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    11 Historias que demuestran que las abuelas y abuelos de Argentina son los mejores

    Válido para abuelas y abuelos nacidos en cualquier parte del mundo pero que hayan ejercido su 'abuelitud' en Argentina.

    Nietas y nietos comparten historias con sus "abus" y nos cuentan el porqué son lo mejor del mundo.

    1. La abuela Margarita.

    Foto cortesía Cecilia Pamich

    Mi abuela Margarita falleció hace un mes. Cuidó a muchos de sus 13 hermanas y hermanos. Su madre NO le enseñó a hacer el pan porque si aprendía iba a tener que hacerlo para toda la familia. Se casó con mi abuelo, el mejor tipo del mundo, se conocían de chicos porque eran vecinos. Mi abuela hubiese tenido mil críos, pero mi abuelo dijo que tres hijos era más que suficiente y compró condones que eran LA novedad en ese momento, venían 50 en una caja de madera. Mi abuelo genio también les explicaba a sus congéneres que las mujeres tenían orgasmos y ellos no le creían. Y obvio que los tallarines y el tuco de mi abuela eran lo más rico del mundo mundial.

    La vieja era de decir muchas malas palabras, me decía "zorra" o "putita" cariñosamente, hablábamos de sexo sin tapujos. Qué linda era mi abuela.

    - Cecilia Pamich

    2. La tarde que la abuela Sofía volvió a cantar.

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    Hace un tiempo, un día, me di cuenta que mi abuela Sofía se estaba yendo. Había perdido bastante la memoria y la sentí muy triste. Nunca antes me había ocupado demasiado de mi abuela, lo había intentado pero no podía. Me senté esa tarde con ella en su sillón y sentí que no había tiempo, que ese amor que ella me enseñó de chico no se lo había podido devolver. Lloré y la abracé fuerte, cómo un nene que, sin encontrar consuelo, simplemente no quiere. De repente sentí que mi abuela tenía que volver a cantar.

    Al día siguiente volví con el acordeón y una y otra vez le canté las canciones de su infancia hasta que, después de muchos intentos, mi abuela tímidamente cantó conmigo. Ese día mi abuela recuperó la memoria y las ganas de vivir. Ese día mi vida cambió.

    No sé si mi abuela es la mejor del mundo, pero sí que para cada nieto sus abuelos son la enseñanza a ese amor incondicional que nos puede guiar a no tener miedo de ser quienes somos. A hacer con el corazón, sin temor a equivocarnos. A aprender que lo verdaderamente importante es más simple que todo lo que a veces creemos que necesitamos para ser felices.

    Mi abuela Sofía me enseñó eso. Que el amor sana y de ese modo sigue siempre presente en mi corazón. Andá y abrazá a tus abuelos que, aunque no lo digan, siempre nos están esperando.

    - Andres Serebrenik

    3. Aprender a sabernos hermosas.

    Florencia Martínez

    Cuando yo era chica mi familia ponía un esfuerzo grande en que mantuviera una correcta postura corporal acorde a mi estatura (una altura que ya andaba por el metro setenta y en aumento). En ese momento mi abuela me despachó una frase categórica: “Siempre vas a destacar”. Lo sentí como una sentencia. En tiempos en que no existía el concepto "belleza no hegemónica", una piba como yo era sencillamente fea. Pero mi abuela me dio a entender que mis enormes deseos de invisibilidad eran vanos. Con mucho esfuerzo y lentamente, logré hacer carne sus palabras, superar los complejos físicos que tenía, explorarme y descubrir cosas hermosas de mí.

    Mi abuela siempre fue muy coqueta. Aún hoy, a sus 94 años e internada en terapia intensiva, le aflora rápido una sonrisa si le digo que está muy linda y que tiene un peinado divino. Para ella también fue un esfuerzo grande ver a su nieta elegir una estética discordante. Ahora entiendo que en su frase había una invitación a tomar coraje, ser fuerte e inventarme. Yo creo que mi abuela no se imaginaba la repercusión que iba tener eso que me dijo y le fue necesario amigarse con los resultados.

