez en su corta vida, se vio obligada a huir del país que consideraba su casa. Nuestro vuelo a la seguridad nos dio el regalo de esta nueva patria maravillosa. Yo sé lo afortunado soy".

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Toma el podio y da su presentación, con un discurso que tienen el tono de un video de entrenamiento corporativo. “Nosotros debemos fortalecer nuestra transparencia para entender cuáles son nuestros retos mayores,” dijo. Yo miro alrededor del cuarto tratando de discernir si lo que acababa de decir significa algo para alguien. Un hombre alto, de pelo blanco, que esta sentado junto a mí parece estar tomando copiosas notas. Le hecho un vistazo de reojo a su libreta, y veo que no ha escrito una sola palabra pero, en vez de hacer eso, dibujó meticulosamente una serie de círculos concéntricos.

Tomo un trago de café al mismo tiempo que Mayorkas dice que Arizona puede ser un “tremendo modelo” de cómo el Estado puede “reforzar alianzas con el sector privado” y casi me ahogo.

En 2013, la Corporación de Correccionales de América (CCA*, todas las siglas son en inglés), el operador más grande de prisiones privadas en el país, generó cerca de 1.7 mil de millones en ganancias. Un cuarto de ese dinero provino del Departamento Federal de Prisiones (BOP) y el Servicio de Inmigración y Control de Aduanas (ICE), al encarcelar migrantes no ciudadanos en los Estados Unidos. Arizona tiene seis instalaciones.

Como informó la Radio Pública Nacional de Estados Unidos (NPR) en 2010, el proyecto de ley 1070 del senado de Arizona fue concebido, refinado y convertido en un proyecto de ley modelo durante las juntas del Concilio de Intercambio Legislativo Americano (ALEC), cuyos miembros incluyen la Asociación Nacional del Rifle, ExxonMobil, y (hasta 2010) la Corporación de Correccionales de América. En diciembre de 2009, el senador del Estado de Arizona Russell Pearce, un representate de CCA y docenas de otros se juntaron en la sala de conferencias del Gran Hyatt en Washington D.C. y discutieron la jerga para el proyecto de ley modelo, el que se puso a votación. Nada de esto es ilegal: se trata de una “alianza publico-privada.” Muchos de los legisladores que co-patrocinaron la SB-1070 recibieron donaciones considerables de la CCA y otras compañías de prisiones, así como también sus cabilderos, algo que no sorprende a nadie.“El presidente sigue comprometido con la reforma integral de inmigración,” dice Mayorkas. De algún modo, lo dice con un gesto que parece sincero, a pesar de que el numero total de deportaciones de Obama pasó recientemente los dos millones, y a pesar de que el gasto gubernamental en la seguridad fronteriza agrupa más que todos los otros gastos de la aplicación de la ley criminal. Hasta la llamada "reforma liberal" propuesta por los demócratas, aumenta el gasto de la frontera y el gasto para compañías de prisiones privadas.

Mayorkas termina con una anécdota con la que creo que intenta demostrar compasión. Cuenta su experiencia de un viaje guiado “a la frontera” diciendo que el visitó Nogales, y que fue en un viaje en helicóptero por el desierto, durante el que tuvo una charla muy fructífera con el piloto sobre cuales helicópteros son los mas adecuados para el rescate de familias que quedan varadas en el desierto. Guardo mis cosas. En el lobby, las puertas de la sala de exposición todavía están cerradas y el ruido de un hombre dándose electrochoques de forma reiterada aún retumba en el lugar. El baño está vacío, en silencio, excepto por el débil zumbido de los focos de neón. La línea de orinales que están blancos, impecables, está desocupada, pero siento la necesidad de ir a un excusado y cerrar la puerta.

