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Ilustraciones: Marcos Chamizo (BuzzFeed España) / Getty

No, los gays no follamos demasiado

Cómo la falsa promiscuidad se ha convertido en un arma para atacar al colectivo gay desde dentro y fuera del mismo.

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Durante una época de mi vida estuve compartiendo piso con unos amigos y entre ellos había uno del que yo estaba enamoradito perdido. Por suerte se me pasó rápido, la convivencia es lo que tiene. El chico era guapo, encantador, risueño y más raro que un perro verde. Uno de los motivos por los que me acabé desenamorando era que cada fin de semana el piso se convertía en el plató de First Dates: el viernes cenaba con Manuel, el sábado veía una peli con Alberto y el domingo dormía la siesta con Javier.

Pese a lo que puedes estar pensando: no, los celos no rompieron el amor. En esa época Grindr acababa de llegar a nuestras vidas y yo estaba empezando a experimentar con él. Una noche quedé con un chico del barrio para follar, básicamente. No sabía ni cómo se llamaba y me daba igual. Cuando volví a casa se lo expliqué a mi compañero de piso y se quedó mirándome extrañado, con cara de “no me esperaba esto de ti” y acabó diciéndome una frase que seguro has escuchado más de una vez: “yo no podría hacer algo así”.

Durante décadas tuvimos prohibido siquiera fantasear con el amor romántico; idea que puede ser tan nociva y opresora como el ostracismo al que nos tenían sometidos.

“Algo así” es un eufemismo que se suele utilizar para definir prácticas sexuales que deben estar proscritas y que algunos no se atreven a mencionar. Sexo con desconocidos, ir a la sauna, hacer cruising, grabarte haciéndolo… “Algo así”, me decía mi compañero de piso, el que en un fin de semana había tenido tres citas, con tres -como mínimo- sendos polvos; refiriéndose a que él no podría quedar con un tío sólo para follar. Con una cena, una peli o una siesta previa, entonces sí. Pero follar por follar, no. ¡Qué escándalo!

Pues ese “algo así” fue (entre otros muchos) el motivo por el que me desenamoré de ese tío. ¿Por qué sus citas con el Manuel, el Alberto y el Javier de turno estaban bien pero lo que yo acababa de hacer merecía, como poco, pasearme desnudo por la Gran Vía con una monja agitando una campana tras de mí gritando “Shame! Shame!”?

Seguramente has vivido una situación parecida en más de una ocasión. Yo la he vivido unas cuantas. El típico comentario chorra que te hace un amigo cuando te encuentra conectado a Grindr con un nick que nunca dejarías que viera tu madre. La típica risita nerviosa que te suelta tu mariliendre cuando le dices que el sábado no acabaste en casa de nadie, que acabaste en la sauna. El de “yo nunca iría a la sauna” porque qué sórdido todo, qué frío, qué feo, pero al que tampoco le hace falta porque tiene una agenda de follamigos que ríete tú de la de Samantha Jones. La mirada de desaprobación de tu amigo cuando le explicas que la primavera te ha invadido entera y llevas dos semanas que por tu casa han pasado más chicos que por el plató de Mujeres y Hombres y Viceversa. O el que pone en entredicho la relación con tu novio porque habéis decidido ser pareja abierta y follar de vez en cuando con otros tíos y eso no es amor, es vicio.

¿Por qué hay gente a la que le cuesta tan poco pasar del “yo eso nunca lo haría” -que es algo totalmente respetable- al “tú tampoco deberías hacerlo”? Yo no voy a ir a rezar a una Iglesia, pero ¿quién soy yo para decirle a alguien que debería avergonzarse por ponerse de rodillas si no es para hacer algo mucho más divertido que rezar?

Con todo lo que somos los hombres gays, con toda la libertad de la que disfrutamos (los que la disfrutamos) para pedir y ofrecer, con todo lo que hemos descubierto que nos gusta hacer… Es inevitable que siempre te acabes topando con alguien –a quien has pedido su opinión– que intenta o consigue hacerte sentir avergonzado por algo tan simple y tan inocuo como disfrutar del sexo.

Los hombres gays hemos adoptado la cultura del sexo de una forma única que aún a día de hoy escandaliza a muchos heterosexuales. Y los motivos por los que hemos abrazado el sexo de esta forma son muchos y muy variados, desde la utilización de la sexualidad como arma irreverente en la lucha por la liberación y contra la heteronormatividad; hasta una concepción del sexo totalmente alejada del dogma heterosexual-religioso que le confiere una función primordialmente reproductiva.

El sexo es, en realidad, algo a lo que tienes derecho. Derecho a disfrutarlo todas las veces que quieras, de todas las formas que quieras y sin sentirte mal por ello.

