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Tu cuerpo tiene privilegios

Hablamos con hombres trans sobre cómo han notado el cambio en la sociedad desde que les perciben en masculino.

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Tu cuerpo tiene privilegios

Hablamos con hombres trans sobre cómo han notado el cambio en la sociedad desde que les perciben en masculino.

El otro día quedé con unos amigos a tomar algo en uno de esos bares con servilletas por el suelo. Llegué la primera, el bar estaba a rebosar y decidí que las esperas siempre son más alegres con una copa de vino. Para mi propósito, intenté establecer contacto visual con dos camareros que, a pesar de haber percibido mi presencia, estaban a lo suyo. Quizás fue casualidad, pero un hombre se puso a mi lado después de llevar allí cinco minutos. Al cabo de un minuto un camarero le preguntó qué íbamos a tomar. El hombre dijo que no veníamos juntos y que yo estaba primero. Me sirvió, por fin, mi ansiada copa de vino.

Como digo, quizás fuera casualidad, pero no era la primera vez que sentía cómo la presencia masculina era más visible que la femenina. Cuando voy con mi padre, por ejemplo, los camareros tienden a hablar con él, dándole una autoridad superior a la mía a la hora de pedir una ración de croquetas. He tenido novios que me han deslizado con sigilo la cuenta porque, aunque el camarero se la hubiese puesto a él, esa noche me tocaba pagar a mí. He sido interrumpida desde el colegio hasta la universidad por hombres que, al final, acababan diciendo lo mismo que estaba diciendo yo. He sentido cómo terminaba cediendo mi espacio en lugares públicos porque me encontraba rodeada de hombres que tendían a ser más expansivos, cediendo mi comodidad en favor de la suya. Sus cuerpos, por así decirlo, parecen tener más valor o importancia que el mío. La calle siempre parece ser más suya.

"La masculinidad se premia socialmente", me cuenta David, 24, un hombre trans que ha vivido el cambio que conlleva que la sociedad te perciba como quien realmente eres: un chico. David dice que a los dos o tres meses de estar tomando sus hormonas ya comenzó a notar pequeños grandes cambios: "es el hecho de pasar desapercibido, o que mis piercings, tatuajes o corte de pelo no sean objeto de opinión; el espacio en la esfera pública (más sitio en el bus, menos incomodidad al no sentirme observado); el trato con cualquier persona desconocida, el qué guapa estarías si sonrieras más...".

Darío Blanco, 26, también es un hombre trans. Y orgulloso de esta etiqueta. Hablamos de su transición. Su físico, antes del cambio, producía inquietud a su alrededor. La gente le percibía como un ser andrógino, imposible de encasillar en la etiqueta de chico o chica. Ese temor a lo desconocido se traducía en miradas inquietas que daban paso al rechazo, porque lo que no se ve no existe. "Realmente, si me veían como una chica... era una mujer fea, de las que pasan totalmente desapercibidas y no interesan a nadie", me dice, "así que lidiaba con esas actitudes de condescendencia que tienen muchos tíos con las mujeres feas o que no les interesan a nivel sexual".

Por eso su transformación y lo que vino con ella fue tan asombrosa: "Sentí algo así como 'de repente importo'", me cuenta, "fue como pasar de ser un cero a ojos de la sociedad, una persona rara a la gente se quedaba mirando en el metro intentando saber qué era, a ser... no sé si un 10, pero quizás un ocho".

Marcos Chamizo / BuzzFeed

Cuando Darío llevaba ocho meses de transición, antes incluso de empezar con la testosterona, llegó una tarde a casa y se dio cuenta de que ese había sido el primer día en el que todo el mundo se había referido a él, sin dudarlo, en masculino: "a partir de ese día todo el mundo empezó a tratarme de forma distinta, lo noté una barbaridad... empecé a ser alguien". Me pone una serie de ejemplos: "Fíjate, en el ambiente universitario me percibían como la típica tía coñazo, en plan 'ya está otra vez hablando, qué radical, qué pesada es' y ahora el comentario siempre es 'ay, qué chico más sensible, fíjate cómo habla, necesitamos más chicos así' y yo siempre he dado mismo coñazo... quizás ahora incluso lo doy más y eso que me corto más, pero es que la gente me escucha, me dan mi espacio... no tengo que luchar por él".

