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Odié a Britney Spears hasta que me vi reflejado en ella

Cuando comenzaba a entender mi sexualidad, odiar a Britney me separaba de los otros chicos (heterosexuales). Pero resulta que ella tenía algo que enseñarme sobre supervivencia.

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La primera, última y única vez que besé a una chica, estaba disfrazada de Britney Spears.

Si me hubieras preguntado qué sentimientos me despertaba Britney durante el otoño de 1999, el año en que cumplí 14 años, probablemente te habría dicho que la odiaba. Yo no lo sabía en ese momento, pero odiaba a Britney por el mismo motivo por el que muchos adolescentes odian muchas cosas: porque, a un nivel profundo, intuitivo y de cerebro reptiliano, el odio es una forma útil de definir y aclarar tu posición en el mundo. En ese sentido, el odio es tan valioso como el amor; o al menos puede parecerlo, especialmente durante la olla a presión larga y lenta que es la adolescencia, cuando la autoestima sufre el mayor riesgo de explosión o evaporación.

Ambos resultados parecían posibles (incluso probables) la noche en que besé a una chica. Sucedió en una fiesta de Halloween que celebraba Jamie, una amiga de mi hermana gemela, en el sótano enmoquetado de la mansión de sus padres. No recuerdo haber llevado disfraz. Llevaba un corte de pelo a tazón de finales de los 90 y las palmas de mis manos estaban sudando, aferrando cualquier vaso de plástico rojo de Coca-Cola o Sprite que me hubieran dado; pero estaba demasiado asustado y nervioso para beber. Era mi primera fiesta de instituto (aunque, afortunadamente, no era una fiesta lo suficientemente guay como para tener alcohol).

Sin embargo, sí que recuerdo el vestido de Jamie: Estaba disfrazada de Britney en el vídeo “…Baby One More Time”. Jamie y mi hermana Katie habían ido a una escuela católica femenina en la que las blusas blancas y las faldas a cuadros escocesas eran el uniforme estándar, por lo que el disfraz era una elección obvia. Jaime solo había tenido que recogerse el pelo espeso y castaño en coletas y ponerse un poco de sombra de ojos.

El disfraz también estaba (y esto lo sabía con los delicados sensores que mi propio instituto católico masculino estaba calibrando hasta conseguir una agudeza con frecuencia dolorosa) un poquito pasado de moda. “…Baby One More Time” había llegado al Billboard Hot 100 allá por febrero y su famoso vídeo lo habían retirado del programa Total Request Live de la MTV hacía meses, para sustituirlo con otras visiones de Britney: Britney con un top blanco ceñido bailando en la playa; Britney en verde brillante acompañada de (y bailando, siempre bailando) una Melissa Joan Hart posterior a las historias de Clarissa y un Adrian Grenier anterior a El séquito.

Pero yo seguía teniendo fresca la imagen de la Britney colegiala por un motivo muy específico: tan solo un par de meses antes de la fiesta, la revista People publicó una historia sobre un joven de Los Ángeles que "ganó a 30 chicas" en un concurso de imitadores de Britney con un "vestido de colegiala católica zorra menor de edad”. La celebración del travestismo de esa historia me emocionó de formas que aún no podía explicar; indicaba que existía un mundo muy diferente de aquel en el que vivía, tan fascinante y prohibido como la propia Britney.

Mi hermana y Jamie desaparecieron rápidamente en el ávido mar de chicas del sótano, pero yo rondé por los bordes de la fiesta, mareado e inseguro. Jamie debió de darse cuenta, porque enseguida mandó a dos chicos de mi instituto, pensando, probablemente, que yo podría hablar con ellos. Los tres éramos novatos, pero las similitudes acababan ahí. Eran más altos y más atléticos que yo y sentía mitad admiración y mitad miedo de la facilidad con la que estaban juntos, bebiendo de sus vasos de plástico y mirando a las chicas.

Después de que dijera "eh" y confirmara que todos íbamos al Saint Francis, las palabras se trabaron en mi garganta. Pronto hubo una pausa que yo comenzaba a reconocer con mi nuevo sentido de las situaciones sociales: ese momento particular cuando alguien a quien acabas de conocer decide que no vale la pena gastar su tiempo contigo. Después de algunos minutos de silencio incómodo, los otros chicos simplemente se fueron.

