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Cuando mi novio subió de peso, tuve que enfrentar mis problemas con la comida

Al conocer a B, me recuperaba de un desorden alimenticio. Luego, él subió 18 kilos y me di cuenta que aún no estaba tan recuperada.

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Antes de nuestra primera cita, B y yo intercambiamos muchos mensajes de texto. Eran geniales. Inteligentes, graciosos, llenos de referencias literarias y de cultura pop. Cuando nos citamos en un bar y lo encontré esperándome afuera en el frío de febrero, sabía que su cabeza estaba llena de humor, referencias de Harry Potter y políticas como las mías. Que sea atractivo hubiese sido un extra, pero no era necesario.

Pero B superó mis expectativas. Podía tener una noción de su aspecto por sus fotos en OkCupid, pero esas fotos no capturaban sus hermosos ojos azules, sus amplios hombros de rugby, o el modo en que se iluminaba su rostro al contar una historia.

Al final de nuestra primer cita lo invité a mi casa, y nos besamos en la cama durante horas. Estaba un poco pasado de peso, pero no me importaba. Tuvimos una excelente química y una conexión mental aún mejor, y esa primer noche me costó dejarlo volver a su apartamento.

Inmediatamente dejé de ver a otras personas.

Desde el comienzo de nuestra relación, le dije que me estaba recuperando de un desorden alimenticio. Pocos meses antes de conocernos, había dejado de sobre ejercitarme y vivir a lechuga y zanahorias. Me comprendió, ya que él también había luchado con su peso durante la mayor parte de su vida. Me contó que el año anterior a conocerme, bajó mucho de peso, y recién ahora comenzaba a sentirse bien con su imagen.

Como escritora feminista, sentía que mi desorden alimenticio me convertía en una hipócrita. Durante dos años escribí sobre aceptarse a una misma y ser saludable sin importar tu tamaño mientras en privado me mataba de hambre. En 2011 fui moderadora de un panel en una conferencia sobre imagen corporal, pero estaba famélica; no había comido nada en todo el día. Durante esos años me sentí horriblemente culpable, no solo porque al ser feminista debería “darme cuenta” de mi desorden alimenticio, sino también porque sentía la presión tremenda de ser un ejemplo para los demás.

Me sentía un fraude. La ración doble de perfeccionismo (debía tener un cuerpo perfecto y además ser la feminista perfecta) me encerró en un ciclo doloroso. La culpa, la carga extra de no verme bien, sumada al tipo de auto-desprecio que lleva a una persona a obligarse a pasar hambre, profundizaba mi dolor. Sentía un nudo tan cerrado en mi interior, que hice terapia durante un año y medio antes de dejar de lastimarme a propósito.

Después conocí a B, y nos enamoramos. Y luego, B comenzó a subir de peso.

Amar a B era la cosa más fácil del mundo.

Era un enredo sorprendente y desopilante de contradicciones: un chico judío que amaba ir a la bendición de animales en la catedral de St. John, un egresado de filosofía fanático de Rápido y Furioso, un chico masculino que solía decirle a su mejor amigo cuánto lo amaba. Era intensamente adorable. Y me apoyaba en mi recuperación; en los días en los que quería volver a mi mundo de comer de menos y ejercitar de más, me decía que yo era fuerte, hermosa y que hacía lo correcto al vivir en el mundo real junto a él. Él me quería, y mi peso no le importaba. Durante un tiempo, creí sentir lo mismo por él.

La primera vez que intenté hablar con él sobre su peso, no pude. Durante meses, había notado cómo crecía su estómago y sus pantalones le quedaban cada vez más justos. Antes de volver a mi casa en Sydney, le dejé la llave del gimnasio de mi edificio, y le dije que podía usarlo cuando quisiera.

Fue una cobardía tirar una indirecta y esperar no tener que decir lo que realmente pensaba. Sin embargo, cuando volví de Sydney me decepcionó ver que su grosor no había cambiado, y esa misma decepción me hizo decepcionarme de mi misma.