En el verano de 2012 pasé varias semanas en el desierto del sur de Arizona como voluntario para un grupo de ayuda humanitaria que deja agua para los migrantes. Ví con mis propios ojos a los agentes de la patrulla fronteriza interactuar con unas personas que presuntamente habían entrado al país sin autorización. Estos claramente necesitaban una atención médica inmediata, pero a ellos ni siquiera les ofrecieron agua, porque el agente no tenía en su camioneta. Al final de mi tiempo ahí, por la interacción con los voluntarios y voluntarias de largo plazo, y los residentes locales, me quedó claro que nadie que pase más de una tarde en el desierto cree que la Patrulla Fronteriza este ahí para rescatar. De hecho, el grupo No Más Muertes recopiló información para un reporte, publicado en 2011, sobre los abusos que los migrantes padecen en la custodia de corto plazo de la Patrulla Fronteriza. En marzo de 2012, varios voluntarios testificaron ante la Comisión Inter-Americana de Derechos Humanos, compartieron su información, y hablaron sobre una “una cultura de crueldad e impunidad institucional” con ofensas rampantes que oscilan desde el abuso verbal hasta la tortura.

Regreso al cuarto de conferencias apenas a tiempo para ver a Nelson Balido, presidente del Consejo de Comercio y Seguridad en la Frontera, y ex presidente de la Alianza del Comercio Fronterizo, cuando termina su discurso y se quedar en el podio irradiando su sonrisa de predicador de televisión. La Alianza del Comercio Fronterizo fue uno de los principales grupos de presión que peleó el pase de TLCAN, y una conglomeración de pólizas para la liberación del comercio, que a fin de cuentas desplazó a millones de trabajadores mexicanos quienes no tuvieron más remedio que buscar trabajo en los Estados Unidos.

Pienso sobre unas series de fotografías blanco y negro que he visto hace unas semanas antes de venir a la exposición. Tomadas en una tarde soleada en 1971, capturan a la primera dama Pat Nixon en la ocasión de la inauguración del Parque Amistad en la Bahía Imperial de California. La serie sigue a la primera dama, vestida en un traje de falda blanco puro, su peinado alto y apretado, como un miembro de su seguridad corta los pocos hilos de un alambrado que se utilizó para marcar el limite de la frontera internacional entre la Playa imperial y Tijuana. En las fotos, ella atraviesa la arena para saludar de mano y besar a los bebés de los mexicanos, que se han aglomerado para ver la inauguración simbólica de una amistad binacional. “Odio ver una cerca en cualquier sitio,” ella dijo mientras apretaba a un niño mexicano que parecía indiferente. “Espero que no dure mucho tiempo esta valla aquí.”

Cuarenta y tres años después, esos cuantos hilos de la cerca se convirtieron en un paisaje abyecto. Lo visité en el 2013. Ahora, dos vallas bifurcan la bahía. La primera es en gran parte una tela metálica que se extiende unos cientos de metros en ambas direcciones. Ahí hay un pilón de acero que llega a una pared secundaria, una sucesión de postes de hierro oxidado de 6 metros de alto que se extienden al oeste hasta entrar unas docenas de metros en el Pacífico y se tuerce sobre el horizonte hacia el este como la columna de un enorme pescado podrido. Dentro del mar, están enterrados en toneladas de concreto postes de acero reforzados con durmientes de ferrocarril de las antiguas vías de California las que fueron puestas por trabajadores Mexicanos del medio siglo. Por encima hay una torre de vigilancia de 80 pies con cámaras infrarrojas y radares de vigilancia terrestre y remontando aun más están los últimos drones de General Dynamics y General Atomics probando sus capacidades en una carrera sobre los contratos de defensa. Estar parado en el Parque Amistad no se siente como estar parado en un parque. Parece como estar en el patio de una cárcel.

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Mi nivel de ansiedad estuvo escalando constantemente toda la mañana, y los viajes frecuentes a la estación de café no me están ayudando. Hubo ocasiones en el pasado cuando, por lo menos por un momento, pude olvidar las circunstancias en las que nací, olvidar que nací del otro lado de una línea geopolítica.

