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7 Cosas que aprendí después de un año de celibato

Las lecciones más importantes que aprendí sobre el sexo las tuve cuando no estaba teniendo nada de sexo.

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1. Solía tener mucho sexo.

No me da vergüenza. Yo era una mujer con muchas parejas sexuales casuales, y durante un tiempo me divertí mucho. Me gocé esas experiencias. Era una chica para pasar bien el rato y quería que todos lo supieran. Tenía control de mi sexualidad y no tenía miedo de explorarla y de explotarla.

Luego dejó de ser divertido. En algún punto del camino –el camino fueron varios años de promiscuidad alcohólica con más hombres de los que voy a admitir– mis intenciones se enlodaron. Se mancharon. Estaba utilizando el sexo como un arma, como una forma de poner distancia entre yo y cada tipo que echaba de mi cama a las 4 a.m. Me quito el sombrero si puedes disfrutar el sexo sin compromiso, pero ¿yo? Yo estaba desempeñando un papel, una especie de playgirl tipo "Samantha Jones se encuentra con Russell Brand", y no era feliz. Me tomó tiempo darme cuenta, pero, una vez que lo hice –una vez que me di cuenta de que estaba sola y era prácticamente una impostora– la realidad fue devastadora. Así que cerré las piernas. Durante un año no salí con nadie. Durante 12 meses me pregunté a mí misma quién era, qué quería y cómo podía cerrar la brecha entre esas dos cosas.

2. Te sientes más sola estando en una cama junto a un extraño que estando en la cama sola.

Sian Butcher / BuzzFeed

Para mí, el punto de quiebre fue estar en la cama con un australiano, que estaba quedándose calvo, al que no le gustaba hablar conmigo en las noches en las que salíamos con amigos mutuos y que, sin embargo, de algún modo, siempre llevaba a mi casa. Una mañana tranquila me incliné sobre él y le dije "Haz que me venga". Su respuesta fue mirar su reloj y meterse a la ducha. Quizás conocía el sonido de mi orgasmo y el sabor de mis besos, pero no pude encontrar las palabras para decirle lo humillante que era su forma de tratarme –para ser justos, la forma en la que ambos nos tratábamos–, porque no existía absolutamente nada de intimidad. Una vez que fui célibe, vi que el sexo había sido una pseudoentrega: yo fingía que estaba revelando partes de mí, pero, en realidad, estaba utilizando mi cuerpo para asegurarme de no tener que hacerlo jamás. Es lo más aislante que pude haber hecho. No en balde me sentía sola.

3. Nadie puede amarte hasta que tú no te ames a ti misma.

Casi me avergüenzo de escribir esto, una frase tan trillada que, sin embargo, es lo más cierto que conozco. Pienso que en algún nivel buscaba a alguien que me probara que realmente valgo algo. Mi novio de la preparatoria de casi una década me había abandonado para casarse con mi mejor amiga, y eso afectó muy profundamente la forma como me veía a mí misma. Pienso que estaba buscando partes de mí en cada hombre que seducía. Revelaba mi versión menos amable y más mezquina como para ver quién podía desafiarme y amarme a pesar de todo. Algunos hombres lo intentaron, y yo no podía respetarlos por eso. No confiaba en nadie que quisiera estar conmigo, porque ¿qué mal juicio demostraría eso? Jamás podría salir con un hombre que estuviera verdaderamente interesado en una mujer rota e incompleta. Es porque yo no me gustaba a mí misma que no podía creer que alguien más pudiera hacerlo. Nadie puede amarte hasta que tú lo hagas.

4. El buen sexo es el sexo que tienes con alguien que en verdad te gusta.

Sian Butcher/ BuzzFeed

En mis años más promiscuos, el sexo que tenía era terrible. No me daba cuenta de ello en aquel momento, pero una vez que hice mi voto de un año de celibato, me permití tener la clase de fantasías que previamente había negado. Dejé que mi mente vagara en cuanto a cómo sería que alguien besara cada centímetro de mi cuerpo. Que un hombre se tomara su tiempo; ser explorada profundamente, ampliamente; que me miraran a los ojos. El sexo con alguien que te gusta, como una expresión de intimidad y no como un substituto de ella, es verdaderamente ardiente. ¿Representar en el sexo el papel que piensas que deberías hacer basándote en algún porno malo que buscaste en Google? No tanto. ¿Sexo con un hombre que afirma que no "te conoce lo suficiente" como para hacerte sexo oral? Peor todavía.

