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    5 Historias de Tinder que te quitarán las ganas de ligar

    Historias reales que te harán reír, llorar, y hasta vomitar.

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    Inés Laresgoiti / BuzzFeed Español

    1. Mi cena con Sheldon Cooper.

    Inés Laresgoiti / BuzzFeed Español

    Un día de invierno me puse a jugar en Tinder y vi a un chico muy a lo Clark Kent. Súper guapo, de cabello oscuro, ojos azules y gafas. Le di a la derecha y en menos de 10 minutos estábamos hablando. Al día siguiente me invitó a salir, sugirió ir a cenar a un lugar francés-vietnamita cerca de mi casa. Usualmente, al planear mis citas de Tinder, intento ir a un bar o por café, de tal manera que si no hay química me puedo ir después de la primera bebida.

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    Sin embargo acepté su invitación para ir a cenar un sábado por la noche. El día antes de mi cita fue la fiesta de Navidad de mi compañía y había barra libre, como dios manda. Decir que me bebí hasta el agua del florero es poco. Al día siguiente desperté con una de las peores resacas de mi vida. No podía ni moverme. Habíamos quedado en el restaurante a las 7 p. m. así que pensé que para esa hora ya estaría mejor. Eran las 6 p. m. y seguía igual, mareada, en pijamas sin ganas de comer ni francés ni vietnamita.

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    Junté toda la fuerza que me quedaba para ducharme y salir, aunque presentía que no era buena idea conocer a alguien en mi estado. Llegué al restaurante y ahí estaba Clark Kent, guapo, esperando en el bar. Nos sentaron y aunque me sentía fatal y no tenía hambre, estaba emocionada por conocerlo mejor. Ordenó una botella de vino y aperitivos, algo que usualmente me haría muy feliz, pero en ese momento solo quería agua y Advil.

    Inés Laresgoiti / BuzzFeed Español
    Inés Laresgoiti / BuzzFeed Español

    Cuando empezamos a hablar me di cuenta que no teníamos mucho en común, él es fan de la cultura japonesa y aprendió a hablar japonés el verano pasado (sí en tan solo 4 meses aprendió japonés) porque estaba aburrido. Yo me pasé el verano emborrachándome con vino barato en picnics y durmiendo hasta el mediodía. Cada vez que le contaba una de mis historias, sentía que me juzgaba un poquito, así que decidí no revelar que tenía resaca. Mi Clark Kent terminó siendo más Sheldon Cooper que Superman.

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    Después del aperitivo ya lo tenía muy claro, entre este chico y yo no había futuro. Lamentablemente él no pensó igual, ya que ordenó postre y café. Lo que pudo haber sido una cena de una hora terminó extendiéndose a una de casi 3, yo moría en silencio pretendiendo disfrutar del vino. No veía la hora de irme a casa para reunirme con mi verdadero amor en el sitio de siempre, Netflix en mi cama.

    No estoy segura si él planeaba despedirse con un beso, pero para evitar que la situación se tornara más incómoda aún, le di un abrazo de esos que los jugadores de fútbol se dan cuando pierden un partido, tipo... te odio pero no puedo quedar como un mal perdedor.

    2. El catfish con ojos de amor.

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    Jorge fue de esas experiencias Tinder que después de que pasan dices: ¿qué necesidad tengo de hacer esto?

    Cuando encontré a Jorge en Tinder me pareció un chico muy interesante, era fotógrafo y en sus fotos se le veía un aire canalla muy sexy. Tenía cuatro fotos, en tres de ellas estaba cañón, sin embargo en la última salía bastante mal, como mayor y con mal gesto, pero como era principiante en el tema Tinder, caí en la trampa de la “foto mala”. La foto mala es LA FOTO.

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    Quedé con él en un bar y cuando apareció no le reconocí. Se vistió con un blazer de pana marrón y camisa que le hacía parecer 10 años más viejo.

    Entramos al bar y pedimos un par de cervezas, entonces él empezó a hablar y no paró. Sin exagerar creo que estuvo hablando 45 minutos sin que yo dijese ni una palabra. Pensé que en su vida debía de sentir mucha soledad y me enternecí un poco.

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    Tras su monólogo de entrada, creo que se dio cuenta que yo ya estaba hasta la madre de escucharle hablar y me preguntó cuál era mi película favorita, “My blueberry nights” le contesté, y sentí que sus ojos se volvieron dulces y me miró con “ojos de amor” diciéndome: ❤️ la mía también ❤️, “genial, me quiero ir” pensé. Terminamos la cerveza y le dije que me tenía que ir a casa con la primera excusa que se me pasó por la cabeza.

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    Él insistió en acompañarme, que a mí no me hacía ninguna gracia, pero pues ni modo. Cuando llegamos a mi portal me fui a despedir de él, le vi acercarse intentando agarrarme de la cara para darme un beso, entonces fue cuando esquivé esa mala decisión haciendo la cobra y le di un abrazo con palmadas en la espalda a lo oso amoroso.

