Marcos Chamizo / BuzzFeed

Cómo es vivir con TDAH adulto

Del diagnóstico tardío a la aceptación incondicional.

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Cuando salí del ginecólogo entré de nuevo en el coche, cerré la puerta, y empecé a llorar. Estaba en el sexto mes de embarazo. El bebé se encontraba perfectamente, todo lo esencial iba bien. Pero un montón de cosas habían ido mal, como siempre. Esa visita correspondía al quinto mes, pero no había pedido la cita a tiempo, como siempre. Llegué tarde a la consulta, porque me perdí varias veces y además salí tarde de casa, como siempre, así que la doctora se dio mucha prisa. Llevaba meses esperando esa visita para ver los rasgos del bebé, su perfil, cómo estaba colocado... pero la ecografía duró pocos minutos, se limitó a comprobar que tenía corazón, cabeza y algún dato médico más. Y yo no estaba en situación de exigir algo diferente, porque era mi culpa. Al vestirme, la doctora me explicó los pasos siguientes: tenía que pedir hora en el mostrador de ese centro de salud para la vacuna del Rh-, que en realidad me harían en el hospital Puerta de Hierro, donde además tenía que citarme para la siguiente ecografía -¡pero en otro edificio, en el de consultas externas!-, me dio las fechas de cada gestión y me respondió que sí, que pronto tendría que empezar las clases de preparación al parto en otro centro de salud, en mi pueblo, pero no el que me corresponde, sino el nuevo... Empecé a apuntar todo frenéticamente en el móvil y ella se sonrió “¡si es muy sencillo!” para, a continuación, repetírmelo todo. Iba muy rápido para mí. Me confundía. Empecé a sudar. Se formó entonces el nudo en la garganta. Entré en el coche con todos los papeles, segura de haberme perdido información esencial para la salud de mi bebé, y empecé a llorar.

Tener TDAH adulto es como ser una inútil para las cosas más sencillas, las que un chaval de secundaria tiene de sobra dominadas. Es una invalidez para la vida adulta. Ahora que hemos crecido, ya no tenemos problemas con atender en clase o saber responder a un examen, pero el funcionamiento de Hacienda, la Seguridad Social o el certificado digital son auténticas barreras para nosotros. Por no hablar de la web de Renfe. Eso se debe a un pésimo rendimiento de las funciones ejecutivas, es decir, la poca capacidad de trazar un plan para obtener un objetivo y seguir todos los pasos que hemos establecido. No. Sabemos. Hacerlo. Aunque en un momento de lucidez consiga escribir en un papel los pasos que tengo que dar para una tarde de recados, al tercer paso mi cerebro empieza a resistirse con violencia.

Sencillamente, no puedo seguir. Crece la ansiedad. Me llama la persona con la que había quedado después y sólo entonces caigo en la cuenta de que llevo 40 minutos sentada en el coche, intentando reunir fuerzas para entrar en el supermercado mientras cientos de pensamientos me bombardean hasta dejarme aturdida. Hace un par de semanas dediqué una jornada laboral, entera, a hacer una maleta para dos noches. Por supuesto, había medido mal la maleta y al llegar al aeropuerto tuve que facturarla, pagando de más. ¡Porque el TDAH es muy caro! Todo se puede arreglar, pero pagando. Un asistente que te organice las citas. Un móvil nuevo cada pocos meses, porque somos físicamente torpes y se nos rompe, somos despistados y se nos pierde, no estamos atentos y nos lo roban. Un estuche nuevo de maquillaje una vez al año. Unas flores de emergencia a domicilio para el cumpleaños de tu madre, compensando que se te ha olvidado otra vez. Unos zapatos de tacón en el Zara del aeropuerto, para la reunión nada más aterrizar, porque te los has dejado en casa.

Multas, ¡centenares de multas! Con su importe total, porque siempre se te pasa la fecha del pago reducido. Sin olvidar un choque de chapa al mes, con un coche lleno de papeles importantes que vas olvidando sistemáticamente en los asientos traseros. Hablo cuatro idiomas, aprendí a leer por mi cuenta antes de empezar el colegio, pero no soy capaz de ordenar mi armario. Y esto último es lo que más pesa cuando hago balance.

Mi diagnóstico fue tardío, a los 30 años. En el colegio sacaba buenas notas y, como suele ocurrir entre las chicas -y como se presenta en los adultos- mi hiperactividad era discreta; se traducía sobre todo en inquietud, la sensación de un motor interno que nunca se apaga. Pero no desobedecía, así que a nadie le preocupó. Me regañaban cada día, eso sí, por hablar con mis compañeros, ser desordenada y balancearme en la silla en todas las clases. Perdía puntos en los exámenes por responder a lo que no me preguntaban o cometer fallos tontos en temas que sabía de sobra. Mi madre estudiaba conmigo cada tarde porque, si no, era incapaz de concentrarme. Y devoraba libros a todas horas. En el coche, en las visitas familiares, de noche, en el desayuno. Eso no pareció preocupar a nadie (¡era un ejemplo para mis compañeros!) hasta que me obligaron a ir al patio durante el recreo, en vez de a la biblioteca, donde yo quería estar. Porque no es que no nos concentremos nunca, sino que no sabemos regular la atención: a veces algunas cosas nos absorben y las realizamos compulsivamente. A veces, mientras edito las fotos, se me olvida que tengo hambre, frío y sed, durante horas.

