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Por qué me callé durante 14 años sin decirle a nadie que mi marido me maltrataba

No es fácil vivir en una situación de violencia de género, y no es nada sencillo salir tampoco.

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En Argentina, la marcha masiva #NiUnaMenos, que sumó a Chile y Uruguay el pasado 3 de junio, denunció la violencia de género en el país. Con estadísticas no oficiales alarmantes que hablan de un femicidio cada 35 horas por parejas que asesinan a sus mujeres, múltiples grupos feministas se agruparon para demandar políticas públicas y la desnaturalización de la agresión por la sociedad en general.

Una de tantas mujeres que fue víctima del maltrato machista habló con BuzzFeed News y narró los detalles de una relación traumática de la que al fin pudo salir. La abogada del ex marido fue contactada pero prefirió no comentar.

Aquí, lo que vivió Cecilia Ljuba contado por ella en una entrevista por Mariana Marcaletti.

Teníamos todo para ser felices. Cuando lo conocí una noche en un boliche, me sorprendieron una serie de casualidades: yo trabajaba en Lavalle y Florida, a pocas cuadras de su trabajo como contador en Tucumán y Florida; íbamos al mismo gimnasio en el microcentro porteño, conocíamos gente en común, éramos emprendedores, de familias bien, parecía que queríamos las mismas cosas.

Todas esas similitudes y su seducción para conquistarme parecían señales, pero no supe ver en ese momento otros signos que me mostraban lo contrario.

Me buscó tanto… decía que me veía por todos lados, sus gustos eran mis mismos gustos. Yo valoraba tanto su afán por el trabajo, su pasión por las cosas. Empezó como una historia linda, la que soñaba en esa época, cuando tenía 28 años y sentía que había encontrado al hombre de mi vida.

Ahora que lo pienso, tendría que haberme dado cuenta antes cómo iba a terminar todo. En una de nuestras primeras salidas, nos teníamos que encontrar a una cuadra de su oficina, y él me llamó antes por teléfono, pero yo no respondí porque no había escuchado la llamada. Fuera de sí, cuando llegué al encuentro agarró mi celular y lo estrelló contra el piso.

“Tuvo un mal día,” me dije, “Estará enojado, ya se le pasará”. Traté de entenderlo, de justificarlo, pensé que a todos nos atacan momentos de rabia, y no le di mayor importancia a la situación. Luego se disculpó, y me compró un teléfono nuevo.

Fuera de esas actitudes que yo no lograba comprender, todo lo demás parecía perfecto. Supo enamorarme, decirme todo lo que yo quería escuchar, me buscó y me encontró y antes de que lo pudiera pensar estábamos casados. Tuvimos dos hijos, que hoy tienen 11 y 14 años, testigos durante todos estos años de una historia que podría haber sido mágica, pero que terminó siendo de terror.

Muchas nos dicen que si no hay evidencia, no hay maltrato. En mi caso, muchísimas veces las huellas no eran visibles. Algunos violentos saben dónde pegar: las piernas, el cuerpo, la espalda, los brazos, la cabeza. A mi, por ejemplo, nunca me pegó una trompada en la cara. Si recibí muchas cachetadas, golpes en la cabeza y tirones de pelos, al punto de sentir que me los iba a arrancar. Escupitajos. Palazos en las piernas. Puntines en los tobillos.

Que te metan la cabeza en el inodoro no deja marcas. Tampoco se ven en el cuerpo las palabras punzantes, las humillaciones más bajas. Los moretones en las piernas eran habituales. Recuerdo una vez que era verano y fuimos a la playa con unas amigas, y cuando me preguntaron qué me había pasado, dije que me había caído. No me creyeron mucho pero cambié de tema para que no siguieran preguntando. En ese momento dolía el golpe, dolía el recuerdo, pero más me dolía mentirle a las personas que me quieren.

Las situaciones con él me descolocaban, y me costaba mucho saber cómo reaccionar. Pasé muchas etapas: primero me callaba, trataba de entender, de buscar un por qué. Luego me di cuenta de que ese razonamiento de buscar las causas es erróneo: nunca hay un motivo para un violento, el violento es así porque quiere.

Una de las primeras personas a las que le conté fue a mi neurólogo. Me acuerdo que me abrazó y me dijo: “nena, hasta que no te separes no te van a pasar los dolores de cabeza”. Cuando acudí a una psicóloga por primera vez, porque pasé años con ataques de pánico (algunos días todavía aparecen esas horribles sensaciones de ahogo y muerte), esta mujer me afirmó: “La furia era por si el cuchillo estaba a la derecha, o a la izquierda, ¿no?”, y me di cuenta que ella sabía todo, sabía que el violento se irrita por cosas tan insignificantes como por donde una deja el cuchillo, como si la ubicación de los utensilios en la cocina importara, como si fuera mi responsabilidad lo que él me estaba haciendo, como si eso le diera motivos para pegarme. Se enfurecía por todo: si Boca perdía, si ganaba, si llovía, si no llovía, siempre parecía yo la culpable, era el depósito constante de su frustración. Todo era mi culpa. Empecé a creermelo.

