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Updated on 10 ene. 2019. Posted on 10 ene. 2019

La historia de Martha Mason: la mujer que pasó 61 años dentro de un pulmón de acero

En el documental 'Martha in Lattimore', Mason dice que a todos nos suceden cosas, la única diferencia es que lo que le sucedió a ella es mucho más visible.

Food and Drug Administration / Via fda.gov

El Museo Surrealista de Objetos Industriales de Berlín constituye una de esas enigmáticas rarezas a las que el ser humano, de natural curioso, no se puede resistir. Un laboratorio de Frankestein, una exposición de anomalías, un conjunto de objetos que, fuera de contexto, te hacen pensar que la humanidad perdió completamente la cabeza al llegar al siglo XX. La historia europea reciente tampoco desmiente esta línea de pensamiento.

Una vez dentro, el director, creador y también guía del museo –un hombre ruso que lleva comprando y exponiendo de manera artística todos los objetos del pequeño espacio, fotógrafo y, por qué no decirlo, también filósofo– te invita a adivinar la utilidad de todos aquellos extraños objetos, haciendo hincapié en que la realidad suele superar cualquier relato de ciencia ficción.

Una de las primeras paradas del itinerario nos lleva alrededor de una especie de tumba tosca y metalizada. Podría tratarse de un pequeño submarino o incluso de un cohete tamaño humano, también podría ser una caldera de los años 50. Sin embargo, la pequeña ventanita a la altura de los ojos y el humilde acolchado casi funerario en su interior invitan a pensar que aquel espacio está destinado a que lo ocupe persona. O a una personita, mejor dicho.

"Esta cabina estaba destinada a cuidar de personas enfermas por la polio", explica el guía después de mostrarse misterioso durante un tiempo prudencial. En el fondo, es una cabina de oxígeno, aislante del mundo exterior, una incubadora para adultos. Un salvavidas. "¿Cuánto tiempo pensáis que es el máximo que una persona ha permanecido aquí dentro?", pregunta a las cuatro personas que, en ese instante, guarecidos por la fina lluvia de Berlín, estamos en su museo.

Alguien responde que unas horas, otra persona dice que una semana y, el más atrevido de todos, dice que un año. Yo, creyéndome muy espabilada, respondo que quizás 40 días, por eso del período de cuarentena.

"El record está en sesenta y un años". Nuestro guía espera la sorpresa y la recibe. Seguramente consiga sorprender a un montón de personas a lo largo del día. A miles a lo largo del año, simplemente lanzando ese dato al aire. Es su gran momento, pienso yo, si estuviéramos en una atracción convencional, este dato sería el equivalente a cuando el tren de la montaña rusa cae en picado.

El guía explica con brevedad la historia de una mujer que pasó sesenta y un años dentro de aquel supositorio gigante de metal: "Se sacó una carrera e incluso llegó a escribir un libro, ayudó a muchísima gente a través de su conversación porque, ¿qué problemas sin solución puede tener una persona que tiene la posibilidad de vivir fuera de una caja en comparación? Podéis buscar sobre ella en Internet". Por supuesto que iba a buscar sobre ella en Internet.


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Martha Mason.

Su nombre era Martha Mason y, como podéis imaginar, fue una mujer extraordinaria. Una de esas personas que podrían inspirar uno de esos biopics que acaban dándole a una actriz emergente uno de esos Oscar que todo el mundo aplaude como "merecidísimos".

Nacida en 1937 en Estados Unidos, contrajo la polio durante una epidemia en 1948. Tenía 11 años. Su hermano, Gaston Mason, había muerto a causa de la misma enfermedad y la misma noche del funeral los mismos síntomas aparecieron en el cuerpo de Martha, que se fue a la cama sin hablar de ello con sus padres para no preocuparles. Horas más tarde, cuando el dolor le impedía conciliar el sueño, tuvo que despertar a sus padres y terminaron en el hospital.

