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Marcos Chamizo / BuzzFeed

Lo que un simple chándal me enseñó sobre la normalización en el colectivo LGTB+

"Normal" es un programa de mi lavadora.

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Cuando iba al instituto tenía un pantalón de chándal que me encantaba, uno de esos con botones a lo largo de la pernera que se pusieron de moda en la época en la que se pusieron de moda un montón de cosas que jamás debieron ponerse de moda. Era muy cutre, muchísimo. Llevaba una etiqueta poco disimulada en un lado con la marca que, por supuesto, tenía que ser falsa al nivel de Ardidas o Polystation. Y claro, mis compañeros, que eran puro amor, no paraban de reírse cada vez que me los ponía. Pero es que a mí esos pantalones me encantaban, me gustaba cómo me quedaban, me sentía cómodo con ellos.

Si mi vida fuera una película de sobremesa (punto que, a estas alturas, aún no he descartado), el drama de mis pantalones habría desembocado en una reunión de padres que provocaría una revolución en el instituto. En esa reunión ficticia, una madre luchadora y comprometida creería que es hora de educar a los chavales en el respeto a la diferencia y crear un instituto que valore a la persona que hay bajo el chándal, sea de la marca que sea. Esa sería mi madre, claro, que para eso es mi película. Pero las madres de los otros alumnos, las que compran ropa cara, no querrían ni oír hablar de que cada chaval pueda ir vestido como quiera, y menos aún si la ropa no es ropa “bien”, ropa que ellas aprobarían, ropa que diga que son alumnos respetables. Y por eso proponen una medida drástica: normalizarlos a todos con… ¡uniformes escolares!

El final de la película no te puedo decir cuál es porque entonces no querrías verla; pero sí te puedo decir que esta tontería que te estoy contando sobre chándales y uniformes es, justamente, lo que algunos quieren hacer con el colectivo LGTB+.

Esa ropa de marca bien vista por todo el mundo es lo que conocemos como “el privilegio”, ese concepto que hace que a más de un hombre blanco heterosexual (y sucedáneos) se le cortocircuiten las neuronas al no entender cómo pueden serlo ellos si ni son ricos, ni tienen poder, ni nada de nada. Precisamente porque al haber nacido con esa indumentaria no se dan cuenta de que viven en una sociedad en la que se da por hecho que todos tienen que vestir igual y que, si llevan una ropa diferente, es porque quieren fastidiar al resto y estropear la foto. Vivimos en una sociedad que antepone y premia al que tiene el chándal de marca y discrimina, oprime y relega a un segundo plano al que tiene uno como el que yo llevaba en el instituto.

Es algo de lo que has oído hablar en mil ocasiones, y seguramente es algo que tú has mencionado en más de una ocasión: “la normalización”. La normalización puede ser un ideal, una utopía; una fase vital a la que muchos aspiran y que sólo unos pocos privilegiados consiguen alcanzar. Pero para otros muchos es casi la representación del mal, el demonio hecho carne. Y está ahí, agazapada en la oscuridad de un callejón del centro de la ciudad, esperando para darte un susto cuando menos te lo esperes.

Como he tenido la suerte de nacer hombre, blanco, gay y cisgénero resulta que soy la definición del privilegio. Mi indumentaria no es de marca, pero lo parece. Si aún así yo he sentido a veces el aliento de la normalización en mi nuca amenazándome con hacerme parecer el raro del grupo (“estás gordo”, me susurra; “¿y tus abdominales?”, se ríe; “¿por qué no te echas novio para subir fotitos a Instagram?”, se enfada); imagínate lo que debe ser para alguien que no goza de él. Ya sea porque no lo ha recibido o porque lo mandó a tomar viento cuando fue consciente de que era una personita libre que no tenía por qué “parecer normal” para ser feliz. De hecho solo es feliz si no “parece normal”.

"La normalización por la que deberíamos luchar es la que integra, la que escucha, la que respeta, la hace que la sociedad aprenda sobre lo que no entiende para no sentirse incómoda cuando alguien no es lo que se espera que sea"
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Sin embargo hay todo un grupo de privilegiados que han decidido que la normalización es adaptarte al resto de la sociedad para que tu vecina del quinto no se asuste cuando subas con ella en el ascensor; que sacrifiques lo que te hace ser tú mismo para ser aceptado. Pero además, esos privilegiados te cargan con una losa extra de culpabilidad al querer hacerte pensar que tú, como individuo, representas al resto de tu comunidad –algo que, aparentemente, no ocurre si eres heterosexual–. Así que olvídate de ser o hacer lo que ellos dicen que no es normal porque das mala imagen al resto.