Cuando me hice ciudadano americano en julio de 2011, pensé que estos respiros serian más frecuentes y perdurables, pero estaba equivocado. En el mundo no faltan recordatorios. Por más razones de las que pueda nombrar, siempre supe que el lugar que yo considero mi casa, me considera un extranjero.

Y no menos importante es la designación legal de residente extranjero bajo la que viví la mayoría de mi adolescencia. Esto quiere decir que pude haber sido deportado por muchas ofensas no violentas que son parte de la experiencia de cualquier adolescente. En la escuela secundaria, la mayoría de mis amigos vivían en una realidad claramente diferentes a la mía: muchos eran hijos e hijas de gente rica y poderosa de Chicago, mientras mis padres trabajaban como animales para poder pagar mi educación secundaria, un gasto que ya había sido disminuido por becas.

Borrachos, después de fiestas, varios de mis amigos más afortunados dejaron sus autos lujosos atados a los postes de teléfono, algunos vendían drogas para divertirse, algunos robaban solo por el hecho de hacerlo y, por ser quienes eran, siempre les retiraban los cargos y les limpiaban los récords.

En esta clase de ambiente perdí la perspectiva necesaria para saber que no podía darme el lujo de comportarme de esta manera porque, mas allá de no tener la clase de padres con abogados caros disponibles con solo presionar un botón, los míos no podían tener dinero disponible todo el tiempo, y también estaba el hecho de que, yo, a diferencia de mis amigos, podía enfrentar una expulsión permanente del único país que conocí.

Saber todo esto es un callejón sin salida. Puede ser sofocante en muchas maneras reales. Más importante que la paranoia cuando fumaba un porro después de la escuela, fueron las maneras en que este conocimiento me hizo auto-patrullarme. La conciencia constante de que yo estaba sujeto a medidas punitivas mucho más rigurosas por a mi estatus migratorio, amordazaban efectivamente cualquier voz cívica que podría haber desarrollado. La primera forma de acción directa en la que participé fue cuando ya estaba bien entrado en mis veintes, después de convertirme en ciudadano de los Estados Unidos. Esta clase de vulnerabilidad, la que está inscrita en la frontera, se renueva a si misma en la vida de cada inmigrante con o sin documentación, y es precisamente esta clase de vulnerabilidad que hace el trabajo del migrante tan explotable y por lo tanto tan deseable.

Anh Duong, directora de la División de Fronteras y Aduanas del departamento de Seguridad Nacional, habla de forma apasionada sobre los túneles de drogas, las organizaciones criminales transnacionales, y los submarinos llenos de cocaína. Ella y las otras personas en su panel enfatizan la violencia que amenaza constantemente en cruzar la frontera a pesar de que la mayoría de las ciudades fronterizas del lado de los Estados Unidos tienen niveles de crímenes más bajos que el promedio nacional. El Paso, directamente enfrente de Juárez, por ejemplo, es clasificada como una de las ciudades más seguras en los Estados Unidos.

Duong, como Mayorkas, fue una refugiada. En 2007, fue premiada con la medalla de Seguridad Nacional por sus contribuciones a la Operación Libertad Perdurable, específicamente porque que ella y su equipo de científicos desarrollaron un nuevo tipo de ojiva termobárica (un proyectil) justo después del 11 de septiembre. El BLU-118/B, como se dio a conocer, pasó de ser solo un concepto a ser fabricado en solo 67 días, un proceso que usualmente toma años. Su bomba fue significativa porque aumentó la letalidad dentro de espacios confinados, como cuevas, al soltar un polvo fino de aluminio en la atmosfera, que causó que el aire se queme. Cualquier persona que no sea inmediatamente incinerada puede que sufra de huesos del oído interno machacados, ceguera, y ruptura de órganos debido a las extremas olas de presión. Un estudio de la Agencia de Inteligencia de Armas Termobáricas similares a la de Duong descubrió que es probable que muchos de los desafortunados receptores de la contribución de Duong estaban concientes durante sus últimos momentos de sofoco o en llamas.

