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Vi a mi ex enamorarse de otra en Facebook

Espiar lo que hacía mi ex en las redes sociales se convirtió en una forma de auto tortura que no podía dejar de hacer.

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Terminamos en el estacionamiento de una pizzería, en Boston.

Él quería comprometerse. Quería hijos, un buen trabajo y un jardín para el perro. Yo quería Nueva York. Y Londres. Y quizás Tailandia por un año o dos. Quería escribir y vivir en un departamento horrible, y tener amoríos desprolijos. Tenía apenas 21 años; todavía no buscaba una vida fácil.

Pedimos dos pizzas individuales para llevar y las comimos en su auto, callados. Nos dijimos que sería mejor, para no tener que dar propina ni escuchar las canciones noventosas malísimas que sonaban dentro del restaurante, aunque quizás lo mejor hubiera sido no hablar por un tiempo.

"Algo no anda bien", dije.

"¿Te dieron una salsa equivocada"? Me miró con una expresión de preocupación sincera que me recordó por qué lo amaba.

"No, la pizza no. Nosotros", dije.

Una gota de salsa roja bajó por su mentón. Sin pedirle permiso, la limpie con mi pulgar.

Sentados en su auto, entre lágrimas, hicimos promesas que no podíamos cumplir, sin prestar atención a la pizza que se enfriaba a nuestros pies.

Quizás en algunos años, nos prometimos mutuamente.

Mantuve esa promesa en mi cabeza más tiempo del que debía.

Esa fue mi excusa cuando, tres meses después, revisé su perfil de Facebook durante la noche. Solo quiero saber cómo está, me dije. Me pregunto si ya encontró trabajo, pensé. Me pregunto si sus padres siguen bien de salud.

Siempre tuve una buena razón para volver.

Su primer foto juntos fue en una fiesta.

Al menos imagino que fue en una fiesta, a juzgar por el vaso rojo que ella sostenía, y la media sonrisa embriagada de él, esa misma sonrisa de la cual me burlaba. Sus dedos envolvían su cintura, y mientras miraba la pantalla, intentaba no pensar en cómo me hacía sentir cuando me tocaba en ese mismo lugar.

Quizás sean amigos. ¿La conocía mientras estábamos juntos? Me pregunto si pasaron la noche.

No me tiene que importar, me recordé. Sin embargo, me importó. Cerré mi laptop con violencia. Se acabó la tortura por esa noche. Sin embargo, al quedarme dormida, soñé con él.

Era invierno. El estacionamiento del supermercado en el que comprábamos papeles para marihuana estaba rodeado de nieve sucia. Al apoyarnos contra el auto, podía sentir el frío que se extendía desde las suelas de mis zapatos a todo mi cuerpo.

Él exhaló hacia mí a propósito, me tiró su nube de aliento caliente.

Como en cualquier sueño, había algo raro. El guión no tenía sentido. ¿Por qué estábamos afuera en lugar de entrar al lugar? ¿Por qué teníamos el automóvil de mi madre, en lugar del suyo? ¿Por qué él no tenía una chaqueta? ¿Por qué seguíamos juntos?

Me saqué los guantes y puse mis manos bajo su camisa, hasta llegar a su pecho. Él se estremeció, luego me sonrió.

"¿Acaso solo estoy aquí para calentar tus extremidades?", dijo.

"Quizás", respondí, sonriendo.

Me desperté con frío, buscando su cuerpo en mi cama.

Ese breve momento al despertar siempre fue el peor. El instante en el que sentí que el sueño era realidad, que nunca nos separamos. Ese momento cuando me obligaba a volver a dormir, cuando lo único que deseaba era volver a tener mi mano en su pecho.

El momento cuando recordaba tan fácilmente lo que se sentía amar y ser amada, que parecía imposible que ya no fuese cierto.

Agarré mi celular y comencé a revisar su Twitter. Necesitaba sentirme cerca de él, de cualquier manera. Mientras leía las palabras en mi pantalla, podía oír claramente su voz. Lo imaginaba reír de su propio chiste luego de publicarlo, y sonreía de solo pensarlo. Podía escuchar su voz con tal claridad que, por un momento, mi cama no se sentía tan vacía.

Seis meses después de nuestra separación, apareció otra foto: él y la chica del vaso rojo en un juego de béisbol. Mi estómago se retorció al darme cuenta que ella se estaba convirtiendo en un personaje recurrente de su vida. Vi más fotos de ellos dos, en cada una sostenían un trago. Me pregunté si a ella le gustaban los deportes, o si le interesaban más las cervezas y los perros calientes, como a mí. Me pregunté si le divertía notar qué tan apretados estaban los pantalones los jugadores, o discutir el nivel de alcohol en la sangre de la gente que los rodeaba. Me pregunté si la pasaron bien. Los veía juntos, sonrientes y con sus vasos llenos, y aún no registraba que él había seguido con su vida.