He tenido mucha suerte, he encontrado el trabajo perfecto para mi TDAH. En mis trabajos de oficina sólo rendía bien cuando tocaba brainstorming. No era capaz de ejecutar correctamente las buenas ideas que tenía, a pesar de esforzarme todo lo que podía, echando muchas más horas de oficina que lo que me correspondía. Iba a las reuniones con miedo a meter la pata y soltar un dato incorrecto o confundirme de proyecto. Mis jefes me apreciaban, me trataban como si en el fondo supieran que yo valía -pero ¿para qué?-. Cuando empecé a hacer fotos todo cambió: valía para eso. Proyectos cortos, una sesión que empieza y acaba en pocas horas y que entrego en un par de días, sin tiempo para perder la motivación que los TDAH no podemos generar a voluntad, como sí puede alguien cuyo cerebro reabsorba la dopamina como Dios manda. Y, lo más importante, haciendo fotos estoy *presente*. Mi mente, mi cuerpo y mi acción coinciden y, durante un rato, la sensación de tener encendidas cuatro emisoras a la vez en mi cabeza, desaparece.

Sólo están la cámara, la luz y la persona y -ahí sí- sé exactamente lo que tengo que hacer.

Hay muchas cosas invisibles que nos hacen la vida difícil a los TDAH. Somos hipersensibles, tanto emocional como físicamente. Si estoy en un restaurante, escucho todas las conversaciones a la vez porque mi cerebro filtra regular los estímulos. En una reunión con mucha gente tengo que escaparme para estar sola cada poco tiempo porque hay DEMASIADAS COSAS sucediendo a la vez. Me oriento mal, tengo la brújula interna rota. También tengo el reloj interno roto. Es fácil que las personas que me importan crean que no me importan, porque olvido nuestras citas o detalles importantes de sus vidas. Una vez dije a un amigo, en plan perspicaz, que creía que había algo más que amistad entre él y una chica; me respondió que llevaban meses saliendo y yo les había visto varias veces como pareja. Además, el trastorno también afecta al comportamiento sexual pero, ¡ja!, no voy a escribir aquí sobre el tema. Google it.

Más allá del elenco de meteduras de pata y dificultades para la vida diaria, se trata de un estado general que, en mi caso -el TDAH se experimenta de formas distintas en cada persona, si se medica, si lleva tratándose desde niño, o si es un diagnóstico tardío y sin medicar, como el mío- se parece bastante a ir siempre un poco borracho. Con el puntillo. Es divertido a veces, en entornos controlados, cuando la falta de inhibición y las ocurrencias son bienvenidas. ¿Pero alguna vez has ido piripi a una reunión de trabajo? ¿O has intentado rellenar un formulario de tres páginas? ¿Imaginas pasar una tarde de compras con dos niños pequeños en Ikea, en Navidad, piripi? Efectivamente. Pero al hablar del TDAH suelo escuchar un tipo de comentario: “yo también soy despistado”, “todos llegamos tarde de vez en cuando”. Es la misma diferencia que hay entre el cansancio que todos sentimos al final del día y el cansancio que siente un anémico, que es incapacitante. Todos nos despistamos alguna vez pero ¿es tu despiste, o tu impulsividad, o tu inquietud constante el problema de tu vida? En ese caso, quizás deberías hacértelo mirar.

Son obstáculos frustrantes que suelen producir en los TDAH ansiedad y depresión, por las que yo también he pasado. Sin embargo tengo en el fondo del estómago un sentimiento paradójico: si no tuviera TDAH, lo echaría en falta. Sufriría menos, pero tengo la impresión de que también disfrutaría menos. Mi mirada sobre el mundo sería más convencional y me faltaría desparpajo para hacer posar a ministros o académicos de la lengua. Sería otra persona, más tranquila pero probablemente más aburrida. Y con el pelo siempre del mismo color.

Hay muchas formas eficaces de tratar el TDAH: medicación, terapia, coaching... Pero hay un elemento esencial para que un adulto con este trastorno pueda ser feliz: ser aceptado incondicionalmente. Entre todas las personas que le tratan con condescendencia, tener un aliado que esté dispuesto a aprender, poniendo en duda lo que cree saber sobre él y defenderle a capa y espada de quienes le juzguen, que serán todos, antes o después. Yo he encontrado ese cómplice (ciao, Stefano!) y, por primera vez en mi vida, tengo la sensación de estar desarrollando mi potencial.

Quién sabe, quizás a tu alrededor también haya alguien buscando cómplice.

Consulta siempre con tu médico sobre cualquier asunto relacionado con tu salud y bienestar. Los artículos de BuzzFeed tienen únicamente propósito informativo y en ningún caso sustituyen a ningún tipo de diagnóstico, tratamiento o consejo profesional.