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Juandarien / Getty Images

No es un piropo, no es un halago, es una molestia diaria

La calle es tan tuya como mi mía. Respétalo. Respétame.

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Tengo dos recuerdos muy nítidos. En el primero de ellos tengo 13 años y estoy volviendo a casa después del colegio. A tan solo dos manzanas de mi hogar hay un grupo de chicos apoyados entre un coche y una pared. En ese momento, esos chicos son para mi mayores. Tendrían unos 17 años. Cuando paso entre ellos me acorralan, me dicen que soy muy guapa, que a dónde me dirijo. Intento esquivarles pero no puedo. Eran tres chicos. Uno de ellos se coloca detrás de mi y me toca el culo. Otro se coloca delante y me toca las tetas. Me llaman guarra. No tengo muy claro en qué momento termina todo. Solo recuerdo que llego a casa llorando. Que mi madre me consuela y mi padre sale a la calle a buscarlos. No los encuentra.

En el segundo de mis recuerdos tengo 14 años. Es la primera vez que voy a una discoteca light con mis amigas. Me he maquillado en exceso, como sueles hacer cuando todavía no sabes maquillarte. Llevo una minifalda vaquera y una camiseta y me dirijo a la parada del autobús donde me espera el coche de la madre de una amiga y tres compañeras de instituto igual de emperifolladas que yo. Me cruzo con un vecino y estoy acercándome a saludarle pero él no me reconoce. Cuando me ve me dice que qué piernas más bonitas y las cosas que me haría si no se enterase su mujer. Conozco a su mujer. La situación me repugna. Soy una cría.

Estas dos experiencias me marcaron, pero algo dentro de mí me dice que no fueron las primeras. Quizá simplemente fueron las más desagradables. O coincidieron con ese momento en el que una chica comienza a ser consciente de lo que es. A darse cuenta de cómo funciona el mundo. Hay un punto todavía inocente cuando pasas "de niña a mujer". Cuando los hombres empiezan a mirarte de una manera extraña a la que todavía no estás acostumbrada. Cuando recibes "piropos". Cuando empiezas a obtener, sin pedirlo ni pretenderlo, más atención masculina de la que te gustaría.

Al hablar con otras mujeres sobre acoso callejero te das cuenta de que no eres la única ni estás sola. Pregúntale a cualquier amiga. Pregúntale a tu hermana. A tu madre o a tu abuela incluso. Mi abuela me contó que cuando era jovencita un señor se apretó contra su espalda en el tranvía, cuando pudo bajar se dio cuenta de que tenía la espalda húmeda. El muy cerdo se le había corrido encima. No es algo de ahora, es algo de siempre. No es algo aislado, es algo habitual.

El gráfico anterior es la primera respuesta a un cuestionario online de BuzzFeed España en el que han participado más de 100 mujeres: da para hacerse una idea visual aproximada del "pregúntale a las mujeres que tienes alrededor". El 98.2% de las encuestadas han vivido al menos una experiencia con el acoso callejero. Son casi el total de todas las mujeres que conoces. Son muchísimas mujeres.

Lo más interesante, sin embargo, no son las cifras de esta pequeña muestra, sino las experiencias que hemos recibido.

"Recuerdo sentirme insegura al empezar a ir sola por la calle en primaria", responde una chica a la pregunta de a qué edad recuerda su primera experiencia de acoso callejero. De todas las respuestas recibidas, tan solo cuatro personas responden que entre los 18 y los 20 años. Solo una dice no recordar a qué edad sucedió. La media de edad a la que una chica tiene su primera experiencia de este tipo según el cuestionario es a los 13 años. Justo la edad en la que me sucedió a mí. Hay respuestas escalofriantes: mujeres que han respondido que fue a los 9 años. Otras a los 10. Aparecen incluso edades más tempranas.

Las respuestas a este cuestionario coinciden con el análisis realizado por Adrián Santuario del hashtag nacido en México #MiPrimerAcoso en el que muchas mujeres compartieron sus primeras experiencias a través de Twitter. En este caso resulta alarmante el número de mujeres que detectaron su primer acoso antes de los 10 años.

¿Piropo o acoso? Pregúntale a una mujer

Prácticamente a ninguna mujer le resulta satisfactorio este comportamiento. Ninguna considera esto un piropo. "Un piropo es otra cosa", responde una de las encuestadas. La mayoría responden que nunca considerarían una experiencia de este tipo como halagadora. "Es incómodo, maleducado, invasivo y en función de lo insistente que sea el tío, bastante desagradable", apunta una de ellas.

