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Updated on 20 sept. 2018. Posted on 25 abr. 2018

5 libros escritos por mujeres que los adolescentes deberían leer además de 'El guardián entre el centeno'

Hay vida más allá de Salinger.

Qvasimodo / Getty Images

Cuando tenía 17 años nuestra profesora de literatura nos obligó a leer 'El guardián entre el centeno' de J.D Salinger. La obsesión que en aquel momento compartía con mi mejor amiga por Los Beatles, así como la perspectiva de leer a un autor que no llevase muerto 300 años me pusieron inmediatamente en muy buena predisposición para su lectura. Conforme leía, la ambientación en Nueva York y el hecho de que su protagonista compartiera mi edad y mis frustraciones consiguió que mi amiga y yo pasásemos una época chifladas con el libro.

Con el tiempo y la sabiduría que te da encontrarte las primeras arrugas, me he convertido en uno de esos seres cínicos que arquean la ceja cuando alguien mayor de 25 años me confiesa que la obra de Salinger continúa siendo su libro preferido. Cada cual tiene sus gustos, pero la magia de 'El guardián entre el centeno' viene dada por la edad, que te lleva a entender y empatizar con su angustia, su tormento y su sensación de incomprensión en la vida, como si el libro te estuviera leyendo a ti. Pero Holden Caulfield no es como el vino, el paso del tiempo le sienta regular y, llegados a una edad, seguir teniéndole como modelo a seguir carece de sentido a no ser que tengas el síndrome de Peter Pan.

'El guardián entre el centeno' es una novela de aprendizaje. Un género literario cuya temática es el desarrollo personal, moral, psicológico y social de un personaje y que, por lo general, suele situarse en el camino de su infancia hacia su madurez. Es decir, durante la temida adolescencia. Por eso toda esa furia contra el mundo, ese torrente incontenible de emociones y esa sed de experiencias son mucho más entendibles por un lector que esté inmerso en un mismo proceso vital en el que los más pequeños parecen no entenderte y los más mayores tienden a relativizar y quitar hierro a tus problemas.

Desde hace unos años, también he intentado leer a más autoras. Porque considero que si no lees a las mujeres te estás perdiendo la mitad del pensamiento global. Al tomar conciencia feminista y comenzar a leer lo que se ha bautizado como "literatura femenina" y no literatura a secas, me dio mucha pena no haber tenido, durante mi adolescencia, novelas de aprendizaje o iniciación escritos desde el punto de vista de una mujer.

Porque la adolescencia no es igual para los hombres que para las mujeres. El paso de la infancia a la vida adulta de una mujer viene marcado fundamentalmente por nuestra experiencia como mujer. Por darnos cuenta, casi de un día para otro, que muchos hombres que hasta ayer resultaban encantadores hoy te miran con lascivia. Por percibir esa mirada masculina sobre nuestros cuerpos y aprender a convivir con ella. Porque te digan que el mundo es un lugar peligroso para una chica sola, por enseñarte a estar alerta en todo momento (cuidado con las copas en la discoteca, no vuelvas sola a casa, pide a un amigo que te acompañe hasta el portal) y ser consciente de que las calles y la noche son para nosotras territorio hostil. O por ver cómo las puertas a la vida se te cierran mágicamente por el hecho de llevar falda.

La adolescencia, ese cóctel de hormonas, ese hambre de morreos, es distinta cuando a ojos de la sociedad no eres una campeona por acostarte con más gente, sino una puta. Es dificil intentar disfrutar de una sexualidad que a día de hoy se sigue viendo como pecado. Cuando hacer o no hacer siempre te condena a una etiqueta (estrecha, bollera, monja, guarra, zorra). Y es mucho más dificil romper con el fantasma de la culpa y el miedo al qué dirán cuando sabes que todas esas historias terminan en castigo o no acostumbran a un final feliz.

'El guardián entre el centeno' es una buena novela de aprendizaje, pero es completamente injusto que sea la única que se lee obligatoriamente en los institutos. En una clase en plena ebullición, con alumnos en constante necesidad por entenderse y entender el mundo, los chicos deberían entender también nuestras experiencias, leer desde nuestra perspectiva. Y nosotras deberíamos, al menos, sentirnos un poquito menos incomprendidas. Un poquito menos solas.

En esta segunda adolescencia en la que me veo inmersa, he comenzado a leer novelas de aprendizaje que me hubiese gustado leer años atrás. Y, tanto si buscas lecturas para tus familiares adolescentes, como si quieres saber qué piensa la otra mitad de la población, no está de más echarle un vistazo a estas cinco obras.

1. 'Nada' de Carmen Laforet.

Austral

En 1945, Carmen Laforet irrumpió en el panorama literario para ponerlo del revés. El libro narra las andaduras de Andrea, una joven inocente y entusiasta de 18 años, que se muda con una familia que apenas conoce a Barcelona para estudiar una carrera. ¿Qué tienen las historias familiares que tanto nos tocan? Pues que todas tenemos una, y a veces, la familia nos duele.

Laforet escribe con maestría sobre un despertar hacia la vida adulta y sobre el desengaño de la misma. Sobre la decepción y el tedio de lo rutinario. Pero también sobre nuestras fórmulas particulares para encontrar la alegría y la felicidad que, en el fondo, están en uno mismo y no en parecernos al rebaño que nos envuelve.

