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Cómo aceptar la virilidad en una época de masculinidad tóxica

Siempre he pensado que la masculinidad es un callejón sin salida. Pero, aun así, la he perseguido. Y sigo haciéndolo.

Levi Hastings for BuzzFeed News

Desde que puedo recordar, he estado enamorado del culto a la masculinidad. Crecí idolatrando a hombres que aparecían en los libros, la pantalla y la vida real. Me encantaba cómo podían acceder a todo lo que ofrece el mundo. Contemplar a los actores clásicos de cualquier época de Hollywood —desde Buster Keaton a Michael Keaton— en la pantalla, me llenaba de emoción por estar vivo. Imagina ser él, pensaba. Imagina tener un cuerpo que pueda hacer cualquier cosa posible.

No recuerdo cuándo tome la decisión, con mi cuerpo de niña, de presentarme como hombre. Simplemente empecé a hacerlo. Me puse nombres masculinos. Insistí a mis compañeros de clase y los amigos de mis padres en que era chico. No lo sentí como una opción, sino como la verdad, o parte de ella. "Soy chico", decía. La mayor parte de la gente, niños y adultos, se reían nerviosos. Me decían que estaba equivocada. No dejé que eso me perturbara. Desde el momento en que tuve edad suficiente como para juntar frases, quise dejar de lado totalmente el género que tenía asignado. Nunca quise aferrarme a la masculinidad porque pensara que era guay, divertida o, incluso, interesante. Quería escapar de mi destino femenino de la única manera que podía: por arte de magia.

Como chico trans que no conocía la palabra "transexual", funcionaba bajo el supuesto de que todo el mundo era estúpido por no entender que yo era un hombre. Suponía que, en algún momento, se darían cuenta de mi realidad. Por supuesto que no fue así. Pero seguí estudiando a los hombres para ver qué podía aprender de ellos. Su aspecto, cómo actuaban, cómo eran. Cómo poseer un tipo aceptable de vulnerabilidad, una ira ardiente, algo de violencia. Quería poseer esos rasgos clásicos de la masculinidad que conocí al crecer —ira, violencia, oscuridad— para que la gente a mi alrededor no pudiera dudar de que era uno de ellos; un hombre como cualquier otro. He cambiado mucho desde la infancia. Me he esforzado por dejar de ver las cosas de ese modo binario que hizo que mi infancia fuera tan espantosa: masculino/bueno, femenino/malo, masculino/feliz, femenino/infeliz. En algún momento de mi camino por descubrir que es posible vivir sin vergüenza, he podido fabricar un tipo de identidad basado en no ser hombre ni mujer, y ser a veces las dos cosas a la vez. Pero, aún y todo, he crecido en una cultura de la masculinidad que asume que los hombres son, en cierto modo, especiales, hermosos y mejores.

Y estar enamorado de la concepción clásica de la hombría se ha vuelto más complicado como consecuencia de las revelaciones del #MeToo. No creo que haya ninguna excusa para la depredación sexual, jamás. Pero entiendo la forma en que nuestra cultura equipara la masculinidad con un comportamiento violento y agresivo; cómo la masculinidad se presenta como un logro, pero un logro que nunca puede alcanzarse, por muy violento, seductor o depredador que uno sea, o sin importar cuántas veces hayas ido a la guerra. No soy el único en sentirme dividido entre perseguir los beneficios de la masculinidad y estar extremadamente receloso de ellos. El autor Thomas Page McBee ha escrito elocuentemente sobre la violencia implícita arraigada en las identidades masculinas. "Los hombres tienen que pelear con alguien o algo en algún momento, ¿o no? Durante toda mi vida, y especialmente durante los cuatro años posteriores a empezar a inyectarme testosterona, he estado luchando contra mí mismo, el mundo o el lugar que ocupo en él", escribe en Quartz.

Wallace Kirkland / The Life Picture Collection / Getty Images

En su especial de Netflix, Nanette, la humorista lesbiana Hannah Gadsby hace referencia a su estilo de vestir masculino mientras aprovecha la oportunidad para llamar la atención sobre la cultura masculina tóxica: "Los hombres necesitáis ya mismo un buen modelo a seguir". Y en la comunidad homosexual, tomamos lo que queremos del estilo y la iconografía masculina, lo hacemos nuestro y, a la vez, nos hacemos preguntas sobre nuestra propia relación con la masculinidad. Yo no soy distinto. Siempre he pensado que la masculinidad es un callejón sin salida. Pero, aún y todo, la he perseguido. Y sigo haciéndolo.

Quería escapar de mi destino femenino de la única manera que podía: por arte de magia.