No es exagerado. En las respuestas al cuestionario se relatan experiencias de todo tipo. Hombres enseñando su miembro en el autobús. Hombres maturbándose al lado de una chica de 14 años en el transporte público mientras repite que "necesita estar con una mujer". Hombres persiguiendo a mujeres hasta el portal de su casa, de noche. Y hombres borrachos gritando barbaridades, entre risas, a mujeres que vuelven solas por la calle sin notar, o puede que notando, cómo la mujer en cuestión aligera el paso. Hombres sentándose al lado de una mujer en el tren, por la noche, diciéndole que lo único que quiere es ser su amigo, ignorando la incomodidad de ésta. Hombres a pleno día persiguiendo a una mujer en el metro, en bus, en la calle. Hombres que se enfadan cuando una mujer no responde con una sonrisa a un "cómo venimos hoy de guapas" y se ponen violentos. También hombres tocando el culo de una mujer sin permiso al pasar delante de él en un bar. Hombres acariciando la pierna de una mujer en la calle. Hombres que dicen "puta, vente a follar" a una completa desconocida. Hombres impidiendo el paso a una mujer, con media sonrisa en el rostro. Hombres que insisten en ayudar a una mujer a llevar la maleta y ante la negativa siguen insistiendo en ayudar solo para que la mujer termine accediendo y él intente tocarla. Y hombres diciendo simplemente una frase lasciva cuando una mujer pasa por su lado consiguiendo arruinarle la mañana. Hombres que, simplemente, se acercan al oído de una mujer y le susurran "guapa". Hombres que silban por el día. Hombres que silban por la noche. Frases de contenido sexual a cualquier hora. Son más de cien historias de mujeres.

"No, lo consideré una invasión de mi privacidad y me sentí violentada", responde otra mujer. "Al principio me desconcertaba, luego me incomodaba, ahora simplemente me molesta". "Rara vez es halagador". "No lo considero un piropo aunque sea catalogado como tal". "No, las experiencias de acoso callejero que recuerdo me hicieron sentir mal y de alguna manera atacada, los piropos no se lanzan gritándote en la oreja mientras invaden tu espacio vital". "No, es un piropo si me lo dice alguien que me quiere, valora, respeta y aprecia, quien igual que me piropea me dice lo que no le gusta, porque tenemos una relación y no invade la intimidad". "Cuando era adolescente puede que sí, pero ya no lo veo halagador". "Nunca, es algo que me hace sentir vulnerable, maximizando en un segundo mis inseguridades". "Es que aunque dijeran cosas "bonitas" sigue sin venir a cuento porque no conoces de nada a esa persona". "No sabes si van a pasar de las palabras a hacerte algo más".

"No, me da miedo".

"No, me siento violenta".

Hace menos de un mes llegué cabreada al trabajo. "Ha empezado oficialmente la temporada veraniega del piropo", anuncié. En los 10 minutos que tardo en llegar al trabajo dos hombres me habían dicho cosas. No recuerdo bien qué.

Las mujeres nos hemos acostumbrado, a las malas, a que el mundo es así. A que los hombres dicen cosas cuando pasas. A que la calle es suya y simplemente te están dando su permiso. Porque cuando te pasa con chicos de 17 es "porque son unos gamberros". Cuando te gritan burradas en plena noche "son solo una pandilla de borrachos". Y cuando te sucede con un hombre de mediana edad es que "es un depravado". Cada vez que se debate sobre si debe llamarse piropo o acoso resulta curioso escuchar la perspectiva de un hombre frente a la de una mujer. Resulta molesto cuando un hombre le quita hierro, cuando se siente atacado, cuando te dice que "no todos los hombres son así" o cuando te dice que exageras y que vivimos en "la época de lo políticamente correcto y que ya ni siquiera puede un hombre llamar guapa a una mujer sin que le acusen de machista". Si esa mujer es una completa desconocida es muy probable que no le interese la opinión masculina sobre su físico, aunque esta opinión sea positiva. Es probable que esa no sea su primera experiencia con el acoso callejero. Y es probable que haya vivido más de una mala experiencia que haga que ese "piropo" le provoque rechazo. Ya hemos escuchado la opinión de unas cuantas mujeres al respecto.

No es un halago, es una molestia casi diaria con la que convivimos la mayoría de las mujeres. Hay episodios más sórdidos y violentos y episodios menos desagradables, pero el filtro de importancia no lo pone la persona que acosa, lo pone la persona acosada.

Como mujer, tengo el mismo derecho a caminar sola por la calle que tú. Guárdate ese "piropo", cállate, no me interesa, me molesta. La calle es tan tuya como mía. Respétame.


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