Duong vuelve al tema de los submarinos llenos de cocaína, y de cómo su departamento esta constantemente buscando “nuevas soluciones” al problema de narcóticos que se ingresan a través de la frontera. A pesar de la creciente oposición a las tácticas de la guerra contra las drogas que empezaron durante la administración de Reagan, y a las montañas de evidencia empírica de que estas tácticas no funcionan, Duong parece estar resuelta en querer soluciones duras. Ella está absolutamente desinteresada en las razones: ella sabe que el diablo existe y que anda suelto.

Una mujer alta de traje gris oscuro aparece sosteniendo un micrófono, y anuncia que habrá una sesión de preguntas y respuestas. Siento la urgencia agobiante de lanzar algún tipo de descarga al panel, algo que rompa el ininterrumpido flujo de tonterías no por otra razón que la de exorcizar algo de la impotencia que siento. Pero, ¿qué? La mujer del micrófono va a hacia alguien más, que pregunta algo intrascendente. En un frenesí, trato de apuntar algo en mi libreta, algo no tan fácil de esquivar, algo que sea provocador. Decido alzar la mano antes de que termine la sección de preguntas y respuestas y la mujer del micrófono lo nota. Ella sonríe para hacerme saber que me vio, y yo inmediatamente me arrepiento de haber alzado la mano. Cuando se pone en marcha en mi dirección siento como que se me va el aire, y pienso que a lo mejor voy a vomitar.

Cuando ella llega a mí, de alguna manera gestiono la siguiente acusación y la planteo como una pregunta: “Algunos dirían que el tratar un problema de salud pública con métodos policíacos y tecnologías militares crea una demanda en el mercado negro que crea una necesidad para más métodos policíacos y tecnologías militares. Y dado que estas soluciones y tecnologías no afectaron el número de drogas que entraron, ¿qué indicadores concretos hay que de esta manera se podrá en algún futuro resolver este problema?”

Anh Duong y Chris Thompson, que trabaja para Raytheon, que estuvo sentado en silencio junto a Duong, empujan sus sillas de la mesa y cubren sus micrófonos parcialmente con las manos. La mujer que traía el micrófono, que había sonreído para reconocer que había visto mi mano, ahora me mira fijamente como si la hubiera traicionado de alguna manera. Thompson, quien se parece a un Matt Lauer joven, regresa a su micrófono primero. “Has hecho una pregunta muy política”, dice sonriendo ligeramente. Ellos retroceden nuevamente y susurran entre sí. Thompson se acerca a su micrófono de nuevo: “Estoy tratando de responder a lo que un cliente me esta pidiendo” él dice. “Yo estoy tratando de satisfacer la necesidad de un cliente.”

Él invoca en su defensa una versión de órdenes superiores, excepto que esta vez, órdenes quieren decir la orden de compra de parte de un cliente; si el liderazgo escoge abordar este asunto de esta manera, es su responsabilidad encontrar soluciones. Él se lava las manos públicamente, o tal vez esto es lo que se dice a sí mismo. Se dice que solo esta cumpliendo órdenes, y ¿quién pudiera culparlo? Esto es, después de todo, perfectamente legal, y dentro de la lógica fría e inhumana de la transacción, tiene sentido.

Duong es menos cautelosa. Ella titubea durante sus respuestas, pero son decididamente airadas. Como preámbulo dice que solo tiene un comentario y “esto es personal, poque como, um, uh, yo creo que todos los panelistas en esta plataforma no están, um, como lo digo, autorizados, ni deberían comentar sobre asuntos, um, de política.” Duong da a entender que las actividades y la tecnología en esta exposición pueden y deben ser abordadas apolíticamente, que de alguna manera estas máquinas y sus efectos no son inextricablemente políticos, y que mi pregunta esta fuera de lugar aquí. En esos momentos espero que alguien me agarre del brazo y me eche del edificio o que me den un electrochoque por la espalda, pero no pasa.