La ligaba sin comerla ni beberla. No supe que hacer, con mis padres no pasaban estas cosas, nunca había escuchado de alguien en una relación así, no me animaba a hablar con nadie, porque ante todos él era un gran señor. Con el tiempo, empecé a cuestionar sus actitudes: preguntaba más, pero me di cuenta pronto que si echaba más leña al fuego, éste se incendiaba más. Otras veces contestaba, a veces trataba de irme o me tapaba los oídos para “no escuchar”. Me ponía las manos sobre los ojos, en un intento de protegerme, quería que no quede registro de lo que estaba sucediendo.

Un día pasó algo que me quitó la venda de los ojos. Era el 28 de diciembre de 2012, me acuerdo la fecha exacta porque cumplía años mi sobrina. Mis padres viven en Lanús, en el conurbano bonaerense, y como mi ex marido, mis hijos y yo vivíamos en Devoto teníamos un viaje. Como él no quería ir al cumple, estuvo todo el viaje en auto diciéndome de todo: que le molestaba estar obligado a ir, que a mi papá (que tenía una enfermedad) le iban a cortar las piernas y él se las iba a dar de comer a los chanchos en su campo, me insultó en todos los colores. En un momento, se irritó tanto que me empujó la cara hacia la ventana delantera del auto, y rompió mis anteojos de sol. Mi nene, que estaba en el asiento de atrás, me acariciaba la mano por el lado de la puerta, me hacía mimos para que yo me tranquilizara. Veían que yo lloraba y él quería consolarme. Estaban muy asustados.

Cuando llegamos al cumpleaños de mi sobrina, había una mesa larga en donde estaba mi familia; y vi una imagen que nunca se me fue de la cabeza. Estaba mi mamá, mis hermanos, mi cuñada, su familia y él llegó y se sentó en la cabecera de la mesa, y se puso a tomar cerveza con mi papá y mi hermano, y se empezaron a morir de risa. Yo lo miraba y se me estrujaba el corazón. ¿Cómo era posible que el mismo hombre que había dicho barbaridades sobre mi familia ahora la esté pasando tan bien con ellos? En ese momento lo odié, la escena me partió al medio.

Mi hermana melliza, que hacía tiempo me venía viendo mal, me preguntó qué me pasaba. Yo no le quise contar, pero me llevó al baño e insistió. Por favor. Contame. Dale. Me vuelve a insistir. Cuando lo ví tan contento y yo estaba tan destrozada supe que esto tenía que terminar. Se lo conté. No lo podía creer. Mis padres tampoco lo podían creer cuando mi hermana les contó al otro día.

Es el día de hoy que creo que a todos los demás les cuesta creerlo todavía, porque delante de los demás él era un caballero. Era divertido, educado, cordial, se reía de los chistes de otros, se integraba, actuaba. Ahora, en nuestra propia casa un segundo antes de que venga gente me podía estar golpeando, y yo tenía que arreglarme la cara que estaba desfigurada de tanto llorar. Cuando entraba mi familia o mis amigos él estaba como si nada, sonreía. Y yo hecha pedazos.

Un día, mi nena me dijo “mami, por favor, terminemos con esto cuanto antes”, y ahí supe que tenía que hacer algo. Cuando me dijo eso y con el episodio del cumple de mi sobrina se juntaron varios factores que hicieron que tome la decisión de separarme. Pero salir de esa historia no fue nada fácil.

Cuando estás adentro de una relación así, no ves con claridad lo que sucede. Cuando salí, las opiniones de los demás me pesaban, no quería que me atormenten, ni que me cuestionen. Por qué. Lo tendrías que haber denunciado antes. Nunca nos contaste.

Tendrías que haber hecho esto, lo otro. Lo único que necesitaba eran abrazos. Desde el día que empecé a hablar los recibí de las personas de las que menos me lo esperaba. Pero los miedos los viví y los sigo viviendo sola, por más que mi familia y amigos me acompañaban. Saqué fuerza de donde no tenía para seguir adelante.

Ahora, que ya pasaron tres años de la separación, tampoco me resulta sencillo liberarme del todo. Todavía es el día de hoy que mi nene me dice “dale, mami, porfa, dejá que papá vuelva, yo le voy a decir lo que tiene que hacer para que se porte bien”. Me alegra que mis hijos tengan un buen sentido de lo que está bien, y lo que está mal, porque obviamente se daban cuenta que lo que hacía el padre no era lo correcto.

