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Cuando Te Das Cuenta De Que Compartir Piso NO Es Friends

Independizarse en España en tu veintena ahora mismo es el Dorado, una utopía, una ilusión, y los sueños, sueños son. Pero vivir solo en tu piso es ya tan improbable como que un ángel baje y te toque con su gracia. Pero eso, como todo en una recesión económica, tiene su lado positivo. Y es que los diferentes compañeros de piso cuyas peculiaridades tienes que sufrir hasta convertirte en, al menos, mileurista, te forjan el carácter y te preparan para cualquier eventualidad en la vida, accidentes de avión sobre los Andes incluídos. Aparte de que aprendes 40 formas diferentes de cocinar tortilla de patatas y nociones varias sobre los distintos hábitos de higiene según cada comunidad de la geografía española. Yo, en mi dramatis personae, cuento 23 compañeros de piso a mis espaldas desde que dejé mi casita familiar a las 18 años (sí, 23). Pero si tuviese que elegir los que más me han marcado, en ocasiones “marcado” como eufemismo de “traumatizado irremediablemente y complicado el resto de mis interacciones sociales para los restos”, me quedaría con 3. Las ingenieras Estas son tres, pero van en pack de uno indivisible, como los zumos del Mercadona. Conviví con ellas en mi tercer piso de estudiantes. Eran tres ingenieras químicas que hablaban entre ellas siempre en Euskera y que tenían un concepto de tareas del hogar, digamos, peculiar. A una, mi primera semana en el piso, se le cayó una leche con cereales en el pasillo y decidió que por qué no dejarlo ahí. Al principio no intervine porque pensé que igual la ignorante era yo y la muchacha intentaba hacer una instalación a lo Damien Hirst, que de primeras te repugna pero si observas de cerca te enfrenta a una realidad social muy chunga que te cambia la vida. Pero no, es que la muchacha no debía tener pituitaria así que a los tres días limpié yo el pasillo porque era eso o que nos clausurase la casa la OMS. Otra de ellas tenía el baño tan sumamente guarro (nunca sabré si el lavabo era de verdad beige o eran sólo restos de maquillaje) que las otras dos habían decidido que se lo quedase en herencia y nadie más entraba en aquel laberinto propio de los sueños más Warholescos. La última conversación que tuve con estas tres muchachas me demostró que poco tenía yo que decir ahí, ya que consistió en una tesis deductiva que concluía: “Vamos, que la filosofía está claro que no vale para nada”. Hasta luego, Mari Carmen! El de La Rioja Este chico era tan encantador como desquiciante. Era sumamente gracioso, lo cual salvaba lo impresentable de su persona. Todos los días me pedía que le despertase para ir a clase, confiaba en mí para esa empresa, lo cual yo me tomaba como un gran honor. Durante tres años de carrera que vivimos juntos me ocupé de despertarle todos los días de lunes a viernes. Y la tierra de Tara está por testigo que este muchacho no apareció un día por la universidad antes de la 13.00. Las clases empezaban a las 8.00. Muestra de que “la vida era pa’ el” es que en una ocasión en la carrera, en clase de Oratoria, teníamos que hacer una presentación de 15 minutos sobre un tema que dominásemos, valía cualquier cosa, pero teníamos que enganchar a la audiencia y conseguir que se interesasen por nuestras propias pasiones, hacerles partícipes de algo que nos llenaba. Bien, él hizo una presentación sobre cómo hacer un bizcocho de limón. ¿Y cuál era ahí el tema que él “dominaba”? Hacer algo siguiendo las instrucciones de su madre por teléfono. Simultáneamente. Aramis Fuster napolitana Todo el 2016 viví con una chica italiana que cada cosa que me decía superaba a cualquier escena de El árbol de Vida de Malick en bizarrismo. Ya de entrada se pilló la habitación más grande de la casa porque “era la que iba acorde con su energía en ese momento de su vida”. Probablemente algo tuvo que ver que fuera más grande y con cortina opacante (vivo en Irlanda, aquí las persianas son un gadget del que nadie ha oído hablar). El hecho de si fregaba o limpiaba lo que le tocase la semana, por ejemplo, dependía mucho de alineación de los planetas, la posición de la luna o como sintiese ella las mareas en ese momento. Un día le comenté que estaba pensando en empezar a ir al trabajo andando, que me veía un poco floja y sin resistencia y me dijo que lo que me engordaba no era la comida o la falta de ejercicio, sino las cosas que no decía con la boca, pero sí con los ojos. Le expliqué que no me veía gorda, si no floja. Su respuesta fue “es que tu complejo con los kilos también es de lo que dices con los ojos”. A esta no la echo nada de menos. Si algo he aprendido es que lo mejor siempre es decir sí, por peculiar o espeluznante que te parezca la persona que ha venido a ver la habita que se te queda libre, tú dí sí. Siempre, subrayo: siempre, vas a sacar algo positivo de esa aventura de convivencia. Yo ahora sé cómo limpiar leche pegada a parquet de los 70, cómo hacer un bizcocho de limón y en qué época del año me prenden mejor los garbanzos plantados en yogur. Y todo esto gracias a todos los raritos con los que he compartido vajilla. ¡Ah! y un apunte: si todos tus compis te parecen normales y no reconoces a nadie en las actitudes anteriormente nombradas, es posible que el misfit seas tú. De nada.

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