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No puedo vivir sin miedo, pero puedo aprender a sobrellevarlo

Tengo un miedo obsesivo a que las personas que amo mueran. Ahora debo aprender a sobrellevarlo.

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No puedo dejar de pensar en que todas las personas que amo morirán.

No tanto en el hecho en sí, sino en las cosas desconocidas: la manera en que morirán, el momento en que lo harán, las consecuencias. Algunos días, me obsesiono hasta el punto de paralizarme. Mi novio y yo volvemos juntos a casa del trabajo, pero nos separamos para que él recoja la ropa de la lavandería. Me siento en casa a esperar e imagino que lo arrolló un auto. ¿Quién me lo dirá? Y, luego, ¿a quién deberé avisarle? ¿Cómo será vivir el resto de mi vida sabiendo que debería haberlo detenido?

O bien: Mi hermano menor me envía un mensaje de texto con una pregunta sobre un libro que le recomendé hace poco, y me pregunto cuántas calles debe cruzar para llegar al campus. ¿Mira a ambos lados al cruzar? ¿Está mirando su teléfono? Me recuerdo a mí misma que algunas personas viven muchos años. Pienso en cualquier anciano que conozca. Además, es más joven que yo. Es probable que yo muera primero.

O bien: Mi mejor amigo me pregunta en qué estoy pensando, dado que hace un rato que estoy sentada en silencio en su sofá. ¿Qué puedo decirle que no sea “estoy imaginando lo triste que me sentiré cuanto tú te mueras”?

Traté de trabajar esta morbosidad con un psiquiatra durante casi todo el año pasado, pero dejé de ir cuando me puse impaciente con lo que percibía como una falta de progreso. Quería pasar un día completo sin la avalancha de pensamientos, pero no me interesaba ahondar en mi pasado para averiguar por qué solo determinadas personas eran los sujetos recurrentes de estas oscuras fantasías. Le conté a mi médica que no podía dormir porque todo el tiempo imaginaba que mi hermano moría en un asalto violento, y ella me preguntó por qué me castigaba. No quería entenderlo; quería que se terminara. Quería que me dijera que estas personas estaban bien, que seguirían estando bien, que tenía permiso para dejar de lado la preocupación.

Puedo reconocer estos pensamientos y este patrón como una consecuencia de mi trastorno obsesivo-compulsivo (TOC). Comprendo, por ejemplo, que el hecho de que tema que se produzca un incidente no lo hace más probable. Entiendo que mi ansiedad obsesiva es solo eso —ansiedad—, y no un augurio confiable de fatalidad. Recordar esto me brinda alivio por breves momentos. Parecería resolver el problema de la muerte, pero no de una manera real o duradera. Si racionalizo, puedo deshacerme de la mayoría de mis ansiedades —y la medicación aplaca su furia—, pero nadie me ha dado un motivo suficiente para dejar de temer a la muerte, no aún, sin importar cuánto lo pida. Ocurrirá, me ocurrirá a mí y a todas las personas que amo. ¿Cómo es que nadie tiene miedo?

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Digo “mi TOC”, pero, para ser sincera (y es necesario que lo sea en un ensayo sobre mis más oscuros temores obsesivos), no es un diagnóstico definitivo, solo mi diagnóstico preferido. En diferentes momentos, a lo largo de 12 años de terapia intermitente con ocho profesionales diferentes, me han dicho que tengo depresión clínica, que tengo ansiedad generalizada, que soy bipolar y que sufro de TOC. No me preocupa demasiado —el nombre siempre me pareció algo complementario—, pero el TOC parece encajar. Visto en retrospectiva, responde muchas preguntas.