Duong dijo que las drogas son la mejor manera para las organizaciones criminales transnacionales (OCT), de hacer dinero ahora, y que si nosotros legalizamos las drogas, ellos “pasaran al siguiente nivel,” el que ella específicamente lo nombra como el transporte de armas de destrucción masiva (ADM) hacia los Estados Unidos. “Con lo que los atrapamos hoy, si, que encontramos, usualmente es marihuana o cocaína, en realidad en los submarinos muchas veces encontramos cocaína, pero eso no quiere decir que,” ella toma una pausa larga y torpe “que si nosotros legalizamos la marihuana entonces alguien tal vez no contrate a OCT para traer ADM hacia los Estados Unidos.”

Salgo del edificio rápidamente. Mi teléfono suena dentro de mi bolsillo, pero no contesto porque es mi madre y le mentí sobre a donde viajaría. No quise que se preocupe por la posibilidad de que me arresten, me peguen o me pongan en una lista. Dejo el centro de convenciones y camino por las calles casi vacías del centro. Veo edificios y montañas rosadas en el horizonte que le dan contorno a el desierto. Todavía es temprano pero me encierro en mi cuarto de hotel porque necesito la seguridad de un lugar pequeño y vacío donde pueda ver todas las paredes. Cierro las cortinas y me meto a la cama. Permanezco acostado en la misma posición por horas. Veo polvo flotando en el cambio de luces, van de anaranjadas a rosadas y finalmente rojas antes de que oscurece. Estoy tan cansado que no puedo ni moverme, pero también tan cansado que no puedo dormirme y cuando mis párpados finalmente empiezan a cerrarse, entra un resplandor tenue. El teléfono suena y una voz me dice que son las 6 a.m.

Como dormí, las cosas suceden de forma extraña el segundo día. El tiempo es raro: la progresión de un momento al otro parece normal hasta que reviso y noto que pasé una cantidad de tiempo excesiva con la mirada fija en una dirección. En el lobby, agarro una revista que tiene la silueta de un hombre armado hasta los dientes que avanza sobre algo fuera de marco. La abro en una pagina que me dice que la canción Bodies (Cuerpos) de Drowning Pool es la canción mas escuchada por los soldados encaminados hacia el combate. Puedo oír el estribillo macabro: “Dejen que los cuerpos golpeen el piso. Dejen que los cuerpos golpeen el piso. Dejen que los cuerpos golpeen el piso. Dejen que los cuerpos golpeen el piso.”

De alguna manera conseguí un boleto para asistir el almuerzo oficial. Mi mesa está llena: a mi derecha está una mujer mayor y a mi izquierda un hombre mayor con un traje café bajito. Del otro lado de la mesa están dos mexicanos de tez clara con relojes gruesos y caros y se hablan solamente entre ellos. Sentado junto a Traje Café, cuya no he podido leer todavía, hay un hombre más joven, que viste caquis y una chamarra azul marino. Manda un mensaje de su iPhone y después saca de la bolsa interior de su chamarra un BlackBerry, le conecta unos audífonos y se pone uno de los recibidores en su oído. La única cosa que puedo leer en su gafete es MacLean.

La mesa esta torpemente en silencio hasta que el maestro de ceremonias señala a Traje Café y lo identifica como Kirby Klein, el hombre encargado de procurar las tecnologías emergentes para la frontera y aduanas de los Estados Unidos una división del DSN. El cuarto entero voltea y lo miran con sonrisas sobreactuadas. Este es un hombre cuya firma está atada a un presupuesto absurdo gubernamental que se incrementara si la llamada “reforma migratoria” pasa. La frontera ya es un campo de prueba para la militarización doméstica donde las tecnologías de guerra no solo esta almacenadas en una bodega convirtiéndose en polvo, sino la están usando contra gente no tan diferente a ti y a mi. La militarización de ciertas zonas y la política oficial de usar la topografía brutal como un disuasivo ha resultado en aproximadamente 6,000 migrantes muertos en el transcurso de las dos ultimas décadas.

