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Mi mejor amiga me salvó de suicidarme, pero yo no la salvé a ella

Realmente intenté acabar con mi vida. Mi amiga no, pero ahora está muerta.

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En la sala de cuidados intensivos mi amiga me dijo que yo había tenido una sobredosis de pastillas, y lo primero que balbuceé fue “¿De pastillas anticonceptivas?”

En realidad, me tragué dos botellas de antidepresivos en un bebedero de mi dormitorio universitario. Bebí alcohol todo el día, lo que completó un cóctel perfectamente letal.

Y no fue casualidad.

Tres meses atrás, estuve internada en otra institución médica: un hospital psiquiátrico. Denise, mi mejor amiga, se suicidó la navidad anterior, y días después de su funeral le dije a mi mamá que yo también quería morir. No pude perdonarme por mi rol en la muerte de Denise; no la salvé, y también estoy casi segura que fui yo quien le dio la idea de hacerlo.

El suicidio fue parte de mi identidad desde la pubertad — probablemente cuando desarrollé un grave trastorno depresivo que no sería diagnosticado ni tratado sino hasta cinco años después. En retrospectiva, reconozco que era una adolescente popular, atractiva y radiante, pero mis diarios personales están repletos de reflexiones sobre el suicidio y el odio a mí misma. Cuando Denise y yo tuvimos nuestro primer susto por un embarazo — ella luego de su primera relación sexual, yo luego de mi segunda vez —, mi “solución” fue sofocarnos con monóxido de carbono dentro de su Ford Pinto rojo en el garage de su casa cuando su familia no estuviera. (Nuestros retrasos probablemente se debieron al estrés por haber tenido sexo sin protección, y estaban sincronizados por todo el tiempo que pasábamos juntas).

Pero yo fui la primera en intentarlo: me tragué 16 tabletas de la medicación de mi hermano, escribí una nota breve llena de lágrimas y trivialidades y llamé a Denise para contarle lo que estaba haciendo. Obviamente corrió hacia mi hogar y habló con mi madre, que llamó al control de intoxicaciones, mientras Denise y mi hermano corrieron a una farmacia en busca de ipecac (un emético popular en ese entonces) mientras mi mamá se quedó conmigo.

Hubo mucho drama, vómitos y atención, que creo que es exactamente lo que buscaba. Más que un intento de suicidio fue un grito de ayuda, respondido con ipecac, una visita del médico de familia, y eventualmente con un terapeuta.

No obstante, mi fascinación con el suicidio nunca disminuyó. Mi trabajo de investigación del primer año de la universidad fue evaluar diversos métodos de suicidio según su costo, su nivel de dificultad y su efectividad. (Obtuve una A, pero también una visita a la oficina junto a mi profesor, que se preocupó por mí).

Quizás esa fue la razón por la que me sentí con la confianza suficiente para pronunciar las seis palabras que me torturaron durante décadas:

“Tomar aspirinas no puede matarte, Denise”.

Pero las aspirinas mataron a Denise, y desde entonces vivo con esa culpa.



Era navidad, y Denise volvió a casa luego de su primer semestre de universidad. Ella siempre fue muy competitiva, así que fue a la universidad de Iowa, mientras que yo me inscribí en la universidad de Nuevo México. Nuestros primeros semestres fueron dramáticamente distintos. Yo me dediqué a estudiar y a obtener calificaciones altas, pero Denise — como tantos universitarios en su primer año —, lejos de la rígida disciplina de su padre, se entregó a su libertad recién descubierta.

Salía a muchas fiestas, hizo nuevos amigos, se puso de novia, pero sus calificaciones declinaron. Casi reprueba una materia. Estaba aterrada de volver a su casa en invierno y confesarle todo a su padre. También estaba muy entusiasmada por hacer un viaje en auto de vuelta a la universidad junto a su novio Todd, quien planeaba conducir hasta Albuquerque para conocer a la familia de su nueva novia. (Finalmente lo hizo — conoció a la familia de Denise en su funeral).

En mi casa, el receso navideño tampoco fue el mejor. Mis padres se divorciaron, así que mi mamá y mis hermanos menores se mudaron a un departamento barato mientras mi papá vivía en un departamento de soltero cerca de un complejo de discotecas. No me llevaba bien con ninguno, y renté mi propio departamento mientras esperaba a irme a la universidad en enero.

Durante nochebuena, mientras Denise salió con su familia, dejé mis regalos en la puerta de su casa: unas palomitas de maíz gourmet de la tienda en la que trabajaba y una botella de esmalte de uñas Chanel (le encantaba hacerse su propia manicura). Seguramente ella me regaló algo mucho más personal, pero realmente no lo recuerdo. Cuando la llamé por teléfono para agradecerle, la escuché malhumorada. Su padre le había prohibido conducir de vuelta a la universidad junto a Todd, y estaba decepcionada porque no recibió los regalos que había pedido (en particular el álbum debut de un cantante).

