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Un extraño me espió cuando me duchaba en una habitación de hotel y esto podría pasarte a ti también

Cada año, cientos de mujeres indias denuncian ser espiadas y grabadas sin su consentimiento. Cientos más toleran esa invasión de la intimidad sin decir palabra. ¿De dónde viene esta obsesión por el voyerismo en la India? Y lo que es más aterrador, ¿a dónde lleva?

Satwik Gade

«¡Corten! ¡Y esto es todo por hoy!», sentenció el director del documental en el que estaba trabajando. Este ha sido el primer film que he escrito y en el que he trabajado como asistente del director. El equipo de rodaje y yo investigamos y planeamos sin descanso este proyecto durante todo un año antes de decidirnos a llevarlo a cabo, y para ello viajamos a lugares lejanos con paisajes impresionantes con la intención de atrapar historias que necesitan ser contadas. Fue nuestro último día. Terminamos el rodaje y rápidamente nos dirigimos al hotel imbuidos por la euforia que suscitaba nuestro logro.

En recepción pedimos un cubo de agua caliente para cada una de nuestras bañeras. Esperaba ansiosa mi baño y, en cuanto pude, a eso de las ocho y media de la noche, entré en el servicio de mi habitación.

Una sola bombilla tubular iluminaba el baño con un límpido brillo. Un pequeño espejo descansada sobre la pileta. Me quité mi sudorosa y salerosa ropa y coloqué el cubo de agua caliente debajo del grifo de la bañera. Le eché algo de agua fría con las manos y utilicé una taza para verterla sobre mí. Junto a la suciedad, me deshice de las hojas secas y las briznas de hierba que estaban atrapadas en mi piel y cabellos. Enjaboné cuidadosamente mi cuerpo y cuando llegué hasta mis pies, masajeé mis dedos y talones. Cuando terminé, arrastré el agua por el suelo con el pie en dirección al desagüe.

Había acabado. Me di la vuelta y cogí una toalla.

Un montón de preguntas comenzaron a recorrer todo mi cuerpo: ¿Quién era? ¿Cuánto tiempo había estado mirando? ¿Tenía una cámara?

Mientras lo hacía, miré por casualidad a la ventana de la pared situada justo por debajo del techo. La ventana estaba cubierta solamente por una endeble lámina de alambre. A través de ella vi dos ojos y una mano. Los ojos, bajo una cabeza de pelo corto, me miraban.

Era sin duda un hombre. Nuestras miradas se encontraron durante una fracción de segundo. Su mano derecha trataba de sujetarse a la ventana. Completamente conmocionada, me las arreglé para soltar un grito. Torpemente, con el corazón en un puño, cogí la toalla del estante y me la eché encima sin pensar demasiado mientras quitaba el pestillo de la puerta del baño y me apresuraba a largarme de allí. Llamé a la amiga con la que estaba compartiendo la habitación y de alguna manera le relaté lo que me había ocurrido mientras lloraba desconsoladamente.

Mientras me sentaba sobre la cama del hotel envuelta en mi toalla, perpleja y todavía mojada, una extraña punzada me hizo sentir incómoda y contrariada. Un montón de preguntas comenzaron a recorrer todo mi cuerpo, donde todavía viven: ¿Quién era él? ¿Cuánto tiempo había estado mirando? ¿Tenía un teléfono? ¿Una cámara? ¿Acaso la visión de mi cuerpo indefenso y sin consciencia de lo que ocurría servía para algo más que para alimentar su imaginación? ¿Dónde está ahora?

En cuestión de segundos me habían arrebatado la autonomía sobre mi cuerpo. Mi derecho a decidir quién lo ve, cuánto, dónde, cómo y cuándo había sido arrebatado. Había sido toda una invasión de la relación íntima de mí misma con mi cuerpo físico, una relación que me llevó años construir y cimentar. No me había arrebatado pertenencia tangible alguna, sin embargo, me había arrebatado todo.

Todavía hoy, sigo asustada por la posibilidad de que él me hubiera sacado fotos o grabado algún vídeo. En una época en que la tecnología está tan en boga y resulta tan fácil de manejar, sería solo cuestión de segundos que esos archivos comenzasen a circular por todo internet y terminasen en alguna página porno.

A pesar de que lo que me ocurrió es toda una agresión sexual, el ser observado y espiado por alguien a quien no le has dado consentimiento es algo universal, sobre todo entre las mujeres. Y mucho más si esas mujeres viven en la India.