Cuando era muy chica, se manifestaba como pensamientos de violencia. “Pensamiento” no es la palabra correcta, pero me parece que es la menos engañosa: “urgencia” implica una falsa connotación de deseo; “visión”, una cohesión. Sentía algo parecido a una sensación de posibilidad, que, cada tanto, se me presentaba en la mente. Pasaba por al lado de alguien y sentía, de manera visceral, que podía darle un empujón, golpearlo o tirarle del cabello. Esto se traducía en el miedo de que podría hacerlo, aunque en realidad no quería, y cuando me acostaba a dormir a la noche, todo se acumulaba en una creciente fuente de terror, que me advertía que algo andaba mal, algo que no quería y que tendría que esforzarme mucho para ocultarlo.

Los pensamientos violentos se aplacaron a medida que crecí, cuando mi ansiedad obsesiva encontró otros pensamientos incómodos a los cuales aferrarse: que necesitaba darme atracones, que necesitaba purgarme, que me iba mal en la escuela, que me iba mal en todo. No fue hasta que tuve 26 años —ni siquiera había pasado un año desde que había terminado la universidad, vivía sola, tenía una nueva relación— que la muerte se infiltró.

Comenzó con mi novio, Brendan. Habíamos estado saliendo durante casi cuatro meses y las cosas iban bien. Aún no nos habíamos dicho “te amo”, pero no importaba; yo sabía que lo amaba. Teníamos empleos que nos mantenían ocupados, y no era extraño que pasaran horas antes de que respondiéramos los mensajes de texto. Entonces, un día, de repente, noté que él no había respondido un mensaje que le había mandado dos horas antes, y decidí que era probable que hubiera muerto.

Yo no sería la primera persona a la que se lo dirían, razoné. Estaría muy abajo en la cadena de contactos. ¿Cuándo habría ocurrido? ¿Cuando se fue de mi casa esa mañana? ¿Cómo podía averiguarlo? Recorrí las alertas del Departamento de Policía de Nueva York en busca de accidentes que involucraran a un ciclista de veinte años largos que andaba solo. ¿Qué haría cuando lo averiguara? ¿Qué haría? ¿Qué haría?

Traté de calmarme y tomé el teléfono. “Hola, solo quería saber cómo iba tu día, asegurarme de que estás vivo, ja ja”, le escribí en un mensaje de texto.

Luego, pasé a mantener una conversación con mi mejor
amigo: “Brendan no me respondió un mensaje de texto que le envié hace rato, y
estoy pensado que está muerto, ¿puedes decirme que no es cierto?”.

“NO ES CIERTO”, me respondió de inmediato mi amigo —que conocía mi ansiedad—. Brendan respondió al cabo de algunas horas (dicho sea a su favor, inmutable ante su nueva novia que sugería que podría estar muerto), y me sentí aliviada. Un poco.

Me di cuenta de que era más probable que esto me atormentara cuando estaba más contenta; la cantinela se abría paso por lo bajo en cada comida, cada larga caminata, cada broma compartida.  

Me di cuenta en una semana que, aunque el miedo se había aplacado, estaba instalándose en los recovecos de mi mente y estaba invitando a otros a que se sumaran. No podía evitarlo; no podía ignorarlo. Me di cuenta de que era más probable que esto me atormentara cuando estaba más contenta; la cantinela se abría paso por lo bajo en cada comida, cada larga caminata, cada broma compartida. No está a salvo, no está a salvo, no está a salvo.

Mi terapeuta en ese entonces me dijo que estaba experimentando una desviación del miedo al abandono. Por primera vez en años, y después de más intentos románticos de los que podría contar con los dedos de ambas manos, tenía una relación que era buena. ¿No sería posible que, en realidad, tuviera miedo de que él un día se marchara? Me dijo que el miedo se repetía porque seguía obsesionándome con un momento de desastre. Me sugirió que rompiera ese ciclo siguiendo el pensamiento narrativo.

“¿Qué sucedería si Brendan en verdad muriera? ¿Qué ocurriría?”, me preguntó.

“Me destruiría”, dije.

“De acuerdo. Bien, ¿cómo?”.

“Me deprimiría. No podría salir de casa. Perdería mi trabajo. No hablaría con nadie”.

“De acuerdo. ¿Por cuánto tiempo?”