Esta interacción fallida confirmó una sospecha que se había estado enconando en mi mente desde antes de que comenzara el instituto. Estaba convencido de que una brecha insuperable me separaba de lo que comenzaba a considerar "los chicos de verdad": chicos que practicaban deportes, que hablaban como hombres, que escupían y fanfarroneaban y maldecían. Chicos a los que les gustaban las chicas.

Y aun así, más tarde esa misma noche, fui el chico al que Jamie escogió, aquel al que apuntó con su rayo láser rosa de atención femenina adolescente perfectamente enfocado. ¿Quién sabe sobre qué hablamos? En realidad no importaba: ella había decidido que yo le gustaba, probablemente incluso antes de que comenzara la fiesta. Como el disfraz, era una elección obvia: el tímido y no amenazante hermano gemelo de su nueva amiga. Me sentía halagado por su atención y avergonzado por ella, intrigado y temeroso. Pero esto era lo que se suponía que tenía que ocurrir. Era aquello sobre lo que Britney había estado cantando durante todo el verano en las radios de los coches de nuestros padres y los reproductores de CD de nuestras habitaciones: el chico y la chica y el beso. Era aquello sobre lo que cantaba una y otra vez hasta que llegara el punto de que quisiéramos algo más de ella, algo no tan inocente.

¿Podría ser tan sencillo? ¿Podría sentir por las chicas lo que todos los chicos parecían sentir? Y eso, entonces, ¿me convertiría en un chico de verdad?

Así que, cuando Jamie se acercó y dijo que deberíamos besarnos, me incliné obedientemente. Fue un pico casto, sin lengua ni dientes ni deseo. Aun así, mientras me retiraba, sentía un pequeño chisporroteo de placer que me sorprendió; me asombró, incluso. En el brillo posterior al beso, mi mente no albergaba pensamientos exactamente, ni siquiera palabras; en vez de eso, lo que tomaba forma era una explosión de posibilidad. ¿Podría ser tan sencillo? ¿Podría sentir por las chicas lo que todos los chicos parecían sentir? Y eso, entonces, ¿me convertiría en un chico de verdad?

No estoy seguro de si volví a ver a Jamie después de aquella noche. Mi hermana dejó de llevarme a las fiestas de sus amigas y, después de su primer año, se trasladó a un instituto diferente. Pero si mi rato con Jamie (mi primer y único beso con una chica) se terminó casi en cuanto comenzó, mi rato con Britney tan solo acababa de empezar.

Durante los siguientes años, vi a Britney transformarse desde un símbolo sexual hasta una estrella que se colapsa, para luego volver a resurgir en cierto modo como princesa del pop. Cada encarnación de Britney me enseñaba algo nuevo sobre el deseo: sobre los anhelos de los chicos junto a los que crecí y sobre mis propios deseos, mis propias y persistentes necesidades. Pero, sobre todo, Britney me hizo pensar sobre lo que significa (y lo que cuesta) sobrevivir en un mundo que es incapaz de dejar de odiarte.

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Ahora es difícil recordar una época antes de que Britney fuera famosa, antes de que su cara estuviera en todas partes, desde camisetas hasta velas de oración o una piruleta "de alta costura" de 26 dólares con un palo rosa pálido engastado con brillantes de imitación. Pero aún se pueden vislumbrar los días en los que estaba empezando a conseguir la atención nacional. El primer artículo en profundidad del New York Times sobre Britney es un artículo curioso, una revisión malhumorada de un concierto que fue noticia en julio de 1999 en Woodstock, nada menos. (Ni Britney ni ninguno de sus actos de apertura, se lamenta el periodista musical Neil Strauss, "dijo una sola palabra de alabanza o reconocimiento al legado de Woodstock").

El artículo también incluye muchos de los temas que aún predominan en lo que se escribe hoy sobre Britney. Strauss se queja de que Britney en realidad no canta, sino que hace playback; y además durante poco tiempo. Y, por supuesto, está el problema de su sexualidad. Britney solo tenía 17 años en aquel momento y su aspecto, según escribe, es "a la vez sexual y presexual".