Seguramente estés hasta el gorro, por ejemplo, de que después de cada celebración del Orgullo LGTB+ las redes sociales se llenen de comentarios, muchos de ellos de chicos gays, diciendo que lo que ven en las manifestaciones no les representa, y que “lo que hace falta es menos fiesta y más normalización”. Si viviéramos en la utopía de la “normalidad buena”, el Orgullo ni siquiera existiría, pero esos comentarios perpetúan la idea de la normalización mal entendida que hace justamente que el Orgullo siga siendo necesario. Porque lo que realmente quieren es coger a todo el que no puede o no quiere (o ambas cosas) pasar por heterosexual y ponerle un disfraz que lo haga no destacar. Por eso sigue habiendo día del Orgullo, porque hay mucha gente muy valiente en todo el mundo que se niega a sacrificar su identidad y, por ende, su felicidad vital, por una normalidad ficticia.

La normalización por la que deberíamos luchar es la que integra, la que escucha, la que respeta, la hace que la sociedad aprenda sobre lo que no entiende para no sentirse incómoda cuando alguien no es lo que se espera que sea.

Si pudiéramos viajar al Nueva York de finales de los 60 y nos plantáramos en la puerta del Stonewall Inn justo antes de los disturbios que dieron vida a la lucha del colectivo LGTB+, veríamos que allí lo raro era ser “normal”. Travestis, drag queens (que no son lo mismo), transexuales, personas andróginas, homosexuales, blancos, negros, latinos… En una época en la que la sociedad en general rechazaba de forma tajante todo lo que saliera de la normalidad, los raros encontraron la forma, el sitio y el momento de unirse y celebrar sus diferencias, convertirlas en su punto fuerte y luchar por sus derechos.

El avance (del tiempo, de la sociedad, de la lucha) ha hecho que algunos de esos grupos hayan dejado de ser raros. Los hombres gays salen por televisión y ya casi nadie se escandaliza. Las mujeres lesbianas no salen tanto por televisión, pero cuando lo hacen pasa un poco lo mismo. Pero a partir de ahí… mete en la ecuación a alguien bisexual, transexual, intersexo, de género no binario, de aspecto andrógino... y toca volver a convocar la reunión de padres.

Y como no hay forma de que eso pase por el aro del heteropatriarcado –y cambiar el heteropatriarcado es una movida muy gorda–, es más fácil señalarles con el dedo y enfadarse porque no nos representan y no nos normalizan (¿y quién les ha pedido que lo hagan?) sin aceptar algo de lo que ya va siendo hora que nos demos cuenta: lo que un sector cada vez más grande del colectivo LGTB+ está pidiendo no es normalización, es heteronormalización.

No te vistas con ropa que no se corresponda con tu género, no te pintes el pelo de colores, no seas femenino, no seas machorra, no hagas nada que tus padres no harían, no des la nota, no molestes. Sé hetero, my friend. Y si no puedes serlo, porque no lo eres, al menos parécelo. Baja la pluma, tápate, no hables de tu sexualidad, no digas que eres gay porque ¿tú ves a los heteros diciendo por ahí que son heteros? (cómo si les hiciera falta decirlo…). La normalización mal entendida aboga por perpetuar un modelo impuesto por las construcciones sociales en lugar de por la aceptación de cada individuo en base a su propia naturaleza. Un modelo que quiere hacer con las personas L, T, B, I, Q lo mismo que nos hacían a todos nosotros antes de que Marsha P. Johnson tirara la piedra contra la ventana del Stonewall: esconderlos.

Que no se vean, que no salgan por la tele, que no suban a las carrozas, que no se manifiesten, que no se quejen, que no hablen de su realidad, que no expliquen sus problemas que son muchos y no tenemos ganas ni presupuesto para arreglarlos.

La heteronormalización es el nuevo guetto en el que algunos han decidido meterse para alienarse de la realidad en la que viven y conseguir, aunque sea renegando totalmente de cualquier principio de solidaridad, que el resto de la sociedad les acepte, les abrace y les diga: “ya está, ya eres normal”. Porque no es hasta ese momento cuando se te concederán tus derechos como ciudadano. Y como ser humano.

Hace unos años, cuando aún era un joven inocente y pizpireto que no tenía ni idea de la realidad del colectivo LGTB+ –otro día hablamos de lo de creer que lo sabes todo por ser gay, cuando probablemente no tienes mucha idea–, vi una pancarta que me hizo sonreír en una manifestación del Orgullo de Madrid en la que ponía: “normal es un programa de mi lavadora”. Yo, al leerla, entendí que ya estaba bien de darnos me gusta o no me gusta como si fuéramos un vídeo de gatitos en Facebook, que en cuestiones de orientación sexual e identidad de género todos somos normales. Que no hablamos de elecciones o de defectos o de desviaciones, hablamos de la propia naturaleza de cada ser humano, de variables innatas a nosotros mismos (o, al menos, eso es lo que la biología parece apuntar cada vez con más cabezonería). Así que no hablamos de opciones, hablamos de condiciones. No hablamos de desviación, hablamos de identidad. No hablamos de diferencia, hablamos de diversidad. Que lo normal es todo, aunque lo habitual sea lo que yo no soy. Y normal y habitual no son lo mismo.

Supongo que por eso, porque no considero que nadie sea anormal, no entiendo a los que se parten la camisa para conseguir la normalización.

Como si no fuéramos normales ya.

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