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Updated on 4 feb. 2019. Posted on 14 ene. 2019

¿Podemos dejar de tener que dar dos besos al saludar, por favor?

Lo normal en España es que, si eres mujer, tengas que dar dos besos al saludar y al despedirte: ¿podemos parar?

Es especialmente molesto en ambientes laborales: llegas a una reunión y, si eres mujer, te toca dar dos besos a cuatro o cinco hombres a los que no conoces de nada y por los que no sientes ningún tipo de afecto. Como si fueras su sobrina o su querida. Como si en realidad, tú solo estuvieras jugando a las oficinitas con tu trajecillo de mujer profesional a sabiendas de que tu verdadera función es dar esos dos besos tan campechanos y domésticos.

A veces, y esto las mujeres lo sabemos, la situación se vuelve incómoda. Porque te encuentras con el señor que aprovecha para acercarse demasiado a la comisura, el que roza tus pechos pensando que tú no te das cuenta, el que viene sudado y te pega su sudor en la cara, el que la familiaridad de los dos besos parece darle pie a hacer algún comentario sobre tu aspecto o el que aprovecha para agarrarte la cintura y acercarte a él. Puags.

Los hombres, mientras tanto, mantienen los límites. Al menos entre ellos. Se saludan con la mano, entre iguales, desarrollando un sinfín de teorías acerca del tipo de apretón que te convertirá en el macho alfa de la reunión. Qué apretón denota mayor seguridad, mayor potencia, mayor poder.

Sucede igual en cualquier otro ambiente: los hombres no tienen por qué besar a otros hombres que acaban de conocer, aunque sea un amigo de un amigo, mientras que las mujeres sí que tenemos que hacerlo. Si se trata de un grupo grande y no tienes demasiada confianza para decir "os dais por saludados", es incomodísimo tener que dar besos a tantísima gente. Costumbre o tradición, llámalo como quieras: el caso es que las mujeres estamos obligadas socialmente a expresar un afecto que ni siquiera sentimos simple y llanamente porque lo manda el protocolo. Y a mí esto me tiene un poco harta.

Si en los últimos años el feminismo ha despertado conciencia sobre nuestros límites y nuestras barreras, sobre que "no significa no" y sobre que nada salvo el "sí" –ni la longitud de nuestras faldas o la apertura de nuestros escotes– son una invitación para que los hombres toquen nuestros cuerpos, me pregunto por qué seguimos viéndonos en la tesitura de dar los dos besitos protocolarios a completos desconocidos cuando ni queremos, ni nos apetece ni sabemos qué tipo de acercamiento tendrá el desconocido en cuestión.

Los cuerpos de las mujeres parecen haber sido de dominio público desde que somos niñas y nos levantaban la falda, pasando por la adolescencia cuando a los chavales les parecía divertido tocarnos el culo al pasar, hasta la edad adulta en la que algunos hombres, dentro y fuera del trabajo, ven como algo normal posar su mano sobre nuestra cintura.

Nuestro espacio personal también debería tener límites: los que nosotras pongamos. Y nadie debería sentirse con derecho a no respetarlo. Forzarnos a dar dos besos, especialmente en ambientes profesionales, donde no hay ni una pizca de cariño, es una costumbre arcaica y casi fuera de lugar.

Demos nuestra mano a modo de barrera y a ver si así, poquito a poco, nos ahorramos la obligación de ir por ahí besando a desconocidos.