Un hombre me guía hacia las puertas abiertas de la sala de la exposición. El cuarto es un estrépito de charlas industriales. Apenas puedo escuchar al hombre que se da electrochoques sobre el intercambio de negocios. Una pantalla grande muestra una imagen infrarroja: fantasmas blancos con dientes negros, que tienen el punto de mira flotando a unos centímetros de sus rostros. A pocos metros hay una camioneta negra blindada que parece que fue diseñada para la brutalidad. Se llama BearCat, y parece imposible que esta cosa pueda existir, pero muy a mi pesar, el representante, entusiasta, me informa que estos vehículos ya están rodando en un sinnúmero de precintos policiales. Meses después, vi videos de policías apuntando rifles de asalto a los civiles en Ferguson, Missouri, desde arriba de estas máquinas de guerra.

En un puesto más adelante esta Sistemas Elbit, el contratista de defensa Israelí que desarrolló la tecnología de vigilancia para el muro de segregación racial en el West Bank. En uno de sus videos promocionales para la frontera de los Estados Unidos y México su “experiencia” en el West Bank es usada para vender: “TECNOLOGIA COMPROBADA, SEGURIDAD COMPROBADA” y “COMPROBADA EN EL CAMPO C2 ARQUITECTURA 10+ AÑOS ASEGURANDO LAS FRONTERAS MÁS DESAFIANTES.” La ocupación del West Bank es un punto de venta, y su uso funcionó porque unas semanas antes de la exposición, Elbit fue concedida con un contrato de $145 millones de dólares por la DSN.

Un drone del tamaño de un labrador está montado en ruedas. El cuerpo sin duda alguna luce como un pene. Hasta se vuelve bulboso en la punta.“¿Puedo tocarlo?” le pregunto al hombre que porta un gafete de Sistemas Textron.“No veo por qué no”, responde. Un drone negro, pequeño, que parece estar hecho de plástico, está montado en una mesa. El vendedor dice que este es llamado Halcón Nocturno y un operador en el campo puede ponerlo en marcha solamente con lanzarlo al aire.

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Mi imagen aparece en muchas pantallas. Un hombre me dice que recién escanearon mi rostro. Él hace movimientos sobre un centro de mando que es solamente un teclado y un ratón. Hay como una docena de caras nuevas capturadas cada dos o tres segundos. Le da un clic en la mia y el cuadro alrededor va de azul bajito a azul fuerte. La pantalla dice que mi cara fue capturada hace un minuto. En otra pantalla mi cara, junto con otras docenas mas, circula como datos en bruto, la que es después organizada en información en un panel abajo. Mi cara pasa a ser parte de una gráfica circular que muestra la distribución por género de los visitantes al cuarto. Nos dice que han estado 182 visitantes, 27 % de ellos mujeres, 73 % hombres. En otro panel hay una gráfica que describe la distribución por edad en intervalos de 15 minutos. El hombre dice que la máquina me aaasignó un número y que con eso me seguirá en tiempo real mientras me mueva dentro de la sala. ¿Interesante, no? Me da un folleto con ocho personas multiétnicas en la portada. Cada una tiene un círculo verde alrededor de sus caras con una pregunta correspondiente: ¿Cuándo entro él?, ¿Que edad tiene ella?, ¿Es esta la cliente importante Sara Smith?, ¿Estuvo ella aquí este mes?, ¿Cuanta gente hay en el lobby?, ¿Esta muy concurrida esta área?, ¿El es conocido como un ladrón?, ¿Cuando fue la ultima vez que los vieron juntos?.

