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En defensa de la ropa "poco favorecedora"

Es mi cuerpo y si me quiero poner un saco de patatas encima me lo pondré.

Everlane, Farfetch, Fashionmia, H&M, The Kooples

Hace unas semanas estuve en una tienda vintage donde se supone que había ido a buscar muebles para mi nuevo apartamento, pero inevitablemente acabé acercándome a los percheros de ropa. Ahí encontré un caftán increíble. Era suave y tenía mucho vuelo, y estaba cubierto de un estampado repetitivo con arena y plantas. Estaba a punto de irme de viaje a Joshua Tree, y este vestido parecía hecho a medida para pasear entre exposiciones escultóricas y flipar con un baño de sonidos en el desierto. Además costaba 20 $. Tenía que ser mío.

La ropa amorfa y demasiado grande ha vivido un momento especial últimamente (para consternación de algunas personas), pero yo llevo toda mi vida esperando a ponerme un saco de patatas y sentir que voy a la moda. Algunas de estas prendas, incluyendo el caftán del desierto, son un poco como los camisones de algodón que usaba de niña. Estaban cubiertos con las caras de princesas de Disney y siempre los recordaré como las prendas más cómodas que me he puesto en la vida. Los vestidos-saco son muy cómodos; son casi como si no llevaras nada porque apenas tienes que preocuparte ni pensar en ellos: no tienes que tirar de ellos ni colocártelos, ni preocuparte de que el bajo se te suba demasiado ni que el escote se te baje demasiado. Tu cuerpo queda perfectamente arropado, encajado y a buen recaudo en este saco de tela.

Estos vestidos pueden ser sencillos o también pueden llevar montones de cosas como colores, cortes, escotes o estampados divertidos. Un vestido-saco podría ser un mini vestido sin mangas o, en el otro extremo, puedes ir en plan modestia total con mangas y largo hasta el suelo. Un sub-género del vestido-saco en esta segunda categoría es el vestido de pradera, que hace poco promocionaron en un artículo de Cut.

Los vestidos de pradera no son para todo el mundo. Mirando los ejemplos que enlaza el artículo, encontré algunos que me encantaron y otros que no son para mí. Pero lo que me gustó de ellos como categoría es que los vestidos de pradera son raros y arriesgados; tienen muchas cosas (cuellos altos, faldas voluminosas, los estampados llamativos) que inevitablemente inspiran reacciones encontradas.

Algunas de las reacciones fuertes en Twitter tras la aparición del artículo de Cut incluyen esta: "pensar que estás guapa con un vestido de la pradera solo puede deberse al privilegio de las delgadas, porque tendrías que ser lo bastante canónicamente atractiva para que nadie se ría de ti por vestirte como una mamarracha". Stella Bugbee abordó este tema en su editorial de junio, en la que reconoció "lo alienante que puede ser la moda en lo que respecta a la talla y los cuerpos", pero argumentó que la moda no debería limitarse a lo que es técnicamente favorecedor. "Nadie debería llamarte mamarracha por probar un nuevo estilo", escribe Bubgee. "La vida es corta. Arriésgate un poco. O no lo hagas. Da igual. Déjame elegir mi ropa en paz".

El artículo original de The Cut dio pie a una fuerte reacción por mi parte: que los vestidos de pradera y los vestidos-saco en general me gustan precisamente porque técnicamente no son el tipo de cosa que "se supone" que debo ponerme. Estoy entre la talla 44 y la 46, y llevo casi todo el peso en el culo y los muslos. Según la lógica de las revistas de moda, para que una prenda me siente bien siempre debería poner énfasis en la cintura, que es donde más delgada estoy, para alejar la mirada de donde más gorda estoy.

¿De verdad es un privilegio que te siente bien esa ropa "poco favorecedora"? Sí, claro, si definimos lo que sienta bien según la sabiduría convencional y cansina de la moda.

Por supuesto, de lo que realmente hablamos cuando se trata de si una prenda es "favorecedora" o "sienta bien", es si te acerca más al ideal social imposible de la mujer sexy, pero... ¡un segundito! no demasiado sexy. Es un ideal que conoce bien cualquier persona que alguna vez ha tenido contacto con la feminidad.

