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La cultura de la violación es una cultura de vigilancia

Después de ser drogada en dos ocasiones, me di cuenta que no siempre sé quién me observa. Y eso es peligroso.

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La semana pasada, salí con unos amigos a tomar un par de tragos, que se convirtieron en 10 o 15 tragos por persona. Para las 2:30 de la madrugada estaba ebria, y se me notaba en la cara: me reía de mis propios chistes, me pesaban los párpados y mis bucles se desarmaban.

En la barra, dos hombres estaban sentados cerca nuestro. Me miraban seguido, reían entre sí y hablaban más alto de lo que pensaban. Discutían lo ebria que parecía, que sin dudas estaba totalmente fuera de mí. Hablaron de cuantos tragos más necesitaría para estar disponible, para que uno de ellos pueda llevarme a mi casa y acostarse conmigo. Apostaron la cantidad de tragos que necesitaba para irme con cualquiera.

Yo estaba al tanto de lo que me rodeaba, pero no lo bastante lúcida como para decir algo. Luego de escucharlos, me pegué a mis amigos hombres e intenté explicarles lo que sucedía, pero había bebido tanto que lo que decía no tenía sentido. Me miraron confundidos, con el ceño fruncido. Así que les rogué que no me dejaran sola, que no vayan al baño ni salgan a fumar sin mí. Estuvimos juntos el resto de la noche, y uno de mis amigos me acompañó hasta la puerta de mi casa.

Un par de semanas antes, fui a cenar con otra amiga. Ordenamos 2 botellas de vino para nosotras. Atrás nuestro, mi amiga vio a dos hombres mirarnos y decirse entre sí “Estamos adentro”. Hicimos una mueca, bebimos la botella y pedimos otra más.

La gente suele describir una violación como un accidente desafortunado, una colisión entre dos cuerpos ebrios.

La gente suele describir una violación como un accidente desafortunado, una colisión entre dos cuerpos ebrios: en realidad, no se trata de ignorar una falta de consenso o buscar un cuerpo y una mente que no pueda decir que no, sino una falta de comunicación. La cultura de la violación no florece por error. Es una operación metódica tan enquistada en nuestro inconsciente colectivo que ni siquiera nos damos cuenta cuando sucede, y si la vemos, casi nunca la denunciamos.

Los hombres a mi lado en la barra no intentaron saber cómo abordarme. No discutieron qué decir para romper el hielo, o como impresionarme de modo que acceda a irme a con alguno de ellos. Ni siquiera decidieron comprarme un trago o un poco de agua, que es lo que necesitaba. Estaban conspirando.

Hace tiempo que normalizamos la manera en que los hombres miran a las mujeres. Es normal que los hombres te miren cuando entras a un bar, que vean lo que bebes y lo que haces para intentar acercarse a tí. Es normal que te ofrezcan un trago, y cuando te niegas, te presionan un poco con un estás segura, vamos, bebamos un trago juntos. (Cuando un hombre te quiere invitar un trago, sugiérele que mejor te compre algo para comer, y fíjate cómo resulta). Los hombres miran a las mujeres en el gimnasio, en el trabajo, en el metro: en cualquier espacio ocupado por hombres y mujeres, éstas últimas son observadas. Estamos tan acostumbrados que casi no lo notamos.

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¿Escuchaste alguna vez sobre la “cultura de fiesta”? Es el último chivo expiatorio de los violadores, como si la cultura de fiestas los condujera a ultrajar una mujer ebria o inconsciente. Brock Turner, el nadador de Stanford sentenciado por un ataque sexual, cree que el alcohol y la cultura de fiestas son responsables por lo que él hizo. De algún modo, esto despoja cualquier rastro de moralidad o ética. No es culpa de él; simplemente estaban ebrios.