Sus canciones solo contribuyen a esta ambigüedad. Aparece la sugerencia burlona de que quizá Britney quiera que la azotes en "...Baby" (los puntos suspensivos en el título de la canción ocultan el "hit me" del estribillo) y la pista en su segundo sencillo "Sometimes" de que, aunque tenga miedo de ti, en realidad solo quiere que sigas persiguiéndola. Strauss desestima esta línea de pensamiento concluyendo que las implicaciones más oscuras de esas letras "no son en realidad intencionales sino que constituyen una evidencia de una escritura descuidada de las canciones, defectos en la máquina del pop". No leí este artículo cuando tenía 14 años, pero incluso por aquel entonces lo habría considerado una estupidez. Porque el atractivo de Britney siempre se basó en el sexo; pero en el sexo que no pudiera negarse. En sus vídeos sonreía con intención, los ojos fijos en la cámara; e incluso en las entrevistas ella parecía tener una actitud dulce y realista, incluso tosca (una "chica sureña sin pretensiones", como dice un entrevistador de por aquel entonces).

Por supuesto, esa ambigüedad no les importaba mucho a los chicos de mi instituto: Britney los extasiaba, relucía en sus cerebros como un sueño febril colectivo. Durante mi tercer año en el instituto, los únicos momentos de silencio garantizado durante todo el día eran durante los 120 segundos del anuncio "Joy of Pepsi" de Britney, que se emitía todas las mañanas durante los descansos del programa de noticias para adolescentes Channel One. "Monta. Simplemente disfruta del viaje", suspiraba Britney, dando vueltas en sus vaqueros acampanados, sus abdominales tensas y morenas y perfectas, y los veinteañeros de mi clase (de todas las clases) miraban el pequeño y deslustrado televisor de la esquina, con su imagen atravesando la fina capa de polvo que cubría la pantalla.

Y todo esto solo avivaba la envidia que hervía en mi corazón. Porque, para cuando llegó mi tercer año, ya era capaz de admitir algo ante mí mismo que no podía reconocer al comenzar el instituto: que nunca querría besar a otra chica. Que el aspecto o la sonrisa adecuados en el chico adecuado podían encender una luz en mi interior que podía brillar durante horas. Pero no podía decidirme a actuar según estos sentimientos. En vez de eso, observaba a los chicos de mi alrededor del mismo modo en que ellos observaban a Britney: con las axilas sudorosas y la garganta tensa, anhelando lo imposible.


Mi odio adolescente hacia Britney era una experiencia muy privada. Ponía los ojos en blanco ante sus portadas con ojos humedecidos en las revistas; codiciaba en silencio las camisetas de "Spear Britney" que se vendían en el Hot Topic local; reescribía mentalmente la letra de "Lucky" para que en realidad se titulara (en un triste intento de ingenio) "Sucky".

Odiar a Britney era fácil. Era un modo de anunciar (en teoría al mundo, pero en la práctica únicamente a mí mismo) que yo era diferente de los otros chicos de mi instituto. Mejor, más refinado. Su deseo era vulgar, chapucero, incansable; el mío era excepcional, secreto, prohibido.

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Pero después de graduarme en el instituto y de reconocer públicamente que era homosexual, mis sentimientos hacia Britney comenzaron a volverse más complicados. Liberado de parte del miedo que había tenido en Saint Francis, quería hacer más que simplemente mirar a los chicos que me gustaban: quería que ellos me devolvieran la mirada. Quería hacer que ellos me devolvieran la mirada. Y Britney siempre había sido una experta en eso.

Así que, durante mi primer año de universidad, en Halloween, pedí prestada la falda escocesa de colegiala de una amiga y una blusa blanca, me embutí en unas medias negras y me puse unas botas de cuero con un tacón enorme. Me recogí el pelo en (¿qué si no?) pequeñas coletas puntiagudas. Me puse brillo de labios con sabor a frambuesa, disimulé las espinillas y me puse una sombra borrosa y ahumada en los párpados.