5. Una vida sin sexo no es una vida sin amor.

Tan pronto como abandoné el sexo como mi objetivo de una noche de diversión, o de las fiestas o de eventos de trabajo o de cualquier otro momento en el que saliera de mi maldita casa, el amor en mi vida aumentó exponencialmente. Era inversamente proporcional. Cuando no estaba tratando de acostarme con hombres, los hombres de repente estaban más interesados en mí. En lo que tenía que decir. Era muy honesta en cuanto a mi año de celibato, y les fascinaba. Tuve muchas conversaciones sobre las presiones que tenían de "desempeñarse" de determinada manera en la cama, sobre lo mucho que ellos también deseaban una conexión verdadera, una pareja. Fue esclarecedor. Nos han vendido mucho la idea de que los hombres solo piensan en tener sexo, que se la pasan cogiendo y que no quieren que los molesten con el compromiso; que somos nosotras las mujeres las que los presionamos para casarse y tener hijos, y no debió haber sido tan impactante para mí escuchar que, en verdad, ellos deseaban ser vistos y valorados como yo quería que lo hicieran conmigo. Ellos también querían familias y comunidad. Además, los chicos son muy buenos amigos cuando no estás tratando de cogértelos. Toda una revelación.

6. En realidad no es tan difícil como pensarías que sería estar sin él.

Sian Butcher / BuzzFeed

La pregunta que más comúnmente me han hecho relacionada con pasar un año en celibato es: "¿Acaso te volviste loca?" Miren, voy a ser clara: me masturbé ferozmente. Por supuesto que lo hice. Y extrañaba el peso de un hombre encima de mí. Sin embargo, entre más tiempo estaba sin sexo, más fácil se hacía, y más estaba decidida a que cuando volviera a salir con alguien tendría que significar algo. Es un poco como no tomar alcohol en enero: hay un punto donde todo termina, y cuando llegas a ese punto no vale la pena que tu primera bebida sea un chardonnay caliente en un vaso de plástico. Oh, no. El 1 de febrero te la pasas todo el día soñando con una pinta helada servida en un vaso escarchado, con perlas de condensación cayendo por el vaso mientras te lo llevas a la boca y dejas que las burbujas bailen en tu lengua. Lo mismo pasa con tu primer acostón después de un periodo de sequía.

7. Jamás me avergonzaré de mi historia.

Mi historia tiene que ver con el sexo y con el cuerpo: es una historia que tiene que ver con los sentimientos y con el corazón. Nadie más decide cuál es mi historia. Fui lastimada, como millones y millones de personas lo han sido, y tuve que descifrar mi porquería, como millones y millones de personas han tenido que hacerlo. Eso no es indignante e indigno. Es humano.

Algunos hombres con los que he salido no lo entienden, pero lo haría nuevamente, sin remordimientos. Sigo saliendo, con esperanza. Sin remordimientos. Voy a conocer a un millón de hombres diferentes

en un millón de eventos distintos, y con algunos de ellos pensaré: Muy bien, veamos si hay algo aquí. Saldré con ellos y beberé con ellos y

reiré con ellos y me haré preguntas sobre ellos. Algunas veces, me iré a casa con ellos también. Si me siento bien. Juego rápido y fácil con mis sentimientos porque la alternativa –desconectar mis sentimientos por completo, como lo había hecho– es, simplemente, demasiado deprimente. Es normal que algunos hombres no lo entiendan; que algunos no entiendan que estoy orgullosa de lo que hice para convertirme en quien soy. No de haber estado teniendo sexo a diestra y siniestra, sino de haber profundizado en todos los malditos problemas y de haber arrojado una luz sobre los cabrones hasta que ya no estuve asustada.

Hice el trabajo. Hice el trabajo, y jamás revelaré cómo fue

ese trabajo. Sigo aprendiendo, pero he aprendido lo suficiente como para entender que necesitas admitir que estás avergonzada de ello o, si no, eso te poseerá a ti. El mío no se desalentará por la mugre que está debajo de mis uñas. El mío me lo agradecerá. El mío entenderá. Los cabrones que no entiendan, que no comprendan lo que me costó, ellos no son el mío. Aquellos que no entiendan son otra lección aprendida, todo en el nombre de lo que seré.

Becoming: Sex, Second Chances And Figuring Out Who The Hell I Am es una publicación de Hodder and Stoughton y ya se encuentra a la venta.

Sigue a Laura en Twitter: SuperlativelyLJ

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