El caso de Brock Turner no es la primera vez en la que el alcohol se considera un factor más grande para un abuso que el cálculo intencional y premeditado de un violador. En 2012, Rehtaeh Parsons, de 17 años, se quitó la vida luego de haber sido violada en grupo mientras estaba intoxicada y que fotos de su ataque sexual fueran publicadas en internet. Ese mismo año, una estudiante fue violada por sus compañeros de la secundaria Steubenville mientras estaba ebria, y luego fue fotografiada. En 2013, los jugadores de fútbol americano de Vanderbilt fueron acusados de violar a una estudiante de 21 años que estaba inconsciente en un dormitorio.

Resulta curiosa la frecuencia con la que los violadores se encuentran con mujeres ebrias. Sabemos que estar borracha no significa que merezcas ser abusada, y que hay muchos hombres que al beber no desean abusar sexualmente de nadie. Cuando pensamos en una violación, pensamos en un cálculo coordinado: hombres que conducen camionetas sin patentes, llenas de cinta adhesiva y tijeras bien afiladas. Hombres que vigilan a las mujeres, que aprenden todos sus movimientos diarios y las atacan cuando son más vulnerables. Imaginamos una violación como hombres creando planes intrincados para dañar a las mujeres, para violentarlas sexualmente de la manera más despreciable, hombres que usan su fuerza física para someter a las mujeres. Sin embargo, de algún modo, no asociamos la violación con un hombre que te vigila en público, quizás por una o dos horas, para ver si te emborrachas por tu cuenta o si necesitas que él te compre un trago. Este tipo de violaciones — en las que la mujer está demasiado ebria para consentir, o inconsciente, o cuando a nadie le interesa encontrar un consenso — se consideran accidentes.

La cultura de la seducción se orienta claramente a monitorear mujeres, vigilar sus movimientos y aprender de qué modo los momentos en los que bajamos nuestra guardia pueden beneficiar a un hombre. En su sitio web, Roosh V, un artista de la seducción es célebre por decir que la violación debería ser legal, aconseja el tipo de mujeres que deberías intentar seducir en un bar: “Yo busco mujeres que beban ...puedes acostarte con una chica sobria, pero es más fácil si tiene un par de tragos encima”.

Pero también lo vemos en lugares mucho menos sórdidos: normalizado en lo que consumimos como entretenimiento. En la versión estadounidense de The Office, Michael Scott pasa gran parte de los primeros episodios acosando sexualmente a su jefa, Jan, ignorándola cuando dice que no y siguiéndola a todos lados. Luego de una noche de copas, pasan la noche juntos, pero aún así ella lo rechaza al día siguiente. En el trabajo, la sigue acosando, la monitorea para averiguar algo que sugiera que no quiso decir que no. En How I Met Your Mother, Barney Stinson estaría tras las rejas si hubiera puesto en práctica sus técnicas de seducción en la vida real. Varios episodios de Mad Men tratan sobre emborrachar mujeres para acostarse con ellas.

Más que el alcohol, el verdadero combustible de la cultura de la violación es la vigilancia. Esa parte del derecho machista que hace que los hombres crean que les debes algo por prestarte atención, que monitorean tu comportamiento para ver si eres lo suficientemente amigable como para conversar con un hombre al que nunca conociste. No es que él sea un violador. No, sólo quiere comprarte una cerveza, un shot, otra cerveza, y otra más — solo quiere que la pases bien. Quiere que pierdas el lenguaje, y tu capacidad de consentir. Él también está ebrio, pero claro, tú no lo miras del modo que él te mira a tí.


La primera vez que me drogaron acababa de cumplir 18 años. Al volver a mi casa de un bar, fui arrastrada hacia otro bar por un hombre que me prometió un vaso de agua y un asiento cómodo. “Te traeré un poco de agua y luego podrás irte mejor a casa”, me dijo. Acepté porque no podía decir “No, por favor pídeme un taxi”. Fue amable conmigo, tenía un suave acento francés y era bien parecido. (Al menos eso creo, solo recuerdo una mancha castaña que sostenía mi mano y me guiaba a una mesa).