Las agresiones sexuales no solo se limitan a los sucesos en los que se produce contacto físico. Incluyen otras situaciones como los piropos indeseados, el acoso, el envío de imágenes obscenas que no has solicitado, el exhibicionismo y el voyerismo. Nos acostumbramos a ser miradas a una edad temprana en nuestras vidas. Nos miran en público hombres a los que no les hemos dado permiso para sexualizarnos mientras simplemente vivimos nuestro día a día.

No me había arrebatado pertenencia tangible alguna; sin embargo, me había arrebatado todo.

En la India el voyerismo ha sido tipificado como delito en 2013 en virtud del artículo 354 C del Código Penal Indio (IPC). En el IPC, un voyeur se define como «cualquier hombre que espía o toma fotografías de una mujer en un contexto privado y bajo circunstancias en las cuales ella espera no poder ser observada ni por el autor del crimen ni por ninguna otra persona a instancias del autor, así como el que difunde esas imágenes. Tales actos se castigan con penas de entre uno y tres años (nunca inferiores a un año), así como con una posible multa...».

Una hora después del incidente me dirigí con mis maletas a recepción. Estaba desesperada por dejar el hotel mientras pensaba también en formas diversas de denunciar oficialmente el suceso. No podía dejarlo pasar sin más. Finalmente decidí presentar una denuncia. «Se seguirían» las diligencias pertinentes. El culpable podía ser cualquiera, desde un trabajador del hotel a un huésped o incluso cualquier mirón de las proximidades vecinas. Una denuncia en aquel momento me parecía la mejor opción para asegurarme de que lo que me había ocurrido no le ocurriese a otras personas y para que el hotel se hiciera responsable de su negligencia.

Como alguien que presentaba una denuncia por primera vez, no sabía que el proceso podía causarme más incomodidad y agravar aún más mi ansiedad. Incapaz de contenerme, lloré en diferentes momentos del proceso de denuncia: primero cuando estaba relatándole lo sucedido al policía, luego mientras este escribía el obligado informe donde recogía los hechos y, tercero, cuando entregué el informe al oficial de policía al mando. Fue insoportable y emocionalmente agotador tener que vivir ese dolor una y otra vez.

No era consciente de cómo la experiencia de denunciar un crimen podía afectar aún más a mi agonía.

Desgraciadamente, este incidente no es un caso aislado o inusual. Hace no mucho, una estudiante de la Universidad de Delhi se dio cuenta de que había una pequeña cámara en su baño mientras se estaba duchando. En su caso, la policía actuó de forma déspota y negó poder hacer nada para remediar lo que ya estaba hecho. Pese a la denuncia, no se destinaron esfuerzos a tratar de buscar al culpable o ahondar en la investigación.

De acuerdo con los datos ofrecidos por la Oficina Nacional de Registro de Crímenes (NCRB), de todos los casos registrados de crímenes contra las mujeres en India en 2015, 838 fueron casos de voyerismo. En 2016, la cifra aumentó a 932. Además, fueron registrados otros muchos casos similares: 127 en Maharastra, 101 en Bengala Occidental, 98 en Telangana, 93 en Madhya Pradesh, 92 en Uttar Pradesh, 83 en Andhra Pradesh y 43 en Delhi.

131 casos fueron registrados en ciudades metropolitanas con Delhi, Bombay y Calcuta entre las tres primeras. Este tipo de incidentes pueden darse en cualquier lugar, desde vestuarios, baños, espacios públicos, restaurantes, escuelas e incluso en el propio hogar.

Bajo el constante escrutinio de los ojos de los depredadores, tenemos que estar alerta cada vez que oímos el clic de una foto sacada por un desconocido. En Reino Unido, niñas de tan solo diez años son víctimas de la práctica del 'upskirting'. Se conoce esta práctica como «la toma de fotografías íntimas bajo la ropa de la víctima» y ya ha sido declarada ilegal en Escocia.

En un mundo en el que la privacidad se ha visto reducida, surge la pregunta respecto a dónde acaban todas estas imágenes e información. En 2013, una modelo india fue acosada en el exterior de su apartamento por su vecino. Una cámara de circuito cerrado de TV inmortalizó el momento. En cuestión de minutos se podían encontrar las imágenes en internet. Incluso a día de hoy, una sencilla búsqueda en Google de este suceso arroja numerosos enlaces donde se pueden ver las imágenes. Nadie sabe quién lo subió. ¿Fue subido con el consentimiento de la víctima?

