9 Canciones malísimas que resumen tu vida en una prepa fresa

Ciudad de México, circa 2005. Acabas de entrar a la prepa y, aunque no lo sabes aún, lo peor está por venir.

1. Todo comenzó con Julieta Venegas.

Julieta Venegas / Via YouTube

La escuchaste por primera vez en la playa mientras probabas el gusto ilícito de tu primera cuba de Malibú. Era verano, era de noche. Eras un puberto incandescente, colado a fuerza de mordida a algún antro de mala muerte. Te escondías en un rincón con tus compinches cuando, de pronto, como en un sueño, la vocecita de Julieta tocó tu vulnerable y blanco corazón.

Movido por semejante dulzura, decidiste enamorarte de la primera lobuki que se apareciera. Fuiste entonces a buscarla por la pista, oh infausto Romeo, hasta que la encontraste: Maria Mariana Margarita (Mari, para los amigos), flamante graduada de una secundaria de monjas. ¡Oh, triste Pierrot! ¿Cómo describir el agónico éxtasis que se apoderó de tí al verla sonreír, luciendo con modesto orgullo sus magnificos artefactos de ortodoncia?

En retrospectiva, te das cuenta de que todo fue culpa de Julieta. Aquellas letras tan jodidamente adorables te llenaron de falsas expectativas sobre la naturaleza de la vida, el amor, y la muerte. A partir de ese momento, todo fue cuesta abajo.

2. Entonces sufriste el más amargo rechazo.

Está obra de arte sonaba en la radio el primer día de clases de tu primer año de prepa. ¿Quién hubiera dicho que Belinda resultaría profetisa del calibre da Cassandra? No tú, infausto Romeo. No supiste descifrar las advertencias de la Pitonisa del Nopal — y así, al ver que Mari milagrosamente se había inscrito en tu escuela, te acercaste todo sonrisa para presentarte.

Al principio, Mari te recibió con amabilidad. Pero después de la cuarta clase que te sentaste junto a ella — y después de insistir en “darle un tour” de la escuela — la chica comenzó a desesperarse.

Y entonces, en lo que tiene que haber sido un momento de deliciosa ironía por su parte — por favor, por favor, ¡que haya sido ironía! — la muchachita te miró a los ojos con la cara torcida y soltó una cita directa del magnus opus de Belinda: “Necesito un break.

Aquella palabra en inglés, casi onomatopéyica en su agresividad, destruyó tu corazón. Mari se dio la vuelta y desapareció.

Hasta la fecha, triste Pierrot, no puedes escuchar la voz de Belinda sin pensar en aquella herida. Pero la parte más magnifica de esa espléndida sinfonía sigue siendo aquella copla demoledora, digna de Alexander Pope:

You are hot
I forgot

3. Y caíste presa de la melancolía.

Infausto Romeo, la frialdad de Mari hizo mella en tu corazón tan blanco. El primer semestre vino y se fue, llevándose consigo a tus últimas esperanzas. Y entonces, en las vacaciones de invierno te encontraste de nuevo en la playa con tus compinches.

A tu alrededor el mundo terminaba entre balaceras y escasez, pero tú sólo tenías oídos para las letras de Bacilos. Allí, en la palacial palapa de uno de los tíos de tu papukis, pasaste tardes enteras sorbiendo micheladas con clamato y murmurando por lo bajo esas inspiradas estrofas.

Si, melancólico Igor, debes de recordar esas noches en las que caminaste hasta la orilla del mar en Acapulco y te plantaste con pie firme frente a la luna y, entre las nubes de alcohol, viste en ella el rostro de Mari. A pocos kilómetros ejecutaron a una chica de su edad, pero tu nunca lo supiste.

Tal es la naturaleza del amor en los tiempos del mirreynato, Pierrot. Te hace ver cosas irreales; te impide ver la realidad.

4. Comenzaste a beber.

Casi no recuerdas tu segundo año, melancólico Igor, cosa poco sorprendente cuándo consideramos que pasaste la mayor parte del tiempo completamente borracho. Lo que ahora te deja perplejo es que a nadie le parecía inusual o mala idea.

¿De qué otro modo explicar las energías sociales que permitieron aquel momento de brillante inspiración? Sabes a lo que me refiero — el más fino uso de sinalefa en generaciones:

Pásame la botella
Voy a beber en nombre de ella

5. Tu alcoholismo te provocó crudas atroces.

Triste Pierrot, ¿recuerdas aquellas mañanas demoledoras? Fueron albas atroces, en las que eras incapaz de retener alimentos sólidos antes de las cinco de la tarde — amaneceres de espanto cuándo hasta el agua te sabía a lágrimas.

Sí, infausto Romeo, papaloy de las desgracias, ¿niegas acaso que pasaste incontables sábados tendido en cama con la almohada sobre los ojos, regodeándote en las partes más sórdidas de tu alma atormentada? La imagen de tu dulce Mari, señora de tus quijotescos pensamientos, se proyectaba refractada en tus doloridos párpados.