Como mujer blanca sin discapacidades, con el privilegio muy real de poder entrar en tiendas de ropa y encontrar cosas de mi talla, mi relación con la ropa "poco favorecedora" dista mucho de ser representativa. Al igual que millones de personas, me encuentro en una zona entre las tallas normales y las grandes, según la marca y cuál sea mi peso en un momento dado. También soy una privilegiada en el sentido de que puedo elegir cuándo ponerme o si quiero ponerme un vestido tipo blusón o algo bohemio con vuelo, al contrario de las mujeres de talla 48 para arriba, que a menudo se ven exclusivamente limitadas a llevar ropa amorfa y sin estructura. Y al igual que el mundo podría opinar algo diferente de mí con un vestido-saco que de alguien con unas cuantas tallas menos, lo mismo pasa con alguien que viste unas cuantas tallas más. No estoy expuesta al estigma y a la opresión anti-gordura que otras personas padecen todos los días en el ámbito la moda y mucho más allá.

Así que hay un cierto privilegio en la manera en que se trata a los distintos cuerpos con distintas prendas, incluyendo las que el mundo de la moda considera poco favorecedoras. Pero... ¿realmente es un privilegio que esas prendas "poco favorecedoras" te queden bien? Claro que sí, si definimos lo que sienta bien según la cansina sabiduría convencional sobre la moda, pero es el mismo tipo de sabiduría que dice que a las personas delgadas siempre les queda todo mejor y punto. Según este tipo de reglas, la mayoría de nosotros nunca ganamos. Así que... ¿por qué obedecerlas todas?


Desde que llegué a la pubertad he intentado equilibrar las reglas contradictorias que rigen la vida de una chica: sé atractiva, sí, pero no tanto que cruces esa finísima barrera invisible hacia el ámbito del putón. Siendo yo una persona joven que desarrolló pechos bastante grandes y enormes caderas de forma prematura, una maestra de secundaria me regañó varias veces por llevar pantalones cortos o por llevar tops escotados, y me enviaba a enfermería a ponerme ropa prestada más modesta, a pesar de que a mis compañeras más menudas y delgadas les dejaban vestir con bastante menos ropa que yo. Poco a poco aprendí a sentir una vergüenza aplastante por la intrínseca obscenidad que era mi cuerpo de 12 años, lo cual dio pie a años de trastornos alimentarios, una visita a urgencias y problemas con mi imagen corporal. A pesar de que estos problemas se han reducido significativamente, siguen conmigo en la edad adulta.

Evidentemente estoy muy lejos de ser la única persona con este problema. A muchas mujeres y personas de género no conformista se les enseña a odiar su cuerpo. Este odio a menudo se complica por el hecho de que nunca podemos saber exactamente qué parte de nuestro cuerpo se supone que tenemos que odiar. ¿Mis muslos son demasiado sexy o demasiado gordos? Algunos días me siento asqueada conmigo misma porque me han alimentado a la fuerza con señales culturales de que soy demasiado voluminosa y demasiado de todo, y otros días me siento asqueada conmigo misma porque un hombre me grita cosas asquerosas en la calle. ¡Eh, patriarcado, dame señales más claras!

La moda del vestido-saco (y más modas estándar de vaqueros estilo mamá y jerséis grandes y amorfos, ropa sin nada de gracia) ha sido todo un alivio para mí, porque ha mermado las señales contradictorias que llevo encendidas en la cabeza sobre el aspecto que debo tener y cómo debo ser. Hacía mucho que deseaba vestir prendas amorfas por su comodidad y simplicidad, pero me preocupaba que por culpa de mi tipo de cuerpo acabara pareciendo una gorda descuidada. Nada ha cambiado significativamente en mi cuerpo o en el aspecto que tengo con estas prendas. Pero como se han convertido en una prenda básica en el panorama actual de la moda (y lo que es más importante, como en mis redes sociales he visto personas de género no conformista de todas las tallas que están fantásticas con estas prendas), he decidido que no me va a importa una mierda el hecho de que, técnicamente, no son favorecedoras.

Ayuda mucho el hecho de que soy gay y tengo una relación con una persona de asignación femenina. Aunque, como todo el mundo, sigo inmersa en la sopa de machismo cultural, es más fácil no preocuparse de Lo Que Piensan Los Hombres a una escala mayor y más sistemática cuando no tengo que preocuparme de si un hombre me encuentra atractiva o no. Las personas queer están acostumbradas a vestir y presentar su género fuera de las barreras de las normas sociales. De hecho, se nos da muy bien. Las lesbianas y otras personas queer han estado a la vanguardia del estilo genéricamente neutro y del chic desaliñado desde tiempos inmemoriales. Da la casualidad de que a los heteros ahora les parece que mola.

