9 Leyendas mexicanas que te harán mudarte del miedo

    La próxima vez que andes en carretera y veas un camión viejo, no te subas.

    1. El autobús fantasma.

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    Todo ocurrió una noche lluviosa, en la vieja carretera de Toluca a Ixtapan de la Sal. Sorteando las curvas de asfalto mojado, un camión de pasajeros avanzaba rápidamente. Todos sus ocupantes iban dormidos mientras el chofer luchaba por no derraparse. Llegando a las curvas de Calderón, el chofer notó que los frenos no respondían. Antes de que pudiera advertirle a la tripulación, el autobús salió disparado por un barranco. Los pasajeros que no murieron en la caída fueron consumidos por las llamas. Nadie escuchó sus gritos.

    Se dice que desde entonces, por la misma carretera, pasa un autobús muy viejo, con pasajeros muy bien vestidos que nunca dicen una palabra. Si un día te lo encuentras, se detendrá a recogerte y cuando llegues a tu destino te dirá que bajes sin mirar atrás. Si obedeces al chofer, escucharás cómo el camión se aleja, pero nunca volverás a verlo. Si desobedeces y volteas, verás los cuerpos desfigurados de los antiguos pasajeros y te unirás a ellos en su viaje eterno.

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    2. La mano peluda.

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    A principios del siglo XX, en la ciudad de Puebla abundaban los montes píos. Uno de ellos era manejado por el señor Horta, un hombre malvado, consumido por la avaricia, con anillos de oro y piedras preciosos en cada dedo. Al pasar frente a su local, la gente murmuraba "Ojalá que Dios te seque la mano". Un día de 1908, así pasó.

    El señor Horta murió y su mano derecha se convirtió en una rígida masa negra. Los anillos se le encarnaron en los dedos y sobre el dorso, hasta los nudillos, le creció una espesa capa de pelo.

    Desde entonces mucha gente ha visto la mano peluda del señor Horta salir de su tumba, desprendida del cuerpo, como una araña que ronda por los panteones, buscando en la oscuridad a su nueva víctima.

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    3. El hospital fantasma.

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    En Morelia, Michoacán, hay un edificio que solía ser un hospital. Hoy sólo lo cuida un velador, pero ni él recuerda los horrores que ahí ocurrieron. Los gritos de los moribundos aún hacen eco por sus largos pasillos. En la morgue se escucha el alboroto de las charolas metálicas chocando contra sus cajones.

    En ese hospital, hace cincuenta años, una mujer recibió un trasplante de riñón, pero su cuerpo rechazó el órgano y la mujer se lanzó por la ventana. Algunas noches, si miras con atención, puedes verla en esa misma ventana, acechándote.

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    4. La monja de la catedral.

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    Durante la intervención francesa, en el estado de Durango, una monja se enamoró de un soldado francés. La Hermana Beatriz vivía en un pequeño convento, muy cerca de donde el ejército francés hizo su campamento. La monja veía de lejos al soldado sin atreverse a hablarle, hasta que un día llegó el ejército mexicano.

    En una emboscada, la compañía del soldado francés fue derrotada y el amor platónico de la hermana Beatriz fue capturado. Desde el campanario, la monja vio el fusilamiento del soldado francés y decidió lanzarse al patio del convento. Desde entonces, en ese mismo convento, algunos han visto en el campanario la silueta de la monja.

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    5. El anillo de Doña Alba.

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    La vida le concedió a Alba todo lo que quiso, excepto su más grande anhelo: un hijo. A sus ochenta años, Alba tuvo un sueño en el que veía con gran detalle el momento de su muerte. Al día siguiente Alba le encargó al cura de la parroquia que, cuando su visión se cumpliera, repartiera toda su fortuna entre la gente del pueblo.

    Una docena de campanadas anunció la muerte de doña Alba. Nadie fue a su funeral, todos sus familiares y amigos ya la esperaban en el otro mundo.

    Durante la ceremonia, uno de los sepultureros vio en la mano del cadáver un anillo muy valioso. En cuanto la luz de la luna aclaró lo suficiente, el sepulturero y un amigo llegaron al cementerio para desenterrar a Doña Alba. Cuando descubrieron el cadáver, su mano estaba cerrada en un puño, como si se aferrara al anillo. Como no pudieron quitárselo, los sepultureros le cortaron el dedo.

    Ya se iban del cementerio cuando escucharon un grito detrás de ellos. Antes de escapar, el único sobreviviente alcanzó a ver a Doña Alba, que los señalaba con su dedo amputado, aún sangrando. Al otro sepulturero nadie nunca lo volvió a ver.

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    6. La maldición de Don Juan Manuel de Solórzano.