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    Me estuvo escribiendo una temporada pero muy educadamente le dije que no creía que pudiese funcionar nuestra historia, él no era Jude Law y yo estoy a años luz de Norah Jones.

    3. El masajista frustrado.

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    Salí con un chico que estaba de vacaciones y quería ir a un bar "de locales". Sugerí un lugar de vinos y cervezas súper cool donde te puedes sentar en un patio inmenso a beber.

    Este lugar es de esos donde compras tus bebidas primero, y luego te sientas, o sea, no hay meseros. Estábamos en fila para pagar cuando de repente me pregunta ¿qué quieres tomar?, le dije "vino tinto" a lo que me respondió "genial, yo también, compartamos una botella". Todo iba bien hasta que al pagar me dice, "¿vas a pagar tu mitad, no?, somos mileniales, me parece justo". A ver, yo soy una chica mente abierta, independiente, que no necesita que un chico pague por todo, pero lo de "somos mileniales" me parece la excusa más absurda que he escuchado en mi vida.

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    Empezamos mal, pero me quedé porque ya tenía la botella en mano. Después de pagar "mi mitad milenial" nos sentamos y el señor (100% gringo) empezó hablar castellano con acento español que intentaba ahogar su verdadero acento de gringo. Dijo "zalud" con énfasis en la z. Sentí pena ajena. De ahí la cosa solo empeoró.

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    No paró de hablar sobre su canal de YouTube y de ser famoso en Internet (que por cierto, no lo es). Luego me pidió que si algún día llegaba a escribir sobre nuestra cita, etiquetara su canal de YouTube. Miré la botella y estaba casi vacía, no me quedaba mucho tiempo en este infierno, gracias a dios.

    Para cambiar un poco el tema, ya que estaba harta de escuchar sobre su canal de YouTube, le pregunté cuál era su placer culposo, y rápidamente ofrecí mi respuesta como ejemplo "a mí me encanta Justin Bieber y Harry Styles." Esperaba una respuesta similar pero lo que dijo solo aumentaron mis ganas de salir corriendo. Me dijo "mi placer culposo es que me encanta dar masajes."

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    EW, de ahí lo vi todo en cámara lenta, me guiñó el ojo y vi cómo su mano se extendía y aterrizó en mi hombro, caí víctima de su placer culposo. Empezó a darme un masaje y yo horrorizada por lo que estaba sucediendo le dije "es que odio los masajes porque soy muy cosquillosa." El masaje infernal llegó a su fin, tan rápido como empezó, y no veía la hora de salir de la cita. Cuando terminó su última copa, me preguntó que si quería ir a su Airbnb por otra botella de vino, y pensé "¿será que me hará pagar por esa botella también?" obviamente rechacé su invitación y felizmente me fui a casa. Camino a casa desinstalé Tinder.

    4. El del gorro con el peor juego de la historia.

    Inés Laresgoiti / BuzzFeed Español

    Un sábado cualquiera de septiembre, harta de mi deprimente situación sentimental, me tragué mi discurso romántico sobre por qué no ligar por internet y en un acto de valentía, descargué Tinder. "Qué nervios, que no me vea nadie del trabajo" pensé, y empecé a navegar por el catálogo de hombres que había en un radio de 6 km de distancia.

    En una de esas hice match con Diego, era mi primer match y como primer match, le puse muchas ganas. Quedamos al día siguiente para tomar algo por la tarde. Tengo que confesar que me puse nerviosa a la hora de arreglarme, no sabía si debía ir muy casual o muy arreglada o cómo funcionaban esos códigos, así que opté por un look post-coital (así acuñan mis amigas al look sexy descuidado).

    Como quedamos cerca de mi casa, fui andando hasta el bar y mientras llegaba me di cuenta que no estaba nada nerviosa, eso es bastante extraño porque normalmente cualquier tipo de situación nueva me genera mucha ansiedad.

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    Estaba llegando al bar y vi a un chico con un gorro apoyado en la puerta, no un gorro cualquiera, un gorro de playa, un gorro de paja de playa y recé por que no fuese él, pero sí, ahí estaba Diego, una tarde lluviosa de septiembre con su gorro de paja playero, esperándome.

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    Nos sentamos en una mesa y él pidió un jugo y yo una cerveza, me dijo que no bebía alcohol, lo primero que pensé fue que seguro era ex alcohólico (en el mejor de los casos). Hablamos bastante, me contó todas sus citas desastres de Tinder y entonces le confesé que él era mi primera cita, se emocionó mucho, aplaudió e hizo como un gesto de victoria que me hizo sentir bastante eh… incómoda.

    A medida que hablábamos le miraba mucho y pese a la elección de su vestimenta, era un chico muy guapo y atractivo. En un arrebato de creatividad se le ocurrió jugar a las preguntas del tipo… “¿qué te llevarías a una isla desierta?” y yo soy muy mala para esas cosas así que respondí con todos los clichés que se me ocurrieron y rezaba para que terminase pronto y me acompañase a casa.