Mientras me veía transformarme en el espejo del cuarto de baño de la casa de una amiga, sentía que una oleada salvaje de emoción me atravesaba, no muy distinta de lo que había sentido después de besar a Jamie. Era una sensación sobre conversión y realización, una sensación de que había mil versiones de mí mismo esperándome, mil posibles vidas. Britney lo comprendía. En “I'm Not a Girl, Not Yet a Woman” cantaba: All I need is time, a moment that is mine, while I’m in between

Esa noche de Halloween, mis amigos y yo nos fuimos de fiesta dando saltos, vagando por cocinas de los suburbios que estaban pegajosas de la cerveza derramada y por sótanos en los que las chicas, disfrazadas como ángeles sexis y demonios sexis y gatos sexis, se reían con sus vasos de plástico rojo. Supe que mi disfraz era un éxito de camino a la primera casa, cuando una chica a la que acababa de conocer me escuchó hablar por primera vez y me agarró el brazo, exclamando: "Joder, ¿eres un tío?"

En todas partes a las que fui aquella noche, los chicos me observaban. Me miraban de un modo que nunca antes había experimentado: lenta y descaradamente, como si tuvieran derecho a mirar todo el tiempo que les apeteciera. En mi instituto, ningún chico miraba a otro durante más de algunos segundos; más tiempo habría sido un insulto, una provocación. También en el mundo exterior los ojos de los hombres se encontraban solo durante el tiempo que duraba un breve apretón de manos. Pero las normas habituales se disolvieron cuando me puse la falda de colegiala. Incluso los chicos que ya me conocían dejaban que sus ojos recorrieran mi cuerpo (por mi delgada cintura y mi sujetador con relleno) antes de llegar a mi cara y parpadear con fuerza, su sorpresa dando paso a sonrisas arrepentidas.

Si bien aprendí lo que se sentía al ser deseado, también aprendí lo rápido que el deseo puede convertirse en algo feo.

Por un lado, fue emocionante conseguir atraer la atención de aquel modo. Había un cierto placer, poderoso y fiero, en ello. Pero por debajo de mi emoción había un hilillo de miedo. Una parte precavida de mi cerebro no podía evitar preguntarse: ¿Y si a alguien no le gusta que le engañen? Y resultó que a más de un chico no le gustaba. Cuando descubrían la verdad sobre mí, algunos tíos apretaban las mandíbulas y se aferraban a sus vasos, con las bocas transformadas en finas líneas; uno ladró: "¡Eso es gay!", como si tuviera que avisar a los demás.

Esa noche, si bien aprendí lo que se sentía al ser deseado, también aprendí lo rápido que el deseo puede convertirse en algo feo. Algo destructivo. Fue una lección que recordaría una y otra vez durante los siguientes años, a medida que la verdadera Britney se transformaba desde una brillante reina adolescente hasta un chiste ambulante.


Hay un meme de Britney que puedes encontrar en menos de un segundo en Google Imágenes (teclea "if br..." y la autocorrección hará el resto). Es una foto de Britney con una sudadera gris, con la cabeza totalmente afeitada y mostrando los dientes con furia. SI BRITNEY PUEDE SUPERAR 2007, dice el texto blanco alrededor de su cara, YO PUEDO SUPERAR ESTE DÍA.

La foto, por supuesto, se tomó durante lo que los periódicos sensacionalistas como el New York Daily News llamaron su "hundimiento" y las revistas como People llamaron (con un decoro desconcertado) "un periodo de comportamiento extraño". Todos conocemos los detalles. En febrero de 2007, Britney ingresó y salió de rehabilitación, se afeitó su famoso pelo rubio y (en fotos que nunca jamás abandonarán Internet) atacó el coche de un paparazi con un paraguas.

Este último suceso, en particular, pareció ser el punto culmimante de su locura. En vídeos de YouTube sobre el ataque se puede oír el golpe sordo de lo que debe ser el paraguas golpeando el coche, y su furioso “Fuck you!”; pero en realidad no se puede ver cómo ocurre. Lo que se puede ver claramente son los momentos anteriores de Britney: Está sentada en el asiento del pasajero de su coche, las cámaras de los paparazis destelleando sin tregua alrededor de ella. No hay duda de que está furiosa y atrapada.

