De Cuando Casi Dejo Morir A Mi Planta Porque Estaba Triste

    Soy madre de una planta desde hace una semana y media y ya he notado el peso de la responsabilidad sobre mis hombros. ¡¡Y ha sido horrible!!

    No dio tiempo a que las hojas se pusieran amarillas porque mi planta (Priscila, una cinta gigante y hermosa) tenía literalmente cinco días y venía bien cuidada de casa (la tienda de botánica que hay al girar la esquina de mi bloque). Pero realmente quería dejarla morir. Mi lógica (terrible, derrotista y fea) era: si yo estoy pocha, ella lo va a estar también. No sé en qué parte de mi cabeza se había decidido que esa planta iba a ser un reflejo de mi estado emocional, pero sinceramente fue una decisión inconsciente y un poco de mierda.

    Tengo una app en el móvil que me avisa de cuándo hay que regarla. La notificación llevaba parpadeando un par de días y yo la ignoraba de manera muy consciente. Tirada en la cama, veía sus larguísimas hojas verdes derramarse por la mesilla de noche y me encogía cada vez un poquito más, evitando estirar el brazo y meter la punta del dedo en la tierra para comprobar que, efectivamente, estaba seca y necesitaba ser cuidada.

    Igual me daba pánico pensar que, si esa planta representaba mi estado emocional, yo también estaba seca y necesitaba que me regasen. ‘Joder La Bajona, que va a hacer que deje morir a mi hija de forma totalmente consciente’. Me quejé mucho diciendo “tengo que gestionar muchas cosas así que no sé si Priscila Elizabeth va a sobrevivir” en vez de, básicamente, coger un vaso de agua y tirarlo por el macetero de tierra apelmazada. Un muro invisible me lo impedía, y sin ponerme muy metafórica supuse que era yo misma intentando hacerme la intensa.

    Vino una amiga a casa y me quedé medio tirada en la cama, mirándola fijamente, pidiéndole por favor que regalara la planta. Por supuesto, ella se negó alegando (más tarde) que tenía que hacerme cargo de mis pl… sentimientos. Se fue y Priscila seguía sin ser regada. Yo también.

    Al final, la incesante señal en la app, que me gritaba que tenía una notificación (“Riega a tu planta de una vez o vamos a por ti”) se hizo demasiado para mí. No fue la app en sí, más bien la firme decisión de que ya tenía que ser muy estúpida para dejar morir una planta que me había costado seis euros solo porque yo estuviera triste. A ver por qué iba a tener que proyectar yo nada negativo sobre un tallo y unas cuantas hojas que no podían hablar, y que si pudieran me soltarían un rotundo “a mí no me rayes pero riégame tía ya”.

    No fue nada catártico ni especial sino mera responsabilidad (ligera y estúpida ¡pero responsabilidad!) y el hartazgo de fingir que no sabía que me estaba autoboicoteando de una forma tan ridícula que me daba vergüenza. Porque a ver quién no riega a su planta porque está triste, si es literalmente echar un poco de agua y darle frí-frí por las hojitas. No hay nada que gestionar excepto tus propios sentimientos de reflexión mientras llevas a cabo esa durísima y ardua labor de jardinería. Ahh, que igual ese era el problema…

    Total, al final me animé y ahora a Priscila le han salido flores. Ayer se abrió una, y hoy otras dos. Intento no pensar mucho que la babosa con la que me desperté una mañana reptándome por el brazo salió de la misma tierra que los pétalos blancos que me han puesto tan contenta, porque entonces igual Priscila sufre un accidente y se cae por la ventana.

    Ahora estoy planeando adoptar una hiedra. Tengo el nombre pensado (de una persona a la que quiero mucho y ya no está) y estoy esperando que sea temporada de Libra para ir a buscarla. Espero que Priscila, como buena hermana mayor, cuide de Emilia mejor de lo que lo hice yo.