“No lo sé. Meses. Un año”.

“De acuerdo. ¿Y luego qué?”.

“Supongo que comenzaría a ver a mis amigos de nuevo”.

“De acuerdo. ¿Y luego qué?”.

“Tal vez, buscaría un nuevo empleo”.

“De acuerdo. ¿Y luego qué?”.

Y así seguimos hasta que logró llevarme a un punto en
el que comprendí que estaría bien. El método “De acuerdo, ¿y luego qué?” me
ayudó a mantener a raya el miedo de que Brendan muriera, y continúa siendo un
mecanismo para hacer frente al problema que empleo cuando ninguna otra cosa
funciona. Pero Brendan no fue el único que parecía estar en constante peligro.
Pronto, se sumaron mi hermano, mi padre y mi mejor amigo.

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En un ensayo del New York Times sobre un incidente de acoso escolar en séptimo grado,
Junot Diaz hace una distinción convincente: “Antes de ese ataque, había sentido
miedo muchas veces —¿qué niño inmigrante pobre no lo ha sentido?—, pero después
de la golpiza, me volví miedoso. Y a cualquier edad, es una situación deprimente”.

Hay una diferencia entre miedo (sustantivo) y miedoso (adjetivo): el miedo puede visitarte y, luego, sigue su camino; pero el ser miedoso se vuelve parte de ti. Y una vez que eres una persona miedosa, todo constituye un posible peligro.

Es probable que sea seguro decir que mi TOC me hace ser miedosa, pero sé que no soy única en mi miedo. Tal vez, lo experimento de un modo más perturbador que los demás, pero a las personas, desde que el mundo es mundo, nunca les ha gustado mucho su mortalidad. Entonces, al menos, tengo una vasta población que puede apiadarse de mí. Mi compañera de piso, por ejemplo. Cuando ella y yo estamos en casa al mismo tiempo, a menudo, intercambiamos nuestras neurosis.

“Se me ocurrió una quinta manera en que podrías terminar en las vías del metro”, me dijo una noche mientras yo vigilaba la pava del té. (Las maneras que ya habíamos definido: desmayarse, tropezar, ser empujado, dejar caer un teléfono y ser lo bastante tonto como para intentar recuperarlo).

“Te escucho”, le dije.

“Cucaracha voladora”, dijo, mientras tomaba los ingredientes del refrigerador para preparar la cena. “Hoy vi una. Era ENORME, y pensé: ‘Esto podría ser: una cucaracha voladora salta hacia ti, la esquivas por instinto, te tropiezas con el borde, ¡BAM!’”.

Estas conversaciones se archivan como pruebas en mi colección de temores casi recurrentes en forma constante, una lista de restricciones que ha crecido de manera exponencial a medida que aprendía nuevas formas de tener miedo y nuevas cosas a las que temer. Trato de mitigarlo con mensajes de texto preventivos al azar a las personas con las que estoy obsesionada ese día: “Nunca entres en un ascensor sin mirar, ¿de acuerdo?” o “Sabes que nunca debes gritarle a otro conductor cuando tienes una riña en el tránsito, ¿no?” o “Solo para que sepas, si alguna vez se te cae el teléfono en las vías, te compraré uno nuevo si prometes que no saltarás para recuperarlo… y si saltas para recuperarlo y sobrevives, nunca más volveré a hablarte”.

Mi cerebro hace un excelente trabajo en convencerme de que el acto de identificar un riesgo es suficiente para hacerlo realidad, pero, por supuesto, esto no es verdad —del mismo modo que sumergirme en mi miedo no es suficiente para contenerme o para mantener a salvo a las personas que amo—. Por lo general, quedo en una suerte de parálisis cautelosa: reconozco el hecho de que algo no se va a concretar solo porque lo piense, pero también comprendo que, si actúo cuando tengo miedo y algo malo ocurre, siempre sabré que podría haber elegido no actuar. Entonces: ¿Vale la pena arriesgarse en esa excursión? ¿Salir a trotar a altas horas de la noche? ¿Esa salida para comprar helado que Brendan ofreció hacer?