Ver la que se considera que es la actuación de vuelta de Britney en los MTV Video Music Awards de ese año es difícil por diversos motivos: Britney parece aturdida y desorientada, moviéndose aleatoriamente por la coreografía con medio compás de retraso con respecto a sus bailarines. La canción de la que está haciendo playback, "Gimme More", solo aumenta el patetismo irónico: la letra habla de una Britney que disfruta del protagonismo, que se encuentra totalmente segura de su atractivo. ¿Queréis más?, pregunta durante el intermedio, con la voz soñolienta y satisfecha, como la esposa de un dictador que se despierta descubriendo que la multitud está coreando su nombre bajo su ventana de palacio. ¡Muy bien, os daré más!

Los críticos arremetieron contra la actuación. El New York Times declaró sin rodeos que "fue horrible" y citó la broma de Sarah Silverman posterior a la actuación diciendo que Britney "¡Es increíble! Quiero decir: tiene veinticinco años y ya ha conseguido... todo lo que va a conseguir en su vida". Durante un tiempo no se pudo ver la actuación en YouTube. En su lugar, el resultado principal era una parodia con un hombre gordo y una fregona amarilla puesta torcida en su cabeza a modo de peluca, imitando los confusos movimientos de Britney con ropa interior femenina. Hubo una época en la que yo era la única persona que conocía que odiaba a Britney. Ahora parecía ser un pasatiempo nacional.


Tal vez por eso es por lo que descubrí que mis sentimientos por Britney volvían a cambiar. No mucho después de su fallido regreso, empecé a enseñar inglés en el sur de España. Sobre el papel, parecía el trabajo ideal tras la universidad: solo 12 horas de enseñanza a la semana y el resto del tiempo podría emplearlo como quisiera. En las semanas previas a la partida, me imaginaba mi vida de expatriado en Sevilla como una serie de entradas atolondradas en un diario: habría castillos medievales, café con leche, hombres europeos.

Pero, una vez allí, me encontré aturdido y a la deriva. No estaba enseñando en Sevilla, sino en una pequeña población a unos 45 minutos de la ciudad, en la que mi pelo rubio me hacía llamativo. Los extraños me miraban mientras caminaba por las estrechas calles desteñidas por el sol y yo apretaba los dientes, siempre esperando que alguien murmurase la palabra maricón. Era una palabra que había oído con frecuencia en España, una vez incluso a mi profesor favorito del colegio en el que trabajaba. Era una palabra que se usaba para marcar la línea entre un hombre de verdad y uno fallido.

Volví a ser la persona que había sido en el instituto: un chico silencioso, con la garganta cerrada por el miedo.

Durante esos primeros meses en el extranjero, volví a ser la persona que había sido en el instituto: un chico silencioso, con la garganta cerrada por el miedo. En la orientación para nuevos profesores de inglés en Granada, me senté junto a otro estadounidense al que había conocido durante el trayecto en tren. Era guapo y extrovertido, con una sonrisa que le iluminaba toda la cara. Inmediatamente quise caerle bien, y no solo porque fuera atractivo. Lo que más quería, creo, era demostrarme a mí mismo que aún podía hacer que la gente quisiera estar conmigo del modo en que había aprendido en la universidad: hacerles reír, empezar a gustarles. Pero mi cerebro zumbaba de ansiedad y no podía dar con las palabras adecuadas. Nuestra conversación decayó. Momentos después sencillamente se alejó, exactamente como los chicos de aquella noche en la fiesta de Jamie. Avergonzado, abrumado, aferré mi cuerpo rígido como la piedra, pero de todos modos se estaba evaporando. Podía sentirlo.

Fue por esa época cuando escuché por primera vez Blackout, el disco que Britney había intentado promocionar en los Video Music Awards. Lo encontré en una zona de escucha de una tienda de música de Sevilla y pronto se convirtió en un ritual de fin de semana el colocarme los auriculares de la zona de escucha y sumergirme en el oscuro y destelleante mundo del disco. Si yo estaba en peligro de evaporación, la Britney de Blackout ya se había ido, un fantasma vagando por un inframundo de ritmos martilleantes y sintéticos. La mayoría de las canciones de sus discos anteriores habían prometido el acceso a la "verdadera" Britney, a su secreta vida interior, pero Blackout parecía diseñado para impedir esa intimidad a cada momento. Pista tras pista, la voz de Britney está enterrada en filtros, distorsionada con auto-tune o fundida con la de sus vocalistas de fondo. Su voz no es en realidad suya: es un efecto de sonido futurista más en un disco lleno de ellos.

