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Por qué es más importante perder el iPhone que perder la virginidad

En serio.

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Ya, bueno, veamos esto un segundo.

El pasado marzo, Apple presentó su teléfono de gama media, el iPhone SE. Un dispositivo que, para sorpresa de muchos, tendrá un precio más reducido que el iPhone 6 y 6S. En concreto, el SE costará unos 490 euros. El iPhone 6 cuesta 639 euros y el 6 Plus, 749. Esto son 94 euros más que el salario mínimo interprofesional en España, que ronda los 655 euros.

No solo eso, si hace unos años autodenominarse mileurista despertaba empatía e indignación a partes iguales, a día de hoy no despierta otra cosa que no sea envidia. Un sueldo de, pongamos, 1200 euros al mes "con la que está cayendo" se considera casi de afortunados. Es sinónimo de tranquilidad y de dormir a pierna suelta cada noche. Perder algo que cuesta más de la mitad que el sueldo de una persona "privilegiada" no es ninguna tontería.

Por otro lado tenemos la virginidad: un constructo social que a lo largo de la historia ha servido como vara de medir la valía de las mujeres. Una forma de valorar la santidad, la pureza, la integridad y la honradez y de juzgar, sobre la base de si todavía se posee o "se ha perdido", el comportamiento sexual femenino. La línea que separa el etiquetado de santa a puta es tan frágil como la rotura del propio himen.

La cuestión no es la misma para los hombres. Llegar al altar de blanco, símbolo máximo de pureza, y con el himen intacto es una exigencia tan femenina como el vestido. Un hombre que ha perdido su virginidad joven no se considera ni guarro ni zorro. No se entrará a valorar si sus padres han ejercido sobre él una mala educación, sobre si deberían controlarle más. No se plantea ni por un segundo que ese chico vaya a "echarse a perder" o a "acabar mal" por haber tenido sexo a una edad temprana. Y más allá, la experiencia sexual es algo que se premia en los hombres, desde las palmaditas en la espalda de sus colegas de instituto al estatus de Don Juan o Dios del sexo. Mientras que la misma cuestión -la experiencia- resta mérito a las mujeres si "han pasado por demasiadas manos". O demasiadas camas.

Existe una excusa anatómica para este doble rasero: la rotura del himen implica un cambio en la anatomía femenina, la virginidad del hombre no es más que un estado. Sin embargo, el himen puede romperse de otras formas que no incluyan la penetración. Que llegue intacto al día en que una mujer mantiene su primera relación sexual es casi un milagro.

La exigencia de la virginidad no deja de pertenecer a una tradición arcaica y de raíces machistas: cuando el padre entregaba a su hija a otro hombre y añadía la pureza como signo de integridad y valor seguro de que su futura estirpe no vendría con los genes de otro. Que sigamos arrastrando el prejuicio de esta tradición, incluso sin practicar ninguna religión que siga valorando esta "virtud", es un tanto preocupante.

No lo es tanto valorar el precio de las cosas. O el esfuerzo que cuesta comprarlas en un momento en el que un teléfono móvil puede costar lo mismo que un alquiler mensual.

La virginidad da un valor a la mujer en todas y cada una de las sociedades y culturas en las que las mujeres siguen considerándose una mercancía. Es un valor añadido. Un check en la lista de las infinitas cualidades que se presuponen que deberíamos tener las mujeres. Casta, pura, impoluta, intacta. Virgen, a fin de cuentas. Cuando no debería seguir siendo así.

En una sociedad justa, la virginidad femenina tendría la misma importancia que la masculina. Es decir, la que cada uno, de manera personal, quiera darle. En una sociedad igualitaria, no se mediría a las mujeres en función de las relaciones sexuales que ha tenido. O que no ha tenido. En una sociedad equitativa, sería mayor motivo de vergüenza perder un teléfono de 700 euros que perder la virginidad.




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