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Por mucho que vayas a una fuente no se te va a romper el cántaro

Y el refrán tampoco avisa de que pesa un huevo.

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¿Sabes esas películas que empiezan con una escena de acción y el protagonista dice que probablemente se estén preguntando cómo terminó en esa situación? Pues aquí estoy yo con un cántaro lleno de agua.

Marcos Chamizo / BuzzFeed

Probablemente os estéis preguntando cómo terminé en esta situación.

Empezó como toda historia que se precie: delante de una tienda de arcillas que hay cerca de la oficina de BuzzFeed. «¿Sabéis qué sería divertido? Comprar un cántaro y ver cuántas veces hay que ir a una fuente para que se rompa». No sé muy bien cómo lo conseguí, pero a mi jefe le pareció una idea buenísima.

El cántaro.

Poco después, fui a la tienda que había servido de inspiración a por un cántaro.

- Hola, buenas, quería un cántaro.

- Los tienes sin pintar, que son 80 euros o ya más elaborados por cient

- Vale, ya vuelvo en otro momento, gracias.

Descartada la opción de comprar el cántaro más caro del mundo, me planteé dos soluciones: hacerlo yo o buscar uno por Internet. Dudo mucho que a alguien le interese la historia de cómo pasé seis horas en una clase de alfarería –no como esta, que es fascinante–, pero también me parece que será complicado encontrar una tienda que venda cántaros en línea. Resulta que no. Elegí uno (cántaro de boca ancha) un poco al azar y... a esperar.

Odio esperar.

Guillermo del Palacio / BuzzFeed

La primera de las arcillas no necesita horno y parece más endeble, mientras que la segunda no dice nada aunque sé que es bastante resistente porque la utilizaba con mi abuela de pequeño. En cualquier caso, en mi casa no tengo horno, pero sí microondas con modo grill, que es prácticamente lo mismo. O eso creo. Es decir, para mí el microondas funciona con una mezcla de magia, una cosa que da vueltas y... ¿rayos X?

Afortunadamente, ese día hablé con Teresa, una amiga química que vive en Australia. Me explicó cómo funciona un microondas –no sé qué movidas de unas moléculas– y me dijo que el cántaro iba a explotar. «Ya, pero, ¿si lo pongo en modo grill?».

Guillermo del Palacio / BuzzFeed

Al final me quedó claro que el microondas iba a sobrevivir en cualquier caso, así que no dejé que sus palabras me desanimasen y me puse manos a la obra.

Guillermo del Palacio / BuzzFeed

Sorprendentemente, no hay tutoriales sobre cómo hacer cántaros en YouTube, así que tuve que improvisar bastante. La arcilla que se seca sola es mucho más dúctil, pero esto complica mucho el proceso. Al final me queda una especie de taza imbécil [segunda imagen] que, mira, bastante es. El primer cántaro, que es el que irá al microondas me satisface bastante más.

La prueba.

Aquí es cuando me doy cuenta de que igual necesito un plan. Es decir, quiero llenar el cántaro en una fuente de Plaza de España, ir hasta la otra, vaciarlo y volver a empezar. Todo lo que no sea eso tendré que improvisarlo. Aparte, dudo mucho que se me vaya a romper. Al final opto por mi solución preferida: que se ocupe de esto el Guille del futuro.

La ciencia es algo maravilloso; apenas he empezado el experimento y ya he descubierto algo. En concreto, que un cántaro de 50 centímetros de diámetro pesa tres pares de cojones. ¡Viva y bravo!

Marcos Chamizo / BuzzFeed

Había una parte de mí que pensaba que el cántaro se desintegraría nada más entrar en contacto con el agua, pero resulta que cuando los hornean y pasa la movida esa de las moléculas, se hacen mucho más resistentes. Está todo pensado. Además, ¡segundo descubrimiento! El aumento de peso de un cántaro cuando lo llenas de un fluido es inversamente proporcional a las putas ganas que tengo de llevarlo hasta la otra fuente. ¡Ciencia!

Marcos Chamizo / BuzzFeed

[Si sabes leer los labios es muy evidente que mi lenguaje soez ha sido censurado].

El viaje hasta la otra fuente no tiene mucho misterio, la verdad. Ni los siguientes. Eso sí, lo de tirar el agua en la otra fuente es algo más complicado –y, posiblemente, ilegal– de lo que pensé en el principio. Tampoco mucho, pero hay una suerte de valla que no impide el paso, pero sí delimita el espacio. Está ahí, como diciendo "esta fuente no está aquí para que vengas a hacer el imbécil, imbécil". La ignoro, claro.

Y aquí es donde volvemos al inicio. No sé cuántos viajes he hecho, pero lo más probable es que sean menos de los que pienso. ¿Once? ¿Trece? Da igual: no puedo más. Está claro que el cántaro no se va a romper si yo no pongo de mi parte y ya tengo bastante miedo de que me detengan como para ponerme a hacer ruido y ensuciar la ciudad.

No puedo más.

Empiezo a sospechar que me he embarcado en un proyecto faraónico. Uno más. Por suerte, esta vez tengo un as en la manga. Al fin y al cabo, solo hace falta que se rompa un cántaro, ¿no?

Esto ya sí es preocupante. El plan B ha fallado y eso que es la primera vez que tengo uno propiamente dicho. Lo normal es que mi plan B sea el plan A, pero borracho.

Negociación.

«¿Y si hago uno a la pata coja?». Reconozco en Marcos la mirada de Teresa cuando le hablaba del microondas. «Hago uno a la pata coja y si se me cae el cántaro, bien, porque se ha roto, y si no, pues también, porque he hecho un viaje a la pata coja».

«Haz lo que quieras».

Marcos Chamizo / BuzzFeed

Es, sin ningún género de dudas, la peor idea que he tenido en toda mi vida. El único aspecto positivo que soy capaz de encontrar es que si al final vomito –que no lo descarto– puedo hacerlo en el cántaro.

Conclusiones.

Marcos Chamizo / BuzzFeed

El saber popular es muy sabio. Los cántaros son muy resistentes, pero no son del todo prácticos. No me extraña que nos pasásemos al plástico, aunque contamine más. Yo qué sé. Reciclad.

Marcos Chamizo / BuzzFeed

O también podéis donar a una ONG como Water.org o Intermón OXFAM, que realizan proyectos para llevar agua potable a sitios donde no tienen acceso a ella (según datos de Unicef, en el mundo hay aproximadamente 663 millones de personas que no disponen de agua potable; la mayoría, en África). Yo ya lo hice.

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