Y aun así, a pesar de esta supresión de su yo (o quizá debido a ella) Blackout es bueno, bueno de verdad. Nada menos que Pitchfork, una autoridad en la materia, elogiaba lo que llamó "la horripilancia del disco, su corazón ennegrecido". La prensa española estaba de acuerdo. Ese otoño, en la sala de descanso de los profesores del colegio en el que enseñaba, encontré una revista con una reseña brillante del disco. El artículo se titulaba algo así como "La resurrección de Britney" y mostraba una ilustración de ella con el bikini negro brillante que había llevado en los Video Music Awards; pero esta versión de Britney brillaba triunfante, con el pelo rubio en ondas alrededor de su cabeza como lenguas flamígeras desenfrenadas.

Yo no resucité exactamente en España, pero sí que hice un amigo: F., el único chico estadounidense aparte de mí que había en mi población. Igual que yo, F. estaba ahí para enseñar inglés, pero nuestras similitudes (creía yo) terminaban ahí. F. era mucho más valiente que yo, tenía más confianza con el idioma. Andaba por el pueblo descuidada e indolentemente, estableciendo largas conversaciones con extraños por la calle; gente junto a la que yo pasaba con una leve sonrisa y los labios sellados.

Aun así, estábamos unidos por nuestra condición mutua de curiosidades del pueblo, y al menos una noche a la semana F. llamaba a la puerta de mi polvoriento apartamento con una caja de un euro de vino tinto en su mano bronceada por el sol. Nos sentábamos en mi salón y bebíamos, hablando sobre nuestro colegio y nuestros estudiantes, sobre las rarezas de la vida en el extranjero, mientras que afuera en el patio los niños jugaban al fútbol, sus gritos elevándose hacia el crepúsculo.

Más de una vez (en realidad, con frecuencia) yo desviaba nuestras achispadas conversaciones hacia las chicas o hacia las famosas que él consideraba atractivas.

—¿Y Britney? —le pregunté una vez—. ¿Crees que está buena? —F. me dedicó una sonrisa arrepentida, un leve encogimiento de hombros.

—Antes sí —admitió—, hasta que se afeitó la cabeza. Eso la ha destruido para mí.

En cierto modo extraño, escuchar eso me hizo sentirme más cerca de Britney. Recordaba el Halloween que había pasado como colegiala, recordaba cómo me sentía al inspirar tanto deseo como repugnancia. Otras veces hacía que F. me hablara de sus amoríos en la universidad.

—Ella llevaba falda; pero, tío, cuando se inclinó pude ver que no llevaba ropa interior...

Le veía apretar las mandíbulas, sus ojos entrecerrados por el vino y el recuerdo, y había una punzada en mis tripas, una rigidez en mi garganta. Esto es lo que es, pensaba, ser un chico de verdad. En esto es en lo que piensan; esto es lo que quieren.

Aun así, no podía admitir ante mí mismo lo más obvio: que F. y yo éramos muy distintos. Me hablaba sobre las chicas a las que deseaba (sobre el deseo que se retorcía en su interior) y yo me sentaba apartado, como si mi propio deseo implacable fuera algo más noble, o más refinado, porque no estuviera dirigido hacia las mujeres. Era una historia que me había estado contando a mí mismo desde que Britney se contoneó por primera vez en Total Request Live y no estaba listo para librarme de ella, aún no. En vez de ello, me sentaba y escuchaba cómo me hablaba de una chica más, y luego otra, con mi cabeza zumbando y mis labios oscuros por el vino, un chico de verdad a pesar de mí mismo.


