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Todo menos gorda

Lo que pesa son otras cosas.

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La nutricionista está mirando un paquete de chicles sin azúcar contra la luz de un ventanal a ver si tienen calorías o no. "Estos sí podes"- me dice. Yo le pregunto si puedo comer los que tienen formita de huevos de dinosaurio y que comen todos mis amigos. "Vos no podes, porque sos gorda".

En ese momento tengo ocho años.

Antes de ir a los cumpleaños de mis amigas, me explican que no puedo comer nada de lo que haya en la mesa. Me da vergüenza decir que hago dieta, así que digo que me duele la panza. Ahora tengo nueve años.

Estoy sentada todas las tardes de los viernes en la sala de espera de un dietologo de moda en los 90 que le da a mis papás unas sopas extrañas como única comida y una especie de tratamiento cosmético con cremas adelgazantes. En la pared hay un cuadro enorme con la imagen de una mujer casi esquelética sostenida con admiración por otros. Voy tantos viernes que memorizo el cuadro.

A los diez años estoy saltando a la soga en un recreo y me baja la presión. Una maestra me ofrece una Coca Cola que no es light y yo al borde del desmayo, digo que no. La maestra preocupada me pregunta si mis padres saben que estoy a dieta. Yo miento y le digo que no. Ahora me doy cuenta que lo que me daba vergüenza de admitir que hacía una dieta estricta a los diez años era exponer que eran mis papás los que me obligaban, aunque mi peso no fuera excesivo.

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Convenzo a mi mamá que me lleve a un casting. Quiero ser modelo o actriz. Mi mamá me da el gusto y a la salida, comemos una hamburguesa. Me dicen que voy a tener que elegir, porque si quiero trabajar en la tele no voy a poder comer más esas cosas. Tengo once.

A los trece voy al baño en un recreo del colegio y me cruzo a un grupo de chicos dos años mayores que yo. Es la primera vez que tengo las uñas pintadas y voy mirándome las manos orgullosa. Sin que los mire, uno me dice "Gorda" y los demás se ríen. Entro al baño y no salgo por cuarenta minutos. No puedo parar de llorar. De repente mis uñas me parecen algo horrible.

A los quince mi abuela me pregunta cuando voy a adelgazar y me explica que nadie se va a querer casar con una chica gorda. Yo no sé si quiero casarme pero aún si quisiera, mi abuela cree que esa puerta está cerrada y sellada con mi propia grasa. Estoy engordando en serio ahora. Desde los 13, cuando murió mi abuelo, me voy escondida al kiosco y me compro golosinas en exceso que como cuando nadie me ve. Los papeles los tiro envueltos en una servilleta de papel para que nadie sepa que yo sola me estoy condenando a lo que para ellos pareciera ser la definición física de infelicidad.

A los dieciséis mis padres deciden llevarme a un centro de trastornos alimenticios que atiende a chicas anoréxicas, bulímicas y con sobrepeso. Yo envidio a las de los dos primeros grupos porque me parece que es mejor cualquier cosa que ser gorda. Parece menos grave, o genera más piedad. Trato de vomitar un par de veces. Lo consigo. Compro laxantes y diuréticos. Pasan unos meses y se lo cuento a mi mamá con la esperanza de que al menos esto logre que mi peso deje de ser el eje de todas las discusiones que me incluyen en la familia. Vuelvo al centro. Ahora tengo dos temas para resolver.

Como con vergüenza delante de cualquier persona durante toda la vida, como si ingerir algo delante de otro fuera justificar la condena social de pesar más que los demás. Compenso con todo lo que puedo la falla enorme que aparentemente tengo, soñando que la cantidad de histrionismo que tengo encima me haga mezclar un poco más entre los demás.

Tengo 18. Pierdo la virginidad de una forma poco especial y descuidada con alguien que nunca más voy a ver y en el fondo lo sé. Aún así vuelvo a mi casa aliviada, porque estaba segura de que nadie nunca iba a tolerar el asco de tocarme. Mis siguientes relaciones con hombres son bastante similares: casados que me esconden, gente que me trata mal, a la que no le importo. Gente a la que aparentemente mi cuerpo le gusta pero preferiría morir antes de admitirlo al mundo. No es que no me duela, porque soy consciente de esto, tal vez demasiado, pero creo que es a lo que alguien como yo puede acceder como una similitud de una forma enferma de amor. Mejor promiscua que gorda.

En estas instancias, todo parece indicar que nunca voy a poder (ni querer) bajar de peso. Entonces necesito hacer lo que sea, cualquier cosa que se me ocurra para que mi imagen comparta otra palabra con "gorda" como descripción. No como característica, como única definición de mi persona y con una connotación negativa, insultante, como si fuera un pecado. Si estoy en un trabajo, tengo que ser la mejor. Si estoy con alguien, tengo que darle todo. Si soy mala con alguien, tengo que ser excesivamente cruel. Si soy buena, también porque la guardia baja no es una opción. La confianza puede dar lugar a un chiste o comentario sobre mi peso, entonces mejor no. Mejor amarga que gorda. Si el problema soy yo, tengo que buscar como ser mi solución.