Quizás en algunos años era la promesa que seguía asaltando mi mente. No lo quería ahora, pero eso no significaba que nunca más lo querría.

No podía asimilar que pudiese enamorarse de alguien más mientras yo lo seguía amando. En ese entonces, no comprendía que el amor puede ser así, unidireccional. No podía imaginar que le diga a ella las cosas que me dijo a mí, o la mirara de la misma manera.

Ilusa, sentía lástima por ella. Pobre, su novio sigue enamorado de su ex, pensaba. Es graciosa nuestra facilidad de convencernos de lo increíble para que duela menos.

Lo imaginé acostado en la cama, mirando al techo, deseando que la chica a su lado fuera yo. Para mí era más fácil imaginar que perdía el sueño buscándome en su cama que aceptar la verdad: que ya no pensaba en mí.

Internet me contó muchas cosas sobre ella. Me dijo que era hermosa e inteligente. Me dijo que era sociable, y que tenía una sonrisa amable. Quería odiarla, pero no podía.

Se sacaba fotos con niños, y en las fotos sonreía con dulzura. Reía de un modo que parecía auténtico. Parecía el tipo de chica que no se demoraba en arreglarse para salir.

Veía su perfil y luego volvía al mío, intentando salirme de mí para poder juzgarnos de modo imparcial. Veía nuestros perfiles, todo lo que teníamos en común y todo lo que no. Mi rostro era más angular y angosto que el suyo, mi cabello un poco más oscuro. Yo no sonreía con tanta facilidad, excepto en las fotos en las que estaba con él. Ella hacía más voluntariados que yo, pero al parecer yo pasaba más tiempo al aire libre. Parecía venir de una familia adinerada, mientras yo me veía como que vivía de préstamos y supermercados de rebajas. Teníamos diferencias, pero también similitudes ineludibles: ambas amábamos a nuestras familias, a nuestros amigos, y al mismo chico.

Pasaron los meses y los observé etiquetarse mutuamente en sus fotos y en el cambio de estado de relación. Me retorcía mientras intercambiaban bromas en Twitter, y especulaba sobre el objeto de sus bromas. Noté cuando se hizo amiga de sus hermanas y se tomó una foto con su madre. Lo vi usar el reloj que le regalé en una foto junto a ella, durante unas vacaciones que tomaron juntos. Los ví dentro del auto en el que nos besábamos, el auto en el que rompimos.

Presencié cómo su relación iba a lugares que nosotros habíamos ido, y a lugares a los que no.

Me preguntaba si discutían. Me preguntaba si las cosas que me molestaban de él, también le molestaban a ella. Me preguntaba si ella también querría un gran jardín y un buen trabajo.

Podría haber dejado de observar en cualquier momento, pero se volvió adictivo. Quería saber qué más les sucedería. Quería saber si funcionaba. O quizás, lo que quería era saber si fracasaba.

A pesar de mi auto tortura, no me contacté con él.

Aún quería Nueva York, y Londres, y quizás Tailandia por un año o dos. Eso no cambió. Pero me gustaba ver fotos de su sonrisa. Me gustaba cuando hacía una mueca graciosa, o no estaba listo para la foto. Él me recordaba lo que se sentía amar a alguien, y me gustaba esa parte de mí.

Nuestras vidas tomaron rumbos totalmente distintos y, sin embargo, sentía una atracción inexplicable hacia él. Me hacía bien sentirlo accesible, aunque no lo estuviese.

No me consideraba una acosadora, aunque quizás lo fuese, ya que espiaba la vida de otra persona a través de una ventana virtual. Supongo que pensaba que al verlo, aunque sea a través una pantalla, seguía formando parte de mi vida, que no estaba sola, que me sentía amada. Quizás él también me espiaba.

Con el tiempo, lo visité cada vez menos. Y cuando lo hacía, no dolía como antes. Se sentía como el reflejo de una antigua herida, que dejó su marca, pero era más un recuerdo que una sensación real.

Eventualmente pasé una hora entera sin pensar en él, luego varias horas, luego un día, una semana, un mes.

Ahora, cuando entro en su perfil, la punzada no es tan fuerte. Me enorgullece que tenga éxito en su carrera, y me entristece cuando muere alguien que él conoce. Me pone feliz que esté enamorado.

Y estoy feliz por la chica del vaso rojo, por conocer a alguien tan bueno. Quizás ahora él sea distinto. Quizás ya no bufa al reír, o dobla su pizza como un emparedado antes de comerla. Quizás no lo conozco en absoluto. Sin embargo, visitarlo me recuerda que soy capaz de amar, y que merezco ser amada. Me recuerda que cuando realmente te importas una persona, ésta nunca se va del todo.

Este artículo fue traducido del inglés por Javier Güelfi.

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