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Marcos Chamizo / BuzzFeed

Me fui sola de vacaciones y esto es lo que aprendí en el viaje

Por el día la ciudad era mía, por la noche todo era diferente.

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Os contaré una anécdota de mi viaje: en mi tercer día sola en Nueva York decidí visitar la zona financiera, posiblemente el área con menos alma de toda la ciudad. Allí encontré una cafetería equivalente a un bar de taxistas español. Policías y trabajadores locales se saludaban con esa cordialidad que solo consigue la rutina mientras que los impacientes oficinistas, trajeados en gris noventero, recogían un bagel antes de entrar en alguno de aquellos rascacielos. Había café de refill y tortitas con mermelada de arándanos. El sitio me pareció perfecto para coger fuerzas.

Tras pedir mi desayuno me senté en una mesa común que compartí con un hombre de unos cincuenta años, vestido como un motero de una serie de televisión (bandana en la cabeza incluida) y con la mirada de persona que te grita que el final está cerca cuando cruzas Times Square. Por motivos que todavía soy incapaz de entender, aquel hombre se fijó en mí. Pensándose que yo era francesa, comenzó a decir lo mucho que odiaba a los franceses y que no entendía por qué todos teníamos que ir a los Estados Unidos. Decidí ignorarle, pero aquello fue a más. Comenzó a insultarme, primero bajito, llamándome puta y zorra y en un momento dado, simulando tener una pistola en las manos, me apuntó en la cabeza y dijo que si fuera por él me dispararía en mi estúpida cara. Yo no hice nada. Nadie hizo nada. Finalmente el hombre dió tal golpe en la mesa que derramó mi café y consiguió que me fuera de esa cafetería a la velocidad de la gacela que escucha un crujir entre la maleza.

Recuerdo empezar a caminar sin rumbo por una ciudad desconocida para mí hasta dar con un pequeño parque delante de una comisaría de policía. Me fumé algo así como diez cigarros en diez minutos y me sentí completamente sola e indefensa. No tenía wifi, no tenía con quién hablar, no podía desahogarme con nadie para conseguir quitarle importancia al hecho de que un imbécil había arruinado mi desayuno.

En aquel parque me acordé de mi madre. Días antes de marcharme me comentó que le daba miedo que me marchara de viaje sola y me había pedido que la escribiese en todo momento. Porque una madre es una madre. Yo, pese a entender la preocupación que nacía de nuestro invisible cordón umbilical, le había quitado hierro al asunto con un "mamá, por favor, que me voy a Nueva York, no a Siria". Aquella tarde al hablar con ella no mencioné el episodio del idiota de la cafetería para que no se preocupase, pero silenciosamente le di parte de razón: verme sola me hizo sentir vulnerable y descubrí que en Nueva York no tenía los mismos recursos que hubiese tenido si esta situación me sucediera en Malasaña. Estaba a 5.700 kilómetros de mi zona de confort.

No solo mi madre: algunas personas de mi entorno habían arqueado la ceja al comentarles que me marchaba por mi cuenta. Unos por simple preocupación "pero, ¿no te da un poco de miedo?" y otros juzgando "¿es que no tienes con quién irte?". Parece que si viajas en compañía todo el mundo te anima, te sugiere rutas o te recomienda sitios. Si viajas sola la gente no solamente juzga tu destino, juzga tu motivación y tu estilo de vida.

Viajar solo no siempre es fácil. A veces quieres compartir tus vivencias con alguien y no puedes. Otras te das cuenta de que las únicas palabras que has pronunciado a lo largo del día las has cruzado con camareros, taquilleros de museos y dependientes de tiendas. Y otras te descubres echando de menos a alguien cuando solo llevas 4 días por tu cuenta. Tienes que viajar en un momento emocional fuerte. Porque si viajas solo habrá momentos en los que, inevitablemente, te sentirás solo.

Irte sola de vacaciones tiene otras connotaciones.

En mi caso, siempre había querido conocer Nueva York y si me marché por mi cuenta fue porque la ciudad no me parecía especialmente peligrosa. Pero cuando viajas sola te pones límites desde que escoges el destino (¿es seguro? Y sobre todo, ¿es seguro para una mujer?) hasta el momento en el que llegas y empiezas a hacer planes. Descubrí que aunque por el día la ciudad era mía, por la noche no me pertenecía. Me limitaba a la hora de salir a cenar dado que la vuelta a casa tenía que hacerla por una ruta que no siempre estaba iluminada. No me atreví a tomarme una copa sola en un bar por las mismas razones.

Vivimos en una sociedad que nos tienta continuamente con la idea de aventura. Nos inunda con anuncios de vuelos baratos, escapadas de ensueño y experiencias inolvidables. Nos muestra fotos de hombres escalando el Himalaya, de chicos acariciando koalas y de pintorescas caravanas situadas al lado del lago más hermoso del mundo en algún lugar de Canadá. Tenemos 20 cosas que hacer cuando estás en tus 20 y 30 cosas que hacer antes de los 30. Con este bombardeo me llegué a plantear que tener 27 años y no conocer Nueva York era raro. Por eso en cuanto pude permitírmelo me marché. Sin nadie. Me marché por mi.

Y es que viajar sola también te libera. Y por qué no decirlo: te empodera. Es gratificante hacer cada mañana lo que te apetece hacer. Disfrutar de tu autonomía, no depender de nadie y pensar única y exclusivamente en ti. A veces, en el "mundo real" tenemos demasiados compromisos como para pasarnos los 365 días del año mirándonos el ombligo. Es gratificante también no tener ningún síntoma de culpabilidad, no sentirte mal por no haber visitado un lugar al que no te apetecía ir (¡lo siento, Estatua de la Libertad!) y haber perdido horas en otro que no aparece en los mapas turísticos de la ciudad. No mirar otros presupuestos. No pensar en nadie. No pedir permiso. No dar explicaciones.

Viajando sola aprendes a relativizar. Aprendes que los pequeños contratiempos son tonterías y puedes superarlos sin problemas. Descubres que no es necesario delegar en nadie, ni formar equipo, para regresar de Harlem por tu cuenta cuando se te ha ido la hora o para decirle a tu casero que dónde coño se ha metido. Y que perderse no es ningún drama, al contrario, es lo más natural del mundo estando en un lugar desconocido.

Os contaré otras anécdotas de mi viaje: conocí a un hombre francés tomando café que me mapeó un recorrido por la zona universitaria y me recomendó uno de los mejores sitios de desayuno de la ciudad, una pareja cruzó conmigo el puente de Williamsburg de noche, en metro, explicándome las ingenierías de las luces y los rascacielos, hablé con un profesor de la universidad sobre big data a raíz del libro que me estaba leyendo y en todos y cada uno de los museos encontraba a alguien interesante con quien comentar lo que fuera que me llamase la atención en ese momento. Porque cuando vas sola también estás más receptiva. Y por cada gilipollas que quiere dispararte en la cara en la zona menos bonita de la ciudad hay un montón de gente amable dispuesta a mejorar tu día.

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