Martha Mason estuvo un año en ese hospital. Regresó a su hogar ya dentro de un ventilador de presión negativa, conocido coloquialmente como pulmón de acero, ese aparatejo industrial que se exhibía en el museo de Berlín como la obra estrella de la casa: esta máquina permitía a los enfermos de polio respirar cuando estos habían perdido el control de sus músculos o cuando el trabajo que conlleva la respiración excedía la habilidad del enfermo. Los médicos no fueron optimistas y les dijeron a los Mason que su hija no sobreviviría más de un año, si llegaba, dentro de aquel pulmón de acero. Pero Martha Mason no solo sobrevivió un año más, sino que llegó a vivir hasta los 72 años.

Según su obituario en el New York Times, Martha Mason soñó con ser escritora desde la infancia. A pesar de no tener movilidad por estar paralizada desde el cuello hasta los pies, consiguió completar su educación de instituto con honores, gracias a las visitas diarias de sus profesores y, más adelante, se graduó en las ahora universidades Gardner-Webb y Wake Forest.

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Los padres de Martha Mason.

En sus memorias 'Breath: life in the Rhythm of an Iron Lung', podemos encontrar a la otra mujer que hizo posible esta historia: su madre, Euphra Mason, con quien compartía un excelente relación amén de una gratitud inmensa por dedicarse en cuerpo y alma a los cuidados que Martha requería.

Su madre fue quien consiguió transportar a Martha a las universidades para que pudiera completar sus estudios en una camioneta de panadería y quien se instaló con ella en un apartamento, junto a su padre, en el campus universitario. Su madre, devota de Jesucristo, fue también sus manos para tomar las notas de los dictados de las notas para el libro que Martha quería escribir, y que tuvo que dejar a un lado en la década de los 60 cuando el padre de Martha sufrió un ataque al corazón. Su madre tuvo entonces que hacerse cargo del cuidado de los dos y dispuso de poco tiempo para los dictados de su hija. Euphra Mason dedicó su vida entera a los cuidados de los demás, siendo esta otra de esas historias de abnegación femenina que a menudo se quedan en los márgenes por considerarse "el trabajo que nos toca a las mujeres", pero que su hija convirtió en el centro de su historia.

A finales de los 80, y debido a varios ictus, Euphra comenzó a desarrollar una demencia. La cuidadora se convirtió entonces en la cuidada. Desde el pulmón de acero, la hija se ocupó del cuidado de su madre organizando todo lo necesario: desde el planteamiento de los menús hasta la contratación de ayuda para que su madre estuviera en perfectas condiciones. Por eso la historia de Martha es inconcebible sin la de Euphra y viceversa y también por eso resulta tan identificable para tantas y tantas mujeres.

Fue gracias a las nuevas tecnologías de los 90 por lo que Martha pudo volver a escribir. Con un ordenador que tomaba nota de sus dictados y con la ambición de escribir acerca de la gratitud hacia su madre, Martha comenzó a escribir lo que más tarde se convertirían en sus memorias.

Lo que mantuvo con unas ganas increíbles de vivir a Martha Mason no fue la fe, Martha expone en sus memorias que "la fe tradicional de nuestros padres no está en mis genes" y tenía opiniones críticas hacia la religión, sino que fue la profunda curiosidad que tenía por el mundo y todas las cosas que le quedaban por aprender. Los amigos y conocidos de Martha la describían como "una intelectual" a quien le encantaba organizar fiestas y eventos en su casa donde se hablaba contínuamente de literatura, música o política.

En el documental 'Martha in Lattimore', Mason dice que a todos nos suceden cosas, la única diferencia es que lo que le sucedió a ella es mucho más visible. A pesar de todo, fue una persona feliz. En una entrevista del año 2003, Martha explica por qué: "no hubiese elegido una vida así, por supuesto, pero dada esta vida, probablemente he tenido la mejor situación que cualquiera podría pedir".