Justo a mí, que siempre decía que todos los cuerpos son hermosos y que la grasa puede ser sexy. Yo, que sabía muy bien hasta qué punto una mala autoimagen puede destruir tu salud y tu corazón. Yo, que quería que me amen sin condiciones, hubiera explotado en una furia feminista si B me dijera las cosas que estaba a punto de decirle a él.

La primera vez que saqué el tema, fue cortés. Reconoció que subió de peso, pero dudó en hablar conmigo por miedo a que yo volviese a mi dieta estricta. Ahora que estaba el tema en discusión, me dijo que quería hacer más ejercicio. Luego, me preguntó si con este peso me sentía menos atraída a él que antes. Le aseguré que no. Mentí.

La próxima vez, decidí ser honesta; respondí la pregunta obvia con la obvia respuesta que me negué a dar la última vez. Lo hice llorar. Avergonzada de mí misma, horrorizada ante lo eficiente que fui al lastimarlo, quise terminar la conversación, pero él se negó. Yo había comenzado esto, me dijo, así que mejor sería que ambos lo terminemos.

Así que le pregunté por qué imaginaba que subió de peso. ¿Estaba triste, deprimido, sentía que perdía el control? Me respondió que no. Que todo lo contrario. Estaba feliz. Estaba enamorado. Se sentía amado, y por primera vez en mucho tiempo, no estaba preocupado por su apariencia. Porque sabía que lo amaba y que quería estar con él sin condiciones. Eso fue lo que yo pensé que sería capaz hacer, y lo que le había hecho a él que haría.

A la mañana siguiente, madrugó y fue al gimnasio, en el que pasó una hora ejercitando con la máquina de elíptico en medias, ya que no tenía sus zapatillas. Volvió a casa con ampollas en los pies.

No volví a hablar del tema por un par de meses. Pasó el día de acción de gracias, nos tomamos unas vacaciones románticas en París para navidad y año nuevo. Para fines de enero, había engordado aún más; durante el año que estuvimos juntos, engordó 18 kilos, y ahora se acercaba al peso que tenía antes de conocernos, a medida que su cuerpo volvía al tamaño que deseaba tener. El cuerpo está diseñado para nuestra supervivencia, y cuando dejamos de matarlo de hambre, se aferra a cada gramo de grasa por temor a volver a sufrir una carencia de alimentos.

En parte, envidiaba lo poco que le parecía preocupar el tema. En parte, me sentía frustrada. ¿No podía ser más disciplinado como yo, la mujer que pasó hambre e hizo transpirar a su cuerpo hasta que éste le obedeció? Yo sabía que lo que le sucedía era totalmente natural y predecible. Y no deseaba que él se contagie la oscuridad del exceso de disciplina. Sabía lo que debía hacer: desear que ame su cuerpo incondicionalmente. Sabía que aún así debía amarlo. Pero no lo amaba, y me odiaba por eso. A principios de febrero, saqué el tema de nuevo, sin poder (no, sin querer) callarme nada.

Esta vez, no fue tan comprensivo como antes.

“No soy el único en esta relación que estuvo subiendo de peso”, me espetó.

Me dolió, pero tenía razón. Desde que comencé a comer porciones reales y dejé de usar la cinta como castigo por alimentarme, subí unos 4.5 kilos. En un buen día, me sentía orgullosa de la carne que envolvía mis costillas, que solían marcarse demasiado. En un mal día, quería dejar de comer para siempre.

Pero mi recuperación había terminado hacía un año, y los días buenos eran ligeramente más que los malos. Sí, subí de peso, y debía recordarme diariamente (a veces, cada hora) que eso era algo bueno.

B me amaba y me deseaba tal cual era. Si no hubiera sido así, estaría devastada. ¿Por qué no podía sentir lo mismo por él? ¿Acaso transferí mi odio por la grasa y mi necesidad de control al cuerpo de otro? Respiré hondo mientras su dardo se hundía en mí, y le dí la razón. Sí, había subido de peso. Le dije que entendía que fui un poco hipócrita. Tampoco sabía cómo dejar de sentir lo que sentía.

