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Por qué renuncié a mi trabajo como manicura en Nueva York

Las condiciones son malas para todo el mundo. Pero las trabajadoras indocumentadas temen perder su fuente de ingreso.

publicado

Una investigación del New York Times sobre los salones de uñas de la ciudad de New York dejó en evidencia la explotación detrás de la “manicuras de 10 dólares”, que padecen salarios bajos, discriminación racial y riesgos para la salud. Esta serie de notas del Times muestra también cómo se organizan las trabajadoras para que los salones de uñas sean un lugar más seguro y justo.

Blanca Fernandez, de 36 años, es parte de una propuesta de demanda colectiva contra los dueños de una cadena de salones de uñas en Manhattan en las que supuestamente se pagan salarios por debajo del mínimo y las jornadas laborales son de más de 10 horas, sin descanso ni pago de horas extras. Un abogado que representa a los salones cuestionó los dichos de Fernandez (así como la mayoría de la denuncia registrada en el expediente el mes pasado) pero se negó a hacer declaraciones porque ambas partes esperan llegar a un acuerdo.

Entrevista por Mariana Marcaletti y Kat Stoeffel. Traducción por Erica Sánchez.

El mismo día que me despidió decidí demandar a la dueña de la cadena de salones de uñas para la que trabajé durante seis años.

Comencé a trabajar allí por recomendación de una amiga que sabía que estaba buscando empleo. Yo había trabajado en otro salón de uñas, pero dejé el trabajo cuando tuve a mi bebé. Cuando regresé dos años después, ese puesto ya no existía.

Esta cadena de salones de uñas estaba ubicada en el Upper East Side, en Manhattan. Yo siempre viví en Corona, Queens, desde que me mudé desde Ecuador 14 años atrás. El viaje diario hacia el trabajo me tomaba una hora o más, y para llegar necesitaba tomar tres trenes.

El trabajo fue, de inmediato, peor que el anterior. En primer lugar, el dinero que me pagaban no era suficiente. Por otra parte, la dueña no nos permitía tomar descansos. No sé cómo pude tolerarlo por tantos años. No nos daban breaks para almorzar o desayunar; querían que trabajemos 12 horas sin parar. Además, nos pedía que comamos en dos minutos. ¡Nadie puede comer en dos minutos! La gente se enfermaba y tenía problemas estomacales.

El día que me despidió yo había llegado al trabajo sin desayunar. No tuve tiempo. Salí de mi casa a las 8.30 de la mañana y llevé a mis hijos a la escuela. Llegué al salón y limpié todo, como hacía todos los días. Atendí a una clienta y, cuando terminé al mediodía, salí a comprar un café y comer algo. Pero la dueña se enojó conmigo. Decidió darle mi clienta (que tenía un turno previo para atenderse conmigo) a otra trabajadora. “No estabas aquí, así que perdiste tu turno”, me dijo. Yo también me enojé así que decidí quejarme. Me despidió.

Junto con otra manicura presentamos una demanda colectiva contra ella por negarse a pagarnos un salario mínimo y horas extra. Mi marido, que trabaja como colocador de mármol, fue quien me alentó. Nunca quiso que yo trabaje allí. Siempre me dijo que era injusto que trabaje 12 horas diarias.

Yo no quería demandarla, no me gusta hacerle esto a la gente, pero sentí que no tenía opción. Estaba muy cansada. Ella ya había despedido a otras cuatro mujeres, pero ellas tenían miedo. Todas en el salón se quejan pero no quieren reclamar porque no tienen papeles. Las condiciones laborales son malas para todos, pero los trabajadores indocumentados siempre tienen mucho miedo de perder su trabajo.

Me pagaban 60 dólares, más las propinas, por hacer las uñas, masajes y depilación. Yo aprendí cómo hacer todo esto de mi empleadora anterior, que fue quien me enseñó. Trabajaba 10, a veces 12 horas diarias. Llegaba al salón a las 9.30 de la mañana y nunca me iba antes de las 8.30 de la noche. Al final de la semana me pagaban en efectivo. No fue hasta que hablé con un abogado que me di cuenta que estaba trabajando horas extras y que me deberían haber pagado más.

A veces mi jefa quería que trabaje los domingos. Si le decía que no podía, porque tenía que cuidar a mi bebé, se enojaba y no me daba buenos clientes. Yo sentía que no tenía más remedio que trabajar. Otras veces tenía que cancelar a la niñera porque no iba a trabajar. Perdí a muchas niñeras. Si me enojaba, ella sabía que era por el dinero. Si me quejaba, me daba menos trabajo.

Lo que ganabamos a diario era menor al salario mínimo. Dependíamos totalmente de las propinas. Con las propinas incluidas, ganaba entre 70 y 80 dólares por día y un poco más los fines de semana, alrededor de 90. No era suficiente. La dueña le daba los clientes más ricos, los que pagan mejores propinas, a sus trabajadores favoritos. Una vez una clienta a la que le hice un masaje de una hora me pagó solo dos dólares de propina. Le dije a la dueña que merecía más dinero. Ella me dijo que no tenía nada que ver con eso y que no iba a pagarme nada más.

Parte del problema es que, para poder trabajar, tenía pagarle a la niñera 25 dólares por día, además de pagar el pasaje en tren. En este salón, también teníamos que pagar por todos los elementos de trabajo que usábamos. Teníamos que pagar incluso los instrumentos que necesitábamos afilar.

Algunos amigos que aún trabajan en salones de uñas me contaron que muchos dueños se enteraron de la investigación del New York Times y de las nuevas medidas del gobernador del Estado de Nueva York Andrew Cuomo a través de las noticias en la televisión e hicieron algunos cambios. A algunos trabajadores se les pidió mentirles a los reguladores y decir que ganan más dinero del que realmente ganan, o actuar como si ganasen determinada cantidad de dinero al año. Es verano. Hay más chances de ganar más dinero en propinas porque mucha más gente va a a los salones. Pero en invierno es imposible ganar más de 40 dólares por día en propinas.

Yo todavía hago manicuría pero de forma privada para mis propias clientas individuales. Me gusta más porque puedo decidir mis horarios, pero a veces tengo que viajar mucho para atender solo dos clientas. Todavía no estoy ganando suficiente dinero.

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