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Cómo sentirte segura cuando eres una trabajadora sexual

Una mujer nos cuenta cómo genera espacios seguros para sus clientes y ella misma.

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Cuando tenía 10 años mi papá dejó a mi mamá luego de 17 años de matrimonio. Los contados fines de semana en los que me visitaba, me recogía en su nuevo Nissan 280ZX color azul y plata. De acuerdo al Consumer Report, el ZX era uno de los autos predilectos de las personas con crisis de mediana edad, luego del Corvette o el Porsche. Fue el automóvil japonés más vendido durante la lujuria ostentosa que representaron los 80s de Reagan. El ZX tenía el atractivo de un auto deportivo y el propósito de ser un imán de mujeres. Simbolizaba todo lo que mi papá más deseaba: buena suspensión; asientos de cuero; sonido envolvente; una cueva más grande y cómoda; y una esposa más joven, más atractiva y más elegante.

En una ocasión, papá nos condujo a toda velocidad para almorzar en un salón de costillas de cerdo en el Victorian Inn de nuestro pueblo. Yo comía en silencio mi sándwich francés remojado en un jugo marrón aceitoso, y mientras él miraba su reloj dorado, noté su cintura más delgada, su camisa polo impecable con el cuello plegado. Lo escuché alardear sobre su nueva raqueta de tenis, su navidad en Hawaii y su bronceado. Luego me dejó en la escuela antes que sonara la campana. Nunca me preguntó sobre mis juegos de volleyball, mis clases de teatro, mi entrenamiento como porrista ni mis amigos. Mientras lo veía desaparecer en su nuevo y brillante estilo de vida, sentí en mi estómago el dolor de haber sido abandonada.

Así que no es novedad que quiera ser la bailarina favorita de una legión de hombres mayores en Showgirls, un bar nudista con temática egipcia y colores rojos en el valle de Coachella en el que suelo trabajar. Para ellos soy desconocida, casi inalcanzable, y tengo a mi disposición una gran cantidad de poder sexual. Me gusta ser su debilidad, irremplazable y enigmática. Especial. No me sorprende que los hombres para los que bailo quieran ser deseados por alguien más joven para evitar el paso del tiempo. Y aunque sus relojes dorados y desgastados marquen, impiadosos, el tiempo que pagaron por estar conmigo, sus historias persisten más allá del final de una canción.


Se supone que los hombres que contratan mujeres jóvenes con nombres de dulces y perfumes para que bailen desnudas en tacones de plástico y tangas centelleantes lo hacen para escapar de sus problemas emocionales, y que este arreglo funciona porque deja de lado apellidos e inversiones a largo plazo, como matrículas universitarias. Sin embargo, me pregunto si la compulsión de tocar caderas bronceadas con aerosol en lugar de mirar una pantalla es un impulso de ser contenidos en este lugar de pulsión nudista y resbaladiza, al menos por un par de canciones, en lugar de desaparecer completamente o simplemente masturbarse. Porque los hombres que veo se desnudan emocionalmente, y entre los dos se siente una especie de amor efímero.

En Showgirls, paso frente a un poster enmarcado de la Sharon Stone de Basic Instinct y me inclino a preguntarle a Kev, un cliente habitual de mediana edad, qué lo hace sentirse tan cómodo como para venir al lugar varias veces por semana.

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Hasta que Siri pueda desvestirse y dar abrazos a voluntad, las strippers tienen aseguradas su trabajo en una cultura cada vez más solitaria.

“Es lo opuesto a un bar nudista. Se siente como una familia”, me dijo mientras bajaba un vaso de whisky. Señala a la bailarina pelirroja que frecuenta, una mujer local de amplias curvas y largos brazos llenos de pecas. Su prima y su hermana también bailan aquí. Su tía, que atendió la barra durante años, solía emborracharse, sacarse el top en el escenario y hacer un baile nudista para sus clientes especiales del bar. Biológicamente, muchas de mis colegas son hermanas que comparten ADN, pero ¿Una chica de su familia que cobra por canciones de tres minutos? Suena ridículo imaginar a Candy o Mercedes masajeando los pies de Kev en su lecho de muerte, o reunidos para el día de acción de gracias. Sin embargo, hasta que Siri pueda desvestirse y dar abrazos a voluntad, las strippers tienen aseguradas su trabajo en una cultura cada vez más solitaria. Porque ser tocado por extraños es mejor que no ser tocado en absoluto.

