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Cómo no ser un hombre, según el Príncipe Felipe, duque de Edimburgo

El episodio 'Paterfamilias' de The Crown muestra que los hombres nunca serán tan hombres como sus padres, porque la masculinidad también está en constante evolución. Y debemos dar gracias por ello.

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"Quizás le odies ahora, pero un día tú también serás padre, cometerás errores y tus hijos te odiarán, y entonces sabrás lo que es pedir el perdón de tu propio hijo". Esta frase la pronuncia el tío Dickie, el mentor y mayor apoyo del príncipe Felipe, duque de Edimburgo (Matt Smith), después de que su padre le espete unas durísimas palabras en el funeral de su propia hermana y le expulse del mismo. Para el padre del príncipe Felipe, el hecho de que su hija –su favorita según sus propias palabras– falleciese en un accidente de avión, fue culpa de su otro hijo. Porque para su padre, de no haber sido por el castigo que recibió el príncipe Felipe –un niño, por aquel entonces–, en el duro internado de Gordonstoun por pelearse con un compañero, su hermana no hubiese cogido nunca aquel vuelo mortal.

La escena pertenece al noveno episodio de la segunda temporada de 'The Crown', titulado 'Paterfamilias', que trata el momento en el que Carlos de Inglaterra fue enviado a Gordonstoun en lugar de ser enviado a Eton –pese a que sus tutores y profesores aconsejaran lo contrario– por capricho exclusivo de su padre, el príncipe Felipe. Más allá de eso, el episodio no solo explora la complicada relación entre padres e hijos, sino que nos habla sobre qué es ser un hombre y por qué el ser humano termina cometiendo los mismos errores que un día cometieron con ellos.

En la serie biográfica sobre la reina de Inglaterra, resulta casi irrisible identificar con auténtica facilidad quién es el villano de esta: su propio marido. El príncipe Felipe es posiblemente quien sale peor parado de entre la serie de retratos de los personajes que entran y salen del palacio de Buckingham. Un adúltero empedernido, un hombre incapaz de conformarse con estar al lado (para él, a la sombra) de una gran mujer, que exige a su esposa títulos para aumentar su estatus de cara a la galería y que se siente atrapado en un palacio de una superficie de 77000 metros cuadrados.

Pero más allá de eso, en la serie también han sabido atrapar el carisma del príncipe Felipe (quizás en parte gracias a la soberbia interpretación de Matt Smith) y, cuando nos olvidamos de todo lo anterior (y creedme, en esta serie a veces lo conseguimos), somos capaces de mirarle con esos ojos de chiribitas que la mismísima reina debió posar un día sobre él y caer en los mismos ensimismamientos, suspiros y sonrisitas con negación de cabeza incluida. "Ay, estos hombres".

El desencanto absoluto llegó, sin embargo, con 'Paterfamilias', en el que, como advertía al inicio, el príncipe Felipe se empeña en que Carlos vaya al mismo internado al que fue él, a pesar de que todo el mundo recomienda a la reina que su hijo vaya a Eton. A pesar de que esto pueda sonar a risa dado que hablamos de un ambiente de palacios y coronas, cabe recalcar que Carlos no tuvo una infancia agradable. Tal y como muestran en la serie, Carlos era demasiado delicado, demasiado tímido y demasiado sensible para la agresividad y la violencia de las pandillas de muchachotes. Y por mucha sangre azul que corriese por sus venas, aquello no impidió que sus compañeros le convirtieran en el target de su acoso.

Charles no era carne de Gordonstoun, ningún niño debería serlo. Un internado donde a los niños se les exigía un esfuerzo físico brutal, donde dormían en condiciones infames y donde cada mañana, después de una carrera a través de barrizales, tenían que ducharse con agua helada. Porque, sobre todo, Charles no era su padre. No era tan atlético, tan duro, ni tenía la misma madera de líder que él. El propio Carlos dijo más adelante que la decisión de mandarle a aquel lugar fue para él "una sentencia de muerte" y que su estancia allí fue "un completo infierno". Para su padre, en cambio, unos años en aquella escuela eran lo que el pequeño Carlos necesitaba para "ser un hombre".

Hay una escena en este episodio en el que la reina Isabel y el príncipe Felipe se toman las medidas por tener la última decisión sobre la educación del heredero. La escena es aterradora. Mientras que la reina, más madre (y menos reina) que en ningún otro episodio, se muestra preocupada por las posibles consecuencias de enviar a su hijo a este internado ("los niños que sufren acoso quedan marcados de por vida, y un niño marcado se convierte en un adulto destruido"), el príncipe se comporta como un abusón reclamando su parcela de poder, llegando a amenazarla con que, si no envían al niño al internado que él desea, será el fin de su matrimonio. Discusión zanjada.

El capítulo muestra la cara más amarga de esa masculinidad tan tóxica, tan abusiva y tan perjudicial. La que pretende aglutinar a todos los hombres en un arquetipo de hombre duro, fuerte y poderoso. Esa masculinidad que es tan perjudicial para las mujeres y los niños de alrededor como para el hombre mismo, al que no se le permite un atisbo de debilidad, de dulzura, de cariño. Esa masculinidad de puñetazo sobre la mesa, que dice que los hombres no lloran, que hay que apechugar, que no se pueden romper, que hablar es "cosa de mujeres" y que los problemas los deben solucionar solos. Esa masculinidad tan directamente relacionada con el porcentaje de suicidios masculinos, que no ven otra salida cuando lo que consideraban que era su mundo se tambalea ante sus pies.

Hay otro momento especialmente conmovedor en este episodio que tiene lugar al final. El príncipe Felipe se encuentra en Gordonstoun para una entrega de premios que se entrega al primer equipo del colegio capaz de superar una yincana. Durante estos juegos, Carlos se pierde en el bosque y le encuentra su guardaespaldas muerto de frío, de miedo y de pena por no haber superado una prueba que hubiese hecho que su padre le mirase con mejores ojos. En el viaje de vuelta a casa que se realiza en avión pilotado por el propio Felipe, el superhombre, Carlos, que está de copiloto, comienza a ponerse nervioso debido a las turbulencias. Ante las lágrimas del niño, quizás más indefenso que nunca, su padre le responde con el grito "no seas tan puto cobarde" y le echa de la cabina.

Me pregunto si en las próximas temporadas veremos si se reestablece la relación entre Felipe y Carlos. O si este momento será, como decía el tío Dickie, aquel por el que el príncipe Felipe tendrá que pedir perdón durante el resto de su vida.

El capítulo, una vez más dejando a un lado las coronas y los palacios, tiene la facultad de ofrecer una visión universalmente conmovedora. De tantos padres y tantos hijos, de tantos hombres. De cómo muchos padres no habrán sido lo "suficientemente hombres" para sus padres y cómo sus hijos no habrán sido lo "suficientemente hombres" para ellos. Y deja espacio a la reflexión sobre esta masculinidad vetusta, tóxica y enfermiza que destroza relaciones sentimentales y familiares y que deja un sabor profundamente amargo en la boca de esos hombres que no supieron hacerlo mejor, porque no pudieron, porque no les enseñaron. Porque a fin de cuentas, a nadie le gusta pilotar un avión solo, pero es lo que se consigue cuando expulsas a todos de la cabina.

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