Fue en tales mañanas que caíste presa, en más de una ocasión, de la engañosa pseudo-poesía de aquellos resquebrajados rocanroleros, Zoe. Permíteme recordarte, Pierrot, que estos antiguos héroes de la adolescencia se las arreglaban para hacer malas imitaciones de los Beatles y Radiohead al mismo tiempo. Con la sabiduría de varios años, Romeo, te haz dado cuenta de que esto,

Perdido aquí en mañanas con tres soles
Y multiples visiones
Montañas transparentes
Anémonas de luz, partículas de amor.

No es más que una triste colección de metáforas mixtas que, sin significar nada, te permitió sin embargo barnizar la patética misógina que heredaste de tu cultura con una fina capa de profundidad.

6. Pero de todos modos viernes con viernes te castigabas en los antros.

Semana con semana te ibas al Bandasha, ¿o acaso lo niegas, infausto Romeo? Vestido con tu uniforme de Gran Gatsby criollo — polo pastel, jeans deslavados, y mocasines —entrabas en aquel glorificado congal con el solo proposito de buscar a la Mari de tus amores.

Solamente la vista una vez, rodeada de su corte de numerarias en potencia. Y, por supuesto, tu malos hados decidieron que la banda sonora de aquel tan anticipado momento fuera una yuxtaposición de acordeón, sintetizadores, y una letra repetitiva.

Sí, triste Pierrot. Algo anda terriblemente mal cuándo un híbrido de electrónica y ranchera con letras como,

Que me promete la luna,
Que yo soy como ninguna,
Que parezco una doncella de esas que hay que proteger,
Que sus vicios ha dejado,
Que su suelo le ha aumentado,
Que me promete la vida que yo siento merecer.

Es la mejor representación de tus sentimientos. Quiero decir — ¿haz escuchado alguna vez una cosa más machista?

7. Vino entonces el insomnio, la obsesión, y el psicoanálisis.

Convencido de que algo andaba mal, melancólico Igor, buscaste terapia. Tu mamá te consiguió una analista lacaniana entrenada en Paris y Buenos Aires para atender a tu blanco corazón. Cuatro veces por semana te acostabas en un divan cubierto de perfumadas alfombras a hablar, con tu habitual falta de elocuencia, sobre tus supuestos complejos y alegados problemas.

Terminaba tu tercer año de prepa, Pierrot, cuándo la analista te lo dijo con todas sus letras:

“No es amor. Lo que tu sientes se llama obsesión.”

¿Dónde, te preguntaste, habías escuchado eso antes? Rebuscaste entonces en las profundidades de tu inconsciente hasta que encontraste la respuesta. Y entonces lo que quedaba de tu fe en la humanidad desapareció en un nube de humo.

8. Hasta que todo terminó con MDO.

MDO / Via YouTube

¡Oh, triste Pierrot, infausto Romeo, melancólico Igor! el destino insistió en jugarte bromas pesadas hasta el final. Durante los últimos meses de tu tránsito por el purgatorio, cuándo tu escape se aproximaba en el horizonte como las estrellas al final de la Divina Comedia, una plaga tan inexplicable como terrible se apoderó del Valle de Anahúac. MDO volvió a ponerse de moda.

Nada en tus años de involuntario estudio antropológico de la freses pudo haberte preparado para esto. ¿Qué clase de magia negra, te preguntaste mil y una veces, pudo haber atraído a tus compañeritos burgueses a un refrito tardío de Menudo?

Pero entonces llegó la graduación, con bombo, platillo, y bailongo en un centro de convenciones. Y entonces la viste descender la escalera, convertida plenamente en una Jovencita de Buena Familia, luciendo un vestido más caro de lo que hubiera sido apropiado, considerando la situación crítica del país. Caminaba en belleza como la noche de Byron, prendida del brazo derecho de Daniel — un Neanderthal aficionado al fútbol, a las carreras de coches, y al vandalismo.

Y entonces, cuándo las cuerdas en el coro sonaban su frenética melancolía, tu amada Mari se rindió en los brazos de aquel semi-hombre brutal, y lo besó vorazmente en la boca.

Proseguiste a ponerte completamente borracho a fuerza de caballitos de Barcardí y a salir corriendo del centro de convenciones a buscar el olvido, o cuando menos la muerte. Despertaste insolado en un camellón, tu esmoquin manchado de tierra y vómito, cuando un policía te sacudió suavemente con su bota.

9. Poco después te fugaste a Nueva York a buscar tu fortuna.

Julieta Venegas / Via YouTube.

Y, cómo si quisiera disculparse por todo el dolor que te causó, Julieta te regaló una banda sonora perfecta para tu exilio.

No tiene caso fingir dureza de corazón o pureza de gusto, querido Pierrot. A veces, cuándo tomas el metro de Brooklyn a Manhattan, cruzando el río, todavía pones está canción — y te acuerdas de Mari.

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