Han pasado casi 20 años desde la fiesta de Halloween en la que besé a una chica, pero aún siento la necesidad de ver cómo va Britney de vez en cuando. Hoy día está mucho mejor... al menos, esa es la versión oficial. El año pasado apareció en la portada de People con sus dos radiantes hijos; el perfil del interior proclamaba que ella se encuentra "más feliz que nunca". Como estrella de una residencia en Planet Hollywood que le hace ganar millones de dólares al año, tiene muchas cosas que celebrar: puede actuar en un lujoso local de Las Vegas para miles de seguidores vociferantes y luego volar de vuelta a su hogar en California en avión privado en menos de una hora.

Pero hay motivos para dudar sobre esta nueva Britney, aparentemente dichosa. En primer lugar está el hecho de que, desde 2008, ha estado bajo una tutela legal que limita el tipo de decisiones que puede tomar de forma independiente. Britney, por ejemplo, no puede casarse ni comprar una casa sin la aprobación de sus dos tutores legales: su padre, Jamie, y un abogado llamado Andrew Wallet. Incluso sus hábitos de gastos se siguen cuidadosamente. Tal y como el Times explicó en un artículo publicado el pasado mayo, "las compras más mundanas [de Britney], desde una bebida en Starbucks hasta una canción en iTunes, se registran en documentos legales como parte del plan para proteger la gran fortuna que ha ganado pero que en última instancia no controla".

Hay una cierta ironía incómoda en el hecho de que Britney, que fue un símbolo sexual antes de que fuera adulta legalmente, ahora, a sus 34 años, aún es una niña a los ojos de la ley. Al mismo tiempo, hay una lógica perturbadora en su situación: tras ser durante mucho tiempo el objeto de las fantasías masculinas, la vida de Britney ahora está sujeta legalmente a la voluntad de dos hombres. Quizá eso es lo que me hace cuestionar su supuesta felicidad. Quizá eso es por lo que me descubro mirando tan de cerca esa portada de People, por lo que creo que aún hay una traza persistente de incertidumbre (incluso de tristeza) en sus ojos de color marrón oscuro.

Pero quizá la tutela me irrite porque sugiera ciertos paralelismos con mi propia vida que preferiría ignorar. Me marché del instituto hace años y aún no puedo librarme totalmente de su influencia; no puedo librarme de la antigua preocupación de que nunca seré un chico de verdad. A veces, mientras me pongo una bufanda de colores brillantes en el cuello o una camiseta nueva, me descubro pensando: ¿Parece demasiado gay? También me esfuerzo por actuar según los deseos que tanto intenté reprimir en Saint Francis: Utilizo las habituales aplicaciones y páginas web de citas, pero con frecuencia no hago nada más que mirar.

Britney también está soltera y, según una reciente aparición en “Carpool Karaoke”, no tiene planes de cambiar esa situación. "He terminado con los hombres", dijo alegremente al presentador James Corden. Estaba ahí para promocionar su nuevo disco, Glory, que los críticos han aclamado como su mejor trabajo desde hace años.

Una de mis canciones favoritas es “Coupure Électrique”, una pista que canta totalmente en francés. Es la canción final de la versión "deluxe cut" del disco, y es una canción extraña, con ecos y de fantasía, con el ronroneo familiar de Britney transformado en extraño por la barrera del idioma. Traducido literalmente, el título quiere decir "Corte de electricidad", pero también es un guiño a Blackout ("Apagón"). Es una alusión, en otras palabras, a un momento complejo de su vida: a la música que, a pesar del caos y del dolor que supuso ese año para ella, fue un triunfo.

Técnicamente, “Coupure Électrique” es una canción de amor. El deseo siempre ha sido el tema favorito de Britney, y (haciendo de pararrayos para los miedos y fantasías sexuales de nuestra cultura) ciertamente me enseñó sobre el mío.

Pero, cuando escucho esta canción, creo que puedo oír algo más. Escucho cómo suena mirar a la persona que solías ser con simpatía en lugar de con desprecio. Escucho cómo suena no seguir necesitando la embriagadora fiebre del odio para solidificar tu propio sentido de ti mismo; escucho, también, cómo suena el haber sido formado por los miedos que arrastras contigo, pero no destruido por ellos. En definitiva, lo que ahora escucho en Britney es lo que siempre he escuchado en ella: la historia que más necesito contar sobre mí mismo.

Este artículo ha sido traducido del inglés.


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