back to top

No le debo mi cuerpo a nadie

El tío que encontré en Tinder dejó de parecer un buen tío en el momento en que no pudo aceptar que yo dijera "no".

publicado

Después de que se marchara me maldije a mí misma por haber llevado puesta aquella falda. ¿Era demasiado sugerente? ¿Di la impresión equivocada? Nunca debí haberle dejado conducir, pensé. Quizás no debería haber aceptado salir con él una segunda vez. Quizás no debería haber dejado que me pagara la copa.

Me pregunté si él tenía razón mientras el agua de la ducha se llevaba su saliva de mi cuello.

Quizás me comporté como una calientapollas.

Para nuestra primera cita quedé con Tim en un bar. Habíamos estado hablando en Tinder sobre la mierda de especialización en guión que yo estaba haciendo y sobre el tiempo en Los Ángeles unos días antes de que él diera el paso y pusiera una fecha para conocernos.

Tim era alto, de pelo oscuro y guapo de una forma que no me intimidó. Su perfil decía que había estudiado cine y que le gustaban los perros. En aquel momento aquello fue suficiente como para darle a "Me gusta".

Cuando llegué estaba apoyado en la barra y llevaba puesto un forro polar Patagonia mientras se pasaba la carta de bebidas de una mano a otra. Era más alto de lo que esperaba, lo cual me gustó, y más mono de lo que me imaginaba, lo cual tampoco me importó. Aunque quizás se debiera a las favorecedoras luces del bar. Cuando me presenté, él me abrazó como si nos conociéramos de toda la vida.

Pedimos unas bebidas e inmediatamente se tomó a risa mi oferta de pagar por ellas insistiendo en que "una dama nunca paga en la primera cita". Se me encogió un poco el estómago al oír sus palabras, pero decidí pasarlas por alto por no condenar la cita antes de que hubiera empezado.

La cosa transcurrió todo lo bien que puede ir una primera cita con un extraño virtual. Comentamos todas las pequeñas afinidades que habíamos ido encontrando durante nuestras conversaciones, cosas como familia y pequeños motivos de estrés en nuestros trabajos. Pensé que algunos de sus chistes no merecían más que una sonrisa, pero aún así me reí a carcajadas.

A las dos copas me puso la mano suavemente sobre la pierna mientras yo hablaba y me acarició la rodilla con el pulgar.

Cuando fueron las 10 de la noche dejé escapar un bostezo de forma involuntaria. Le dije que iba a ser mejor que me fuera a casa, y saqué mi móvil para pedir un taxi. Él protestó, insistiendo en que debería llevarme en coche hasta mi casa. Después de un breve debate interno entre la escritora pobre y la dama independiente que hay en mí, accedí a que me llevara.

De camino a casa, puso de nuevo la mano en mi pierna mientras conducía. Me aparté de él, dándome cuenta de pronto que estaba sola en un coche con alguien a quien no conocía muy bien. Cuando llegamos a mi calle, señalé un lugar donde parar el coche.

—¿Debería aparcar? —preguntó.

—Estoy muy cansada —le respondí. —Creo que mejor dejarlo aquí por hoy.

—Qué pena. Bueno, vale... —dijo, y sin vacilar un instante se acercó a mí para besarme.

Me sorprendió lo atrevido que era, pero dejé que mis labios se encontraran con los suyos. Nos besamos por unos segundos antes de sentir su mano subiendo por mi pierna hasta la parte superior de mi falda. Me eché hacia atrás.

—Bueno, debería irme ya. ¡Buenas noches! —le dije, y salí del coche rápidamente. Le escuché decirme adiós a gritos desde su coche mientras me alejaba.

Cuando entré en casa sentí un nudo en el estómago en vez de las familiares mariposas que sientes cuando conoces a alguien que te gusta y te besa. Era más bien la clase de sensación que tienes cuando estás en lo más alto de una montaña rusa y ya no tienes tan claro el querer estar ahí. No le hice caso. Pensé que serían cosas mías y me fui a la cama.

Tim se puso en contacto conmigo el día siguiente y me preguntó si estaba libre para ir a un concierto el viernes por la noche de un grupo que él describió como "interesante". Le dije que estaba libre a pesar de mis sentimientos encontrados después de nuestra primera cita. Deberías al menos comprobar si te gusta o no, me dije a mí misma. Tim dijo que iba a comprarme una entrada, y, de nuevo, se negó a que yo pagara.

—Es un buen tío —dije, y conforme las palabras salían de mi boca ya no estaba tan segura de que fueran verdad.

El viernes él dijo que me recogería, diciéndome que sería más fácil que intentar encontrarnos en un sitio lleno de gente. Sabía que me hubiese sentido mejor llevando mi propio coche, pero aún así accedí.

Mientras le esperaba, mi compañera de piso parecía entender mis sentimientos mejor que yo. Comentó que no parecía demasiado entusiasmada con mi cita.

—Ya... No sé si lo estoy —le dije.

—Entonces, ¿por qué vas? —me preguntó.