¿Es amor lo que ofrecemos? Lo es cuando nuestros clientes no ven la diferencia. Y en esta economía emocional, yo tampoco estoy segura de comprender la diferencia. No vengo a Showgirls solamente por dinero, aunque así comencé. Vengo a que me agarren y me deseen con fuerza, me reconforten y me contengan. También vengo para sentirme necesitada.


Según Kurt Vonnegut, “Somos quienes pretendemos ser”.

Quizás, como bailarinas, somos una especie promiscua de familia, e interpretamos deberes de seguridad, pertenencia y amor. Actuamos de consejeras, enfermeras, amantes, novias, masajistas, gatitas sexuales y musas. Al depender financieramente de los caprichos de nuestros clientes, leemos sus necesidades con rapidez y las sostenemos, al igual que el mundo nos sostiene a nosotras. Como bailarinas, cada noche nos aseguramos lo mejor posible nuestra posición como “la elegida”. Si bien este trabajo está plagado de competencias intensas, también compartimos un sentido de intimidad fraternal dentro del vestuario, mientras comparamos sombras de ojos brillantes e intercambiamos productos capilares y tampones. Algunas chicas llegan a sacarse leche de ambos pechos para sus recién nacidos mientras se alinean los ojos. Así que no, Showgirls no es lo opuesto a un bar nudista, es un bar nudista ordinario, el único en millas a la redonda que no es un salón de masajes o un bar gay.

Estoy comenzando a creer que los hombres van a clubs nudistas para liberarse porque en sus labores diarias no se permiten mostrarse vulnerables. Pregunté a varios clientes lo que buscaban en una stripper, y sus respuestas iban desde pulposas a delgadas, de grandes traseros a chatas, de atrevidas a recatadas, altas, musculosas, morochas, pelirrojas, rubias con pecas, negras o asiáticas. Pero era obvio que todos los hombres con los que hablé no buscaban un escape, sino atención y conexión. Su conexión con una bailarina dependía de su calidez y simpatía. Debe ser cariñosa, saber escuchar (como una hija atenta) aunque también debe ser sensual y directa (como una amante). Actuar de novia es algo más familiar que erótico, involucra más lealtad sincera que un buen servicio al cliente. Algunos hombres, sentados en sillas de terciopelo rojo frente a una chica llena de lentejuelas, rompen en llanto. Si el hogar es un lugar seguro en el que uno es libre, Showgirls es el hogar de muchos.


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Puede que los clientes sepan las reglas y limitaciones del exótico mundo de los strip clubs antes de pagar la entrada, (su naturaleza efímera y lo caprichoso de su cariño y el nuestro) pero prescinden de ellas con rapidez. A veces, nosotras también. No solo las reglas físicas, como pellizcar un pezón o apretarme el brazo demasiado para preguntarme si mis tatuajes me duelen, sino también las emocionales, como la presión de escuchar sus historias tristes y sentirme impotente por no ser un abogado de divorcios ni un oficial de libertad condicional.

Durante un turno, un cliente llamado Trigger me habló sobre su viaje a Chicago para visitar a su hija. Mientras bebía sin mirarme a los ojos, me mostraba fotos de su niña de cinco años.

“Pidió permiso para quedarse a dormir” me dijo. “Y escuché a su madre que le decía, ‘Si te quedas a dormir con tu papá no podrás festejar tu cumpleaños en Chuck E. Cheese´s’”.

Con algunas cervezas más encima, bailó en el salón y silbó como empleado de carnaval, mientras arrojaba sus dólares en mi escenario mientras bailaba. Escribió su número de teléfono en una caja de fósforos y también la arrojó al escenario. Me escondí en la cabina del DJ hasta que se fue del estacionamiento y recién ahí me fui, ya que mi necesidad de seguridad siempre pesará más que la necesidad de mis clientes de que los contenga.

Pensé lo fácil que sería para él seguir mi automóvil desde el estacionamiento hacia la noche, desierta y desolada.