    - Florencia Martínez

    4. Mireya es 'La One'.

    5. El AS negro.

    Foto cortesía Lucía Stella

    Mi abuelo Negro fue el ser más amoroso del que yo tengo memoria. Él me enseñó a jugar a las cartas. Tanto es así que hoy tengo una colección de mazos de naipes y un tatuaje de una pica en su honor. Mi abuelo se llamaba Antonio Stella y le decían ‘el Negro’. Y en muchos países de Latinoamérica a las picas se les dice corazones negros. Me tatué un AS de corazón negro.

    Ese es mi abuelo A.S. de corazón Negro.

    - Lucía Stella

    6. La abuela Mimi es una estrella.

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    Como uno más de la generación que creció durante los noventas, la novedad de las madres trabajando full time empujaban a las abuelas a tomar los cuidados de los nietos.

    En mi caso lo hacían gozosas, plenas y con muchísimo afecto.

    Tanto Mimi como Titi me permitían jugar a los disfraces y escapar de la pelota, mi condena como varón.

    Con mi abuela Mimi, hubo una característica que se mantuvo siempre: el jugar como eje principal de nuestro vínculo. Cuando murió su marido, mi abuelo, notaba que sus días eran espesos y aburridos. Mi decisión fue volver a ocupar el rol de los años felices: ser travieso, molestar, que esté preocupada por las locuras que hacía. Ella quedaba exhausta luego de mi visita, porque había cuidado a un chico, uno de 25 años.

    Así empezaron los videos que hicimos juntos y que tan feliz la hicieron.

    - Martín Rechimuzzi

    7. Fumar con la abuela Tola.

    Foto cortesía Juan Manuel Damperat

    Con mi abuela fumábamos marihuana juntos. Ella me cuidaba las plantas cuando yo viajaba y hasta cosechaba si yo no llegaba a tiempo.

    Teodora Suárez, la abuela Tola, empezó a fumar a los setenta y poco, cuando le dijimos que esto podía sustituir las pastillas para la ansiedad que le hacían mal al estómago. A partir de ahí y hasta que se fue, fumó con los nietos y amigos nuestros quienes cuando iban a casa por primera vez, ¡no podían creer que le pidamos sedas para armar cigarrillos a la abuela!

    - Juan Manuel Damperat

    8. El retrato de mi abuela.

    Cecilia Estalles Alcón

    Los ojos de mi abuela son verdes como los míos, idénticos. Días antes de que muriera mi otra abuela, le observé por muchas horas las formas, las orejas, las uñas, las manos, los pies, quería quedarme con los detalles toda mi vida.

    Hoy la abuela lloró mucho, se quiere ir a su casa, piensa que sola va a llegar bien, está a 25 km de su casa. Mi mamá el otro día se cansó, le armó el bolso, la abrigó, le abrió la puerta y la dejó salir, la espiaba por la ventana y al ratito la fue a buscar.

    La abuela llora desde siempre, si está feliz o triste es lo mismo, llora.

    Mabel, la señora que ayudaba a mi abuela, le regaló 2 muñequitas, unas Barbies low cost decoradas con papel crepe. Mi abuela siempre dijo que eran una obra de arte, para mí también lo son, una es violeta y la otra rosa.

    Me contó mi mamá que el viernes pasó por la veterinaria del barrio de Carapachay y le compró una chapita de corazón, la de los perros, y le mandó a grabar el nombre de mi abuela y su celular en chiquito. Tiene miedo que un día abra la puerta, se vaya y no vuelva más. Me pidió que le dijera que se lo regalaba yo para que no se la saque nunca.

    A veces la cuido yo, mi mamá la trae a mi casa. Me encanta que venga, porque siempre piensa que es la primera vez, se sorprende y me dice: “Qué linda es tu casa, no la conocía”.