—No lo sé. Es buen tío —le contesté, y conforme las palabras salieron de mi boca, me di cuenta de que no estaba segura de que fueran verdad.

Estaba esperándome delante de la puerta del asiento del copiloto de su coche cuando yo salí. Me dijo que estaba guapísima mientras me abría la puerta, guiándome hasta el asiento con su mano en el hueco de mi espalda.

—Me iba a presentar aquí con unas flores, pero he pensado que igual era demasiado —me dijo riendo. Resistí la necesidad de preguntarle qué hubiera hecho con un ramo de flores en un concierto al aire libre, y le devolví la sonrisa.

Cuando el grupo empezó a tocar se puso detrás de mí y rodeó mis caderas con sus manos. Intenté quitármelo de encima con la excusa de mi poca habilidad para el baile, y me puse a su lado diciendo que la persona que tenía delante no me dejaba ver nada.

Eché un vistazo a mi móvil y me pregunté cuánto iba a durar el concierto.

Después de que el grupo acabara de tocar, me preguntó si me apetecía una cerveza e ir a ver una actuación con menos gente en la que tocaba un amigo suyo. Yo sabía que estaba lista para marcharme a casa, así que le dije que estaba cansada, echando la culpa al hecho de que tenía que levantarme temprano al día siguiente. De nuevo, se ofreció a llevarme a casa, negándose a aceptar un no por respuesta. Vacilé, pero recordé que había hecho todas las cosas genéricamente “correctas” a la hora de tener una cita: me había escrito al día siguiente, me había dicho que estaba guapísima, había sido puntual, me había abierto la puerta. Es un buen tío, me dije, regañándome a mí misma.

Había hecho todas las cosas genéricamente “correctas” a la hora de tener una cita: me había escrito al día siguiente, me había dicho que estaba guapísima, había sido puntual, me había abierto la puerta.

De camino a casa, puso esa mano tan familiar en mi pierna. Me tocó las medias, pellizcándolas y soltándolas sobre mi pierna. Me estremecí sorprendida.

—Son muy bonitas —dijo.

—Gracias— le contesté yo, arrepintiéndome de no haberme puesto vaqueros.

Cuando llegamos a mi calle, empezó a buscar un sitio en el que aparcar.

—Puedes parar en cualquier sitio y me bajo sin problemas —intenté decir.

—¿Te importaría darme un vaso de agua? Me he tomado un par de cervezas, así que debería beber un poco de agua —dijo.

—Vale —contesté pensando que no quería ser responsable de un conductor borracho.

Cuando entramos en mi apartamento me fui directamente a la cocina a darle un vaso de agua. Cuando volví al salón él estaba sentado en mi sofá, echado e inspeccionando el lugar.

—Es bastante mono este sitio —comentó de un modo que me hizo dudar si aquello era un insulto o un cumplido.

—Gracias —dije yo, acercándole el vaso de agua.

Tomó un sorbo pequeño antes de soltarlo y levantarse.

—¿Puedo ver el resto? —me preguntó.

—No hay mucho que ver —contesté yo, riendo e intentando ignorar los nervios que de pronto me estaban asaltando. —Este es el salón, ese es el comedor, y ahí está la cocina —expliqué.

—¿Dónde está tu habitación? —preguntó él sonriendo.

—Por ahí —dije señalando hacia el pasillo oscuro, deseando que mi compañera de piso estuviera en casa.

Fue paseando hasta mi cuarto y encendió la luz. Me quedé en la puerta, con los brazos cruzados sobre el cuerpo.

Cogió el libro que yo estaba leyendo y empezó ojear la contraportada.

—La verdad es que estoy muy cansada, creo que lo mejor que te vayas —dije.

—No es tan tarde —contestó.

—Estoy hecha una abuela —bromeé, tratando desesperadamente de que el tono fuera humorístico.

—Vale, muy bien. Pero tengo que hacer esto antes de irme —dijo.

Antes de que tuviera tiempo de preguntar lo que era eso, se abalanzó sobre mí y me agarró la mandíbula con sus manos, mientras que obligaba con la lengua a que mis labios se separaran. Cerré los ojos y dejé que me besase torpemente. Pude notar el sabor de la cerveza en su lengua y pensé en el vaso de agua en el salón que apenas había tocado.

Me eché para atrás, pero él tiró de mí con más fuerza. Le devolví el beso sin entusiasmo, no porque quisiera hacerlo, sino porque, en ocasiones, cuando te das cuenta de que algo terrible podría pasar, ni siquiera eres capaz de admitirlo.

Siguió besándome y me empujó contra la pared. Sentí la columna chocar contra el marco de mi armario.

Me odié por planteármelo, pero conforme se pegaba más y más a mí, me dije que quizás iba a ser mejor que terminásemos con el asunto.

—No tan rápido —dije.

Podía sentir sus dientes sobre mis labios mientras sonreía.

—Tengo la regla —mentí.

—No pasa nada —contestó.

—No quiero hacer nada más —dije, retorciéndome para alejarme de su cuerpo.