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Ahí fue cuando me dijo que había tomado un montón de aspirinas, y le dí una respuesta irresponsable sobre su efectividad. Yo estaba irritada. Ella tenía novio, una familia completa, su propio dormitorio al que volver en su casa de clase media, y no tuvo que trabajar medio tiempo para pagar la universidad.

No la tomé en serio. En mi composición sobre el suicidio, ni siquiera mencionaba las aspirinas. Consideré que se quedaría dormida, como mucho, y que quizás luego tendría una resolución feliz: su padre sería más permisivo con sus notas y la dejaría volver a la universidad en auto junto a su novio.

Intenté llamarla durante el día y la tarde, pero la línea estaba ocupada (Esto sucedió antes de los teléfonos celulares, y su familia no tenía llamada en espera). Tuve la extraña sensación de que debería pasar por su casa; seguramente ella cuente con que lo haga, como ella lo hizo dos años durante mi propio intento endeble por suicidarme.

Pero no fui a la casa de Denise. Intenté llamarla una última vez (seguía ocupado) y me fui a dormir. Tenía que trabajar al día siguiente, y preparar la fiesta que haríamos en mi apartamento a la noche para celebrar el receso de invierno. Nada muy complejo, pero requería una cierta coordinación con nuestros amigos más grandes que pudieran comprar alcohol legalmente.

En el fondo, creo que no saber de Denise durante el día siguiente me alivió. La tienda de palomitas de maíz estuvo increíblemente ocupada, e imaginé que podríamos hablar antes de la fiesta. Como imaginé, mi teléfono sonó al poco tiempo que volví a mi casa. Pero no era Denise quien llamaba, sino su hermana. “¿Podrías venir a casa ahora mismo?” me dijo con voz temblorosa. De repente sentí frío y miedo. Dije que estaría allí en un minuto, y el padre de Denise atendió el teléfono de extensión. Reiteró el pedido de su hija pero con mayor urgencia. “Por favor, ven aquí ahora. Ya mismo”.

Imaginé que Denise no querría hablar con sus padres y yo debería interceder por ella, o que estaba enferma y quería verme. Llamé rápidamente a otra amiga para avisarle que se cancelaba la fiesta, subí a mi auto y conduje rápidamente a su casa. Ver gente en la cocina y mucha actividad por alguna razón me alivió. El padre de Denise abrió la puerta y me trajo hacia adentro. Atravesamos el pasillo hacia el cuarto de Denise, o eso creí, pero en su lugar me metió en su oficina. Antes que pudiera preguntar por qué, puso sus manos en mis brazos y dijo “Denise murió”.


Ni siquiera la madre de Denise, una enfermera de emergencias, notó lo enferma que estaba su hija. Cuando la llevó al hospital el 26 de diciembre a la mañana, le dijo a su marido que lleve a esquiar al resto de la familia, como habían planeado. No supieron lo que sucedió hasta que regresaron a la casa y Denise ya no estaba.

Un amigo en común me acompañó hasta mi apartamento, y pasé la noche en vela repitiendo que no había sido mi culpa. Casi lo creí. La mañana siguiente llamamos a todos nuestros amigos para hacerles saber que Denise había muerto. Otra cosa que me avergüenza: ser la persona que daba esa noticia me entusiasmó, como una periodista con una primicia “exclusiva”.

Pero luego de hacer esos llamados me sentí peor. El padre de Denise nos había pedido que no dijeramos que se había suicidado, y la mayoría de nuestros amigos estaban demasiado sorprendidos para hacer más preguntas. Pero Albuquerque es, en muchos sentidos, una ciudad pequeña, y en menos de un día todos supieron la verdad: Denise murió por una sobredosis de aspirinas. En mi interior, sentí que solo sabían la mitad de la historia. Por arrastrarla hacia mis ideas suicidas, Denise vio el dañarse a sí misma como una “solución”; de cualquier modo, no creo que haya querido que sea permanente. En síntesis, siento que yo la maté. Le dí el “arma” y, cuando decidió utilizarla, no hice nada al respecto.

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Los adolescentes hacen duelos estruendosos y desinhibidos cuando es uno de ellos quien se va. Uno de mis recuerdos más vívidos fue llorar a los gritos en el jardín de la casa funeraria antes de ver a Denise. Visité esa misma funeraria meses atrás, cuando convencí a un compañero de universidad que trabajaba ahí para que me dejara ver un cadáver (Mi obsesión con la muerte no tenía límites).