El verano pasado, mi madre nos llevó a mis tres hermanos y a mí a un viaje que habíamos esperado por mucho tiempo. Fuimos a una pequeña ciudad italiana con playa, donde el lugar que alquilábamos estaba a cinco minutos a pie de la costa. Pasados unos días, descubrimos que podíamos tomar un atajo a la playa y evitar las bulliciosas filas de tiendas y restaurantes si íbamos por debajo de las vías del tren que nos separaban, a través de un túnel poco iluminado lleno de ranas que croaban y un arroyo en el que apenas corría un hilo de agua. Una noche, cuando mis hermanos y yo quisimos seguir bebiendo después de cenar, mi madre se rehusó a volver caminando sola.

“Ya hicimos esta caminata un millón de veces”, le dijimos. “Ya lo hiciste sola antes. ¿Qué piensas que va a pasar?”.

Y ella comenzó a enumerar sus temores: no lo había hecho de noche; podría caerse; alguien podría seguirla; en esencia, algo impreciso podría salir muy pero muy mal.

La desafiamos más de lo que deberíamos. Le dijimos que no tenía que tener miedo; nos preguntamos cómo podía tener tanto miedo —ella, la mujer más valiente que hemos conocido, que había quedado huérfana a los 14 años y que había sobrevivido prácticamente sin ayuda desde entonces.

“¿No es justo decir que me volví más miedosa con la edad?”, preguntó. Cedimos, y la acompañamos de vuelta.

El miedo es algo parecido a la muerte en el sentido de que ninguno de esos problemas, en realidad, tiene solución.

Tal vez sea cierto, y crecer solo significa descubrir nuevas cosas a las que temer. Es decir, tal vez, me equivoco en suponer que las personas que me rodean tampoco están funcionando con una configuración “miedosa” predeterminada. Quizá, sean mejores en la tarea de ignorarlo.

Esto podría parecer una conclusión deprimente, pero también podría ser liberadora. No existe un secreto que guarden todos, excepto yo. No soy débil por sentir mi vulnerabilidad de manera más aguda a medida que envejezco. Sí era más fácil vivir con libertad antes de sufrir un desengaño amoroso, de haber estado en un hospital o de haber ido al funeral de un amigo.

Aprendemos lo que es el miedo, pero el miedo es algo parecido a la muerte en el sentido de que ninguno de esos problemas, en realidad, tiene solución. En el caso del miedo, no es tanto algo que suprimes, sino algo a lo que sobrevives. Es cruzar la calle, a pesar de haber leído una estadística aterradora sobre muertes de peatones; es montar una bicicleta aunque, la última vez que lo hiciste, te caíste; es decir adiós a la persona que amas sabiendo que siempre existe la posibilidad de que este adiós sea para siempre.

Por supuesto, este ensayo no se trata de cómo encontré una cura para mi TOC ni de cómo reconocí la belleza en nuestros finales inevitables y alcancé un estado de paz y aceptación. Si la comunidad transhumanista anunciara que podemos protegernos contra la muerte cargando nuestros cerebros en robots, sería la primera de la fila y enviaría mensajes de texto a esos mismos seres queridos para decirles que les estoy reservando un lugar. Tomo Prozac y Wellbutrin para controlar la depresión, y Klonopin según lo requiera mi ansiedad, pero los pensamientos regresan. A veces, los tomo como un estímulo para poner mi programa favorito o para poner algo de música y salir a correr.

Pero cuando estos pensamientos no se calman —cuando estoy sentada en el sofá con Brendan, a merced de un torrente de pensamientos fatídicos—, descubrí que el mejor alivio lo obtengo al dejarlos libres, hablar lo que no se puede hablar, tomar su mano y pedirle que me ponga los pies en la tierra, que me recuerde que es verdad: Un día él ser irá, pero hoy, está aquí.

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