Hileras de puestos exhiben los sistemas de armas del cuerpo: las máquinas hechas para sacar sangre, desplazar órganos, y taladrar hoyos en los tejidos. Al lado de esos, están los sistemas de armas del orden: algoritmos, cámaras con la capacidad de reconocer caras individuales, secuencias largas de unos y ceros. Algunas de las figuras oscuras que forman la ley y la política están aquí también, maravillándose del arsenal que han ayudado a crear. Esta es una industria en auge.

Todas las reformas de inmigración propuestas incluyen aumentos en el llamado gasto de seguridad. Esta parece ser la tendencia global. La sala de la exposición ésta llena de hombres y mujeres que tratan de vendernos una zona de conflicto militarizada donde la muerte y el sufrimiento son normales, y parece que bastantes de nosotros fuimos inducidos a creer que esto es lo que requiere la seguridad. Mientas camino hacia la salida veo como dos jóvenes blancos levantan de unas monturas de plástico dos grandes rifles de asalto y los apuntan a un montón de gente. Se ríen mientras hacen largos movimientos de barrido horizontal con las armas de fuego. Cuando las ponen de regreso, chocan los cinco antes de irse. Nadie parece darse cuenta.Mi imagen aparece en muchas pantallas. Un hombre me dice que recién escanearon mi rostro. Él hace movimientos sobre un centro de mando que es solamente un teclado y un mouse. Hay como una docena de caras nuevas capturadas cada dos o tres segundos. Le da un clic en la mía y el cuadro alrededor va de azul bajito a azul fuerte. La pantalla dice que mi cara fue capturada hace un minuto. En otra pantalla mi cara, junto con otras docenas más, circula como datos en bruto, la que es después organizada en información en un panel abajo. Mi cara pasa a ser parte de una gráfica circular que muestra la distribución por género de los visitantes al cuarto. Nos dice que han estado 182 visitantes, 27 % de ellos mujeres, 73 % hombres. En otro panel hay una gráfica que describe la distribución por edad en intervalos de 15 minutos. El hombre dice que la máquina me asignó un número y que, con eso, me seguirá en tiempo real mientras me mueva dentro de la sala. Interesante, no? Me da un folleto con ocho personas multiétnicas en la portada. Cada una tiene un círculo verde alrededor de sus caras con una pregunta correspondiente: ¿Cuándo entro el?, ¿Que edad tiene ella?, ¿Es esta la cliente importante Sara Smith?, ¿Estuvo ella aquí este mes?, ¿Cuanta gente hay en el lobby?, ¿Esta muy concurrida esta área?, ¿ El es conocido como un ladrón?, ¿Cuando fue la ultima vez que los vieron juntos?.

Hileras de puestos exhiben los sistemas de armas del cuerpo: las máquinas hechas para sacar sangre, desplazar órganos, y taladrar hoyos en los tejidos. Al lado de esos, están los sistemas de armas del orden: algoritmos, cámaras con la capacidad de reconocer caras individuales, secuencias largas de unos y ceros. Algunas de las figuras oscuras que forman la ley y la política están aquí también, maravillándose del arsenal que han ayudado a crear. Esta es una industria en auge. Todas las reformas de inmigración propuestas incluyen aumentos en el llamado gasto de seguridad. Esta parece ser la tendencia global. La sala de la exposición ésta llena de hombres y mujeres que tratan de vendernos una zona de conflicto militarizada donde la muerte y el sufrimiento son normales, y parece que bastantes de nosotros fuimos inducidos a creer que esto es lo que requiere la seguridad. Mientas camino hacia la salida veo como dos jóvenes blancos levantan de unas monturas de plástico dos grandes rifles de asalto y los apuntan a un montón de gente. Se ríen mientras hacen largos movimientos de barrido horizontal con las armas de fuego. Cuando las ponen de regreso, chocan los cinco antes de irse. Nadie parece darse cuenta.

Este post fue traducido del inglés por su autor José Orduña.


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