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Mi perro ha cambiado mi relación con mis vecinos

Cebolla es mi embajador.

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Vivo en un edificio.

Bueno, en concreto, en un piso de ese edificio. Esto no es muy especial, pero por dar contexto. En este edificio viven otras personas en otros pisos, que también es una situación bastante común.

Me mudé a este piso en este edificio con personas en otros pisos hace un par de años y desde entonces, cuando coincidíamos, mis vecinos y yo jugábamos a un juego que consistía en que yo les saludaba y ellos me ignoraban.

Los vecinos de mi edificio y yo jugamos a un juego muy divertido que consiste en que yo les saludo y ellos me miran con desprecio.

Esto, no lo voy a negar, me molestaba bastante. «Es por mis pintas. Son unos pijos». Les odiaba un rato en silencio hasta que empezaba a pensar en comida y se me olvidaba.

Tengo un compañero de piso. Se llama Cebolla.

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Mide dos palmos de largo por uno de alto, pesa menos que una Coca-Cola de dos litros y le encantan las personas y los perros (los gatos le son indiferentes y los pájaros le caen mal, aunque su archienemigo es el tendedero).

En apenas mes y medio, Cebolla ha conquistado a mis vecinos. Algunos le cogen en brazos cada vez que le ven, otros le saludan y la mayoría habla conmigo. Me cuentan que tienen o que tenían perros, que hay un parque muy bueno justo ahí detrás o alucinan con el frío que hace –¿y no tiene frío, el pobre, solo con ese abriguito?–. Los que tienen perros más grandes me explican que cuando les pasean se alejan porque les da miedo que le hagan daño a él, tan poquita cosa.

En este mes he hablado más con las personas que viven en mi edifico que en los dos años anteriores. Y los que se acercaron a mí –bueno, a él– fueron ellos. Yo siempre saludaba, pero no hacía más. Ahora hablamos de las cosas de las que la gente se queja por tener que comentar con sus vecinos.

Desde que Cebolla vive conmigo, he descubierto que tengo vecinos agradables y simpáticos. Y no son pijos. O sí.

Tener un perro en casa me ha servido para que mis vecinos me saluden. Pero, sobre todo, me ha servido para comprender que, como todo el mundo, pueden estar despistados o cansados. También pueden ser imbéciles con prejuicios, que no me saludan por mis pintas, por supuesto. Aunque sospecho que el que más prejuicios tenía era yo. Y esto lo he descubierto porque desde que tengo un perro en casa hablo con mis vecinos.

Si estás pensando en adoptar un animal –recuerda: no es un juguete, sino una responsabilidad– puedes consultar la web de ANAA, Nueva vida, El refugio o La sonrisa animal, entre muchas otras.

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