Ir directo al contenido
    Updated on 23 ago. 2018. Posted on 9 jul. 2018

    Por qué no siento el abrazo de Madrid, por mucho que Madrid se empeñe

    Madrid, al mismo tiempo que abraza al visitante, ahoga al local con su nuevo brooklynismo.

    Ayuntamiento de Madrid

    Madrid está plagada de carteles con imaginería cuqui que nos envía constantemente el mensaje de que esta es una ciudad que te abraza.

    Al mismo tiempo, las estrechas y desbaratadas aceras del barrio en el que vivo, tan inadecuadas para el paseo, se han convertido en un desfile de pesadas maletas cargadas por turistas que esperan con ansia ese abrazo de la capital. En muchas de las cafeterías de mi barrio, la clientela ya no tiene que molestarse en aprender a pedir el café como lo piden los madrileños: ni siquiera tienen que recordar cómo se dice café con leche o cortado, un conocimiento básico cuando viajas al extranjero, porque en todas ellas te sirven flat white. El desayuno castizo cuesta lo mismo que lo que costaba un menú del día y, donde antes había churros y porras tan grasientos como deliciosos, ahora tenemos tostadas con aguacate. Que estamos en medio de otra burbuja inmobiliaria es algo que todos los vecinos sabemos desde que el primer inquilino se vio en la tesitura de pagar 400 euros más o marcharse. Y se marchó. Pero no pasa nada, porque nos repiten la falacia de que el mercado se regula solo y como no podemos esperar que suban nuestros sueldos necesitamos tener fe en que vuelvan a bajar los alquileres. Cada vez que parpadeo temo abrir los ojos para encontrar otro Carrefour Express, otro local donde sirven baos o cualquier otra tasquita sin identidad suficiente cuya carta parece ideada por un generador de menús: tartar de salmón, hummus con pan de pita, ceviche, hamburguesa gourmet especial. Encontrar un sitio en una terraza es el deporte del verano, y en algunas de ellas, a partir de las siete de la tarde te dicen que si no vas a cenar mejor que no te sientes. Vaya por dios, que esto suceda en un país en el que la gente cena por norma general a partir de las nueve y media de la noche.

    El problema del turismo ya no es tanto que suban los alquileres y los que vivimos aquí todo el año tengamos que marcharnos un poquito más lejos, que por supuesto. El problema es que el turismo pase como una máquina demodelora por encima de un barrio que antes tenía alma y vida y se centre en el interés del turista, que quiere tener aquí exactamente lo mismo que disfruta en su país, cambiándolo todo, arrasándolo todo, hasta nuestra identidad.

    Así, ciudades como Madrid, Barcelona, Lisboa, Berlín, Londres o París al final son ciudades clónicas con barrios idénticos. Y en lugar de viajar para conocer los entresijos, las costumbres y la idiosincrasia de cada ciudad, viajas sin salir de tu zona de confort. Porque puedes desayunar un flat white y una tostada con aguacate en cualquiera de ellas. Porque nada te resultará ajeno cuando todo está evolucionando a imagen y semejanza de Brooklyn. Madrid se ha convertido en ese mayordomo diligente que jamás le dice que no a su señor, aunque sus peticiones sean cada vez más ridículas.

    Madrid, al mismo tiempo que abraza al visitante, ahoga al local con su brooklynismo. El abrazo que nos dedica a nosotros es similar al de una boa constrictor. Nos rodea, nos asfixia y, finalmente, nos engulle. Pero no nos mata del todo, simplemente nos tranforma convirtiéndonos en lo que Madrid ya es. Y así nosotros, una vez deglutidos por la serpiente, salimos convertidos en nuevos agentes gentrificadores para las personas de Aluche, de Carabanchel o de Tetuán. Barrios antes olvidados que ahora salen en las noticias por sus altos índices de peligrosidad o por sus problemas de habitabilidad, cuando lo único que interesa de pronto en estos barrios es poder especular en ellos.

    Ayuntamiento de Madrid

    Hace poco, la escritora Fran Lebowitz visitó Madrid para presentar la exposición de su amigo, el fotógrafo Peter Hujar, organizada por la Fundación Loewe para PhotoEspaña. Además de regalarnos algunas entrevistas deliciosas donde explicaba que trabajar es una cosa horrible, dijo una frase que me llegaría de boca-oído-boca a través de un amigo que no se pierde una: “Cuando todo el mundo odiaba Nueva York había que amarla, y ahora que todo el mundo la ama hay que odiarla”. Esto es así.

    Madrid, con su complejito frente a Barcelona (lo siento, Madrid, pero es que tú nunca vas a tener playa, por muchas atrocidades que te empeñes en construir en Colón), con su síndrome del impostor, con su afán por ser Una Ciudad Muy Europea, con la falsa idea de su falta de identidad, ha iniciado un recorrido que la está llevando inevitablemente a la pérdida absoluta de esta. Madrid es mejorable, como todo y como todos, pero Madrid mola. Convertir Madrid en un clon de ciudades cool para que el visitante no se tenga ni que molestar en aprender a decir ‘buenos días, un café con leche’ no nos hace más europeos, sino más aburridos. Cambiar los ritmos y las peculiaridades de una ciudad no nos hace ganar, sino perder lo que nos convierte en lo que somos y en la razón original por la que el turista nos visita.

    Ese abrazo de Madrid debería llegarnos a todos por igual. No cambiar la forma de abrazarnos por dinero. No cercenar la esencia, lo cañí, lo castizo, lo caótico y lo inesperado de la ciudad en el abrazo. Las ciudades, como las personas, están también llenas de contradicción, de imperfección y de caos, no son escenarios muertos para acumular likes en Instagram. Para seguir amando Madrid no debemos perder Madrid o si no, como decía Lebowitz, se convertirá en la ciudad que a todos nos encante odiar.