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Updated on 28 ago. 2018. Posted on 28 nov. 2017

Estoy harta de esos tíos que no se ponen condón por iniciativa propia, porque no soy su madre

«Es una verdad mundialmente reconocida que un hombre va a intentar practicar sexo sin condón siempre que se le presente la ocasión».

Quizá, si Jane Austen hubiese pertenecido a la generación millennial, 'Orgullo y prejuicio' hubiese comenzado de la siguiente manera: «Es una verdad mundialmente reconocida que un hombre va a intentar practicar sexo sin condón siempre que se le presente la ocasión». Y la controversia acontecida a raíz de uno de los arranques más famosos de la literatura inglesa hubiese aparecido esta vez en forma de notificaciones y no de desplantes a la hora del té, con un sinfín de señores explicándole a la pobre Austen que "no todos los hombres hacen eso".

Está bien, no todos, pero de un tiempo a esta parte me he encontrado con que todas las mujeres que conozco se han enfrentado, al menos en una ocasión, a esta desagradable situación. Así que podríamos afirmar que aunque no todos los hombres acostumbren a esta práctica, todas las mujeres la han vivido. Echad cuentas.

A veces se atribuye al calentón, a las prisas o a la falta de logística previa. Venga, compro. Pero es que la mayoría de las veces suele tratarse del elefante rosa en la habitación: algo de lo que no se ha hablado o con lo que se ha transigido en una primera vez y, como si se tratase de un contrato firmado ante notario, se repite hasta que alguna de las partes (y me atrevo a decir que suele ser la parte a la que le preocupa quedarse preñada) decide sacar la conversación.

He escuchado mil excusas por parte de los tíos. Que si no se siente igual, que si le quita "espontaneidad" al momento, que si no les gusta, que si les aprieta o que si es que ellos controlan. Y como parece que las enfermedades venéreas son en sus cabezas tan leyenda urbana como que el masturbarse les deja ciegos y lo de dejar a una mujer embarazada es, pues chica, un problema más tuyo que suyo, sus excusas egoístas les suenan perfectamente válidas en sus irresponsables cabecitas.

Permitidme meter ahora en un saquito algunos de los sentimientos que nos vienen a las mujeres cuando esta situación se ha dado.

Primero viene la culpa, porque la herencia judeocristiana nos ha hecho así. Y el follar conlleva un castigo, especialmente si eres mujer (la Biblia está plagadita de ejemplos). Porque, además, menuda feminista de mierda soy si al final no me he plantado y he transigido ante una situación que no debería haber tolerado de primeras. No he verbalizado. No he sido clara. Si me pasa algo, soy tan responsable como él, incluso más... porque yo debería haber tomado más precauciones sabiendo lo que me puede pasar.

Luego viene el tormento y la vergüenza. Esos días en los que miras tu aplicación de la regla en el teléfono y empiezas a sudar frío. Y como el cuerpo es muy listo pero a veces también es muy tonto, reacciona a ese estrés haciendo que la regla no termine de bajar. Un día de retraso es como un año en la cabeza de una muchacha que no desea en absoluto quedarse embarazada y empieza a plantearse soluciones nada agradables al problema que puede estar gestándose. Luego llega el alivio. O no. Hay casos y casos. Me gustaría que cada vez que un hombre pone alguna excusa para no ponerse un condón pasara 30 minutos con la angustia que nosotras podemos tener durante semanas. Que fuera real y en sus propias carnes. A ver si así se les levantaba.

Luego viene el miedo. Un miedo absurdo. El miedo de si quieres volver a ver a esa persona pero sabes que tendrás que sacar la conversación. El miedo a molestar.

Y entonces llega el enfado. Porque si para ellos ponerse un condón "mata la espontaneidad, la pasión y el momento" es que no se imaginan cómo lo remata para nosotras tener que meternos, justo antes de echar un polvo, en el papel de la madrecita autoritaria que tiene que decirle al niño que haga los deberes, que se siente recto, que diga "por favor" y "gracias" y que se pongas el maldito preservativo. Una vez más volvemos a ser las malas y las cortarrollos, cuando en realidad solo estamos siendo la parte sensata.

En este desencuentro, en la situación en la que un hombre no quiere e inventa quejas y lamentos dignas de crío de parvulario, mientras que la mujer la insta a ponerse la gomita utilizando como castigo el no mantener relaciones sexuales, hay un gran problema. Y que se normalice este juego no hace sino agravarlo. No es ya solo irresponsable y egoísta, es abuso de poder. En nuestra cama y bajo nuestras sábanas. El tener que pelear algo que debería ser de sentido común en nuestra época. El que se haya convertido en una responsabilidad femenina. El que una chica le tenga que explicar a un chico los problemas derivados de no usar preservativo en 2017. Parafraseando a Amistades Peligrosas: basta ya de tanta tontería.

No voy a rogar a los hombres que lean este artículo que se pongan preservativo, porque ya deberían saberlo y porque me aburren soberanamente. Eso sí, voy a rogar a todas las mujeres que lo lean que, si se da esta situación, no pierdan un minuto más de su tiempo. Que un buen vibrador no es tan caro y no te lleva la contraria. A ver si así se acaba la tontería.


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