Y ahí estaba de nuevo en esa casa funeraria para visitar a Denise, y mi amigo trabajaba durante esa tarde, vestido de marrón y con expresión acongojada mientras me abrazaba. Sus ojos estaban llenos de lágrimas, y hoy me pregunto ¿Habrá sido la primera vez que conocía a uno de los muertos? ¿Cuándo se enteró que era Denise quien sería embalsamada ahí? ¿Ayudó a su familia a cerrar el ataúd?

Ver el cadáver de alguien a quien amas es bastante horrible, y aún más cuando te sientes responsable por el hecho de que estén ahí. Cuando junté el coraje y me acerqué al ataúd, me sorprendió lo viva que parecía. Eligieron enterrarla en su suéter favorito y un par de jeans nuevos que había recibido como regalo de navidad. Su cabello estaba peinado y sus uñas pintadas de carmesí, con el esmalte Chanel que le regalé para navidad. Su hermana me explicó que ellos le dieron el esmalte al funerario, junto con su ropa. Extendí mi mano para tocarla, y me eché hacia atrás horrorizada por lo fría y falsa que se sintió. Esa fue la primera vez que comprendí que se había ido.

Durante el funeral me senté junto a la familia de Denise, lloré durante todo el tiempo aferrada a sus hermanas. Sin embargo, mientras ellas lloraban por su mejor amiga y modelo a seguir, mi pena estaba mezclada con culpa. Me sentí un fraude que no tenía derecho a estar ahí, mucho menos a sentarme junto a su familia.

Dejé de comer. Si Denise no podía comer, yo tampoco lo haría. No podía contarle a nadie cómo me sentía. Así que destruí mi departamento. Mi mamá empacó lo poco que se salvó, y me mudé a su casa. Unos días después del funeral, me tragué todas las píldoras de su botiquín; las vomité de inmediato en un momento de altruismo, ya que no quería que mi madre sintiera la misma miseria que yo. En realidad, estaba demasiado destrozada para organizar un plan suicida coherente.

Mi madre me llevó al psiquiatra al día siguiente, y éste dijo que debía internarme de inmediato en un hospital psiquiátrico. Sin escalas: que vaya directamente a lo que sería mi celda durante las próximas semanas. Mi madre debía llevarme allí y volver luego con mi equipaje. Fue aterrador, pero después de todo siento que me merecía aquel encierro.

Allí me sentía segura. Me recetaron antidepresivos por primera vez — dosis muy altas, porque no necesitan restringirse como con pacientes externos. Al principio estaba furiosa con mis carceleros, la doctora Bull y Donna, su enfermera psiquiátrica, a quien vería a diario para mis sesiones de terapia. También tenía terapias de grupo, terapias de arte y psicodrama. En mi cuarto no tenía privacidad; las enfermeras me visitaban regularmente durante todo el día y la noche. Dormí mucho. Casi no comí.


En base a mi historia me diagnosticaron un trastorno depresivo severo que trato hasta el día de hoy. Los antidepresivos me ayudaron a sentirme otra vez como un ser humano. Para fines de enero, mi psiquiatra aceptó que me mude a los dormitorios para comenzar el semestre en la universidad. Seguía haciendo terapia varias veces por semana, y me controlaban las dosis de la medicación. Tuve que salirme de las clases de la mañana; mis medicamentos eran tan fuertes que nunca dormía menos de diez horas por noche.

De algún modo logré hacerme amiga de mi compañera de cuarto y su grupo, y salíamos seguido (Ayudó que estudiaran atletismo, así que íbamos a todas las fiestas de los deportistas). Bebía mucho y tenía resacas violentas ya que mi medicación no se mezclaba bien con el alcohol. Pero psicológicamente, me sentía mejor. Hasta fuimos de viaje para el receso de primavera.

Sin embargo, la “rehabilitación” y la primavera pueden ser peligrosos si tienes tendencias suicidas. El rumor de que la mayoría de los suicidios pasan en invierno es un mito — aunque Denise haya sido la excepción. De hecho, las tasas de suicidios suelen dispararse en abril; T. S. Eliot tuvo razón en llamarlo “el mes más cruel”.

Era la fiesta de primavera de la universidad, y pasé el día bajo el sol con miles de mis compañeros. Bebí durante horas y estaba totalmente ebria cuando me tomé todos los antidepresivos en el bebedero de mi dormitorio. Calculé el momento a la perfección; ambas recetas eran recientes, y las botellas estaban llenas. Mi psiquiatra finalmente confió lo suficiente en mí para darme dosis mensuales en lugar de renovarlas cada semana.

Casi no recuerdo lo que sucedió después; alguien me vio, le avisó a mi compañera de cuarto, y ella junto a sus amigos me llevaron al hospital universitario. Dijeron que me escucharon en la sala de espera mientras gritaba e insultaba a los doctores mientras intentaban insertar un tubo en mi nariz. Me lavaron el estómago y luego me dieron carbón activado para absorber las drogas. Afortunadamente había hecho un buen trabajo y pude frustrar sus planes; entré en coma rápidamente.