    -Cecilia Estalles Alcón

    9. Mintiendo con la abuela Marce.

    Fotos cortesía Guadalupe Rivero

    Una vez, mis padres se fueron de viaje y nos dejaron en casa al cuidado de mi abuela. Ella era lo más, realmente lo más. Con mi hermana fuimos a comprar algo -tendríamos 7 y 10 años, ponele- y vimos en una zanja una bolsa de cachorritos de perros abandonados. Los agarramos y los llevamos a casa. Pero no podíamos tenerlos ahí. Pensando en que sólo sobrevivirían si eran amamantados por una perra que tuviera leche materna, buscamos entre las casas del barrio el lugar indicado. En una quinta había una perra mamá adecuada. Dejamos a los perritos ahí pero justo nos vio el casero. Corrimos tanto como pudimos y llegamos a casa. Le avisamos a la abuela lo que pasó y de inmediato tocó timbre el susodicho. Estaba buscando dos nenas abandónicas de cachorros. "Acá no vive ningún niño", respondió la Abuela Marce.

    - Guadalupe Rivero

    10. La abuela Marta la tiene clara.

    @lucasfauno

    Una vez fui a visitar a mi abuela, cuando me abre la puerta tenía una cara de indignada tremenda:

    - "¿Cómo va?", le pregunté.

    - "Recién hice Skype con Juan, mi hermano", aclaró, porque mi tío también se llama Juan.

    - "¿Y qué pasó?", pregunté entre risas sabiendo que alguna se había mandado.

    - "Me contó que Martina – la nieta de Juan, familia muy pudiente – se fue de viaje de egresados a dos países de Europa, pero que separaron a pibes de pibas…"

    - "¿Eh?"

    - "Claro, primero los pibes van a un país y las pibas al otro y viceversa."

    - "¿Por qué?"

    - "Porque dijo que 'hubo un desmadre' en otra ocasión."

    - "Ah, ¿y cómo hacen con los putos y lesbianas?"

    - "¡Ja! ¿ves? Por eso sos mi nieto", festejó, pero volvió a su estado de indignación y dijo:

    – "Yo lo que no entiendo es cómo los padres están de acuerdo con semejante estupidez… y no entiendo cómo los mismos pibes no se rebelan… me imagino a mis hijos en esa situación, me hubieran hecho un escándalo…"

    - "¿Y Juan qué dice? ¿o pasó inadvertido?"

    - "No, le parece bien… Y me resulta indignante que una institución educativa no confíe en su producto. Enseñales a cuidarse, no los separes... ¡SI A ESA EDAD ESTÁS QUE TE COGÉS ENCIMA!"

    Me reí a carcajadas y ella, que hablaba muy en serio, transitó del enojo a la risa en dos segundos al verme estallado.

    - Nicolás Gabioud

    11. Un paseo con el 'nono' David.

    @lucasfauno

    Cuando el abuelo David enviudó se emborrachó y, acto seguido, puso un gallinero con conejos y hasta un chancho en la terraza de su casa. El barrio se llenaba de humo cuando por las tardes él quemaba los desperdicios. El nono era un viejo tan dulce que nadie se quejaba más que algún grito de odio de algún vecino que no había descolgado la hasta entonces ropa limpia.

    David manejaba un auto marca Citroën 3Cv. Una vez la policía le hizo señas para que se detuviera, él los saludó con una sonrisa y aceleró. Yo con menos de 10 años le pregunté porqué huíamos: "no tengo registro ni papeles del auto hace 5 años". Y se reía sin ruido, pero con mucha picardía. A cuadras se podía sentir el ruido y el olor de su auto. Hemos visto ratas ofendidas bajarse de este por la mugre. Pero el nono David pasaba y te saludaba.

    A mis 16 años vino a un acto del colegio y ahí, en brazos de mi mamá, murió de un ataque al corazón. Antes de eso y desde el público su mano huesuda y de venas enormes que heredé me saludó. Se despidió.

    A veces me siento en la vereda a esperar que vuelva a pasar saludando. Lo extraño mucho.

    - Lucas Gutiérrez

    BuzzFeed Daily

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