Luego de esa conversación, B entró en una dieta estricta: baja en grasas, baja en carbohidratos, alta en proteínas. Comenzó a contar calorías y racionar porciones. Fue al gimnasio todos los días, y volvía a casa cansado y de mal humor. Le sugería que quizás esta no fuera la mejor manera, que ese tipo de dietas son difíciles de seguir, y que si quería perder peso y mantenerse, debería consultar a un nutricionista, y quizás a un terapeuta.

Me dijo que sabía cómo manejarlo, y que haría lo mismo que hizo la última vez. Con mucho tacto, le remarqué que si esa estrategia hubiera funcionado, no estaríamos teniendo esta conversación. Me aseguró que él sabía lo que hacía.

De nuevo en su régimen restrictivo, B comenzó a bajar de peso. Estaba feliz, orgulloso, y quería contármelo todo. El problema era que no podía escucharlo. No podía hablar con él sobre los notables resultados de su dieta restrictiva, ya que escucharlo hablar de eso me haría querer entrar en una dieta así. Me hacía querer correr una milla más por día, e ir al gimnasio hasta cuando estaba enferma.

A pesar de intentar vivir con mis valores feministas de mantenerse saludable en cualquier talle, descubrí que a él no lo quería en cualquier tamaño. A pesar de ser consciente de lo herida que me sentiría si él me pidiese lo mismo a mí, le pedí que baje de peso. Y ahora que lo hacía, no podía acompañarlo ni contenerlo, algo que él sí hizo por mí, cuando mi recuperación era demasiado nueva y frágil para soportarla.

Si mal no recuerdo, el término psicológico para esta situación es una mierda absoluta.

Cuando comenzó a ser evidente que no podríamos salvar la relación, comencé a enumerar todos mis fallos. Fallé en vivir a la altura de mis propios ideales de no relacionar el atractivo con el tamaño. Fallé en ser honesta con el hombre al que amaba, por miedo a enfrentar mi hipocresía. Fallé en recuperarme lo bastante rápido para acompañarlo mientras perdía peso. Fallé en amarlo de la misma manera en la que él me amó.

Solo hubo algo en lo que no fallé. Mantuve mi recuperación. Logré mantenerme clemente con mi cuerpo, incluso cuando la relación se resquebrajaba y la pérdida de control me daba ganas de recurrir a mi ciclo habitual de crueldad con mi cuerpo. Fue una victoria agridulce; logré ser amable conmigo misma, pero no pude serlo con él.

Mis amigos, en especial quienes no compartían mi idea de que las apariencias físicas no determinaban el atractivo de una persona, inventaban excusas por mí. Entre susurros inquietos, me decían que ellos también pensarían en romper con sus parejas si subieran tanto de peso. Me aseguraron que él también era responsable.

Un amigo dijo que al entablar una relación romántica y sexual, entras en un compromiso tácito de mantener tu peso más o menos igual, si puedes controlarlo. Yo no estaba tan segura. Quizás la mayoría de la gente lo ve así, pero quería ser mejor que eso. Aún quiero ser mejor que eso. Pero mi amigo se mantuvo firme. “Fuiste estafada” me dijo, sin rodeos.

Quizás fue así, pensé. Pero B también fue estafado.

Rompimos entre lágrimas, ambos inconformes con nuestra imagen. Cuando todo terminó, si tenía un buen día, le decía a los demás que rompí con él por mi recuperación, y me lo creía. En un mal día, me odiaba por ser superficial, hipócrita y egoísta. Ambas cosas eran ciertas, todos los días.

Al elegir mi recuperación, hice algo bueno por mí, y también descubrí que soy peor que la persona que aspiraba (y aspiro) a ser. Lastimé profundamente a B, de un modo que no perdonaría si me lo hicieran a mí. Un año después, sigo eligiendo mi recuperación; a veces, debo sostenerla cada hora. Y pagué un alto costo por mantenerla.

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