Si lo haces, mal; si no lo haces, mal. Pero como mínimo nos puede gustar la ropa que nos gusta, y nos puede gustar cómo nos hace sentir.

Mi pareja es una persona no binaria de centro masculino, que se lleva muchas críticas por presentar su género de la manera "equivocada"; es la última persona que se daría la vuelta para decirme que mi propia versión de la feminidad sin complicaciones no está a la altura. (Y sí, soy consciente de que hay muchas personas cuyas parejas masculinas también las apoyan de esta manera, pero a las lesbianas siempre se les ha dado especialmente bien amar el cuerpo de la otra, especialmente cuando, según las normas convencionales, es imperfecto; dejadnos reclamar una especie de privilegio en esto). No necesito que mi pareja ponga su sello de aprobación en todo lo que me pongo, pero aún así está bien saber que me encuentra atractiva a pesar de la ropa técnicamente poco favorecedora que me pongo continuamente.

Y los vestidos-saco no son las únicas prendas técnicamente poco favorecedoras que me encantan. No, no. El año pasado empezaron a aparecer por todos lados pantalones tres cuartos de pernera ancha, y siguen dando fuerte; tengo cuatro, aunque me hacen el culo y las piernas enormes. Me gusta el hecho de que sean llamativos, que ocupen espacio, que ya no tenga que comprimirme las piernas como salchichas en vaqueros ajustados. Si no llevo pantalones anchos o un vestido-saco, seguramente voy con vaqueros de cintura alta estilo "mom" o "boyfriend" (¿pero por qué les llaman así?). Algún día volverán los vaqueros de cintura baja, pero nunca más me pillaréis cerca de uno.

Tener esta ropa a mano también está genial a la hora de experimentar con mi presentación e identidad de género. No me malinterpretéis: hay montones de ocasiones en que me encuentro más femenina y quiero ponerme ropa tradicionalmente favorecedora. Pero cuando me siento más andrógina me encanta llevar un buen vestido-saco amorfo. A veces, cuando sufro un brote ocasional de disforia, me hacen sentir más a gusto dentro de mi cuerpo. Los hombres tienden a sexualizarme menos en público (aunque por supuesto nada les pone freno; me han llegado a lanzar piropos con un abrigo de invierno tipo saco de dormir). Las personas queer tienden a verme más como otra queer, y mi presentación refleja con más precisión lo que sea que estoy sintiendo ese día en cuanto a mi género.

Estoy harta de tragarme los dogmas del feminismo de empoderamiento de consumo. Sí, la moda puede ser liberadora, pero no puedes divorciar la mayor parte de las prendas que compras en las tiendas de los sistemas patriarcales, capitalistas y anti-gordos que las producen. Nadie se viste en un entorno de vacío. Aun así, de las preguntas que deberíamos hacernos en cuanto a las opciones que tenemos disponibles en el vestir, creo que no deberíamos darle demasiada importancia a la de "¿esto me sienta bien?"

Cuando me pongo a pensar en cómo vestir mi hogar de carne todos los días, prefiero centrarme menos en qué pensarían de mi aspecto las personalidades de la moda y más en cómo me siento. Solo podemos controlar hasta cierto punto la manera en que nos tratan en un mundo desigual. O enseñamos demasiado o enseñamos demasiado poco. Si lo haces, mal; si no lo haces, mal. Pero como mínimo nos puede gustar la ropa que nos gusta, y nos puede gustar cómo nos hace sentir.

No tiene nada de malo que te guste la ropa "favorecedora". ¡A mí me gusta mucha! Y ya va siendo hora de que la industria de la moda deje de poner excusas para justificar por qué no hay más opciones de ropa amplia disponibles para el 68 % de las mujeres americanas que usan una talla 46 o mayor. Merecemos tener opciones, y también merecemos hacer lo que queramos con ellas. Deberíamos poder comprar el caftán del desierto llamativo, tipo tienda de campaña, y/o el top de corte bajo revelador; deberíamos poder darnos el lujo de vestir con tendencias locas que dentro de diez años nos producirán horror; negarnos a seguir las leyes de la moda, que puede que nos hagan más deseables pero también menos cómodas y menos memorables. Menos nosotras mismas. ●


Este artículo ha sido traducido del inglés.