Hacer clic para compartir vídeos e imágenes sin el consentimiento de una de las personas que sale en ellos es una práctica común. El NCRB de 2016 también muestra que se dieron 957 casos bajo el epígrafe 'publicación/transmisión de actos con contenido obsceno o sexualmente explícito a través de una plataforma electrónica'. El número de casos registrados en 2016 aumentó en un 17.2 por ciento respecto al total de casos registrados en 2015.

De todas formas, los datos oficiales y las hojas de estadísticas nunca podrán registrar el inabarcable número de miradas lujuriosas, cáusticas e intrusivas a las que son sometidos constantemente en los espacios públicos y privados las mujeres, los niños pequeños, los homosexuales y los transexuales.

Pero, ¿de dónde proviene esta tendencia voyeur?

Mi infancia estuvo repleta de historias sobre Krishna, un importante dios hindú. Al crecer, recuerdo haber visto coloridas pinturas y haber leído ciertas historias sobre cómo él observaba a las gopis (seguidoras del dios) bañarse en el río y sobre cómo les robaba la ropa. Por ello se le consideraba juguetón e incluso coqueto, hasta algunos de estos actos eran vistos como 'divinos'. Pero tenemos que llamarlo por su nombre: violación. Una violación inequívocamente malvada y depredadora. Obviamente, son historias ficticias y en absoluto reales, pero dejan un poso profundo en muchas mentes que de algún modo acaban por normalizar el voyerismo.

Al crecer, recuerdo haber visto coloridas pinturas de Krishna observando a las gopis bañarse en el río y robándoles sus ropas.

Los héroes de nuestra mitología inspiran los héroes de nuestras películas de Bollywood, a quien se ha culpado recientemente de seguir alimentando este tipo de patrones. Los directores, casi siempre hombres, se comportan más como mirones con cámara que como tales. Las escenas de encuentros habitualmente se muestran con el protagonista (un hombre) disfrutando de largas, persistentes y lujuriosas miradas a una mujer que simplemente está viviendo su sencilla cotidianidad. En muchas películas, el protagonistas masculino o voyeur goza de total libertad para acosar o acechar a la mujer objeto de su deseo en aras de mostrar su sentimientos de 'amor'. Por otro lado, las películas no suelen mostrar reciprocidad por parte de la mujer ni cómo esta da su consentimiento. Generalmente se da por hecho que ella simplemente se enamora del protagonista masculino tras la conclusión de sus carpetovetónicas formas de cortejo.

En el libro Sex Offenders: Crime and Processing in the Criminal Justice System a cargo de los académicos Sean Maddan y Lynn Pazzani, se sugiere que el voyerismo puede ser la puerta de entrada a comportamientos futuros que lleven a perpetrar otros muchos crímenes sexuales. Además, el libro también recoge que muchos de los criminales condenados por asuntos de índole sexual han tenido algún tipo de conexión con el voyerismo en el pasado.

Cualquier lugar tiene ahora un significado completamente diferente para mí. Las paranoias invaden cualquier experiencia posible. Ya no sé si me siento segura en una habitación con las ventanas cerradas, las cortinas corridas y la puerta cerrada o si prefiero otro lugar donde pueda vagar con mayor libertad. Soy una presa en ambos lugares.

El voyerismo puede ser la puerta de entrada a comportamientos futuros que lleven a perpetrar otros muchos crímenes sexuales.

Ya ha pasado más de un mes desde el incidente y su consiguiente denuncia. El culpable todavía no ha sido encontrado. Se esfumó por ese estrecho espacio de detrás de la ventana tras mi grito de horror. Solo tuvo que correr unos pocos segundos para librarse, sin consecuencia alguna. Pero sus acciones han caído sobre mí y todavía hoy sigo intentando superarlo para poder seguir adelante.

Como joven periodista que soy, este episodio me ha enseñado más sobre la incertidumbre con la que nos ponemos a trabajar sin más y a informar sobre historias fascinantes. No podemos controlar lo que nos ocurre, solo aprender y hablar de ello.

Cuando salgan los datos del NCRB de 2018, mi denuncia estará recogida entre otros miles de casos similares y otros crímenes atroces que se cometen cada año en la India. Pero nuestras experiencias se reducirán a números. Nos ven solo como cuerpos y quienes nos protegen son incapaces de ver más allá del dato estadístico. Detrás del cuerpo, detrás de la estadística, se encuentra una mujer asustada, todavía goteante bajo su toalla y preguntándose para quién es su cuerpo, quién puede mirarlo, cómo puede recuperarlo.

Este artículo ha sido traducido del inglés.


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