Sin embargo, aún conservo la caja de fósforos. Y recuerdo el bigote tupido de Trigger, su cabeza calva y el modo en que lloraba sobre su cerveza de happy hour. Pienso en su hija y nuestra conversación sobre pelear por la custodia, una de las tantas luchas que necesitó compartir conmigo esa noche. Recuerdo sentirme agotada; sentir que cuidaba a un niño potencialmente violento; mirar hacia la salida; y estar a punto de marcar 911 cuando Trigger se acercó demasiado, comenzó a tambalearse y me empujó dentro del área de lap dance. Pensé lo fácil que sería para él seguir mi automóvil desde el estacionamiento hacia la noche, desierta y desolada.

Dar finales felices en el salón de masajes en el que trabajé antes de Showgirls era más demandante físicamente y peligroso desde lo legal, pero me agotaba menos emocionalmente.


El Tantric Temple era un condominio elegante en una colina tranquila, ubicado entre un 7-Eleven y un restaurante mexicano muy popular en Los Ángeles. Adentro, unos ventanales enormes dejaban que la luz amarillenta bañara los pisos de madera almibarada. Unas escaleras conducían a una cocina totalmente equipada donde se molía café y se cocinaba arroz integral entre masaje y masaje. Almohadas lujosas de colores magentas y coral disimulaban los bordes metálicos de las paredes cuadradas. Los cables de computadoras y cargadores de teléfonos convertían el piso en una multitud de cables blancos serpenteantes. Mis colegas y yo intentabamos no tropezar al apagar el calentador de agua o atender la puerta a nuestros clientes.

Como cualquier trabajo de ventas, las sesiones comenzaban a las diez de la mañana y terminaban a las siete de la tarde. En días festivos, se extendía hasta altas horas de la noche, ya que no podía irme hasta que todas las toallas estuvieran limpias y dobladas y la ducha lavada con lejía. Los fajos de billetes se metían en sobres firmados y fechados que guardaba la madama de la casa, quien se llevaba la mitad de lo que ganaba.

Debajo, prendía velas de vainilla y la calefacción; mantenía la luz tenue y el aceite de coco a mano. Prendía inciensos, hacía sonar un gong de yoga que hacía vibrar a todo el condominio. Ponía cristales de cuarzo rosa en un altar de tela blanco. Barría el polvo y pelos púbicos dentro de un cesto de plástico azul y lo tiraba en la basura rápidamente antes de la llegada de mi cliente. Me lavaba las manos con jabón espumante de lavanda. Mi bolsa de almuerzo consistía de queso, almendras y yogurt, nada que pueda tener olor. Tenía la computadora a mano para responder emails y siempre un libro para leer. Me aseguraba que mi vestimenta fuera suave y de algodón y mis perfumes suaves, nada que distraiga. Nada que permaneciera luego de la hora que se paga, que deje un nudo en el estómago o se parezca a la muerte, papeles de divorcio o custodias infantiles.

Un par de zapatos de hombre al lado de la puerta indicaba a nuestras colegas que la habitación estaba ocupada (y a veces quién las ocupaba): las zapatillas urbanas de moda eran de hombres jóvenes, los mocasines de gamuza y zapatos de cuero negro pertenecían a profesionales mayores y adinerados. Los apodos daban a los hombres más comodidad y privacidad, quizás un sentido de pertenencia. Se les daba contraseñas basadas en su apariencia pero que no los exponía, como Anteojos de sol o Bob Mariposa.

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Cada vez que Bob Mariposa subía los escalones hacia el Temple, me mordía ansiosamente los labios y las uñas. Tenía ese apodo especial desde hacía mucho tiempo, desde su primera cita, y permaneció durante mucho tiempo después que me fui.

“Tus zapatos van aquí”, dije.

Siempre me ponía ansiosa antes de una cita, me ponía nerviosa cobrar por exceder mis propios límites físicos.