"O las señoras de mi barrio, sin ir más lejos" prosigue Darío, "antes me trataban fatal, porque no sabían lo que era... ahora me llevo fenomenal con todas y todas tienen el mismo comentario 'qué chico más mono, qué atento, qué majo'". Pese a su transformación física, Darío nunca ha dejado de ser la misma persona.

David dice notar mucho este cambio cuando va al gimnasio "es una fábrica de significantes de género brutal, entre cómo me tratan ahora los hombres en el gimnasio y cómo lo hacían antes hay un abismo muy chungo: cuando te perciben en femenino eres el Otro y te hacen saber que estás en territorio hostil".

Darío cree que sufre menos transfobia que las mujeres trans: "tengo un montón de amigas trans alrededor de las cuales se hacen millones de bromas transfóbicas y cuando se quejan la gente no cede, yo solo tengo que levantar la ceja para tener a un grupo de gente pidiéndome disculpas... y, pongo la mano en el fuego, es porque me respetan más".

Tanto Darío como David notan tener más crédito en temas que no tendrían por qué tenerlo. Los dos me ponen el ejemplo del feminismo y de cómo la gente les escucha, tanto hombres como mujeres, utilizando la tan manida frase de "claro, como tú has estado en los dos lados lo entiendes mejor". "¿Seguro?", pregunta Darío, "¿seguro que es por eso o es porque ahora me dais mayor autoridad para hablar de cualquier tema?".

Los privilegios son un asunto complejo. En infinitas ocasiones no somos conscientes de tenerlos y es por norma general el oprimido quien antes empieza a observar las desigualdades del sistema. Al mismo tiempo, reconocer el privilegio individual resulta molesto, porque a nadie le gusta verse señalado y cuestionado por algo que le suele venir de nacimiento y de lo que, en más de una ocasión, se ha aprovechado.

David admite que sería hipócrita decir que sus privilegios le hacen sentir incómodo puesto que le han facilitado mucho la vida "pero soy consciente de que son fruto de una estructura problemática que causa sufrimiento a mucha personas". En relación a esto, David me habla de la expresión "hombre hecho a sí mismo", especialmente ilustrativa como justificación habitual en el relato de los hombres trans, "es pensar 'ahora me tratan mejor porque soy fiel a mi mismo'", y olvidarse, como él mismo comentaba al principio de nuestra entrevista, de que la masculinidad se premia socialmente.

Marcos Chamizo / BuzzFeed

¿Hasta qué punto somos conscientes de los privilegios que tiene nuestro cuerpo? Si la masculinidad se premia, la feminidad se castiga. Cuestión de polaridades. En nuestra sociedad lo femenino juega un papel secundario. Lo que tradicionalmente pertenece al terreno de las mujeres se frivoliza (la comedia romántica, las series de mujeres, las divas pop), se ridiculiza y pone en entredicho (las locas del coño, la intensa, la monjita, el putón), se esconde (la menstruación, la depresión posparto, la lactancia) o se le resta importancia (el cuidado de la familia o las tareas domésticas). La voz femenina suele tener menos alcance y el cuerpo menos presencia debido a los mensajes con los que tradicionalmente nos han educado: compórtate como una señorita, sonríe y estarás más guapa, no seas marimacho, siéntate recta, calladita estás más mona. Los hombres, por el contrario, ocupan mayor espacio. Su opinión parece tener más validez. Siempre habrá oídos dispuestos a escucharle. Este espacio no es solo simbólico: no es casualidad que ya exista una palabra concreta para definir la forma de sentarse de muchos hombres en el metro (manspreading), otra para cuando un hombre interrumpe a una mujer (manterruption) y otra para cuando un hombre da por hecho que una mujer carece de conocimiento sobre un tema y pasa a explicárselo (mansplaining).

Quizás el error es pensar que somos merecedores de dicho privilegio. Creernos que de verdad es algo que nos hemos ganado a pulso cuando lo único que hemos hecho es adquirirlo de nacimiento. Y no revisarnos nunca. Porque donde hay un privilegiado siempre habrá un oprimido.

Darío es tajante en este aspecto "para mí en un mundo ideal no existirían los privilegios. Es tan simple como eso. Siempre que haya alguien oprimido no quiero formar parte del grupo de los privilegiados".

La semana del cuerpo está dedicada a generar contenido que explore y celebre nuestra complicada relación con nuestro físico.

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