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    Llegó el momento de pagar la cuenta y eso también me pone muy nerviosa porque me incomoda un horror que el chico en una cita pague por mí, y como la verdad que carezco de mucho tacto, le dije de manera muy antipática que “odio que me inviten, pagamos a medias”, él me miró un poco sorprendido y dijo, "vale, pero te acompaño a casa". BOOM, ya estaba.

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    Llegamos a mi casa y le dije a ver si quería subir un rato, aceptó y estuvimos en el sofá de mi casa viendo unos fanzines y hablando un rato, yo me iba acercando y poniéndole el camino fácil hasta que pasó lo que tenía que pasar.

    Estuvo muy cariñoso y me propuso volver a vernos y hacer planes juntos y un montón de estupideces más que obviamente me creí. Tras este panorama, le quité el gorro, y lo llevé a mi cama . La verdad es que le veía tan atractivo y besaba tan bien que me esperaba que fuese una fusión cósmica, pero no fue así. Fue bastante mediocre todo, pero bueno, íbamos a hacer planes juntos, estaba feliz. Le dije que si quería se podía quedar a dormir pero que yo tenía clase de pilates al día siguiente y me levantaba a las 5 de la mañana, me dijo que no había problema y nos dormimos.

    Al día siguiente sentí que me odió cuando sonó el despertador pero muy amablemente se vistió, se puso su gorro, me agarró de la mano y me acompañó al gimnasio.

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    A los dos días le mandé un par de mensajes que contestó con monosílabos y sin emoticonos. Nunca más volví a saber de él.

    5. El francés y la pizza con pepperoni.

    Inés Laresgoiti / BuzzFeed Español

    Las experiencias de Tinder que había tenido hasta que encontré a Samuel fueron tan fatales que me hicieron perder un poco la esperanza en el amor del siglo XXI, pero soy una mujer que mira a la vida con optimismo y esperanza.

    Hice match con Samuel y enseguida me pidió mi número. Estuvimos hablando por Whatsapp durante días, nos mandamos mensajes de voz y nos contamos muchísimas tonterías, por lo que sentí que habíamos entrado en confianza y tenía muchas ganas de conocerle en persona.

    Samuel trabajaba para una marca deportiva que organizaba una carrera en mi ciudad, así que como primera cita me propuso ir a correrla. Cabe mencionar que yo no corro absolutamente nada, así que no sé por qué no le vi inconveniente a su propuesta.

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    Quedamos un viernes cerca de mi casa, porque el lindo de Samuel me quiso regalar todo un kit para la carrera: zapatillas, camiseta, cinta del pelo… Cuando le ví, mis piernas empezaron a temblar, era guapísimo, tenía una sonrisa increíble y su acento francés me volvió loca.

    Le dije que para agradecerle todo le invitaba a cenar unas pizzas a mi casa y él aceptó. Estando en el ascensor me besó así que llegamos a mi apartamento y fuimos directamente a la cama.

    Fue maravilloso, de esas experiencias sexuales que te hacen creer en el poder del cosmos y piensas que los planetas se habían alineado esa noche para ti.

    Nos dio hambre y me devoré como tres cuartos de pizza de pepperoni, después de cenar nos metimos en la cama.

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    Samuel se quedó dormido enseguida y yo puse la alarma a las 6 de la mañana para el día siguiente ir a la carrera juntos. En el momento que puse la alarma empecé a darme cuenta en la que me había metido y me dio mucha ansiedad, ya no podía dormir. ¿Cómo iba a correr 7 km si me cansaba subiendo escaleras?.

    Creo que dormí como dos horas cuando sonó el despertador, tenía una cara horrible, así que me pareció muy propio echarme antiojeras y un poco de rímel para correr (lo sé, patético, pero lo necesitaba).

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    Fuimos a la carrera y la verdad que yo ya estaba más animada. Sin embargo, esa carrera fue de las peores cosas que se me han ocurrido en mi vida, a medida que iba pasando kilómetros estaba más convencida que moriría antes de llegar a la meta.

    Tengo que decir, que el lindo de Samuel, que podría haber corrido la carrera dos veces en lo que yo hice, me acompañó en todo momento e iba a mi lado dándome ánimos. En los últimos 15 minutos antes de la meta yo me empecé a sentir muy mal, como con ganas de vomitar, pero pensé que en cuanto parase se me pasaría.

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    Llegué a la meta y no lo pude evitar, me puse a vomitar al lado de un árbol las tres cuartas partes de pizza de pepperoni que había cenado la noche anterior. Quería literalmente que me tragase la tierra, desaparecer, mudarme de planeta.

    Samuel, con su acento sexy francés me dijo: “no te preocupes bonita, seguro que estaba mal la pizza y te ha sentado mal”. Tras este espectáculo, me acompañó a casa, obviamente no me besó y subí para ir directamente a la cama a dormir. Me desperté por la tarde y en la noche le mandé un mensaje para ver qué tal estaba: JAMÁS CONTESTÓ.

    Conoce el trabajo y las ilustraciones de Inés a través de Instagram @aguasdemayo y Facebook.

    Los nombres han sido modificados para proteger la identidad de los galanes de Tinder.

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