    Memorias de un amnésico / Via momeriasdeunamnsico.blogspot.mx

    En la calle de Uruguay, en el Centro Histórico, hay una casa que ha sobrevivido desde el Virreinato. Ahí vivía Don Juan Manuel de Solórzano, un rico heredero que vivía locamente enamorado de su esposa. La amaba tanto que, cuando descubrió que ella lo engañaba con su sobrino, decidió venderle su arma al diablo.

    El diablo le dijo que saliera a la calle y asesinara con un puñal al primer hombre que se cruzara en su camino, el Diablo se aseguraría de que ese hombre fuera su sobrino.

    Era la primera vez que Don Juan cobraba una vida. Temeroso, descubrió el rostro ensangrentado de su víctima, sólo para descubrir que era un completo extraño.

    Asustado por lo que el crimen pudiera causarle a su reputación, Don Juan Manuel se colgó de un candelabro en su casa. Desde entonces recorre las calles del Centro Histórico, buscando a su sobrino, rogándole al Diablo que cumpla su parte del trato.

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    7. El columpio del diablo.

    Rasica / Getty Images

    Justo en la frontera entre Hidalgo y Querétaro se encuentra el pueblo de Tecozautla. En ese pueblo la gente procura no viajar de noche. De noche se escuchan, a lo lejos, los gritos de un hombre que agoniza. El único camino que da a la carretera pasa en medio de dos peñas, por un valle inundado de presencias malignas.

    Hace muchos años un par de amigos decidió andar de noche por ese camino. Llegando a las peñas vieron que alguien se columpiaba entre ellas. Era un hombre muy delgado y de piel muy blanca, con cada vaivén que daba entre las peñas soltaba un alarido, pero tenía el rostro tenso en una sonrisa desencajada.

    Antes de que pudieran huir, los dos amigos vieron que detrás del hombre se aparecía una figura negra, lo abrazaba. El cuerpo del hombre fue consumido en una rápida llamarada. Debajo del sitio donde se columpiaba, sólo quedó un montón de ceniza.

    Algunos dicen que el hombre era un hacendado que hace muchos años hizo un trato con el Diablo. Satanás tomó su alma de inmediato, pero esperó hasta tener testigos para llevarse también su cuerpo.

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    8. La puerta del infierno yucateco.

    Inri / Via commons.wikimedia.org

    Cerca de la carretera de Mérida a Motul, se encuentra la hacienda abandonada de Cholul. Los locales creen que en el lugar habitan espíritus malignos porque luego de las cinco de la tarde, la zona ya luce como si fuera de madrugada. Esta fama ha atraído a muchos grupos satánicos e incluso, durante un tiempo, los habitantes hacían guardia alrededor del cementerio, para evitar que se robaran los huesos.

    Dicen que todo comenzó a finales del siglo XIX, cuando Juan y María, dos de los campesinos que ahí trabajaban, decidieron casarse. Una noche antes de la boda, antes de que el novio regresara, el capataz violó a la novia. Juan era un hombre noble, pero cuando escuchó la historia de su prometida, salió a buscar al capataz y lo mató de un machetazo en la cabeza.

    Frente al cadáver de la víctima, Juan sintió una gran culpa y decidió colgarse ahí mismo, en casa del capataz. Cuando los padres del novio se enteraron del destino de su hijo, echaron una maldición sobre la hacienda.

    Algunos dicen que ahí hay un portal al infierno porque sobre una de las puertas de la hacienda hay un arco pintado que dice "Bienvenido Satanás".

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    9. La cueva de Macuiltépetl.

    Amnachphoto / Getty Images

    En medio de la ciudad de Xalapa, Veracruz, se encuentra el cerro de Macuiltépetl. Entre las grutas que recorren sus faldas hay una cueva muy profunda que se extiende muy profundo dentro del cerro. La leyenda cuenta que en esta cueva hay grandes riquezas, pero sólo se abre una vez al año, para alguien que lo necesite mucho.

    Una mujer desesperada andaba por ese cerro, cargando a su hija enferma. El doctor se había llevado todo su dinero y, sin dinero para el transporte o la comida, la mujer fue caminando a Xalapa para pedir limosna.

    De camino a la ciudad, la señora vio entre las cuevas un brillo dorado. Con su hija en brazos, siguió el resplandor hasta que se encontró una gruta bien iluminada, repleta de antiguos doblones de oro españoles.

    La señora dejó a su hija en la gruta, mientras ella se llevaba tanto oro como pudiera cargar. El viaje de ida duró toda la noche y, a la mañana siguiente, cuando regresó, la gruta había desaparecido, junto con su hija.

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