Puso un vaso frente a mí y lo bebí con avidez, hasta que mi cabeza se nubló y mis miembros se sintieron débiles. Se sentó a mi lado casi toda la noche, me vio sorber del vaso, esperó hasta que mis palabras fueron más y más erráticas. Se dio vuelta por un segundo y corrí al baño. Me vi en el espejo por un instante -- el pelo enmarañado, la frente transpirada, mis labios secos y rotos --, mis piernas fallaron y me caí al suelo.

Del otro lado de la puerta, una mujer me escuchó caer y vino a recogerme. Me preguntó mi nombre y mi dirección, pero no recuerdo haberle dicho nada. Me cargó hacia la calle, cruzamos un banco de nieve y me metió en un taxi. El sujeto que pasó la noche conmigo estuvo recorriendo el bar buscándome, y corrió hacia el taxi antes de que pudiera cerrar la puerta: “Espera”, dijo, “está conmigo. Yo la llevaré a su casa”.

La mujer se volvió hacia él, sin dejar que me viera. “OK”, dijo, “¿Cuál es su nombre?”

Mi nombre es difícil de pronunciar, es difícil estando sobrio e incluso para la gente que conozco hace años; es mucho más difícil para alguien que no creo que me haya preguntado mi nombre en absoluto. El sujeto se alejó de inmediato. La mujer le dió dinero al conductor y me puso el cinturón de seguridad. “Llévela directo a su casa y asegúrese de que entre”, dijo. “Y si no lo hace, lo sabré, porque soy abogada”. La mañana siguiente, desperté en el piso de mi cocina, con mis pantalones de pijama con pingüinos.

La segunda vez, un bartender nos drogó a mi amigo y a mí. Nuestra teoría fue que el sujeto intentaba algo conmigo, así que le era más fácil drogarnos a ambos. Estuvimos enfermos durante días. Yo lo tomé con humor -- “Ya me pasó”, le dije -- y él la pasó tan mal que no quiso verme durante meses.

En ambas ocasiones, sabía que me miraban. La primera vez, me observaban mientras tropezaba sola por la calle y me metieron a un bar al que no quería ir. Me observaban mientras bebía, mientras me esforzaba por responder. Mi borrachera era monitoreada porque cuanto peor me ponía, menos me resistiría. Decir que no es una clara señal de alto, pero si no puedo hablar, si mis palabras se pegan entre sí y estoy más cerca de dormir que de resistirme, está permitido llevarme a casa.

La segunda vez, me observaba un bartender que se demoró demasiado con nuestros tragos y los preparó en un área detrás del bar que no pude ver.

Así que ahora soy mucho más cautelosa cuando bebo. No pido cerveza de barril si los surtidores no están a la vista. No me gusta servir botellas en pintas. No dejo mi trago con extraños, no dejo que gente que no conozco pida tragos por mí si no puedo verlos cuando los preparan. No pierdo de vista mi cóctel, no sólo porque me gusta beber, sino porque no confío en lo que pueda suceder cuando no pongo atención. La intersección entre las culturas de violación y de vigilancia no sólo implica que beber con cautela sea mi responsabilidad; se convierte en mi único deber. Cualquier falla en mi juicio puede convertirse en un peligro claro, presente; también me prepara para un coro de “Debería haber sido más precavida”.

Nuestro error es creer que una violación no es premeditada, que sucede por accidente, que si estás ebrio, si te encuentras con una chica que también está ebria, medio dormida en un banco, si te sientas a su lado, las cosas se salen de control y de repente te acusan de algo que jamás harías. Pero los que violan son hombres que observan las señales en mujeres que sienten que pueden violar. La cultura de la violación no es una ocurrencia natural, crece gracias a la atención que se les da a las mujeres con el fin de despojarlas de su seguridad. Existe todo un espectro de violadores, y quizás esta versión atenta sea el tipo más peligroso: estamos tan acostumbradas a ser observadas que no nos damos cuenta cuando alguien nos mira con la peor de las intenciones. Tienen un plan desde mucho antes que pidas tu primer trago.

Este artículo fue traducido del inglés por Javier Güelfi.



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