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A ellos les dan la libertad y a nosotras nos la quitan

El hecho de que los cinco miembros de La Manada hayan sido puestos en libertad provisional por unos jueces que han alegado que no se perturba el "sosiego" de la víctima porque "viven lejos" es otra bofetada en el rostro de las mujeres.

Good_studio / Getty Images

Decía Silvia Federici en 'Calibán y la bruja' que la caza, la tortura y las ejecuciones de brujas llevadas a cabo en la Edad Moderna a lo largo y ancho de Europa no era tanto un castigo para las brujas como una lección para las supervivientes: cuando en tu pueblo podían encerrarte en un calabozo y someterte a terribles vejaciones y torturas simplemente porque tu vecino o tu marido tuviera una queja sobre ti, más te valía que nadie tuviera queja sobre ti.

Hoy sabemos que las brujas no eran brujas, sino mujeres que se alejaban del modelo establecido y desafiaban la estructura de poder de la Iglesia y el Estado. Desde la partera a la que todo el pueblo respetaba y escuchaba con la misma admiración con la que se escuchaba a los hombres, hasta la curandera que hacía abortos rudimentarios otorgando poder de decisión a las mujeres sobre sus cuerpos, pero también la prostituta, la amante, la rebelde, la mala madre, la promiscua o la mujer que desobedecía al marido.

Si no querías que te llamasen bruja no tenías más remedio que convertirte en un ángel del hogar: como explica Federici, fue en las hogueras y en las salas de tortura donde se construyeron los modelos de feminidad que arrastramos hoy en día. Sumisión, obediencia, abnegación, cuidados y domesticidad: un nuevo rol que te convertía en reina y esclava del hogar y donde el deseo sexual era sinónimo de vergüenza y motivo de culpa.

Me pregunto cuántos otros momentos históricos y cuántas otras decisiones tomadas por el Estado o la Iglesia nos habrán aleccionado sobre dónde está el lugar de las mujeres. El hecho de que la Iglesia se metiera en nuestros ovarios haciendo que nuestras antepasadas murieran en clínicas de aborto clandestinas serviría como medida disuasoria para todas aquellas otras mujeres que estaban pensando en interrumpir su embarazo. El que nos prohibieran el acceso a la Universidad no solo nos negaba un acceso al conocimiento y al espacio público, sino que nos recordaba que el lugar al que nosotras pertenecíamos eran las cocinas y los patios. El que una mujer no pudiera tener una cuenta bancaria a su nombre, gestionar sus propios ingresos y tener libertad financiera también haría que muchísimas mujeres aguantasen matrimonios infernales hasta que la muerte los separase. Y así durante siglos.

El hecho de que los cinco miembros de La Manada hayan sido puestos en libertad provisional por unos jueces que han alegado que no se perturba el "sosiego" de la víctima porque "viven lejos" es otra bofetada en el rostro de las mujeres. No les dan libertad a ellos, nos la quitan a nosotras.

Lo que debería haber sido un caso ejemplarizante por su magnitud, cobertura y por el momento histórico que vivimos, al final lo ha sido por el lado que no era: un ejemplo de que seguimos estando indefensas ante el sistema, que seguimos importando poco, que nos siguen sin entender, que nos convertimos en brujas cuando decidimos ser libres y que ante el juicio -tanto real y mediático- la víctima se termina convirtiendo en causante y los agresores, por arte de magia, se vuelven víctimas.

La lección que se nos inculca es confusa incluso para alumnas aventajadas y casi siempre terminaremos suspendiendo ante un caso práctico: porque si no te resistes ante una agresión significa que, en el fondo, lo ibas buscando. Y si te resistes terminarás muerta y quizás, si no hubieses sacado las uñas, todavía seguirías con vida para que todos pudiéramos juzgarte por tu modo de actuar. Es la pescadilla que se muerde la cola.

Como sucedió con la caza de brujas, esta sensación de desamparo saca a relucir nuestros miedos. Y lo peor del miedo es que nos paraliza. A esa bruja de 18 años que salió una noche en sanfermines y terminó abandonada en un portal después de sufrir abusos sexuales por parte de cinco hombres también la han juzgado en la plaza del pueblo como a nuestras antepasadas, a ella también la han quemado ante nuestras narices para demostrarnos que ninguna chica de 18 años debería caminar sola, ni salir por la noche, ni hablar con desconocidos, ni ser tan libre como cualquier hombre. La lección que se nos transmite es aterradora: el mundo es el que es, nunca fue nuestro ni lo será, y las mujeres debemos aprender dónde está nuestro lugar.

Nos quieren sumisas, discretas, calladas, obedientes, pasivas y domésticas, nos quieren aterradas y paralizadas.

Hay una consigna feminista que llevo años leyendo en las manifestaciones y nunca me ha dejado de gustar: "nos quitaron tanto que acabaron quitándonos el miedo". Las mujeres no vamos a volver a estar encerradas en las cocinas, no vamos a volver a agachar la cabeza cuando ya hemos puesto la vista en el cielo y no vamos a tolerar que nos vuelvan a robar las libertades que tanto nos ha costado conquistar. Nos están quitando el miedo, aunque creamos que no, aunque esté siendo a golpes. Y ahora ya no nos quedamos de brazos cruzados en medio de la plaza y agachamos la cabeza, ahora salimos a las calles cada vez que queman a una de las nuestras. Porque eso es lo que hemos aprendido esta vez: que para vosotros todas somos brujas.