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Tinder / Marcos Chamizo / BuzzFeed

Me bajé Tinder y esto es lo que he descubierto (sobre mí)

publicado

Creo que al principio no quería bajarme Tinder porque me daba miedo encontrarme a mi ex. Tenía miedo de ver que ella lo había superado cuando yo todavía ni me acercaba a lograrlo. Y ya, una vez superado, me quedé con esa idea. Cabezonería, supongo.

Y así hasta la semana pasada. Con el consejo de un par de amigos –"que se te vea el pelo en alguna, que va a parecer que estás calvo", "me da igual que te dé vergüenza, no puedes salir en todas con gafas de sol"– creé un perfil y me lancé a ello. Y aquí llegó el primer descubrimiento:

1. No me gusta Tinder.

Guau. No sé si estaba preparado para esto. Vale, así de entrada diría que no me gusta María, 27 años, Universidad Complutense de Madrid, pero... ¿Ya está? ¿Adiós? Sí, de acuerdo, ya sabía que Tinder iba de esto, pero una cosa es pensarlo y otra verlo. ¿Cuáles son los sueños de María?

Y lo peor vino segundos después, cuando me di cuenta de que yo me expondría a lo mismo: ser juzgado por mi físico. Esto es algo que yo ya sabía, pero si hay dos cosas que me definen son mis inseguridades y que soy imbécil y Tinder es como gasolina para esas dos pequeñas lumbres. Aquí acabamos en llamas y no me apetece. Si iba a continuar, necesitaba un empujón. Y me lo dieron.

Literal.

(El empujón).

Hora de irse a casa. Aparece una chica desconocida que me dice algo que no entiendo. Lo repite: "hola".

- Hola.

¿Os acordáis de las inseguridades? Vuelven con los silencios. O lo aprovechan para gritar. "Hemos venido a emborracharnos y el resultado nos da igual". Que os calléis.

- Esto... Bueno, es que me estaba yendo.

Y me empuja. Y las inseguridades dicen que venga, que aquí empujamos todos y con la tontería se me pone el Seat Ibiza del 86 que tengo por cerebro a 140 por la autopista que sale de Madrid y llega a Voyamorirsolo. Borracho. Verás como me pille un control, que voy ya sin puntos en el carné de la vida y la ITV no la paso porque me dan miedo las agujas.

Pues eso, que me dio el empujón que necesitaba. Venga, mañana si eso pruebo un rato y si no me gusta lo desinstalo.

2. Me rechazo yo solito.

De esto no me di cuenta hasta pasados un par de días con la aplicación, por mucho que llevase haciéndolo desde el principio. De nuevo, las inseguridades y las vergüenzas. No rechazaba perfiles únicamente por la atracción física o las descripciones, sino que también lo hacía porque pensaba que cuando viesen el mío arrastrarían a la izquierda.

Es decir, por mucho que el sistema esté preparado para que yo no tenga que enfrentarme a mí mismo (no puedo saber si una persona me ha rechazado o simplemente no me ha visto), me las apañaba para hacerlo. Y esto me lleva al tercer punto.

3. Me rechazo yo solito (bis).

Una vez que fui consciente de esto hice lo que hace alguien como yo en este tipo de situaciones: buscar otra excusa. En este caso, convencerme de que igual el rechazo no llega desde la aplicación, pero que sí llegaría más adelante. Conversación, cita o directamente en el altar. ¿Para qué exponerme?

4. Llevo fatal rechazar.

Es posible –mucho– que sea consecuencia de todo esto, pero lo paso muy mal si tengo que rechazar a una persona. Así ha sido cuando me ha pasado en la vida real y así ha sido cuando lo he hecho con una persona en Tinder.

¿Entonces? Rechazo cuando la otra persona aún no sabe si lo he hecho. ¿Que es la solución cobarde? Pues sí. Qué le vamos a hacer. Son mis costumbres y hay que respetarlas.

5. Madre mía, Guillermo, las vergüenzas.

De entrada, podría parecer que la pantalla serviría de filtro y dejaría la vergüenza al otro lado, pero no. Es más, en cierto sentido funciona como lupa: la primera criba en Tinder es, salvo excepciones, física y esto no me ayuda. Habrá a quien sí; a mí, no.

Dicho esto, una vez que se rompe el hielo (por suerte, hay gente que sí tiene picahielos, porque yo me lo dejé en casa), sí creo que tiene ventajas. Hay menos presión.

Y nadie te empuja.


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