No me gusta contarle demasiado a ellos, estas son cosas de adultos, pero su padre los mete en el medio todo el tiempo. Les cuenta todos los detalles de los expedientes y como el papá les cuenta todo, ellos confían más en lo que él les dice y yo quedo como la mala de la película, porque me guardo cosas para cuidarlos. Un día, mi nena me dijo “mami, por favor, terminemos con esto cuanto antes”.

En pleno juicio por maltrato, que inicié un año y medio después del divorcio en la Oficina de Violencia Doméstica de la Corte Suprema de Justicia de la Nación porque este hombre no me dejaba tranquila, la nena me cuenta “papá dice que no tiene problema que vengas de vacaciones con nosotros, como si fuéramos una familia normal. El dice que vos no querés”. Y así varias. Llegó a escupirme en la cara enfrente de los chicos, incluso después de la separación. Me aterra que se entere de todo por nuestros hijos, ellos le cuentan los detalles más íntimos, hasta lo que comí, porque tienen pánico a decirle que no.

Pero ni la justicia sabe ponerle un freno. Desde que hice denuncia hasta ahora, vivo con un miedo constante, sigo sintiéndome desprotegida frente a él. A partir del 30 de marzo de 2014, el día en que hice la denuncia, me revictimizaron una y otra vez. Todas las veces que me citaron, dije exactamente lo mismo. En el camino, me topé con todo tipo de personaje, desde los que me decían “¿Y vos qué le hacías que lo provocabas tanto?”, hasta los que me veían las manos cortadas y me aconsejaban “señora, está muy nerviosa, tómese un vasito de agua”, hasta los que me advirtieron que “el imputado en general tiene más derechos que usted”. Esta es gente que se supone que son “profesionales” que “saben del tema”.

Producto de mi denuncia, se abrieron dos juicios: uno civil (por violencia) y otro penal (por amenazas). El primero del juzgado 86, a cargo de la Dra. María del Carmen Bacigalupo de Girard (Expediente N°17.290/2014), me mandó a una audiencia de “mediación” con mi ex marido: no sé que tendría que conciliar con el tipo que me amenazaba y me maltrataba aún incluso después de separados, y, lo peor, él se iba a enterar que lo había denunciado y yo no tenía ninguna protección por parte de quienes se suponía, me tenían que cuidar. En diciembre de 2014, esa causa fue archivada.

En la sede penal el trato fue otro. Me escucharon, me llamaron, me contuvieron, evaluaron los hechos, dictaron una medida de protección “mientras dure el proceso”, y me dieron un botón anti-pánico para que yo pulse en caso de peligro.

Ambos organismos leyeron la misma declaración e interpretaron todo lo contrario. ¿Mi vida y la de mis hijos dependía de quién la leyera? Ahora la investigación sigue por la fiscal Gabriela Morelli de la Unidad Fiscal Norte de la Policía Metropolitana (Causa N° 4576) , y se abrirá un juicio oral que determinará las sanciones del delito.

En todo este tiempo, hablé y hablé. Y cada palabra, y cada recuerdo, es volver a sentir lo mismo, una vez más. Denunciar no es una solución mágica, requiere mucho esfuerzo, coraje… hay muchos días en los que preferiría no haber hecho la denuncia. Ahora estoy todo el tiempo recordando, como en este momento, y recordar duele. Quiero dejar de llorar y reírme como cuando era joven.

Gasté tanta fuerza, tanta energía, estoy tan cansada. Este hombre me atacó mucho la autoestima, y me lastimó tanto que mi cuerpo se acostumbró a estar siempre en estado de alerta. Antes de conocerlo, era ocurrente y feliz y sonreía siempre. Con el me aplaqué, mejor dicho, me aplacaron. Mis amigas me dicen ahora “estás volviendo” y tengo una sensación de libertad que hace mucho no tenía.

Estoy más tranquila, me siento más yo, pero no creo que pueda del todo ser yo misma de nuevo. La confianza en los demás, al menos, parece ser algo que perdí para siempre. Solo busco paz y felicidad para mis hijos y para mí.

Desde mi separación hasta hace poco hablé con los medios en condición de anonimato por miedo, pero ahora decidí dar la cara luego de la entrevista con BuzzFeed News. Espero que con mi historia, aunque cada palabra dicha sea un recuerdo que revive y remueve residuos dolorosos de lo que pasó, pueda ayudar a otras mujeres que tienen los mismos temores, y la misma necesidad de liberarse.

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