Como cliente habitual él conocía la rutina, pero igual se lo decía; sonreía cálidamente, se sacaba sus mocasines marrones y los dejaba en su lugar. Siempre me ponía ansiosa antes de una cita, me ponía nerviosa cobrar por exceder mis propios límites físicos. Siempre temía una redada, que vuelvan a arrestarme por prostitución o algo peor. Temía excitarme durante una sesión con un hombre casado del doble de mi edad, transpirado y con los anteojos rotos, que suele pasar. A diferencia de los strip clubs, en los que girar sobre un apoyabrazos se siente similar a un vibrador, el Temple era físicamente más invasivo. Un cuerpo desnudo musculoso debajo mío podía excitarme y distraerme. Pero incluso si llegaba a un clímax, continuaba mis movimientos lentos en un masaje metódico, prestando atención a sus cuerpos. Mis necesidades eran para mí, privadas y personales, totalmente ausentes para mis clientes.

Conduje a Bob Mariposa a mi habitación oscura de cortiñas color borgoña y humo de Nag Champa, con música hippie de moda de Pandora. Cerré la puerta corrediza detrás de él y me quité mi vestido de American Apparel para que él sepa que es su turno de desvestirse. Se quitó su camisa con rapidez y desabrochó sus pantalones cortos grises. Me entregó billetes nuevos, que dejé sobre un escritorio. Lo atraje hacia mí y lo abracé largamente, solté un suspiro dramático que terminó en una suave risa. Se envolvió una toalla blanca en la cintura y fue al baño por su primer ducha. Preparé el baño tal y como a él le gusta: jabones sin abrir y gel antibacterial. Hojas de afeitar. Crema de afeitar. Listerine. Paños para bebé antibacterial y una toalla de mano limpia de color azul. Pagó por la sesión tántrica, que involucra mirarse mucho a los ojos y exhalar juntos durante 90 minutos. Quizás frotar un poco de cuarzo rosa. Los caliento entre mis manos, masajeo su espina dorsal con las piedras rosas y luego las dejó en su mano izquierda. Bob Mariposa necesitaba que lo vean, lo toquen, lo contengan y adoren. Él necesitaba que el tiempo pase en forma suave y lenta, pero nunca sucedía. Yo miraba el reloj porque necesitaba que los 90 minutos terminaran rápido, pero eso tampoco sucedía.


Dos recuerdos de nuestras numerosas sesiones aún persisten: sus ojos grises y húmedos cuando respirábamos al unísono, sentados en la sábana verde de la mesa de masajes en mi habitación con luz de vela, con mis piernas entre las suyas, las palmas de mis manos sobre sus gruesos muslos con pelos grises. Y el aroma a yema de huevo de su aliento mientras lloraba cabeza abajo en esa misma sábana manchada una vez que se terminaban el tiempo, un olor que permanece luego de respirar y respirar, luego de pasar el aceite de coco por sus hombros y sus testículos y luego de que masrturbarlo, su espalda fofa y resbaladiza que se estremece hacia adelante. Permanece luego de que desplegué sus pantalones cortos, del mismo color que la pared corrediza, la fina membrana que separa su llanto de los gemidos del vestíbulo. Su anhelo se mezcla con el mío en un sentimiento que sé de memoria: la dulce pérdida en mis manos aceitosas mientras veo al hombre al que se supone que adoro desvanecerse a su otra vida de tostadas con manteca y calentadores de asiento. Luego que se puso sus mocasines y salió apurado a la incandescente tarde de Los Ángeles, barrí hasta el último pelo gris y me enjuagué. Completa nuestra transacción, siento algún tipo de libertad.


Antonia Crane es escritora, instructora y ganadora del Moth Story Slam en Los Ángles. Es la autora de “Spent” (Barnacle Books, 2014). Escribió para el New York Times, The Believer, The Toast, Playboy, Cosmopolitan, Salon.com, The Rumpus, Electric Literature, DAME, The Los Angeles Review, Quartz: The Atlantic Media, PrimeMind, BuzzFeed, entre otros medios. Su ficción fue publicada en la celebrada antología de policial negro The New Black, editada por Richard Thomas. Su guión “The Lusty” (co-escrita con el director y escritor Silas Howard) basada en la historia real del sindicato de bailarinas exóticas, fue ganadora de la beca para guión cinematográfico de la San Francisco Film Society / Kenneth Rainin Foundation en 2015. Actualmente se encuentra trabajando en una colección de ensayos y memorias.

Este artículo fue traducido del inglés por Javier Güelfi


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