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Updated on 21 dic. 2018. Posted on 18 dic. 2018

Las mujeres ya sabemos que este es un mundo hostil para nosotras: no somos imbéciles

El asesinato de Laura Luelmo debería servir para pensar en cómo educar a los hombres, no en seguir culpabilizando a las mujeres.

Las mujeres ya sabemos que este es un mundo hostil para nosotras. No somos imbéciles. No nos hemos caído de ningún guindo. Ni vivimos en casitas de porcelana con almohadones hechos de algodón de azúcar.

Las mujeres tomamos muchas precauciones en nuestro día a día. Muchísimas. Porque desde que somos niñas no solo nos lo han advertido nuestras hermanas mayores, nuestras madres y nuestras abuelas, sino que lo hemos vivido en nuestras propias carnes.

Y aun así, no os imagináis la de cosas que nos callamos. Todas las cosas que solo nosotras sabemos y que no decimos. Porque las mujeres hemos aprendido a cambiar nuestro comportamiento y actitud ante la vida para evitar los peligros, hemos aprendido a ceder en nuestras libertades con la esperanza de que nada malo nos suceda.

Las mujeres solemos cambiarnos de vagón cuando un hombre nos molesta en el transporte público, porque ya sabemos que esas cosas pasan, pero también sabemos que a menudo es mejor ignorar lo sucedido que recibir una excusa victimista o virulenta de nuestro agresor. Las mujeres preferimos cambiarnos una y mil veces de sitio en un bar o discoteca cuando nos molesta un grupo de hombres, porque sabemos que es más fácil ceder y desaparecer que enfrentarnos a un grupo de borrachuzos pesados que lo único que están haciendo es recordarnos que todo lo que tocan, todo lo que pisan, es su territorio y no el nuestro.

Las mujeres solas tenemos vetada la noche. Rara vez vamos solas a bares, a discotecas o a pasear cuando cae el sol.

Las mujeres elegimos qué nos vamos a poner no solo en función de si nos sienta bien o mal, de si nos vemos más o menos guapas, sino de con quién vamos a salir, a qué distancia está nuestro destino, si vamos a regresar a casa solas o acompañadas o si tenemos dinero suficiente para coger un taxi de vuelta.

Las mujeres caminamos por la noche en tensión, con las llaves en las manos sujetas como un arma, con el móvil en la otra preparadas para llamar a alguien, regresando por zonas iluminadas aunque el camino sea más largo, evitando el contacto visual con desconocidos que puedan entender una simple mirada como una invitación e ignorando a los grupos de babosos que en su bravuconería piensan que es algo divertido gritarle cosas a una mujer que camina sola por la calle.

Las mujeres nos cruzamos de acera constantemente, como si ese cruce fuese a ser nuestra salvación. O caminamos más despacio cuando escuchamos pasos a nuestras espaldas para que esa persona desconocida nos adelante. O caminamos más rápido cuando sabemos que tenemos cerca nuestro portal.

Las mujeres hemos aprendido una cantidad de mierdas que parecen de película de terror, como a quitarnos la coleta porque una vez oímos o nos dijeron o leímos que los violadores prefieren a las mujeres con cola de caballo porque son más fáciles de agarrar.

Las mujeres nos cuidamos y nos avisamos entre nosotras. Enviamos constantemente mensajes a nuestras amigas, a nuestras parejas, a nuestras familias que dicen "he llegado bien" o "ya en casa".

Y cuando hablamos de estas cosas nos llaman locas o exageradas. Nos tachan, una vez más, de histéricas. Nos advierten que también hay hombres buenos y mujeres malas, malísimas. Nos dicen que qué más queremos, que ya vivimos en plena igualdad, que somos unas malditas paranoicas.

Es entonces cuando encuentran asesinada a la profesora Laura Luelmo, de 26 años, en un camino junto a una carretera, con signos de violencia y de haber sufrido una agresión sexual. Lo último que se supo de ella es que había salido a correr sola. Y, al saberse esto, las mujeres hemos tenido que soportar la condescendencia y el paternalismo de todos esos hombres y mujeres que se preguntan que por qué una chica ha salido a correr sola.

Que por qué salió a correr, que por qué salió de fiesta, que por qué llevaba shorts o minifalda, que por qué bebió, que por qué no se cogió un taxi, que por qué caminaba sola a esas horas, que por qué no corrió, que por qué no se defendió, que por qué que por qué que por qué.

¿En qué quedamos? ¿Somos unas exageradas o somos unas incautas?

Parece que nos queráis meter en jaulas. Que no queráis que salgamos. Que queráis que nos quitemos la libertad más de la que nosotras mismas nos la quitamos con todas nuestras precauciones diarias.

Las mujeres ya sabemos que este es un mundo hostil para nosotras. No somos imbéciles.

Me gustaría que el asesinato de Laura Luelmo dejase de ser otra excusa para culpabilizar a las mujeres. Que se dejase de pensar en qué hizo mal Laura aquella tarde cuando salió a correr sola. Que se dejase de insinuar que ella fue culpable de algo, que no tomó precauciones, que no estuvo alerta. A Laura la violaron y se defendió y entonces la mataron. Y estoy segura de que Laura no era imbécil y de que Laura sabía, como sabemos todas, que este mundo es hostil para nosotras.

Me gustaría que la conversación se centrase en los hombres que violan y, si algo no sale como esperan, asesinan a las mujeres. Me gustaría que los hombres entendieran que una mujer sola no es sinónimo de invitación. Me gustaría que los hombres dejasen de ver a las mujeres solas como una presa, que nos vieran como personas y no como objetos sexuales, como muñecas hinchables, como agujeros.

No nos habléis más de los peligros de ser mujer en este mundo, que los conocemos de sobra. Vamos a hablar de cómo podemos educar a los hombres para hacer de este mundo un lugar menos peligroso para nosotras.