A la edad de 8 o 9 años es la última vez que recuerdo pasear sin ser profundamente consciente de mi cuerpo. A los 10 años comenzó un terrible acontecimiento: la pubertad. Odiaba que se me desarrollara el pecho, tener la regla y enfrentarme a los cambios hormonales, pero, en realidad, me negaba a aceptar todo eso y lo ignoré totalmente. Recuerdo deambular aturdido, sin tener conciencia de mi cuerpo en absoluto, hasta que una compañera de clase me sugirió que me afeitara los sobacos, y otras, que debía ponerme sujetador. Por raro que pueda parecer, no me sentí demasiado intimidado por lo que los demás decían, por cómo hacían que sintiera que era inaceptable que fuera yo mismo. Principalmente, deseaba saber qué demonios pasaba, y si sobreviviría a ello. Desde el mismo instante en que comencé a atisbar mi madurez, y lo que supondría para mí en concreto, ser adulto me pareció una prisión. Es un estado en el que no se puede hacer nada con el cuerpo sin que uno sea, en cierto modo, malinterpretado como hombre o mujer, y se le declare miembro de cierto género. Limitado. Fue un punto de no retorno. La pubertad convierte tu cuerpo en la jaula en la que tendrás que vivir el resto de tu vida.

Ahora, cuando pienso en la pubertad, no recuerdo qué me pasó físicamente. Recuerdo cómo intenté escapar de la realidad de mi cuerpo. Recuerdo ver películas sin cesar, especialmente películas mudas. Quería que no me importara mi cuerpo, así que veía películas en las que los cuerpos, a pesar de ser el eje central, eran lo que menos importaba: comedias mudas en las que la acción a cámara rápida permite que los actores venzan prácticamente la gravedad. Esas películas fueron muy importantes para mí. Las usé como un tipo de prueba.

Mira, tener un cuerpo no tiene por qué ser un castigo.

Es posible recodificar las normas de la masculinidad para que se adapten a ti. Aún y todo, en esas películas, no vi ninguna mujer desafiando la gravedad. Siempre he admirado a los actores masculinos por su elegancia y dominio de sus cuerpos, y por la forma en que provocaban en mí cierta empatía, a pesar de su (a menudo no agraciada) apariencia física. Con los actores que admiraba, siempre me surgía una pregunta: "¿Por qué alguien tan feo consigue salir en una película?" Cuando empecé a verlas de verdad, me di cuenta de que hacían algo para convencerme de que, en lo que respecta al cine, no necesitaban belleza para ser aceptados en la misma medida que las mujeres. Por alguna razón, la fealdad no importaba. De hecho, como por arte de magia, se transformaba en belleza conforme los veía en la pantalla. De niño, en las películas, veía protagonistas masculinos poco atractivos a menudo emparejados con protagonistas femeninas tradicionalmente bellas.

En esa línea, comencé a ver que la camaleónica habilidad de los actores para trascender lo físico no es un superpoder masculino; solo significa que los hombres son los únicos que tienen permiso para hacerlo en la pantalla. Las mujeres, al menos en los medios, no tienen ni siquiera esa oportunidad. Vi claramente cómo se ve a las mujeres en el mundo: como víctimas, objetos sexuales y otra serie de cosas que yo no deseaba ser. Saqué la conclusión más obvia: lo femenino no era para mí, a pesar de la que consideraba mala suerte de mi nacimiento. De niño, deseché la idea de que podía ser una mujer y tener la vida que deseaba o ser la persona que quería ser. Lo hice porque sabía que la sociedad es sexista. En el mundo masculino veía libertad. Veía cuerpos que no estaban limitados por una cosificación constante, faltas de respeto y abusos sexuales. Veía oportunidades. Cuando salí del armario como transexual al final de mi adolescencia, descubrí un lado menos romántico de la masculinidad. La extrañeza de esos rituales basados en la falta de respeto, la superioridad y la violencia. Unos comportamientos que a los hombres les dicen que son innatos. Y ellos se lo creen.

DreamWorks / Courtesy Everett Collection

Russell Crowe en Gladiator, 2000.

Nos lo creemos. "Tienes que comprender", me dijo una vez mi padre tras sincerarme con él, "que ningún hombre piensa jamás que ha alcanzado la masculinidad. Siempre está en la lejanía". Lo comprendí. ¿Cómo iba a ser la masculinidad una forma de ser tan violenta y agresiva, si no es por el imperativo cultural de "demostrar" que uno es hombre? Para las mujeres, la demostración está en la experiencia. Para los hombres, la experiencia nunca es suficiente. Se supone que luchar contra tus enemigos te convierte en un hombre. Se supone que el éxito te convierte en un hombre. Se supone que "ganar" te convierte en un hombre. Pero el camino hasta la posesión de la verdadera masculinidad es infinito. Nunca se acaba. Se supone que has de seguir haciendo estragos por el mundo, dañando a la gente e ignorando tus sentimientos hasta el día de tu muerte. Mi padre nunca lloró delante de mí. Era una de mis fantasías; ver que se echaba a llorar. Cuando era pequeño, me enfadaba y extrañaba ver que no mostraba emoción alguna, que no fuera ira o cierto disgusto. Quería verle siendo humano.