Pero mis amigos me llevaron al hospital justo a tiempo. Luego de tres días en coma y varios ataques preocupantes, me desperté en la sala de cuidados intensivos. Casi no recordaba lo que sucedió la semana anterior; a la policía universitaria le costó cinco días encontrar mi auto porque yo no sabía donde lo había aparcado.

Una vez que estuve lo bastante bien como para mudarme a una sala regular del hospital, volví a escribir en mi diario. Esta es mi primer entrada desde el hospital, el 20 de abril:

Así que estoy viva. Es difícil escribir, tengo una aguja intravenosa en mi brazo. En fin, no se me antoja escribir nada serio. Como que me gustaría que mi memoria no estuviera tan dañada. Pero supongo que así es la vida. Jaja. ¿Pero qué es la vida, al fin y al cabo? Estuve tan cerca de la muerte. Es demasiado raro. ¿Porqué me desperté? O sea, si hubiera muerto no me habría dolido ni nada por el estilo. Desearía que la gente no tuviera tanto miedo del suicidio… y de mí.


Estaba avergonzada de que tanta gente supiera lo que sucedió. Recibí una tarjeta de parte del equipo de fútbol americano. Algunos vinieron a visitarme (el hospital estaba frente al campus), pero siempre fueron visitas incómodas. No existe un libro de etiqueta sobre cómo manejarse en estos casos. Pude reírme junto a mis amigos más cercanos — el padre de mi amiga Kristie cruzó todo el país para traerla desde su escuela, porque no pensaban que sobreviviría —, y mis problemas de memoria fueron una buena excusa para evitar hablar sobre suicidio.

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El pastor de la iglesia Luterana a la que mi familia asistió irregularmente dijo que era egoísta por no considerar el daño que le habría hecho a mi familia.

Quien no evitó el tema fue el pastor de la iglesia Luterana a la que mi familia asistió irregularmente por años. Recuerdo ese momento y me enfurecen las cosas que dijo cuando me visitó, pero en ese entonces estaba vulnerable y en una situación en la que no podía irme. Además de decirme que había pecado contra Dios, dijo que era egoísta por no considerar el daño que le habría hecho a mi familia. (No fue la última vez que escuché ese argumento; hasta los doctores me han castigado así. La ignorancia y falta de reflexión de la gente en temas de salud mental es sorprendente).

El padre de Denise, en cambio, me absolvió de mis pecados. Finalmente le confesé que no había hecho nada para salvar a Denise, y cuando me visitó en el hospital insistió en que no había sido mi culpa. Me dijo que había leído todas mis notas y cartas para ella — la búsqueda de “respuestas” de un padre angustiado —, que sabía de mi obsesión con el suicidio y que quería asegurarse de que no moriría como su hija.

Estuvimos en contacto durante un tiempo, pero eventualmente me resultó muy doloroso ver a cualquier miembro de la familia de Denise. No podía separar mi duelo de mi culpa — y como la mayoría de la gente que perdió un ser querido por un suicidio, ellos probablemente sufrieran un tormento similar.

Hoy en día todavía siento que fue un suicidio por imitación a la inversa. Denise era psicológicamente más saludable que yo, y probablemente hubiera encarado mejor sus problemas si no hubiera tomado prestadas mis herramientas defectuosas.

Cuando finalmente me dieron de alta (mi recuperación se extendió porque también había contraído neumonía), regresé al hospital psiquiátrico. Y volvería por tercera vez, luego de otro intento de suicidio. Me tomó años de terapia y ajustes constantes a mis antidepresivos y ansiolíticos, pero finalmente llegué a un estado en el que dejé de escuchar la llamada del suicidio. O por lo menos, la llamada era más tenue — cada vez más lejana y menos seductora.

Tengo suerte. Tengo un matrimonio feliz, familia y amigos que me aman y me entienden, una profesión excitante y que me llena, y un psiquiatra excelente.

Aún me consume la culpa por la muerte de mi amiga. Y sé que, si me matara, mis seres queridos se sentirían del mismo modo — quizás no tanto, pero ¿Acaso no todos los sobrevivientes creen que siempre hay algo que podrían haber hecho, que deberían haber hecho? Mi depresión me indica que seguiré teniendo días oscuros, cuando mi tristeza, desesperación y dolor indescriptibles me impidan ver más allá de mí misma.

Quizás el sufrimiento de Denise fue mucho peor de lo que supuse o pude reconocer. Nunca lo sabré. El hecho es que, a pesar de mis mejores esfuerzos, sobreviví, y ella no. La única manera que tengo para honrar su vida es cuidar la mía. Hago lo mejor que puedo.




Este post fue traducido del inglés por Javier Güelfi.

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