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A medida que voy creciendo, empiezan a pasar cosas graves. La vida. Hay seres queridos que se mueren, relaciones que se terminan, amistades que se rompen, desempleos. Empiezo a estudiar cinco años más tarde que las personas que terminaron el colegio conmigo. En la secundaria yo había construido una barrera y la idea de un lugar nuevo con nuevas burlas me paraliza. En ese momento estoy de novia y eso parece haber aliviado a mi abuela, a mi papá y al mundo, siendo yo la gorda a la que sí habían elegido. Empiezo a estudiar. La gente reconoce mi humor, mi talento, mi bondad, mi mal humor. Ven todo y no solo el cartel que dice "Gorda" en la frente y que me viene definiendo.

Empiezo a hacer dieta y bajo un poco de peso. Lo hago porque quiero, porque soy feliz y porque me siento a salvo. Al poco tiempo todo se derrumba. Mi novio me engaña con una mujer que sin exagerar, pesaba la mitad de lo que yo en ese momento, y mi cuerpo rechaza la comida durante un mes. Esto también te lo merecías por gorda, pienso. Sumado a los kilos que ya baje, llego a un peso significativamente más bajo que el de los últimos diez años. Soy la imagen de la tristeza, estoy derrotada, no duermo, como o vivo, estoy pálida constantemente, casi gris y tengo la mirada perdida. Estoy medicada para no matarme y aún así, la gente me felicita por lo flaca que estoy.

Gorda o flaca, lo demás no importa.

En esa crisis enorme encuentro espacios nuevos: ahora que no soy gorda puedo hablar de mi peso. Entiendo y perdono a mis viejos por la presión constante de adelgazar, porque ellos tuvieron la misma. Las mismas burlas, las mismas restricciones, las mismas asociaciones ridículas de delgadez y felicidad que me terminaron imponiendo a mí, el mismo miedo de que me definiera algo que no es más grande que cualquier otra variable. Hace dos años la quita de la medicación me disparó una ansiedad enorme y engorde 20 kilos en tiempo récord. Fui a clases de baile para bajar la ansiedad y con la vergüenza de mi cuerpo a cuestas. Pero ahí cambió todo.

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Ahí me di cuenta que mi cuerpo y cada parte de él eran igual de capaces de hacer cosas que los demás y que las que no pudiera hacer, las iba a hacer a mi manera. Me fascino verlo seguir un ritmo, estirarse y responder. Empecé a comer bien y en ocho meses llevo bajados 32 kilos. En ocho meses, lejos de sufrir, mentir en los cumpleaños con que me dolía la panza, tomar cosas raras o sopas asquerosas, comí bien. Escuché lo que me pedía el cuerpo y después de mucho tiempo, empecé a complacerlo.

Sería muy fácil decir que bajar de peso es la causa del amor que tengo ahora por mi cuerpo. También sería injusto, y falso: bajar de peso fue una consecuencia de dejar de definirme por eso.

Tengo estrías, flaccidez, celulitis y no voy a ser nunca flaca ni a tener el cuerpo como las chicas de las revistas. Esa no soy yo. Yo soy mucho más de lo que peso, mido, o como tengo los ojos y el pelo. Ese es mi envase, mi casa y hago lo posible porque sea sano y me sienta cómoda en él, pero no me define. Me define lo que me gusta, lo que no, lo que soy y lo que quiero ser. Me define como amo y si estoy teniendo el coraje de ventilar todos mis traumas porque quiero ser algo más trascendente que lo que soy. Cada imperfección que tiene mi cuerpo es una batalla ganada y un día vivido. Es hermoso como es. Como es cada cuerpo, es un reflejo de nuestras diferencias, de lo que nos hace únicos, de lo que podemos ser. Yo viví la mayor parte de mi vida sintiendo que mi cuerpo tenía que ser modificado para ser feliz. Que tenía que justificarme, martirizarme, y odiarme por no ser lo que los demás conocen como normal, aceptable o bello. Esto tan ridículo como pensar que la felicidad depende de algo tan simple como un cambio físico.

Instagram: @florenciacolacito

"Lo más noble que podés hacer por vos mismo es ser la persona con la que más te gustaría pasar el resto de tu vida."

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Esta soy yo hoy. No pude volver en el tiempo y decirle a mi familia que cuanto más me presionaban, peor era. Que la salud también pasa por aceptarse, y que la tristeza y la vergüenza son tan dañinos como la obesidad o la delgadez extrema. No pude cambiar el mundo. No pude decirle a la gente que sea menos cruel, menos cerrada, menos hiriente, más compasiva. Tuve que empezar por convencerme a mí misma de serlo y fue lo más dificil de todo. Ahora tengo 29 años. Estoy escribiendo esta nota con los cachetes colorados y los ojos llenos de lágrimas. Esta vez no es porque alguien se burló de mí ni me hizo sentir mal con mi cuerpo. Le saqué a cualquier otra persona el poder de odiar mi cuerpo el día que empecé a amarlo. Esta vez me siento así porque después de escribir todo esto, me di cuenta lo en paz que estoy conmigo misma. Que aún si vuelvo a engordar, o adelgazar quince kilos más, voy a estar bien.

Porque en realidad, nunca hice nada malo.

Me emociona compartir mi historia porque estoy haciéndole justicia a cada vez que sentí odio por ser yo. Esta es mi manera de disculparme conmigo misma y repetirme que si logras quererte como sos en un mundo que constantemente te dice que no deberías, por el motivo que sea, tenes la batalla ganada.

Porque sabes exactamente que nada que sea modificable puede definirte. Lo que nos define realmente, es qué hacemos con el cuerpo que tenemos y cómo traducimos lo que somos al plano físico. Eso, al final de todo, es lo que más pesa.