'Nada' también da un testimonio de primera mano sobre la situación de las mujeres españolas en la posguerra. Sobre cómo eran nuestras vidas y cómo han ido evolucionando hasta lo que somos hoy. 'Nada' puede enseñarnos que hemos cambiado, por fortuna, pero que todavía arrastramos cadenas que debemos romper.

2. 'Con rabia' de Lorenza Mazzetti.

Periférica

Cuando 'Con rabia' se publicó en Italia en 1963, pronto se convirtió en una obra de culto. Penny, su protagonista, vive una etapa de crisis de identidad en un periodo en el que su país también vive una crisis tanto moral como vital, la posguerra. En la bella Florencia, el único camino que puede seguir una mujer cuya única aspiración en la vida no son el matrimonio y la vida doméstica es el de la rebeldía. La protagonista irá trazando su camino frente a las estrictas convenciones sociales y destapando las hipocresías cotidianas. La forma en la que la autora escribe sobre cómo las manos indeseadas de indeseables se convierten en su pan de cada día al alcanzar la adolescencia refleja la problemática de ser mujer y querer ir por libre; de que los hombres sientan que nuestro cuerpo les pertenece, mientras que las mujeres descubrimos que nuestro cuerpo solo nos pertenece a nosotras mismas.

3. 'Fruta prohibida' de Jeanette Winterson.

Lumen

People are gay, Steven. Y muchas veces el sexo y la sexualidad no vuelven a tener el mismo peso mental que tuvieron durante nuestra adolescencia. Quizás la traducción de 'Las naranjas no son la única fruta' por 'Fruta prohibida' se haya visto empapada por la misma moralina cristiana de la que se empapan algunos de los personajes del libro. No son tanto prohibiciones, sino falta de referentes. Recientemente, Winterson ha publicado una autobiografía titulada "¿Por qué querrías ser feliz cuando puedes ser normal?", una frase espetada por su madre cuando ella le confesó, durante su adolescencia, que le gustaba mucho una chica.

Esta novela con tintes autobiográficos nos cuenta la historia de Jeanette, una chica de familia ultrarreligiosa que descubre que le gustan las mujeres. Pero también cuenta la historia de la ruptura con las creencias de los padres y la búsqueda del propio camino. A menudo, en literatura y en cine, la homosexualidad se cuenta desde el sufrimiento interno además del castigo externo. Jeanette sufre el castigo externo, pero su fuero interno no se ve dañado: ella cree en el amor igual que cree en Dios y amar nunca puede ser algo malo. Los demonios de la sociedad no son los demonios propios. Y, por mucho que comamos naranjas, todos sabemos que esta no es la única fruta.

4. 'La campana de cristal' de Sylvia Plath.

Editorial Tiempo Nuevo

'La campana del cristal' es una novela que se vuelve más amarga si conoces la historia de su autora, Sylvia Plath, quien se suicidó tan solo un mes después de que su libro se publicase en Reino Unido, en 1963.

La novela, profundamente autobiográfica, narra las aventuras y desventuras de Esther Greenwood, una chica de Boston que se muda a Nueva York para realizar unas prácticas en una revista de moda. Quizás por la forma en tratar la enfermedad mental, este libro tiene un punto en común con el de Salinger, pero el final de Plath le otorga a 'La campana de cristal' un mayor conocimiento de causa. 'La campana de cristal' es una novela bella pero no amable, porque se trata de un descenso a los límites de la cordura, un viaje por los valles de la depresión o, como algunos críticos han apuntado años más tarde, del trastorno bipolar.

La depresión afecta a más de 300 millones de personas en todo el mundo, según la OMS. Sin embargo, las enfermedades mentales siguen tan estigmatizadas que prácticamente no se habla de ellas. 'La campana de cristal' no es simplemente un libro de una chica contra el mundo, es un libro de una mujer contra sí misma, contra sus fantasmas y sus demonios. No todas las personas tenemos una salud mental de hierro, y tenerla no significa tenerla siempre. Empatizar desde una edad temprana con algo de lo que no se habla y no se sabe de una forma tan brillante y conmovedora no es una obligación, es casi un regalo.

5. 'Los ojos vendados' de Siri Hustvedt.

Circe

Tengo clarísimo que si Holden Caulfield hubiese sido una mujer, con toda probabilidad la vida le hubiese llevado por los mismos derroteros que a Iris Vegan, la protagonista de esta novela de Hustvedt. Frente a una Nueva York menos burbujeante por poco permisiva para las mujeres, Iris Vegan decide disfrazarse de hombre para comerse la ciudad. Aunque este sea tan solo uno de los muchos episodios de esta novela, dice mucho del caracter de su protagonista y de su interés por ver, vivir y conocer... aunque sea fingiendo ser otra persona. Porque muchas veces las mujeres no tenemos más remedio que fingir ser quien no somos: del ángel del hogar a la amante sedienta de sexo que no pide ni exige nada. El retrato de Hustvedt hace pensar que podemos jugar con cómo la sociedad nos juzga.

Y que no necesariamente tenemos que salir dañadas de esta experiencia.