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El antisemitismo salió de entre las sombras y llegó para quedarse

Ataques contra judíos, en las redes sociales y la vida real, se han convertido en algo común desde la elección presidencial de Estados Unidos.

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Cuando era estudiante pasé un verano en Berlín, y la mujer a quien le rentaba el cuarto me invitó una noche a una cena con sus amigos. Todos eran muy amables, hablamos en inglés y pasamos un momento muy agradable, hasta que un británico de la mesa comenzó a contar un chiste sobre un judío.

Finalmente le dije “Para que sepas, soy judía”.

“¿Ah sí?” dijo. Mi aspecto no es marcadamente judío, pero tampoco no parezco judía. Creo que a esa persona nunca se le pasó por la cabeza que alguien cercano a él pudiera ser judío. “Bueno, tampoco es un chiste de judíos”. Fue educado y gentil — casi pareció ofendido ante la noción de que su humor pudiera ofenderme.

La “broma” no fue violenta ni atemorizante — solamente triste. Viví gran parte de mi vida en una especie de burbuja de diversidad, entre personas de mente abierta de todas las razas y religiones. No contábamos chistes racistas o antisemitas. Escuchar una broma antisemita en Berlín, una ciudad que parecía esmerarse en aceptar totalmente su pasado Nazi, se sintió especialmente mordaz.

Y fue una de esas cosas que te hace pensar: así es como hablan de nosotros cuando no estamos presentes. Recordé esa cena hace poco tiempo, ya que estas elecciones sacaron a la luz todas esas cosas que la gente solía ser demasiado cortés para decir cuando creían que podía haber un judío cerca. Al parecer fuimos ingenuos por pensar que la gente ya no pensaba cosas así. Al parecer, las pensaron todo el tiempo, y estas elecciones les dieron el coraje suficiente para manifestar todo su odio y hostilidad.

Hasta estas elecciones, resultaba bastante sencillo pretender que el antisemitismo ya no tenía lugar en este país; los verdaderos antisemitas estaban en los márgenes de la sociedad, y eran despreciados por sus opiniones extremas. Los judíos estaban totalmente integrados en la sociedad estadounidense, y punto. Creernos una minoría o necesitados de protección sonaba risible.

Por supuesto que así se sintieron también los judíos alemanes de Weimar. No necesitaban protección, porque estaban totalmente integrados en la sociedad alemana, y punto. Aunque, por supuesto, no fue así.

Puede que las mujeres blancas hayan votado por Trump, pero las judías no lo hicieron. Ya hemos visto esto, sabemos lo que significa, nos aterra.

Y ahora nadie se ríe — en especial luego de unas elecciones en las que el antisemitismo propagado por las redes sociales, apoyado y legitimado por la campaña de Trump, dejó al descubierto los verdaderos sentimientos de una cantidad inquietantemente grande de personas. La misma campaña tuiteó una imagen de Hillary Clinton al lado de una estrella de David junto a la leyenda “La candidata más corrupta de la historia”, con una pila de dinero de fondo, y luego negó que tenga algo que ver con el judaísmo. Luego de la publicación de un perfil sobre Melania Trump en la revista GQ, los simpatizantes de Trump atacaron al autor judío del artículo; Melania dijo luego que ella no controlaba a sus fans y que, de cualquier modo, Julia Ioffe los había “provocado”. La liga anti difamación calculó que entre agosto de 2015 y julio de 2016 se enviaron más de 2.6 millones de tweets antisemitas, apuntados a más de 800 periodistas.

Los antisemitas se unieron, se hicieron fuertes y ya no son marginales.

Puede que las mujeres blancas hayan votado por Trump, pero las judías no lo hicieron. Ya hemos visto esto, sabemos lo que significa, nos aterra. No hay dudas de que tradicionalmente los judíos han sido un bloque demócrata, pero la boca de urna del New York Times muestra que un 71% de los votante judíos eligió a Hillary Clinton y un 24% votó por Trump. En otras palabras, la cantidad de judíos que votaron por Mitt Romney en 2012 fue mayor que la que votó por Donald Trump en 2016 — a pesar del yerno judío de Trump y su hija, convertida al judaísmo. Noté que a menudo los defensores de Trump en Twitter mencionan a Jared e Ivanka como argumento de que el mismo Trump no podría ser antisemita ya que su yerno y su hija son judíos. Pero ese argumento es una excentricidad; la retórica de Trump de apelar a los resentidos y los privados de derechos fue un caldo de cultivo para el antisemitismo. ¿Y Jared e Ivanka? Jared escribió una columna de opinión en el New York Observer, medio que le pertenece, en defensa de Trump; fue denunciado por su familiares por evocar la experiencia de sus abuelos durante el Holocausto para apoyar a su suegro.

Durante el aniversario número 78 de la Kristallnacht, la “Noche de los cristales rotos” durante la cual sinagogas, negocios, hogares y escuelas ocupados por judíos fueron vandalizados en la Alemania Nazi — una violencia “espontánea” en respuesta al asesinato de un diplomático alemán en Francia por parte de un Judío polaco-francés. Casi un centenar de judíos fueron asesinados esa noche. Fue la culminación de cinco años de incidentes antisemitas y de leyes cada vez más restrictivas contra los judíos. Pero para ese entonces, ya no había vuelta atrás.

Hoy, mi incomodidad ante una broma antisemita de hace mucho tiempo parece casi anecdótica. Hace unos días, se encontraron grafitis antisemitas — una cruz esvástica y las palabras “Sieg Heil 2016” — en la vidriera de un negocio del sur de Filadelfia. Casi no me quedan dudas de que este no será el último incidente de este tipo. La retórica que legitimó esta campaña — sobre judíos, musulmanes, latinos, afroamericanos, asiáticos, la comunidad LGBT, personas con discapacidades, mujeres — no desaparecerá tranquilamente. Todos los que creemos en la igualdad, la empatía, la comprensión y la verdadera libertad tenemos la responsabilidad de combatirla.

Este artículo fue traducido del inglés por Javier Güelfi.



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