—Vamos a divertirnos un poco —dijo sujetando mi cuerpo contra el suyo con más fuerza aún mientras me besaba el cuello.

Metió las manos bajo mi falda y me apartó la mano ágilmente cuando intenté impedírselo.

Cerré los ojos y me pregunté cuándo pararía. Me pregunté si acceder a tener sexo con él sería más fácil que lo que podría ser la alternativa. Me odié por planteármelo, pero conforme se pegaba más y más a mí, me dije que quizás sería mejor que terminásemos con el asunto.

—Mi compañera de piso está en casa —le dije de un modo que esperé sonara como una advertencia.

—No haremos ruido —contestó él.

—No quiero hacer nada más —dije esta vez, de manera más firme. Ahora tenía las manos bajo mi blusa.

—¿Estás segura? —me preguntó, mirándome con esa misma sonrisa de lobo. Cerré mi mano sobre la suya y se la aparté de mi blusa.

—Sí —le dije, encontrando valor en el hecho de que mi compañera se encontraría en la habitación de al lado. Su expresión pasó rápidamente de juguetona a enfadada.

—¿En serio? —volvió a preguntar.

—Sí, lo siento —contesté, aunque no supe por qué me estaba disculpando.

—Menuda jodida calientapollas estás hecha, ¿eh? —espetó. Ya no parecía tan buen chico— La mayoría de la gente no va así de despacio, que lo sepas —dijo, como si estuviera haciéndome un favor.

—Vale —contesté.

—Quiero decir, te he llevado a tomar una copa y a un concierto. La mayoría de los tíos no hacen tantos esfuerzos por una chica cualquiera —me dijo.

—Vale —contesté yo de nuevo. Me empezaron a hormiguear las manos y deseé que se marchase antes de que me diera un ataque de pánico.

Cogió sus zapatos y se echo la chaqueta al hombro antes de darse la vuelta para mirarme como si yo fuera una inversión que no ha dado resultado.

—Ya te enviaré un mensaje o algo —me dijo. Y esperé que no fuera en serio.

Cuando se fue me quité toda la ropa y me metí en la ducha. Estuve un rato debajo del agua ardiendo e intenté librarme de la sensación que su boca había dejado en mi cuello, de su mano bajo mi falda.

En ese momento no le odié. Me odié a mí misma. Me odié a mí misma por no haber sido capaz de decirle que no quería acostarme con él, por haber dicho que estaba cansada en vez de eso. Me odié a mí misma a causa de mi propio miedo a parecer maleducada. Me odié a mí misma por dejarle que me trajese en coche a casa, en vez de haber llevado mi propio coche. Me odié a mí misma por darle un vaso de agua. Me odié a mí misma por haber renunciado al control sobre mi cuerpo porque temía ofender a alguien que apenas conocía. Temía ser una "zorra quisquillosa".

En ocasiones, los buenos tíos hacen esas cosas no porque sean buenas en el sentido real de la palabra, sino porque asocian el hacer esas cosas con conseguir lo que quieren.

Volviendo la vista atrás, he descubierto que no soy la persona con la que debería estar enfadada. Tim lo es, ya que le dije que no, una y otra vez, de tantas formas como se me ocurrió, hasta que al final lo entendió. Hasta que al final me entendió. Y lo que más me asusta de todo es que muchos hombres no oyen, o no escuchan, esas palabras. Creo que algunos hombres crecen pensando que el cuerpo de una mujer es una mercancía con un precio. Y, como mujer, me siento como si me hubieran dicho que tengo que estar agradecida cuando encuentro un hombre dispuesto a pagar ese precio. Se me ha dicho (o me he dicho a mí misma) que es "un buen tío".

Y esa es la cosa que tienen los buenos tíos: no siempre los reconoces. Llevan forros polares Patagonia y buenos cortes de pelo. Te abren la puerta y te pagan la copa. Se ríen de tus chistes y te preguntan por tu familia. Pero, en ocasiones, los buenos tíos hacen esas cosas no porque sean buenas en el sentido real de la palabra, sino porque asocian el hacer esas cosas con conseguir lo que quieren. O, al menos, "lo que se merecen". He descubierto por medio de una dura experiencia que en el mundo moderno de las citas eso se traduce en que si me gasto por lo menos 50 pavos en ti, mejor será que te acuestes conmigo.

Estoy harta de oír lo de la "friend zone" y que me llamen calientapollas. Estoy harta de esa regla no escrita que dice que si alguien pasa tiempo o gasta dinero en mí eso les hace merecedores de mi afecto físico. Quizás habrá veces en las que esté cansada. Y quizás habrá veces en las que tenga la regla, o que mi compañera esté en casa, o en las que no sea el mejor momento. O puede que no pase ninguna de esas cosas, ¿y sabes qué?... Que no necesito una razón para decir que no. Mi cuerpo es mío. No puede comprarse por tres copas en un bar con mala iluminación o con flores o con entradas para un concierto. Cuando digo que sí es porque quiero.