Le hemos puesto etiquetas a todas las prácticas que se nos ocurren –que son muchas y muy variadas– y hemos ideado códigos para poder expresar nuestros gustos y fetiches sin tener que ser demasiado explícitos porque venimos de muchos años de opresión en los que había que esconderlo absolutamente todo para poder sobrevivir.

Esa opresión hizo que calara en el subconsciente del colectivo una idea que hemos ido desterrando poco a poco pero que a día de hoy sigue marcando nuestra actitud frente al mundo: los gays no teníamos ninguna función social. No podíamos casarnos, no podíamos tener hijos, y vivir tranquilamente una relación amorosa era casi una utopía.

Durante décadas tuvimos prohibido siquiera fantasear con la idea del amor romántico; idea que, por cierto, puede ser tan nociva y opresora como el ostracismo al que nos tenían sometidos.

Con ese caldo de cultivo no era de extrañar que acabáramos etiquetados como unos promiscuos irredentos; etiqueta que, si lo piensas, no deja de ser otra forma de machismo impuesta por el hombre heterosexual privilegiado. Si una mujer folla mucho, es una zorra. Si un gay folla mucho, es un promiscuo. Si es un hombre heterosexual el que disfruta de su sexualidad, es un triunfador. Por increíble que parezca, en ese sentido los gays somos los únicos hombres a los que el hecho de ser hombre se les aplica como rasgo negativo. “Somos tíos, a los tíos nos encanta el sexo, entre nosotros follamos como conejos”.

Por desgracia los gays hemos tenido la mala suerte de que nuestro sexo haya ido relacionado con el auge del VIH en la época más dura de la epidemia, lo que lleva a mucho ignorante a creer que sigue siendo algo que nunca fue: una enfermedad de maricones. Así que suma la promiscuidad y las ITS ¿y qué tenemos? El caldo de cultivo idóneo para que el mundo te señale como un peligro con patas por hacer algo tan sano, divertido y necesario como disfrutar de tu sexualidad. Y esa idea, con la que nos han machacado durante años y años, es lo que llevaba a mi compañero de piso a decirme lo del “algo así”.

Hace un tiempo un amigo psicólogo especializado en ayudar a hombres gays me explicaba que por su consulta pasan muchos chicos atormentados por su promiscuidad. Me contaba que un día, en una cena con unas amigas, les explicaba algunas de sus aventuras sexuales y una de ellas le espetó un “es que los gays folláis mucho”, a lo que él respondió: “no, yo follo lo normal”. Y es que ¿se puede follar de más? ¿Se puede follar de menos? ¿Dónde ponemos la cifra tope para pasar de ser ‘normal’ a ser promiscuo? ¿Y a ser demasiado promiscuo? ¿Eso existe siquiera? Pero lo más importante: ¿quién pone ese límite, quién marca la cifra? ¿Dios? ¿Tu profesora de religión? ¿Tu madre?

Cuando decidí probar el sexo por el sexo me di cuenta de que seguía queriéndome igual (de bien y de mal); pero ahora lo hacía relajado y con una sonrisa de oreja a oreja.

Va siendo hora de que se nos quede grabado algo importantísimo en nuestra cabecitas, que por suerte es algo que cada vez empezamos a tener más presente: el sexo entre dos adultos que consienten no tiene nada de malo. Puede tener consecuencias, como todo en esta vida, pero son consecuencias derivadas de situaciones concretas. El acto en sí mismo no es algo de lo que tengas que avergonzarte. El acto en sí mismo es, en realidad, algo a lo que tienes derecho. Derecho a disfrutarlo todas las veces que quieras, de todas las formas que quieras y sin sentirte mal por ello.

En la época en la que la geolocalización llegó a nuestras vidas, yo también era de los que preferían tener sexo solo con tíos a los que conociera antes, con los que tuviera confianza, que fuera algo “especial”. Y cuando decidí probar el sexo por el sexo me di cuenta de que ni me sentía mal conmigo mismo, ni tenía un vacío en mi interior, ni me había vuelto idiota… Nada de nada. Seguía siendo yo, seguía queriéndome igual (de bien y de mal); pero ahora lo hacía relajado y con una sonrisa de oreja a oreja.

Hasta ese momento había dejado que todos los clichés baratos sobre la sexualidad y las relaciones humanas ‘normales’ que me llegaban a través de las películas, de la televisión, de los libros, de mis amigos y familiares dirigieran mi vida sexual y amorosa. Pensaba, porque era lo que pensaban las personas ‘normales’, que una persona que practicaba mucho sexo era alguien que tenía poca autoestima, que lo hacía para sentirse aceptado, para sentirse querido; deseado.

Esos clichés puede que no te afecten cuando estás arreglando el mundo con tus amigos pero ¿cuántas veces te has plantado ante un chico al que estabas conociendo y has sentido cierto apuro a la hora de hablar de tus relaciones sexuales? “¿Le digo que follo mucho? ¿Que follo poco? ¿Qué pensará de mí si ve que tengo Grindr?".

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