Pero nunca lo hice, ni siquiera en la habitación de hospital en la que murió su padre, rodeado del resto de sus seres queridos: su hermana, su hermano, mi madre, mi hermana y yo. Mis sollozos eran los que más se oían, y me avergoncé de ello. Para mí era algo teatral; era femenino. También era algo real e incontrolable. Mi dolor no debía tener un significado ni valor vinculado al género, pero claro, en mi mente, sí lo tenía. Todo lo tenía. Comencé deseando que mi padre llorara y terminé intentando evitar mis propias lágrimas. Creía que mostrar mis emociones haría que la gente me viera como una mujer. Pensaba que no llorar formaba parte de la masculinidad. Creo que eso es lo que piensan muchos chicos jóvenes, salvo que tengan mucha suerte. Pero muy pocos la tienen. El resto recibe un guión el mismo día en que nacen, y se les dice sin ambigüedades que no pueden desviarse de él. Tú vas primero; no tengas en cuenta los sentimientos de los otros. Gana, ten éxito, sé fuerte, no llores, lucha, haz daño, avanza, avanza, avanza.

Cuando salí del armario, al principio, quería el tratamiento. Quería empezar con la testosterona, operarme el pecho, cambiarme el nombre y el indicador de género en el carné de conducir. No pensaba que había otra forma de ser transexual. Por una vez en mi vida, quería ser poderoso; quería tener derecho a ese tipo de violencia que proporciona el poder; esa que da permiso a los hombres para hacer lo que les dé la gana sin importarles las consecuencias. Deseaba ser un ciudadano de primera clase. No quería ser un objeto. A lo que el universo me respondió: obedece las putas normas. Cuando vine a casa para someterme a la cirugía de pecho en 2013, pocos años después de salir del armario, me di cuenta de que podía empezar a adoptar los principios de la masculinidad, es decir, convertirme en un auténtico gilipollas. Estaba emocionado con la idea, y también intimidado. "Quiero sentirme más unida a ti", me dijo mi madre una vez, cuando volvíamos del supermercado. Me estaba recuperando de la operación, y aún seguía algo colocado con el Percocet. Me quedé callado. Ella no lo entendió: los hombres no pueden ser cercanos.

Me di cuenta de que la masculinidad no era algo que tenía que ganar. Ya existe en mí.

Hoy en día, me siento diferente. No quiero residir en la masculinidad; quiero comprenderla. En algún punto del camino, entre la negación de mi transexualidad y la salida del armario como transexual, me di cuenta de que la masculinidad no era algo que tenía que conseguir. Ya existe en mí. Ahora ya no creo que las mujeres no tengan poder; que ser mujer sea estar atrapada sin opciones. Ser mujer es vivir una vida con menos privilegios, que es distinto a vivir una vida condenada. Nací en el país de la femineidad; crecí ahí, inmerso en sus costumbres y rituales. Conforme fui creciendo, empecé a entender la verdadera naturaleza de esas costumbres dentro de un sistema global de género. Su injusticia, mezquindad y sinsentido.

Vi claramente cómo se ve a las mujeres en el mundo: como víctimas, objetos sexuales y otra serie de cosas que yo no deseaba ser.

No quería formar parte de un género, y punto. No quería tener nada que ver con eso. Ahora, a menudo siento que necesito volver. No porque haya cambiado de parecer sobre estas cosas. Sigo pensando que el tratamiento que se da a las chicas, y el modo en que nuestra cultura insiste en cierta separación intelectual con respecto a los chicos en todas las áreas de la vida, desde la educación a la salud y la seguridad, es espantoso. Es lo que más me gustaría cambiar en el mundo, y es el cambio que más me gustaría ver a lo largo de mi vida. Pero el simple rechazo del género con el que crecí, como un prisionero de guerra, ya no me funciona. Soy parte interesada. Y ahora que parece que el mundo también tiene un interés similar, no puedo evitar sentir una mezcla de emociones, que van desde el alivio ("¡joder, por fin!") hasta la ira ("¿por qué ha tardado tanto?). Me gustaría decir que lo que más siento es esperanza, pero no estaría diciendo la verdad. Lo que me gustaría es que la gente aceptara la complejidad de forma generalizada. Que rechazara esa forma brutal con la que nos separan en distintas categorías al nacer, lo que se convierte, más tarde, en las categorías de "depredador" y "presa". Quiero que todo el mundo sepa que todos estamos en nuestra propia prisión en lo referente al género, y que empiecen a educar a sus hijos para que tengan las herramientas necesarias para liberarse. ●

Este artículo ha sido traducido del inglés.



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